KM 53.271 LONDRES-GLOUCESTER-COLOMBO-KANDY-NUWARA ELYIA-ELLA-ARUGAM BAY

Las emociones fuertes seguían pasando por mi mente al ritmo de como venía el viaje, movilizante, fuerte, apasionante, intenso, divertido. No había pasado cinco minutos desde que despedí a mi vieja en la manga del aeropuerto para encontrarme nuevamente esperando otro vuelo dentro de esta travesía con una mezcla de sensaciones. A medida que voy viajando atravesando la cinta de esta hermosa película que estoy transitando, voy aprendiendo a los golpes como manejar las emociones cuando el apego y desapego pasan a ser una constante diaria en tu vida; los lugares que recorres, la gente que conozco, los afectos que me acompañan, las experiencias vividas y todo tipo de variables dentro de esta coctelera. Me subí al avión en dirección a Londres con un dejo de nostalgia y felicidad de todo lo que había atravesado en estos dos últimos países fascinantes junto a mi vieja, pero con un alegría enorme con todo lo que tenía por delante, encontrarme con mi hermana y su familia para compartir una semana juntos en tierras británicas. Trate de leer un poco durante el vuelo pero me era imposible, mi cabeza seguía pensando: como puede ser que tengo el privilegio y la alegría de poder estar compartiendo tantas cosas durante este viaje con la gente que más quiero? Me lo merezco? Sera casualidad? Sera normal? No importa cuál es la respuesta correcta, la vida te pone estas cosas en el camino por algo, y como lo hice desde el primer día que puse un pie en Ezeiza allá por fines de abril, lo único que hago cada día que me levanto es vivirlo como si fuese el ultimo, disfrutando con una alegría inmensa todo lo que el mundo tiene para ofrecerme y aprendiendo a cada paso de todo lo que veo y me rodea. Hacía solo unas horas había terminado de viajar por todo Turquía e Israel con mi vieja cumpliendo un sueño enorme y estaba a solo horas de encontrarme con Leti, mis sobrinos Pepe-José y mi cuñado Juan para pasar una semana de familia en Londres, recorriendo esta hermosa ciudad en pleno mundial de rugby; y mi sonrisa en pleno vuelo se estiró de oreja a oreja, que regalos me da la vida. Cerca del mediodía termine aterrizando en el aeropuerto de Lytton, a las afueras de la ciudad, como buen viajante había encontrado una muy buena promoción pero como todos los vuelos low-cost, la mayoría no llega a los aeropuertos principales. El aterrizaje fue perfecto y como no podía ser de otra manera la ciudad me recibía con un fresco cielo nublado, algunos chaparrones aislados y ese aire tan particular que recorre los cielos de esta inmensa isla. Para anticiparme a mi llegada, había reservado ya un boleto en tren desde Lytton para el centro de la ciudad, sin siquiera un segundo de diferencia el tren llego a la estación y de esa manera comenzaba mi tercera visita a la capital del Reino Unido, una de mis ciudades preferidas del mundo.

Londres en Familia

Allá por el año 2001, en un viaje que había hecho con mi vieja y mi hermana Flor, había podido tener el inmenso placer de conocer las tan estudiadas e históricas ciudades europeas. En ese caso los destinos elegidos fueron Paris y Londres, habiendo sido esta última ciudad deslumbrante para mi fascinación adolescente, de la cual quede encantado desde el primer momento. A partir de ahí siempre había soñado con volver a visitarla, esa diversidad  que se encuentra en Londres entre la historia y la modernidad, la prolijidad y orden, el clásico estilo inglés y los barrios más under, todos esos matices juntos que le dan una singularidad única. Ese deseo de volver me llevó en el año 2013 a emprender un nuevo viaje a tierras inglesas, viajando por primera vez solo, donde también aproveche para ir a visitar Amsterdam y Praga, amalgando así unas ciudades impresionantes dentro de un viaje increíble. En esta nueva oportunidad la visita comprendía no solo disfrutar nuevamente a todos los lugares característicos de Londres, sino también pasear con mi hermana, sobrinos y cuñado por esta maravillosa ciudad al tiempo de asistir a dos partidos de los pumas en pleno mundial de rugby.

El viaje de Leti con su familia a Londres surgió porque Juan tenía una conferencia por trabajo junto a sus socios y colegas en la capital durante dos días, aprovechando esto y que justo coincidía en pleno Mundial, habían organizado unas vacaciones familiares donde los cuatro se fueron a recorrer primero Roma, después Londres y por ultimo Madrid. Como pudimos armarlo de antemano y a pesar de que yo ya estaba viajando por medio oriente, no lo dude ni un segundo en volver para Europa y hospedarme con ellos toda la semana compartiendo así los días juntos entre actividades, paseos, partidos y salidas. Ellos iban a llegar el sábado por la mañana asique el primer día tuve que quedarme en un hostel para pasar la noche y encontrarme con ellos a la mañana siguiente. El tren llegó en horario a la estación de Farrington donde hice combinación con la central line y me fui directo a hacer el check in en el hostel que había reservado en el Soho. A la salida de la estación, el denso aire agitado de una ciudad a pleno ritmo me pegó en la cara dándome nuevamente la bienvenida, mientras los clásicos taxis y colectivos doble altura pasaban sin parar frente a mis narices. Comenzar caminando por Oxford Street un viernes a las cuatro de la tarde es, sin dudas,  la mejor manera de empaparse en dos minutos de la capital inglesa. Los comercios funcionando a todo tope, la gente caminando en todas las direcciones a un ritmo vertiginoso, el ruido del tránsito en movimiento constante y esa leve llovizna tan característica de estas tierras, te abren el mundo de los sentidos de un bofetazo para comenzar a disfrutar nuevamente de otra ciudad más en este extenso y hermoso viaje a través del mundo. Por suerte el hostel estaba muy cerca de la avenida principal con lo cual no me resulto difícil encontrarlo, una vez hecho el check-in deje las cosas en la habitación y me fui de nuevo a recorrer las calles mientras mis recuerdos se iban apoderando de mi mente recordando a cada momento las últimas veces que había transitado esos lugares. Me fui caminando por las características calles del Soho donde los bares empezaban abarrotarse de oficinistas en busca de su tan preciada cerveza de viernes por la tarde, los restaurantes atendían las primeras mesas de las tempraneras cenas inglesas y el particular ritmo de aquel barrio tomaba vida. El Soho tiene un espíritu propio, mezcla de juventud y razas, alberga desde los mejores clásicos bares ingleses, restaurantes modernos, un barrio chino con cantinas brotadas de su exótica comida y las salas de teatro con las principales atracciones en cartelera, haciendo de estas pocas manzanas a la redonda el lugar de elección por excelencia de la juventud londinense. Fiel a mí estilo citadino, me deje llevar caminando por estas manzanas sin ninguna dirección en particular, dando vueltas y vueltas a traves de sus calles disfrutando de lo que veía a medida que iba caminando. Los artistas callejeros iban tomando protagonismo con unas actuaciones deslumbrantes como aquel viejo acostado sobre el pavimento largando unos acordes en el saxo que te erizaban la piel, o aquella pareja cantando unas melodías únicas. Sin darme cuenta el frío de la noche me golpeo fuerte por la espalda, mi remera y camisita arremangada no eran suficientes para frenar la brisa fresca, dándome cuenta que ya había dejado atrás las ciudades cálidas. Aprovechando que faltaban solo algunos minutos para dar comienzo al mundial de rugby (nada menos que con Inglaterra versus fiji como partido inaugural) y en busca de reparo, me metí en un clásico bar ingles a unas cuadras del hostel para ver el partido y beberme algunas cervezas. Así empecé a tomarme unas ricas cervezas mientras compartía asiento con un grupo de ingleses e inglesas que habían salido de after office a ver el partido y a beber como dios manda. Ya para el medio tiempo mucho no importaba el resultado ya que el grupete estaba muy alegre y divertido cambiando vaso vacío por vaso lleno sin parar, el bar se terminaba de llenar y olor a cerveza reinó por largo rato. El partido termino victorioso para Inglaterra pero a esa altura ya nadie miraba la tele, casi todos en el bar estaban bastantes tomados, gritos eufóricos por todos lados y la algarabía típica de un conjunto de borrachos juntos. Yo con un ligero mareo me volví para el hostel a comer algo y directo a descansar que a la mañana siguiente iba a tener un lindo reencuentro, muy esperado y ansiado.

La ansiedad y el deseo de volver a ver a mi sobrinos después de casi seis meses me hizo despertarme muy temprano por la mañana, con unas ganas enormes de abrazarlos y empezar a vivir junto a ellos, mi hermana y mi cuñado, una semana a puro disfrute. Empaque las cosas rápido y me fui con un bus hacia el oeste de la ciudad, por la avenida Old Street, para llegar al Holliday Express donde nos íbamos a quedar hospedados durante los primeros días. Me quede sentado esperándolos en el lobby, desayuno garroneado de por medio, mientras aprovechaba el tiempo muerto de espera para escribir un poco escuchando buena música. Se suponía que iban a estar arribando cerca del mediodía, pero a eso de las once y de un arrebato apareció mi hermana por la espalda abrazándome y entre el susto con la sorpresa inesperada la emoción me hizo temblar el cuerpo. Casi desde principio de año que no nos veíamos, desde esa última cena que tuvimos con ella y Juan donde charlamos largo y tendido sobre todo lo que implicaba el viaje que estaba por comenzar. Detrás de ella aparecieron dos de los piojos que más quiero en el mundo, Pepe corriendo desaforado y José con toda su dulzura, llegaron a mis brazos para alzarlos por el aire y apretarlos por un largo rato contra mi pecho. Cada uno siente y expresa sus sentimientos y emociones como puede, yo no soy de los que retiene ni me molesta demostrarlo, por lo que no me canse de besarlos y abrazarlos por largo rato en medio del lobby a la vista de algunos ingleses desconcertados en la incógnita sobre lo que pasaba. Algunas lágrimas de emoción, por felicidad, se escaparon y con un gran abrazo a Juan por ultimo dimos comienzo así a nuestras merecidas vacaciones en familia. Como era todavía muy temprano para hacer el check-in y nuestras ganas por comenzar la recorrida no tenían interés en esperar, dejamos las valijas en la sala de equipaje para irnos directamente a nuestro primer destino. Sábado a la mañana con una temperatura agradable, un cielo despejado y una briza fresca propiciaron la mejor combinación de factores para ir a visitar el clásico mercado de Portobello en Notting Hill. Sacamos las respectivas Oyster Card para el subte y comenzamos nuestra travesía en el clásico metro londinense a la vez que íbamos poniendo al día de como venían sus vacaciones por Europa y mis últimos viajes hechos con la vieja, obviamente sin desprenderme un segundo de los peques. El mercado estaba en pleno auge de visitas, nosotros fuimos caminando a través de Portobello Road recorriendo todos los puestos a los costados que le dan ese aspecto y personalidad tan característica. Los chicos se iban divirtiendo con la cantidad de antigüedades, cuadros, artesanías y chucherías de todo tipo que te encontras ahí, al tiempo que algunos artistas callejeros llenaban el ambiente de buena música que acompañan en sinfonía el hermoso día. A mitad de camino fuimos a buscar un resto que le habían recomendado a Leti para ir a almorzar, pero al llegar nos encontramos con que estaba lleno, asique pasamos a uno que estaba al lado. Éste era un estilo de almacén con productos orgánicos que tenía una sala para comer en la parte de atrás, impresionante decoración y ambientación, nos quedamos comiendo unas ricas ensaladas continuando con las charlas variadas (mi felicidad seguía en aumento a cada hora). Luego del almuerzo volvimos para la calle de los mercados, los puestos de comidas empezaron a ambientar el lugar con los más ricos platos de comida casera, paella, hamburguesas, wok, panqueques, etc. No quedaba espacio para lo salado, pero si compramos un par de ananás con batido de frutas que Pepe y José se lo tomaron en dos segundos, mientras seguíamos disfrutando de la placida  tarde. Tuvimos que hacer unas paradas cholulas en el camino, ya que Leti quería sus fotos en los clásicos lugares de aquella famosa película, asique cual típicos turistas, hicimos un stop en la librería y en la famosa puerta azul de la casa. Continuamos descendiendo por Portobello Road, poblada de argentinos a la espera del partido del domingo, hasta que llegamos al puente donde los locales de comida cambian por los de ropa, al estilo mercado de pulgas. La fresca tarde empezaba a asomarse y los chicos estaban un poco cansados (habían arrancado a las 6 a.m. en Roma), por lo que decidimos volver para el hotel así tomábamos la habitación, nos bañábamos e íbamos a cenar luego para el Soho. Mi presencia iba a ser de colado en el hotel, asique nos acomodamos con todas las valijas que teníamos y como nos íbamos a organizar para dormir a la noche, nos dimos una ducha rápida y arrancamos cerca de las siete para el centro nuevamente. En este caso tomamos el bus para ir disfrutando de otras vistas de la ciudad, con un atardecer que se iba apagando y nos daba los últimos ases de luces reflejados en el concreto londinense. Nos bajamos en la estación Oxford Circus para caminar sin dirección alguna así los chicos se iban empapando del ritmo y el diseño de la ciudad. Nos metimos por las calles del Soho donde dimos con Carnaby Street, una pintoresca peatonal con todas tiendas increíbles de diseños y unos restos con la mejor onda para comer y pasar la noche. Terminamos comiendo en uno resto italiano que quedaba a unos cuadras, estaba todo completo en la zona, unas ricas ensaladas y platos de pastas para terminar un excelente primer día, con una felicidad inmensa de haberlos encontrado y poder compartir largas horas juntos. Volvimos temprano por la noche el hotel a descansar, al otro día teníamos el primer partido de los pumas y más por conocer.

El extraño clima ingles nos regalaba otro hermoso día para pasar el domingo y que mejor que disfrutarlo viendo un partido de rugby en Wembley. Dormimos bien en la noche, a pesar de las patadas de Pepe que parece que juega el futbol dormido, y recuperamos energías para pasar el día que teníamos por delante, bajamos a desayunar todos al resto del hotel que tenía un muy completo y rico desayuno. Luego nos equipamos con todos los adornos argentinos correspondientes como remera, campera de los pumas y bufanda, para ir a alentar a la selección en el primer partido de fase, nada menos que contra el último campeón, Nueva Zelanda. Nos fuimos para el punto de encuentro desde donde salían todos los compañeros y colegas de Juan, que iban a compartir la conferencia laboral durante la semana, en el Marriot de Park Lane. Tomamos el metro con combinación en Central Line para bajarnos en Marbel Arch y caminar un poco por Hyde Park antes de llegar al hotel. Era temprano por la mañana, el calor del día comenzaba a aumentar mientras el rocío de la noche se iba evaporando del inmenso verde parque, felices londinenses y turistas llegaban con todas sus bolsas de picnic y juegos dispuestos a pasar el día al aire libre y el famoso Speakers Corner empezaba a aglomerarse de público escuchando a los divertidos personajes y cómicos oradores que escupían sus graciosos monólogos. Encontramos unas reposeras en medio de Hyde Park y nos quedamos los cinco tirados relajándola, disfrutando del sol y de aquella preciosa mañana, haciendo tiempo para la hora de encuentro. Costaba arrancar pero el plan que teníamos por delante era más que divertido, asique nos levantamos y fuimos cruzando todo el parque hasta la salida sur, salimos por Park Lane y caminamos unas cuadras para arriba hasta llegar al hotel. Allí nos encontramos con muchos argentinos que estaban a la espera del transfer que partiría a la cancha, Juan se fue encontrando con sus colegas, amigos y compañeros de trabajo con quienes iba a compartir la jornada laboral en unos días. Llegamos al estadio cerca de dos horas antes del comienzo del partido, perfecto para entrar al fan fest y disfrutar de toda la increíble previa que ofrece este tipo de eventos. Con el mono (así le decimos a Pepe) subido a mis hombros, Jóse divina producida como hincha de argentina, entramos a la previa donde me sorprendió ver la cantidad de público argentino que había llegado. En las inmediaciones del estadio habían armado en inmenso parque donde había todo tipo de atracciones para los chicos con juegos de pelota de rugby, banners para sacarse fotos, stands con merchandising, música y todo tipo de puestos de comida y bebida. El ambiente del rugby es particularmente muy diferente al de futbol, más de familias y con casi ningún tipo de violencia de cualquier manera entre los rivales. El predio estaba repleto de argentinos, muchísimos, varios neozelandeses y otros hinchas de diferentes nacionalidades que habían ido a ver uno de los partidos más importantes de la primera fase. El día estaba esplendido y solo había que disfrutar el poder estar ahí compartiendo estos momentos únicos con familia. Juan se fue un rato a tramitar las entradas que tenía que buscar, yo me fui con Pepe a participar de todos los juegos que había con pelota y Leti con Jóse se fueron para las mesas donde se encontraron con varios amigos de Uruguay. Había un ambiente de fiesta total, argentinos cantando por todos lados, lleno de chicos disfrazados con colores de la selección, música de fondo y entretenimiento sin parar. Nos juntamos de nuevo todos para almorzar junto con Juani (un amigo de mi cuñado) y otros argentinos amigos que estaban por ahí, fish n chips de menú con varias frías cervezas para el precalentamiento. Con la organización en este tipo de eventos no corres ningún riesgo ni problema, entramos diez minutos antes del partido a la cancha que ya estaba llena, con la emoción y nervios propios de semejante partido. Juan con Pepe fueron a ver el partido a hospitality ya que su entrada se la habían obsequiado la empresa que realizaba la conferencia allá, mientras que Leti, Jóse y yo nos fuimos a una de las plateas por detrás de uno de los palos a ver el partido, que igualmente se veía perfecto. Nada me importó estar rodeado de neozelandeses para festejar cada tanto o try de los pumas con una excitación desorbitante, al tiempo que me tenía que contener de la risa por las preguntas que Leti me hacía en referencia al juego, creo que hasta Jóse sabía más que ella. El primer tiempo fue impecable y terminamos arriba pero la segunda mitad los all blacks mantuvieron su juego físico y es algo difícil de contrarrestar después del desgaste que hicieron los jugadores. Frente bien en alta y tremendo corazón además de unos huevos enormes pusieron los pumas para su primer actuación, donde más allá de perder mostraron un respeto y admiración de todo el rugby mundial por el partido que hicieron frente a los mejores del mundo. Punto sobresaliente además de los pumas para el tremendo estadio de Wembley que albergó por primera vez en su historia un partido de rugby, y no por nada, fue record mundial de asistencia arrojando un soberbio número mayor a 90.000 espectadores. La tecnología, el servicio, el campo de juego, las tribunas y todo lo importante que puede tener un estadio de esa magnitud, Wembley todo lo tenía en impecable perfección, bien al estilo inglés. A la salida tuvimos que caminar unas largas cuadras hasta el micro que nos iba a llevar de nuevo para el hotel, desde allí Juan y Leti se iban a cenar con toda la banda de amigos argentinos que estaban, y para mi inmenso placer, yo me iba a cenar solo con Pepe y Jóse. Nos fuimos caminando los tres por Park Lane hasta llegar a Oxford Street, donde empezamos a buscar algún local de comidas abiertos pero eran casi las diez de la noche y los locales estaban casi todos cerrados como así el pulso de la ciudad que se estaba apagando. Mucho no me importaba porque tenía a los dos de mi mano, caminando por Londres, charlando de todo lo que se nos ocurría disfrutando ese mismo momento, sin importar nada más, hasta que dimos igualmente con el siempre clásico salvador y oportuno Mc Donald´s nocturno. Nos pedimos unos combos con Nuggets y nos quedamos cenando mientras seguimos charlando de diversos temas, hasta que llegamos e un punto de la charla donde el tema de conversación me hizo hacer una pausa de un minuto en mi mente y decirme a mí mismo: como y cuando fue que llego el momento en que estoy hablando de esto con mis sobrinos? Empezamos a compartir y charlar los tres sobre distintos temas de la vida, de cómo manejar la ansiedad cuando les costaba algo, a siempre tratar de buscar una solución frente a algún problema ya sea en el cole o en cualquier aspecto de la vida, y como ser agradecido de todo lo que uno tiene, fue una hora en la que me dejó sin palabras la calidad de conversación que tuvimos y a la vez lo sorprendido que estuve cuando me di cuenta que mis sobrinos crecieron y que con ellos afloran un montón de otras cuestiones en sus pensamientos además de jugar y divertirse (teniendo Pepe / y Jóse 9 años). Una cena que cerraba un espectacular día compartido juntos, con las últimas horas del día disfrutando los tres solos de charlar aquellas cosas que a veces no tenes el tiempo ni el lugar para hablar, como de la vida y de lo importante que es ser feliz a pesar de los pequeños problemas que a cualquier edad nos enfrentamos. Nos tomamos el metro de vuelta para el hotel donde Pepe tuvo uno de esos ataques de risas y de personajes cómicos que nos hizo tentar todo el viaje a José y a mi sin parar hasta llegar al hotel, después de pegarnos un baño nos quedamos en la cama viendo tele hasta quedarnos dormidos.

El lunes amanecí más temprano que el resto ya que tuve que ir a la embajada de India en Londres a ver si podía tramitar mi visa express para arribar la otra semana a tierras asiáticas pero me llevé la sorpresa que lamentablemente el tramite tardaba quince días laborales y yo tenía mi vuelo reservado para el próximo sábado, pequeño detalle. Cosas que le pasan a uno cuando viaja bastante y no es previsor en algunos casos con los trámites y visados correspondientes, nada que no se pueda solucionar de todas maneras. Como la vida de un viajero como la que estoy llevando yo se piensa y se ejecuta día a día, no quedó otro simple remedio que cambiar el destino de llegada hacia otro país que esté cerca de India, en el cual pueda hacer más rápido el visado correspondiente, y ese fue el caso de mi querida Sri Lanka. Después de haber pasado unas horas por la mañana tratando de solucionar este pequeño inconveniente entre consulados y embajadas, nos volvimos a encontrar todos juntos en el punto de encuentro que habíamos quedado cerca del mediodía, Trafalgar Square. Efectivamente era el primer día normal dentro de la semana anormal que veníamos teniendo acerca del clima londinense, las nubes tomaron el control del cielo y la brisa fresca se alternaba con algunas pequeñas lloviznas intermitentes dando todo el aspecto habitual de un día normal en aquella ciudad. Intente empezar a cultivar a mis sobrinos con un poco de cultura general inglesa pero mucha bola no me terminaron dando, asique las historias sobre las batallas en las que los ingleses vencieron a la armada francesa y española allá por el siglo XIX y las curiosas historias sobre el Comandante Nelson que bien siempre custodia la National Gallery desde su inmensa columna, se perdieron en el viento. Sacamos las fotos correspondientes desde varios ángulos y seguimos paso por Whitehall Street en dirección a Westminster donde nos encontramos justo de camino con un cambio de guardia montados a caballos. Pepe y José creían no entendían que hacían aquellos tipos disfrazados con antiguos trajes militares, como si estuviesen dentro de una película, llevando a cabo extraños pasas y marchas militares al grito de varias frases, pero siempre resulta divertido observarlo a la vez que siempre pienso que es más un acto turístico que otra cosa. El próximo lugar en la recorrida fue el imponente parlamento ingles con la Torre del Big Ben siempre tan característica y el Thamesis de fondo, todo una postal para despacharnos con varias fotos grupales e individuales de todos los ángulos. Coronando una de las plazas más importantes e históricas del mundo, se encuentra en la otra esquina del parlamento, la majestuosa Abadía de Westminster junto a la Iglesia St Margaret. Ya había tenido la oportunidad de visitarla por dentro en otro viaje y además de la desproporcionalidad absoluta del valor de la entrada para ir a recorrer la abadía (30 Pounds templo de culto o una atracción turística?) decidí quedarme afuera con mi Juan y Pepe mientras Leti y José entraron para hacer la visita guiada por todo el lugar. Les llevó una hora y media toda la visita, mientras los hombres nos habíamos quedado charlando en el parque resguardándonos de la lluvia y Pepe corriendo a cual paloma se le cruzaba por delante. Como llovía y no había buen pronóstico por delante, preferimos no ir a conocer los parques o lugares por visitar a cielo abierto, asique por una buena recomendación que nos hicieron nos fuimos metro de por medio al Museo de Ciencias en Southkensignton. Me sorprendió el tamaño e infraestructura de este pedazo de museo, completando casi una manzana de estructura, con más de cuatro pisos completos con toda la historia de la ciencia en sus diferentes ramas, con entrada gratis para todos los chicos y adultos claramente es uno de los mejores lugares por visitar en Londres un día de lluvia con niños. Además de visitar todas las salas interactivas, les compramos unos pases a los chicos para que puedan subir a los simuladores y juegos 3D, pero finalmente parece que a Pepe le dio un poco de cagazo meterse en los simuladores y terminamos devolviendo los tickets con varios ataques de risas por las caras de susto del mono.  El tiempo se pasó volando dentro del museo como el día también, ya eran casi las seis de la tarde y no quedaba mucho por recorrer. Hicimos un stop en las lujosas y pitucas galerías Harrods donde paseamos por los diferentes pisos viendo todas las cosas que tenían en exhibición. El sector de juguetería se llevó el mayor tiempo y dinero insumido, con algunos regalos para los gordos bien merecidos. Obviamente casi todo lo que se vende ahí es casi prohibitivo para el bolsillo de clase media, pero valió la pena la visita ya que las tiendas son muy pintorescas y sin dudas un must en la visita a Londres. Para aprovechar que ya veníamos de largo, encontramos un resto de sushi copado en la terraza de un edificio cerca de las galerías, con el tradicional sistema de corredera donde vas agarrando los platitos de los sushis que queres comer únicamente. A los gordos les encanta el sushi, como a Juan y a Leti, y en mi caso no había podido deleitarme con ese plato en casi cinco meses, asique fue genial la elección y la cena termino de manera perfecta. Cerramos otro entretenido y divertido día familiar.

El martes teníamos planeado ir a ver el famoso cambio de guardia en el mítico Palacio de Buckingham pero el clima nos puso en duda si iba a poder ser factible o no. Mientras desayunábamos plácidamente en el hotel, una intensa lluvia comenzó a caer desde el pálido cielo que no parecía dar muestra de mejoras. Chequeamos con el pronóstico pero anunciaba lluvias intermitentes todo el día, y como en Londres un día normal es así, decidimos ir a tirarnos el lance a ver si efectivamente se iba a realizar la ceremonia. Pilotos y camperas en manos nos fuimos para el metro hasta la estación Green Park, desde donde cruzamos todo el parque saltando entre charcos para no mojarnos. Llegamos a la rotonda donde está el Victoria Memorial que a cinco minutos de la hora en que comienza el espectáculo ya estaba completamente llena de gente, al igual que todo el corredor sobre las rejas del palacio. A pesar de desear con todas las ganas que el cielo nos dé un respiro, el de arriba no quiso aflojar y comenzó a llover con una intensidad mayor haciendo de la vista hacia el palacio una marea de paraguas de todo tipo y colores frente a nosotros. Justo nos encontramos en ese momento con Caro, Joaco y Matu (Esposa e hijos de Juani amigos de la familia) que habían llegado ese día a Londres para pasar algunos días también. Nos quedamos refugiados como podíamos en un engranaje de paraguas para parar la lluvia pero los esfuerzos resultaban ineficientes ya que terminamos empapados. Para colmo, solo pasaron algunos guardias a caballos y treinta minutos después de la hora pactada, la policía anunciaba que el espectáculo quedaba suspendido, una lástima por los chicos. Había que buscar un plan para la tarde pero primero tuvimos que volver al hotel a cambiarnos y ponernos ropa seca nuevamente. Ya secos y con las pilas intactas para seguir recorriendo esta hermosa ciudad, nos fuimos en esta oportunidad con el metro para cruzar el Thamesis y salir en la estación London Bridge para recorrer las calles de esa zona. Cuando había viajado en el 2013 para allá, me había quedad en un hostel que quedaba sobre Borough High St por lo que me acordaba bastante las cosas que había para visitar y conocer. Primero los lleve, a mi entender, uno de los mercados de comida más con más onda de Londres, el Borough Market. Sobre las escaleras que sales al lado de la Catedral de Southwark, surge un corredor que da lugar a todos los puestos de comida típica inglesa e internacional que alberga a todos los oficinistas hambrientos que salen en busca de un plato caliente para el mediodía. Las mejores salchichas, lechón ahumado, woks, hamburguesas y todo tipo de variedad de comidas saladas más los clásicos cupcakes, muffins y panqueques, dan sin dudas una gran variedad gastronómica a la hora de elegir el menú. Los chicos optaron por unas salchichas crujientes, yo me mande un sándwich de lechón ahumado con salsa inglesa y Leti con Juan unos rolls de pollo y vegetales. Para darle más calorías a este día frío, termine rematándola con una donout rellena con crema de almendras y avellana, una bomba digamos. Era turno de caminar para hacer la digestión y que mejor que hacerlo bordeando el Thamesis con todas las vistas de la ciudad enfrente, moderna y antigua. Tomamos la rambla que recorre el río sacando unas buenas panorámicas de toda la ciudad y de ambos puentes, el London Bridge y Tower Bridge. A pesar de que el día no estaba despejado, las figuras de los edificios con todo el esplendor londinense en su diseño, dan una linda vista que se aprecia a medida que se va recorriendo la rambla. Antes de cruzar para el otro lado, nos quedamos tomando un café en Starbucks calentando el cuerpo un poco y disfrutando de las vistas. Una vez del otro lado, nos fuimos directo al Tower of London, para mí una de los lugares que más me gusta de Londres, pero como ya había ido dos veces esta vez deje pasar y me quede sentado tomando otro café esperando a Leti, Juan y los gordos que entraron a recorrer este histórico museo. Aproveche para conectarme, chequear los mails, escuchar un poco de música y quedarme sentado viendo todos los paisajes urbanos a mi alrededor con la mera satisfacción de estar ahí en ese lugar otra vez, disfrutando una de las ciudades que más me gusta del mundo. Un par de horas más tarde salieron todos y justo comenzó a caer otra intensa lluvia que pudimos zafar justo entrando al metro para la vuelta al hotel nuevamente. Terminamos la tarde remoloneando en la habitación con los gordos y a la noche encontramos un lindo resto cerca del hotel que nos  propició unas buenas ceasar salads y suculentas hamburguesas con papas fritas, panza llena corazón contento para irse a dormir.

Llegaba la mitad de la semana y ya tenía guardado en mi disco rígido increíbles y hermosos momentos pasados con los gordos, Leti y Juan, disfrutando cada segundo del día a full, exprimiendo cada sonrisa que me entregaban los peques y cada abrazo o apretujón que les iba dando. Después del desayuno empezamos la logística de mudanza, el tema era que todos tenían que ir para el hotel donde se iba a llevar la convención que Juan tenía y yo ahí no iba a poder caer de arriba, asique me fui por dos días a un hostel cerca de la estación de Paddington, Equity Point. Ellos se fueron en taxi para el Marriot y yo me tome el metro para dejar las valijas en mi hostel y encontrarme nuevamente en el hotel cerca del mediodía. El hostel quedaba sobre Westbourne St, una calle típica de barrio londinense con todas las casas blancas iguales a ambas manos, una calle interna para estacionamiento y esa arquitectura singular que tiene esas edificaciones. Habían reciclado una de esas casas y la convirtieron en hostel, con mucha onda y amplios ambientes para pasar la estadía en la ciudad, más que recomendable y a buen precio. De la esquina me tomé el bus en dirección al hotel en el barrio Mayfair, lugar del más exclusivo y lujoso de toda Inglaterra donde albergan las mansiones más caras de millonarios y las embajadas más ostentosas. Llegue al hotel y nos quedamos esperando un rato hasta que le dieron la llave de la habitación, dejamos la cantidad descomunal de valijas con la que viaja mi hermana generalmente para pocos días y arrancamos para ir a continuar el paseo por los distintos barrios de la ciudad. Caminar por Mayfair es caminar por una mina de oro, te podes encontrar tranquilamente más de un millón de dólares en autos estacionados en una sola cuadra y precios de inmuebles que superan los 50.000 USD el metro cuadrado, una cachetada a la humildad y la austeridad. No solo tiene sus casas los políticos, famosos y deportistas, sino una gran colonia de millonarios de medio oriente, que eligen estos placeres para quemar sus millones de petrodólares. Desde Oxford Street nos tomamos un taxi y fuimos directo a recorrer el clásico Camden Market. Estas calles guardan lo mejor del estilo under, locales con todo tipo de ropa desde hard, metaleros, hippie, punk y toda variedad de estilos, cada uno con una marquesina excéntrica y llamativa invitando a todo transeúnte a pasar a visitarlo. Entramos a un mercado de pulga con puestos a cielo abierto donde se pueden comprar varias prendas a buenos precios y todo tipo de gadget o artículo de decoración. Unas cuadras más adelante llegas al puente que cruza el canal y que da una de las mejores vistas sobre el liitle venice con el mercado de comidas a un lado y los clásicos locales del otro, muy lindo paseo para hacer. Una vez más disfrutamos de la comida callejera, en mi opinión la mejor, despachándonos unos ricos sándwiches de carne y rolls que coronamos con dos panqueques con nutella para el placer goloso de los chicos. Con la insistencia de Leti por hacer el recorrido del Little venice en barco fuimos en busco del puesto de donde salían, pero lamentable (o afortunadamente) ya había zarpado uno hacía cinco minutos y el próximo era en una hora, asique lo terminamos haciendo caminando. Fue más lindo poder ir caminando todo el canal, que estaba cubierto completamente por un moho verde bastante llamativo, ya que vas empapándote de esas estructuras que se van erigiendo a sus costados dando las mejores perspectivas en torno a esta larga fosa de agua. Graffities por todos lados, un barco pirata de excursión amarrado, colegios, edificios de viviendas y puentes de trenes que pasan por arriba dan un buen colorido de todo el recorrido del canal hasta el Regent´s Park. Allí salimos luego de una media hora de caminata, topándonos con la entrada al imponente campo abierto desde donde comienza uno de los parques más lindos y extensos de Londres. Con el zoo a nuestro costado comenzamos a caminar sin ninguna dirección alguna, solo relajándonos en el templado día que nos ofrecía la ciudad, unas vistas verdes en 360° y ese aroma de rocío sobre el pasto que te tele transporta a campo abierto. Nos quedamos sentados en unos bancos mientras los pájaros cantaban al unísono, ardillas corriendo y saltando por todos lados y los chicos jugando con los perros y las palomas que andaban por ahí, un placer. Si hubiese estado solo me hubiese pegado una de esas siestas hedónicas que me mando en lugares como esté, pero para nada cambio eso por jugar con los gordos con todo lo que se nos cruzaba por el camino. Cruzamos la mitad del parque y nos quedamos nuevamente sentados en un área de rosadelas y flores que estaba repleta de ardillas y aves, a Juan y a Leti se les había hecho la hora de volver para el hotel ya que él tenía el cocktail de bienvenida a la convención y ella la posibilidad de saciarse por unas horas de las tiendas y compras en la gran ciudad. Por mi parte otra vez el inmenso placer de quedarme solo con los peques la mitad del día con varios programas por delante y muchas momentos por compartir juntos. Primero nos quedamos una hora aprox recorriendo el resto del parque y los coloridos lugares que tiene para apreciar, tratando de agarrar a cuanta ardilla se nos cruzaba por delante mientras le dábamos algunas migas de pan para comer. El clima estaba espectacular, el lugar tranquilo y la compañía de lujo, todo  perfecto. Cerca de caer la tarde y con el sol empezando su retirada del día, nos fuimos para picadilly circus a transitar esas luminosas calles llenas de atracciones y movimiento por todos lados. Descubrí que les encanta ver a los artistas callejeros asique cada dos por tres parábamos por largos ratos a ver como bailaban break dance, cantaban, hacían piruetas y algunas payasos callejeros ingeniándoselas para robarles sonrisas a los más pequeños. Pasamos a visitar el descomunal local de M&M de cinco pisos y las tiendas de NIckelodeon donde nos quedamos jugando un rato con los muñecos y pintando unos dibujos que serían reglaos para mí y los otros sobrinos que quedaron en Buenos Aires. El frío calo un poco la llegada de la noche asique antes del evento principal del día nos fuimos los tres a tomar un café con unos muffins cerca del teatro, así engañábamos el estómago por unos horas hasta cenar después del show. Leti nos había reservado tres entradas para ir a ver Matilda en el Cambridge Theater, un plan genial para disfrutar con los chicos en pleno Soho de Londres. Pese a que la obra era obviamente en inglés, los chicos pudieron disfrutar cada segundo con el tremendo despliegue escenográfico, un vestuario impecable de todos los actores, tecnología de punta en la iluminación, banda de sonido en vivo, y unas coreografías geniales al ritmo de uno de los mejores musicales del mundo. Dos horas a puro show y energía, los dos se la bancaron excelente y disfrutaron a pleno la obra, y a pesar de que no entendían el guion pudieron seguir la historia ya que se acordaban de la película entera. UN planazo resultó y para mí fue un placer haber compartido eso con ellos solos, gran idea y gesto de mi querida hermana que supe exprimirlo al máximo. El premio por cómo se habían portado toda la tarde era otra vez un rico menú de Mc Donalds, a pesar de las preferencias de la madre, y como para terminar el día de manera excelente nos volvimos caminando unas treinta cuadras hasta el hotel, absorbiendo todo el colorido de la ciudad por la noche mientras íbamos charlando y divirtiéndonos de todo. No podía hacer menos que parar y comprarles unos helados y chocolates para premiar la excelente compañía que había tenido ese día, lujos que se puede dar el tío haciendo aquellas cosas que los padres tratan de evitar. Ni bien llegamos a la habitación nos pusimos los tres a pintar unos dibujos y hacerle unas cartitas a Leti ya que después de las doce de la noche empezaba el festejo por su cumple. Justo cuando volvió de cenar con Juan, la esperamos con los gordos en pijamas y unos fuertes abrazos con montonera en el colchón, dando comienzo así a un largo día entretenido y divertido que teníamos por delante para celebrar. Ya entrada la madrugada arranque para el hostel (que ni siquiera había tomado la habitación aun), me tomé un bus que lamentablemente tardó añares en hacer esas veinte cuadras que teníamos de distancia debido a varios cortes de tránsito, terminé llegando a las dos de la mañana y me desplomé en la cama.

El jueves amanecí feliz, el día comenzaba regalándome esas mañanas de lujo, con un sol a plena potencia junto a una brisa fresca que te mantiene siempre a buena temperatura. Sin nubes en el horizonte y después de un breve desayuno de pasada, me tomé el bus para encontrarme con Leti y los gordos de nuevo en el Palacio de Bauckinham, esta vez no podía fallar. Juan lamentablemente se iba a perder casi todo el día ya que justo era la jornada completa de trabajo con la convención, igualmente nos volvimos a encontrar con Caro y sus chicos en la rotonda para ver el desfile de soldados y músicos de la guardia real inglesa. El show comenzó a tiempo, el calor del sol comenzaba a aumentar su intensidad al tiempo que los largos sombreros de cabello negro y trajes rojos empezaban a marchar a paso uniforme. Por detrás, la custodia a caballo junto con la banda sonora, que escupía compases a ritmo por los cuatro costados. Los chicos se fueron escabullendo entre las piernas de los adultos para llegar a tope de la valla y poder tener una mejor visión del desfile, yo me lo calce a pepe en los hombros y con mi compañero de ruta (selfie stick) logramos obtener alguna buena toma. Terminado el evento “turístico” del cambio de guardia teníamos pensado ir a visitar el palacio por dentro pero debido a la extensa cola que había cambiamos de planes por una buena recorrido con pic-nic en el Hyde Park. Todas las condiciones estaban dadas para pasar un excelente rato en el parque, clima excepcionalmente perfecto para un jueves de otoño londinense, los chicos con ganas de estar al aire libre, cumple de Leti y paseo familiar, que más pedir? Entramos por Hyde Park Corner caminando por los diferentes senderos que resaltaban con ese verde brilloso impecable, como si fuese una alfombra, los diferentes canteros decorados llenos de flores dando un toque elegante de color, y las infaltables ardillas desparramadas por todo el campo hacían de ese paisaje una pintura. Al encontrarnos con el extenso lago que recorre el parque, los chicos empezaron a corretear y jugar con las miles de aves que andaban por ahí mientras con Leti disfrutábamos de esas figuras  que se elevan al cielo por detrás de los árboles del parque, gigantes de cementos circundados por un pulmón verde inmenso en plena ciudad. Fuimos a dar un paseo en bote los cuatro, recorriendo diferentes puntos del lago para tomar y deleitarnos con las mejores postales que complementaban de manera soberbia el claro cielo. Después de pedalear el bote un rato con los diferentes copilotos de lujo que tuve, fuimos para el bar que está en una de las esquinas a comprar provisiones y armar el pic-nic en pleno parque. Nos alquilamos unas reposeras que albergaron nuestros cuerpos plácidamente, dando un relax total mientras comíamos unos sándwiches con frutas y disfrutábamos de todo lo que pasaba alrededor. Después de comer nos quedamos tirados como una hora escuchando música, descansando, sin necesidad alguna de emitir una palabra, contemplación felizmente absoluta de ese preciso momento. Leti se había armado un plan con Jóse a solas, partían a ver Mama Mía al teatro, yo, encantado, me quedaba con Pepe en lo que iba a ser una hermosa tarde de hombres. Digamos que con Pepe tengo una relación especial, además de ser mi ahijado y sobrino, tengo una debilidad particular porque compartimos muchas cosas juntos y es un ser extremadamente feliz  cariñoso. Tengo un amor enorme por todos mis sobrinos sin dudas, pero al ser hombre y el haber tenido tanto tiempo de disfrutar diferentes cosas con él a lo largo de su crecimiento, me da una sensibilidad particular. Las cuatro horas que estuvimos solos recorriendo todo Londres fueron simplemente brillantes, nos divertimos, nos reímos, charlamos, jugamos, caminamos, hicimos de todo. A eso de las siete nos volvimos a encontrar con las mujeres que por suerte la pasaron genial en el teatro y volvimos para el hotel a cambiarnos ya que a la noche teníamos la cena de cumple. Tanto Juan como Juani no pudieron venir a la noche porque tenían el cocktail de trabajo, asique nos fuimos con Leti, Caro y los cuatro gordos para el Hard Rock Café a comer unas exuberantes ribs cerrando aun día increíble para Leti por su cumple y para mí por poder compartirlo con ella. Antes de volver para el hostel me junte a tomar unas cervezas con un amigo del cole que andaba por ahí, no duró mucho ya que estábamos agotados y al otro día se venía el segundo partido de los pumas. Día para guardar en el cajoncito de los recuerdos.

Arrancaba lamentablemente el último día de esta semana que compartiríamos juntos, no por eso el más triste, teníamos entradas para ir a ver el partido de los Pumas contra Georgia en Gloucester asique todavía quedaban varias horas por exprimir. Como el tren salía desde Paddington y yo estaba unas cuadras, solo hice el check out por la mañana y deje las valijas en la recepción para pasarlas a buscar a la noche ya que iba a volver a dormir con todos en el Marriot (ya se había terminado la convención). Nos encontramos todos juntos en la estación de tren y tuve la sensación de haber entrado a Retiro ya que había una invasión de camisetas celestes y blancas por todos lados, miles de argentinos esperando con ansias para alentar a los Pumas. Pasadas las doce partió el primer tren en dirección a Gloucester y como no podía ser de otra manera, los vagones colapsaron de argentinos que no cabían en los asientos, en mi caso terminé viajando parado casi dos horas sin poder moverme. Lo único que importaba era el aliento y la buena onda que corría por el aire, ese espíritu particular que atrae el rugby especialmente con los Pumas. La marea bajó en la estación de tren típica de pueblo inglés, al ritmo de cantos y trompetas nos fuimos caminando todos para el fan fest nuevamente a armar la previa. El pueblo de Glucester tiene ese carácter singular de las casas de color ladrillo a la vista, arquitectura inglesa, la avenida principal céntrica con todos los comercios a ambas manos y un canal que atraviesa dándole un toque pintoresco y especial. El fan fest está vez era 95% de hinchada Argentina, familias y chicos por todos lados colmaron el predio disfrutando de todos los juegos con pelota que había para participar y los clásicos puestos de comida grasosa. Así nos quedamos una hora bajo un cielo celeste furiosos, participando con los chicos a cuanto juego se nos ponía delante, comiendo unas riquísimas hamburguesas con papas fritas y dando comienzo a la previo junto a unas cervezas heladas.  Todo era clima de fiesta, estaba todo dado para que los Pumas le pongan un broche de oro al día y así tener un cierre de semana más que perfecto. Camino al estadio nos cruzamos con algunas amigos de Juan y en la puerta nos topamos con Roncero y Selzo (ex Pumas) que gentilmente nos dejaron sacarnos una foto junto a Pepe. Juan había conseguido una ubicación privilegiada en la cancha, platea  media a la altura de media cancha, un lujo para ver un espectáculo deportivo de tal magnitud. Lo único malo fue que nos tocó unos cuatro gordos de Georgia que no paraban de gritar y olían bastante mal, asique nos tuvimos que mover unos asientos más mientras nos matábamos de risa. Y finalmente los Pumas no solo no defraudaron, sino que nos dieron un show de rugby aplastando a los georgianos regalando a todos los hinchas una fiesta total, en las tribunas y en la cancha. Todo fue más que perfecto, al término del partido bajamos con Pepe y Juan a sacarnos fotos con los jugadores que pasaban a saludar en la vuelta olímpica, mientras la gente salía enloquecida festejando el triunfo. Para la vuelta cambiamos el tren por el bus, largo viaje de retorno a Londres que fue apagando la emoción del partido como así también el día. Llegamos como a las diez al hotel y yo me fui directo para el hostel a buscar las valijas mientras que Leti y Juan armaban todas las valijas para partir la mañana siguiente a su próximo destino, Madrid. Cuando volví para el Marriot ya se habían hecho las once y no pudimos encontrar ningún resto abierto a esa hora, decidimos comprar unos snakcs, gaseosas, sándwiches y terminar nuestra última cena juntos en pijama dentro de la habitación. Dormí con los chicos la última noche y me costó conciliar el sueño por largas horas, otra vez tenía una despedida en algunas horas y las ganas de se detenga el tiempo nuevamente fantaseaba en mi cabeza. Pero como eso es imposible de hacer, solo hay que vivir y disfrutar cada segundo como único, irrepetible, ultimo y ese fue lo que habíamos hecho los cinco en los últimos siete días, asique no había nada que reprochar solamente agradecer nuevamente por haberlo vivido ya que nunca me olvidaré de esa semana en Londres con Leti, Juan, Pepe y Jóse.

Muy temprano partimos todos en un taxi para el aeropuerto, yo solamente fui para aprovechar un par de horas más de los peques ya que mi avión salía por la noche desde otro aeropuerto con destino a Colombo, Sri Lanka.  Mientras estrujaba en abrazos a los gordos otra vez, se me cruzaba por la cabeza todas las cosas lindas que habíamos pasado esos días, sensaciones de no querer volver a extrañarlos, ganas de que no pasen otros seis meses hasta volver a ver a los cuatro y más cosas que la cabeza en esos momentos no puede controlar. Son momentos de no hace falta hablar nada, dar un fuerte abrazo, un te quiero y dejar que algunas lágrimas se escapen para no retener tanto la emoción. Gracias enormes a Leti y a Juan por haberme dado una mano y ayudarme a pasar esta increíble semana junto a ellos y a dos de los piojos que más quiero en la vida.

No quedaba ningún plan por hacer ese sábado, solo volver al hotel donde había dejado las valijas, disfrutar un rato a mi querido A&B con su show livestream ABGT#150 desde Sydney y un rato de relax en Hyde Park antes de partir a Heathrow. Ésta si era la última vez que abandonaba el viejo continente en este viaje, con un destino completamente diferente por delante, descubrir Sri Lanka y todo lo que este diminuto país tenía para ofrecerme en tierras orientales.

Colombo a la Quiniela

El vuelo de Londres a Delhi llegó sin ningún sobresalto, aun seguía pensando en todos los momentos que habíamos pasado allá cayendo en la cuenta de que nuevamente se venía una etapa de viaje solo, completamente diferente. A diferencia de estos primeros cinco meses recorridos, lo que se venía por delante era solamente una idea de ruta, sin ninguna planificación anticipada, sin ninguna visita programada y en busca de nuevos desafíos en tierras orientales desconocidas. La escala en India fue solamente de unos minutos y tan solo cruzar migraciones nuevamente me subí a otro avión para llegar así a la capital de Sri Lanka, Colombo. En dirección al sur y luego de unas tres horas de vuelo aterricé en el aeropuerto Bandaranaike, solo poner un pie ahí me dio una sensación mezcla de risa y sorpresa mientras pensaba: Hace solo unas horas estaba en uno de los aeropuertos internacionales más grandes e importantes del mundo y ahora estaba en uno que parecía de cabotaje en algún pueblo perdido…y ahí es donde caigo cada vez en lo que me gusta viajar y la facilidad que tengo de adaptarme a las diferentes y diversas cosas que tiene el mundo, disfrutando cada una sin ningún problema. Ya con la valija en mi poder  y algunas rupias para manejarme en esos países donde la tarjeta de crédito escasea por doquier, me fui en busca de algún medio de transporte que me llevase para el centro de la ciudad donde había reservado una cama en un hostel. El humedad y el denso aire me sacudieron de una piña al salir dándome una transpirada bienvenida, al mismo tiempo que una hermosa estatua de Buda en una de sus exquisitas poses de meditación me recibía en tierras donde el 90% de la población es budista. Los tuk-tuk aguardaban a la espera de los pasajeros que llegaban junto con los taxis y buses, arrojando precios al mejor postor para ganarse algunos viajes. Y así como si nada volví a acordarme de mi viaje a India y Nepal allá por el 2011 cuando descubrí que había países donde los precios dejan de ser baratos para ser en algunas ocasiones absurdos, finalmente opté por el bus local que para trasladarme unos 30km solamente me costó uno 80 centavos de dólar.

La estación central de buses en Colombo se encontraba revolucionada a plena tarde cuando arribé, un mercado a su alrededor donde se comerciaba a un ritmo vertiginoso, personas subiendo y bajando de todos los autobuses a pleno movimiento y un sinfín de tuk-tuk que entraban y salían, welcome to the caos. De esta forma arrancaba nuevamente un viaje después de cinco años por aquellos países y ciudades donde las reglas urbanas son innecesarias ya que todo se maneja al pulso y al compás de las personas, el transporte, el comercio, el trabajo, absolutamente todo. Luego de negociar (lo que iba a ser mi primera negociación en un millón) con un tuk-tuk, me subí a esos adorables y característicos medios de transporte para luego de cuatro minutos (y darme cuenta que estaba a diez cuadras y que me había cagado con el precio) llegué al hostel para hacer el check in y descansar un rato. Me quede la tarde descansando mientras planificaba el día siguiente ya que tenía que ir a hacer la visa al consulado indio y recorrer en un día lo mejor que pueda Colombo. Ya con la noche había copado la ciudad cuando salí a caminar un poco y recorrer los áreas cercanas al hostel, un lindo centro comercial con un TGI Fridays a puro color que resaltaba de todas las esquinas, elegantes hoteles sobre la costa, dos altas torres de oficinas que pertenecía al Ceylon Bank y un templo en forma de loto que ofrecía una ceremonia celebrando ese domingo un día festivo para los budistas. Interesante ciudad y país tenía por delante para conocer en todas sus dimensiones, pero era momento de descansar asique volví para el hostel y el cuarto que compartía con otros dos orientales y un aroma difícil de sobrellevar (otra vez la risa se gestó en mi cara al tiempo que me di cuenta que la noche anterior estaba durmiendo en el Marriot de Mayfair en Londres, linda diversidad que tiene el viajar por el mundo).

Me levanté como a las siete de la mañana ese lunes ya que me había desmayado muy temprano la noche anterior y por suerte había dormido bien para recuperar fuerzas. Me quede haciendo algunas cosas en la compu mientras tomaba un rico desayuno esperando la hora que llegase el tipo del tuk-tuk que había arreglado para hacer toda la recorrida. Ocho en punto y con una llovizna incesante que daba comienzo al día partimos desde el primer distrito hasta el quinto de Colombo para llegar en media hora, atravesando un caos de tránsito, al consulado de India. Tenía todo los papeles completos y las fotocopias necesarias para la presentación, pero, como todo organismo público tiene sus arreglos, al presentarlos me marcaron unos errores que tenía que corregir al mismo momento que se me acercaba un hombre a ofrecerme los servicios para rellenar e reimprimir el documento por una módica suma, caso contrario tenía que volver al hotel y perder más tiempo y plata. Unas rupias menos en el bolsillo y diez minutos más tarde ya tenía el formulario correcto presentado sin ninguna observación, la visa iba a estar lista para una semana más tarde que tenía que volver para dejar el pasaporte y que estampen la misma. A la salida negocié con el mismo tipo del tuk-tuk que me estaba esperando para armar un recorrido por tres horas a los diferentes lugares turísticos que había para conocer. Empezamos por el memorial de la independencia de Sri Lanka, una larga plataforma con techo de madero tallado al estilo oriental que cuenta con unos frescos en sus paredes internas representando la historia y las diferentes batallas que llevaron por ultimo en el año 1948 a la independencia del país frente a los Británicos. Este lugar resalta al estar rodeado de un intenso verde parque y unos edificios públicos blancos construidos al estilo inglés. Allí me cruce con un viejito divino que me acompaño en la recorrida contándome un poco más en detalle los últimos siglos acontecidos en el país y su llegada a la revolución e independencia. Seguimos ruta al próximo punto turístico, en este caso a la municipalidad o town hall de Colombo, de forma parecida a cualquiera de sus semejantes en europeos. Enfrente un inmenso parque con otra estatua de buda que siempre inspira armonía y paz, unos largos canteros con flores y caminos que en ese día estaban bastante inundados debido a las constantes lloviznas. Avanzamos luego al templo budista Gangaramaya Temple uno de los más importantes del país en donde se llevan a cabo las celebraciones más importantes. Hace muchos años que la filosofía budista penetro en mi intelecto y me dio varias respuestas las inquietudes espirituales que abundaban en mi persona, ya después de haber hecho varios cursos y leído mucho acerca de las diferentes ramas del budismo y su esencial significancia, volvía a tener la inmensa alegría y posibilidad de visitar nuevos templos y lugares que me llenan de paz. Justo cuando entré se estaba llevando un ritual en la sala principal,  adoración de música para el Buda en sus diferentes enormes representaciones que aparecían en la sala. Después seguí caminando recorriendo todo el templo pasando por las diferentes salas de los estudiantes que llevan a cabo su preparación para ser monjes, las salas de meditación y ceremonias, y las diferentes estatuas de buda en sus diferentes poses. Todo muy colorido, con mucha vida y alegría a pesar de que las instalaciones no estaban en perfectas condiciones. Subí al museo del templo donde fui repasando con el guía que me acompaño las diferentes pinturas y esculturas representando la vida de Buda y su camino hacia la iluminación, justo a la salida había algunos fieles haciendo sus adoraciones en un árbol de higuera, el mismo sobre el cual Siddartha Gauthama se convirtió en Buda (iluminado).Muy contento con la visita del templo, el tuk-tuk man me llevó para otro templo que quedaba sobre un lago en el medio de la ciudad, muy chico este (solo de una sala) está rodeado por una cerca de madera con cientos de mini budas en postes dando una postal increíble con el paisaje de fondo. La llovizna volvía a golpear las calles de la ciudad asique volvimos camino, en este caso para el centro de la ciudad, a visitar los últimos dos lugares en la lista. El primero fue un templo hindú que lamentablemente está cerrado pero que pude sacar algunas fotos de su particular estructura, y el segundo fue visitar una mezquita roja en pleno caos céntrico. Es particularmente diferente a cualquier mezquita tradicional, ya que está construida como si fuese una casa de diferentes plantas con las salas de adoración en cada piso y unas fuentes centrales para las abluciones. Muy moderna en su edificación y con unos detalles de decoración sobre mármol impactantes que me dejaron sorprendido, pero que debido a la intensa mirada de los musulmanes dentro frente a la pinta que tenía y al tomar algunas fotos, me retiré digamos apresuradamente. Vuelta al hostel para bancar un poco que parase la lluvia y ver que armar para los próximos días que tenía por delante sin absolutamente ningún plan. Con mapa en mano y la ayuda de la gente que trabajaba ahí, fuimos armando un posible recorrido atravesando el país parando en algunas ciudades con atracciones interesantes para visitar. A la tarde me largué a caminar sin rumbo por la ciudad, esos barrios y cuadras donde transcurre la clásica vida cotidiana en su máxima expresión. Lo primero que sentís cuando caminas estos lugares es la fuerte invasión a los sentidos, que con un repentino salto se ponen en alerta frente a todo lo que acontece a tu alrededor. La calle en este tipo de ciudades es la que gobierna, todo se lleva a cabo ahí, afuera, en vivo y en directo, a un ritmo que no pará durante todo el transcurso del día. Los olores se potencian, los ruidos se magnifican, la visita no llegar a contemplar la cantidad de cosas que pasan a tu alrededor en un segundo, el gusto descubre nuevos horizontes mientras probas las comidas callejeras y el tacto de vuelve sensible. Aprendí en el viaje que había hecho a la India que la mejor manera de absorber todo eso es ir caminando sin temor por la calle atento a todo, disfrutando de lo que pasa a tu alrededor, con la cabeza alta y devolviendo con una sonrisa cada gesto de la gente que te mira sorprendida como si fueses sapo de otro pozo. En estos lugares tener la “piel blanca” y ser occidental es llamativo, eso invita a que haya personas que te pidan sacar una foto o te escaneen de arriba a abajo mientras caminas, siempre con amabilidad y una sonrisa. Te pasa de ir caminando cuando adolescentes o grandes se ponen al lado tuyo preguntándote de donde venís o entablando cualquier tipo de conversación, así fue que tuve varios compañeros de caminata (digamos como unos cinco) en la hora y media que estuve envuelto por esas bulliciosas y asombrosas calles. En un momento pasé por una clásica peluquería de barrio y me dije: por qué no raparme de nuevo? Tenía unos meses por delante en climas húmedos y el pelo largo molesta, asique frené y un gran peluquero musulmán del que me hice compinche me rasuró por completo. Con la bocha fresca seguí recorriendo ese mercado que parecía el barrio de once porteño con todos sus distinticos comercios a pleno negocio. Un dato de color acerca de la idiosincrasia de los Sri lankeses es la cantidad infinita de puestitos y locales de quiniela que hay por toda la ciudad, haciendo desenvolver a los que menos tienen una pequeña fracción de sus ingresos diarios en busca de que el azar les permita evitar aunque sea por unos meses la pobreza. Todo tipo de juegos y boletas se venden al grito de altoparlantes por todos lados, muy particular y llamativo. De camino al hotel, un chico con uniforme de colegio empezó a caminar a la par mía con una cara de ganas de hablar tremendas, le pregunte el nombre y algunas cosas de su vida y me pregunto si me podía acompañar en la caminata. Obviamente le dije que sí pero que no tenía destino alguno sino que solo caminaba para recorrer pese a que él mucho no le importaba. Fuimos charlando de nuestras respectivas vidas y diferentes formas de vivir, él estaba cursando cuarto año del secundario, vivía en un pueblo cerca de Colombo y quería ser ingeniero de informática de profesión. Con un inglés bastante prolijo seguimos conversando hasta pasada una hora que llegamos a la costanera de la ciudad, ahí fue donde el partió para su casa y yo me quede recorriendo de punta a punta la rambla con el océano indico golpeando la costa a un costado y los puestitos callejeros con las más exóticas comidas del otro. Las hornallas sobre las garrafas empezaban a arder, los cocineros urbanos preparando todas las verduras y mariscos para su próxima cocción al tiempo que cientos de ciudadanos hambrientos se asomaban para despuntar el paladar. Con esos aromas, colores y sabores me quedé sentado sobre la rambla otra hora más viendo como todo sucedía en su giro habitual, con un atardecer que caía de frente y una ciudad que se iba apagando a mis espaldas. Terminaba el día con un gran pantallazo de aquella ciudad vertiginosa, con la alegría de haber podido charlar con varios locales conociendo más su historia y su forma de vida, aprendiendo de su cultura, religión y cotidianeidad urbana. A la noche pasé un rato por el casino (es el único país en toda la región que acepta el negocio del juego) ya que me habían pasado un buen dato sobre el buffet de comida y bebida gratis que tenía (hay que aprovechar todas las oportunidades). El casino parecía de primer nivel, la cena estuvo muy rica y para pasar el rato termine apostando unas fichitas al black Jack. Me fui empatado después de dos horas de juego pero con la panza llena y unas ricas cervezas disfrutadas, termine jugando y charlando al lado mío con el ex gerente general de Adidas para todo medio oriente y otro hombre de india que vivía en la ciudad de Hyderabad, ambos muy macanudos me invitaron a visitar sus ciudades y quedarme en sus casas. Día largo pero productivo, era tiempo de dormir que el martes amanecía muy temprano para comenzar el recorrido atravesando Sri Lanka.

Kandy Budista

Desperté con el alba y con todas las ganas de empezar a recorrer este país que prometía mucho, sin chances al desayuno del hostel que era bastante decente, partí a seis y media de la mañana camino a la estación de trenes de Colombo que quedaba a solo unos diez minutos. El día anterior había sacado el ticket con dirección a Kandy en segunda clase, tentando al destino a ver qué tal estaba el transporte ferroviario en aquel país. Primer punto a favor fue que salió en punto, segundo el tren estaba en “buenas” condiciones se podría decir, tercero mi asiento estaba disponible y cuarto a pesar de no tener aire acondicionado aceleraba con todas las puertas y ventanas abiertas a gran velocidad generando una linda ráfaga viajera. La primera hora y media del viaje la dedique a escribir en la compu escuchando buena música y disfrutando de los primeros paisajes que aparecían por la ventana. En la segunda etapa del viaje, al ver que las vistas urbanas se iban transformando en verdes colinas, deje todo lo que estaba haciendo y me fui a apreciar los paisajes desde la puerta del vagón que estaba abierta de par en par. Allí me puse a charlar con Thameera, un chico de unos 17 años que volvía al pueblo a visitar a su familia, nos pusimos a hablar de cada uno y sobretodo lo indague bastante sobre las costumbres y culturas del país. A medida que el tren avanzaba, enormes montañas completamente forestadas de verdosos bosques ganaban el paisaje, las vistas se tornaban exquisitas y la brisa fresca que pegaba en la cara cual colgado de ese vagón, hacían de ese momento único. Pude tomar algunas fotos y videos de la travesía mientras seguíamos charlando con Thameera, en este caso la charla terminó con un intercambio de ideas acerca del budismo, filosofía de la cual ambos congeniábamos. Al llegar a la estación, de muy buena onda me acompaño hasta el hostel que había reservado, de ahí él se fue para la casa de la abuela y yo me dispuse a dejar las cosas en la habitación para arrancar el recorrido. Kandy es una pequeña ciudad que se encuentra en el centro sur de Sri Lanka, cuenta con un pequeño centro que está bordeando a un lago, sumergido entre colinas que lo rodean en todos los sentidos. Volví caminando por las cuadras céntricas en dirección a la estación central nuevamente, visitando los típicos mercados de comidas y los puestos tan característicos que estaban en plena ebullición del día. Todo transcurre a un ritmo vertiginoso en este tipo de ciudades,  mientras uno parece ser el  mero espectador dentro de una película u obra de arte. Desde el centro comencé a subir una colina a través de unas calles que me llevaron al primer lugar que tenía pensado visitar, el Gran Buda Blanco. Tanto en Nepal, Sri Lanka, Buthan o cualquiera de los principales países Budistas, tienen la particularidad de construir sobre las montañas o colinas enormes esculturas de budas (Desde 30 a 60 metros de altura) que los utilizan como iconos para montar monasterios a los alrededores y centros de culto para los visitantes. Un monje me llevo a recorrer el lugar mostrándome las diferentes áreas y la sala donde llevaban a cabo las ceremonias. Por la espalda del gran Buda blanco comenzaba una escalera por la cual podías subir y entrar a los diferentes sectores (que vendrían a estar dentro de la gran estructura) donde había diferentes esculturas en tamaño menor para que la gente pueda hacer sus ofrendas y rituales. Desde el último tramo que se podía subir, llegué a un mirador que me regaló una vista inigualable de toda la ciudad, circundada por esas colinas que brillaban a la luz del día y el lago que daba un toque especial a esa imagen que quedó grabada en mi retina cual cuadro de museo. Desde ese punto, y con la parte frontal del Buda custodiándome, me quedé sentado en el piso observando esa vista y se me vino a la cabeza la genial idea de hacer una corta meditación aprovechando el lugar. Por suerte no había otros turistas visitando asiqué culo en el piso, ojos cerrados, aire fresco y me tomé unos increíbles veinte minutos que me dejaron una placida meditación en mi haber en un lugar más que especial. Con el prana a todo tope, me despedí del lugar y arranque para el centro nuevamente, volví al mercado para comprar algunas frutas que serían mi almuerzo mientras seguía caminando las calles. Las caras de los locales se sorprendían al verme pasear como bicha raro, pero como siempre, un gesto de sonrisa se ocupaba de romper toda barrera para intercambiar un Hi, where are you from? Volví para el hostel a descansar un rato y resguardarme de algunos chaparrones que empezaron a caer, casi cronometrizado con lo que había leído del pronóstico para esas zonas. Me dormí una cuasi siesta de media hora en un living muy cómodo que había y arranque a caminar para el Parque que mezclaba algunas calles residenciales con un vasto y extenso parque silvestre. El aroma del rocío sobre el pasto fue mi compañero por todo el trayecto donde pasamos desde una escuela llena de chicos que salían de estudiar, una cancha de cricket a puro juego estudiantil, una colonia de monos que me recibía en la entrada del parque y una vegetación descomunal por doquier me hicieron pasar una agradable tarde. Para terminar el día, me fui a visitar el famoso templo Reliquia del Diente de Buda, un importante monasterio donde residen algunos de los monjes budistas más importantes del país que guardan en ese templa la reliquia de mayor importancia, un mismísimo diente de Lord Buda. El imponente templo se encuentra a orillas del lago con una entrada que marca la importancia del lugar y un parque como antesala al área principal. Ya descalzo y con la entrada comencé a recorrer el templo y sus alrededores, empezando por las áreas cerradas ya que la lluvia finalmente iba a acompañar la llegada de la noche. EL templo por dentro tiene una imponente sala de tres pisos construida sobre madera en el exterior con todo tipo de ornamentos budistas. Estaba a puertas cerradas ya que solo tienen acceso los monjes y se abre al público únicamente una vez cada cinco años. En los alrededores están los dormitorios, las sala de lecturas, un museo sobre el templo y las diferentes áreas de ofrendas. Salí a visitar el parque que cuenta con una hermosa fuente en el medio, un largo recinto para llevar a cabo ceremonias en casos especiales y el pórtico desde donde se entra a otro establecimiento que cuenta con el museo del budismo alrededor del mundo (muestra de cada país budista del mundo).  A las seis en punto el recinto principal ya estaba colmado de gente para presenciar el ritual diario que se lleva a cabo donde al ritmo de tambores, flauta y redoblantes, cuatro monjes entran a la sala principal y dan anuncio para que los visitantes puedan pasar a las diferentes salas de ofrendas ofrecidos por ellos mismos. La estrella de la noche llega cuando abren la puerta principal en el segundo nivel para que los visitantes desde una pasarela enfrente, puedan ver el cofre donde se encuentra la reliquia del diente de Buda. La desesperación de la gente por las fotos y videos no te permite ni quedarte un segundo parado enfrente pero valió la pena la pasada para ver tan importante tesoro. En el museo se puede ver la historia de cómo fue la llegada del diente, desde que murió Buda hasta siglos más tardes después arribar a esta ciudad. Emprendía regreso luego de tal encantadora ceremonia para el hostel, las energías estaban a punto de agotarse, solo quedó tiempo para frenar en un cantón chino que me proveyó de un riquísimo chopsuey con pollo agridulce para llenar el estómago de comida e irme a dormir. Había decidido partir a la mañana para Nuwara Eliya, próximo destino en la aventura.

Nuwara Eliya & Ella al Té

El viaje podía hacerlo en tren o bus, en la recepción del hotel me dijeron que lo mejor era hacerlo en tren ya que podía disfrutar de unos paisajes increíbles pero la contra es que duraba cuatro horas y media más otro bus que me tenía que tomar para el centro. Erróneamente decidí tomar el bus que iba a tardar la mitad de tiempo y me dejaba directamente en el centro de la ciudad, así podía dormir un poco más y llegaba a la misma hora. Partí finalmente a las nueve de la mañana de la estación de Kandy en una combie, mitad turistas mitad locales, en la cual iba bastante cómodo y fresco. El sistema de buses por estos lugares funciona así, uno maneja y el otro (u otros) van chiflando a la gente por la calle al frito de los destinos de cada bus para que la gente vaya subiendo con el colectivo en movimiento, toda una dedicación y sincronización de oficio. Luego de una hora que tardamos en salir del caos del centro y con la combie ya completa, empezamos a recorrer unas rutas que atravesaban todas las montañas en medio de impresionantes plantaciones de té que se iban a adueñar del paisaje por el resto del trayecto. Lamentablemente no pude apreciar demasiado las vistas ya que íbamos con las ventanas cerradas por el aire acondicionado e iba sentado en el lado opuesto del que se veía mejor las colinas. La mañana se fue trazando entre un sol tímido que aparecía a través de las nubes de vez en cuando, unas montañas en el horizonte completamente teñidas de plantaciones de té dando un espectáculo de la naturaleza sin igual y la ruta que iba abriéndose paso rodeada de bosques y verde. Finalmente cuando llegamos me di cuenta que la principal atracción de esta ciudad era precisamente el viaje en tren para engalanarse de esas panorámicas únicas en el mundo, pero ya de nada servía arrepentirse, tenía la tarde para recorrer la ciudad y descubrir lo que tenía para ofrecerme. Al bajar del bus le pregunte a una pareja de franceses si sabían de algún buen lugar para alojarse pero ellos había reservado una hotel bastante caro para mi presupuesto, asique con las valijas encimas empecé a caminar para encontrar lugar donde pasar la noche. Termine  aceptando la oferta después de negociar un poco para quedarme en un “hotel”  a unos cinco minutos del centro que estaba sobre la ladera de una colina, las facilidades digamos que eran bastante precarias pero la buena vista y el precio compensaron la balanza. Nuevamente con la precisión casi perfecta, el cielo se fue transformando a un gris oscuro cerca del mediodía que dio comienzo a una furiosa lluvia forestal, no venía mal para tomarse un rico té y quedarme reposando en un sillón sobre la entrada con la vista de toda la ciudad a mis pies. La lluvia no parecía que iba parar asique con campera de lluvia en mano y unas zapatillas deportivas me fui andando bajo esa ducha tropical que hacía resaltar más el denso verde de los alrededores. Pasé por una cantina en el centro a comer algo caliente, después me fui a recorrer los mercados como siempre y seguí camino hasta un lago que quedaba a unos cinco kilómetros del centro, bastante lindo.  De camino de vuelta para el centro sin saber mucho que hacer porque la llovizna no paraba, me frenó un tuk-tuk al lado con un rastafari escuchando Bob Marley a todo trapo tentándome para hacer algún recorrido por las afueras, solo ver la onda de ese tuk-tuk tuneado y la música no me hicieron dudarlo dos segundos, además de que la negociación fue bastante sencilla. Arrancamos el recorrido saliendo unos kilómetros al norte para llegar a una de las plantaciones más grandes de Nuwara Elya, Pedro, donde pase a visitar la fábrica y caminar un poco por los diferentes senderos que se abrían paso en la plantación. No tenía al sol dándome el resplandor de semejante paisaje pero sin embargo aquellas espesas nubes entre las colinas con la cálida llovizna que pintaba las hojas de té hicieron del lugar otro espectáculo para mis ojos. El siguiente punto a visitar eran unas cataratas sobre la colina opuesta donde estábamos a la cual tardamos en llegar ya que el mono vehículo tuvo que ir trepándose por unas calles de piedras que le dieron menudo esfuerzo, pero que al sonido de “No woman no cry, no woman no cry” fuimos avanzando lentamente cantando toda voz hasta llegar a destino. Tuve que caminar un kilmetro aproximadamente por un caminito que iba abriéndose paso entre un bosque y las plantaciones hasta encontrarme con una inmensa catarata de unos treinta metros estallando sobre unas rocas a mi pies. Como describir ese lugar donde estaba yo solo, con unas cataratas cayendo sobre mis ojos, plantaciones de té por doquier, bosques y algunas humildes casas que se asomaban en medio aquel verdoso paisaje que gobernaba el lugar, difícil de describirlo con palabras. Y no hacía falta más nada en ese momento que quedarme sentado sobre unas de las rocas sacando algunas fotos y sencillamente permanecer contemplativo frente esa exquisita soledad que me regaló aquel lugar. Cuando volvía para el tuk-tuk me crucé de nuevo con la pareja de franceses que iban para las cataratas, intercambiamos saludos y datos de contacto ya que quizás al otro día visitaríamos juntos una parque nacional cercano a la ciudad. La peripecia del viaje termino con el recorrido de los barrios periféricos de Nuwara Elya donde aparecían algunas casas modestas con el contraste de un inmenso complejo de golf y hotel en medio de los montes.  Con la alegría de haber visitado todo el lugar junto al rastafari y al disco completo de Bob Marley volví paseando por el centro, degustando algunas comidas típicas de ahí (panqueque de arroz con nuevo, queso) recorriendo nuevamente el mercado con los puestos de carne y verduras que no pasaban ningún tipo de certificado de seguridad e higiene y descubriendo algunas cantinas que a esas horas ya sacaban a los últimos borrachos que quedaban por salir. La noche se cubrió rápidamente de una densa niebla con esa garúa incesante tapando por completo la ciudad, clima perfecto para tomarse unas buenas jarras de té en la cama escuchando música, escribiendo y leyendo.

Finalmente la noche anterior había arreglado con Pierre y Coralie que me sumaba a la excursión con ellos para ir a visitar el parque Horton Plains por la madrugada. Como el clima indefectiblemente al mediodía se pudría, había que ir bien temprano por la mañana para poder aprovechar toda la caminata con buen tiempo y así disfrutar de los diversos paisajes. Me pasaron a buscar a las cinco y media de la mañana con una mini combie para emprender ruta hacia el parque, yo me fui directamente con las valijas ya que luego de la excursión me subía a un tren para ir hasta Ella, el próximo destino que quedaba de camino. Durante el trayecto fuimos intercambiando saludos y formalidades para romper el hielo en ese opacado amanecer,  así  podía conocer un poco más de ellos y viceversa. En la entrada del parque nos esperaba una larga fila de taxis y combis que aguardaban por el inconcebible sistema de entradas que tenía el lugar, tenía la gente que hacer una fila enorme para solo una ventanilla, sacar los tickets y volver a sus vehículos para así pasar la entrada. El frío que azotaba la mañana junto con la niebla en el cielo no daban buenos augurios aunque confiamos en la palabra del conductor que nos dijo que iba a ser una mañana soleada (como si tuviese la bola de cristal) asique esperamos unos cuarenta minutos junto con una invasión de chinos agolpados para sacar las entradas también. No podía falta el clásico sistema de “evite la cola” donde unos locales por unos pesos más se colaban directamente a la única ventanilla y el de adentro le pasaba los tickets por debajo haciendo a todos contentos, el turista pagando el doble y todos entongados con unos pesos más. Ya con los tickets en nuestro poder volvimos a la combie y anduvimos unos cinco kilómetros más hasta llegar a la entrada desde donde comenzaba el trecking, con la brillante bienvenida de unos arces que nos recibieron a cambio de algunas galletitas y snacks que teníamos en las mochilas. Partimos la caminata con algunas provisiones para comer, agua, ropa cómoda y buenas ondas para disfrutar de la naturaleza en todo su esplendor. Los caminos se abrían entre las planicies que formaban el lugar pasando por arroyos, bosques y algunas zonas rocosas para ir ascendiendo. La formalidad se rompió bastante rápido con Pierre y Coralie por lo que fuimos charlando en confianza de nuestras vidas, sus años de parejas, anécdotas, viajes y demás temas. Llegamos al primer punto destacado del lugar llamado Little World´s End, un punto en el medio de una montaña con una formación rocosa desde la que se veía toda la cadena montañosa hacia el horizonte con un extenso valle sumergido en el medio donde habitaba un pequeño pueblo. A más de mil quinientos metros de altura las panorámicas que ofrecía ese punto de vista fueron simplemente perfectas, el sol había ganado la mañana como pronostico nuestro amigo dando un reflejo supremo a todo el paisaje y las nubes que atravesaban el valle la frutilla del postre. Seguimos camino en asenso por entre medio de unos lagos y vegetación al estilo jungla con unos monos que se nos cruzaban por la cabeza y todo tipo de aves planeando en el cielo. A media mañana llegamos finalmente al punto de Worlds End, con la misma obra de arte sobre nuestros ojos pero con quinientos metros más de altura y un horizonte que se extendía aún más,  sucumbiendo el tiempo por completo. Después de sacar las mil fotos correspondientes que se merecía ese lugar (peleando con los mil chinos que había para tener un espacio de fotografía, casi imposible) nos sentamos sobre una roca en el punto más alto a comer algo y relajarnos en esa inmensidad que nos regalaba la naturaleza. Nos hubiésemos quedado horas ahí simplemente haciendo nada pero había más por ver asique seguimos camino entre risas sobre historias de viajes y sobre los chinos con su particular forma de ser turista en todos los aspectos, riéndonos con buena onda. Fuimos descendiendo hasta llegar a unas mesetas que tomaban el protagonismo del paisaje con diferentes tonalidades de pastizales, lagos atravesando de punta a punta, frondosa vegetación y diversa arboleda. De ahí nos fuimos directamente a unas cataratas que estaban entre medio de un bosque al cual accedimos trepando por un caminito que ascendía entre las rocas para llegar al ancho río que caía bruscamente hasta el lago. No era de gran altura la catarata pero si de ancho tamaño, construyeron unas pasarelas sobre el costado para que la gente pueda sacar buenas postales de todos los ángulos. Emprendimos camino de regreso para terminar con la caminata que nos había llevado toda la mañana, apreciando hermosos paisajes en todos los sentidos y disfrutando de una muy simpática compañía. Me dejaron en la estación de tren que quedaba cerca del lugar donde pasaría un tren en dirección a Ella que tenía que tomar para llegar a destino unas cuatro horas más tarde. La estación parecía sacada de un cuento, era la más alta en todo el país y tenía una aire al estilo de pueblo. Con la llegada del tren aparecieron cientos de chinos nuevamente que se subirían al tren, copando todos los vagones con unas caras de alegría que te daban ternura. Las cámaras fotográficas duplicaban la cantidad de personas y el lugar se tornó un set de fotografía, le sacaban fotos a lo que pasaba por delante, a las vías del tren, a los perros, a todo, sencillamente muy gracioso. El tren estaba completo y no había lugar ni para moverse, pero vi a dos señoras subirse al último vagón que parecía deshabitado y me mandé corriendo para allá. Resulta que ese vagón era para el guardia del tren que tenía su oficina ahí y una espacio de guardado vacío, las dos amables señoras inglesas se habían parlado al guardia y así había accedido a sector “vip” del tren al cual me dejaron subir. EL viaje termino siendo un disfrute total, me la pasé cuatro horas charlando con las dos señoras de la vida, les conté de mi viaje, de los lugares al que había ido y ellas me contaron sobre sus familias y trabajos. Para darle el broche de oro a esas cinco horas de tren, tenía acceso libre para ir colgado del vagón con todas aquellas colinas repletas de plantaciones de té a mi merced, sacando las mejores fotos y disfrutando plenamente de todo el lugar. Sr Lanka y su naturaleza no dejaban de asombrarme. Despedida en la estación de Ella con las señoras compañeras de viaje, los cientos de chinos que bajaban a la estación dándome la idea de que los iba a seguir viendo en los próximos días y a empezar la búsqueda de un nuevo lugar para dormir. Como al día no le quedaba mucho tiempo, vi un par de lugares y me decidí por un guest house a unas cuadras del centro que parecía muy acogedor y la familia que lo manejaba era encantadora. Me pegue una buena ducha y me quedé la tarde descansando en el parque de la casa mientras iba decantando en mi cabeza todos los hermosos lugares que había visitado esos días. A la noche pasé nuevamente por el centro para ir a cenar temprano al resto “Chill” que quedaba sobre la principal y que parecía ser el más copado en todo el pueblo. Pierre y Coralie habían llegado sobre la tarde a Ella también asique se sumaron a la cena donde nos pasamos un largo rato charlando, disfrutando de unas ricas cervezas y compartiendo aún más historias y anécdotas graciosas de la vida. Dos personas muy agradables, simpáticas y dadas con las que ya tenía la confianza y la buena onda como para compartir el viaje. Día que había arrancado muy temprano y terminaba muy tarde, agotador pero muy feliz.

Amanecí con los cantos del gallo muy temprano por la mañana, la luz que penetraba el débil mosquitero del cuarto me dio la pauta que iba a ser una soleada mañana haciendo mi sonrisa mañanera aún más grande. Había arreglado con la dueña de la casa que iba a desayunar a esa hora, cuando salí del cuarto tenía ya el desayuno preparado en la mesa del patio con una mañana perfecta. Me quedé sentado charlando con la señora y el chico que trabajaba dándole una mano, contándoles un poco de mi viaje mientras que ellos me contaban sobre sus familias y costumbres. Unas ricas tostadas con té y unas frutas de estación me proveyeron de buenas calorías para arrancar el día y empezar con las actividades que había programado. Desde el guest house salía la calle para ir a visitar el mirador Little Adam´s Peak, que se encontraba a unos cinco kilómetros andando entre montañas y algunas piedras que subir. El trayecto no era complejo de hacer y ya entrado en el camino  los hermosos paisajes se iban deliñando en el horizonte con un sol que tomaba potencia de temperatura. Algunos contingentes de orientales me acompañaron en la caminata con sus gigantesca cámaras y con el beneficio de propio de ser los artífices de alguna de las mejores fotos que me sacaron durante el viaje, a ellos sí que hay que pedirle el favor. Se vino en el final del trayecto una escalada imprevista que me hizo sudar bastante para esa hora de la mañana pero que a la vez dio la entrada a uno de los miradores más espectaculares de todo Sri Lanka. La cima de esa colina se extendía unos cien metros de lado a lado, una cadena montañosa enfrente con todo tipo de vegetación se apoderaba de todas las vistas generando una obra de arte de la naturaleza. Se deprendían algunas rocas de las colinas que te permitían sentarte como colgado del mundo y quedarte observando descomunal paisaje donde podías ver desde cataratas, las rutas que atravesaban las montañas, desfiladero y tupidos bosques. Como si ya eso fuese poco, el contraste que daba con el cálido cielo celeste a todo brillo y el sol engalanando el momento, daban un soberbio espectáculo que te dejan con la boca abierta por largo rato. Iba caminando de acá para allá, tratando de sacar mil panorámicas para retratar ese momento de la mejor manera que pudiese. Algunos chinos muy cordialmente me sacaron lindas fotos pero llegó un momento en el que me di cuenta que era un lugar más para contemplar que para retratar. Asique dejé todos los aparatos de lado y me fui hasta una roca desde la otra punta del mirador donde no había nadie para quedarme sentado con los pies colgando al precipicio y ese paisaje que se adueñó de mi vista por un par de horas. No hacía falta música, ni compañía, ni charlar, ni nada, fue un momento de conexión total con ese lugar que pude disfrutar en su máximo esplendor. Termine quedándome hasta el mediodía ahí sentado pensando en las cosas de la vida y en la felicidad que tenía por poder estar ahí, precisamente en ese lugar en ese momento. Llegaron luego algunas personas de diferentes países con las que intercambie algunas palabras y les cedí mi espacio privilegiado para que disfruten del lugar como lo había hecho yo, de paso le di respiro a mi cuerpo del sol y seguía camino al próximo destino. Si la panorámica de frente era un espectáculo, la de atrás no quedaba atrás, unas cabañas de abrían espacio en medio del bosque con una plantación de té a un costado y una fábrica en plena producción. Me cruce el monte para llegar allí y hacer una excursión guiada muy interesante por la fábrica de té verde, donde pude ver todo el proceso desde que levantan las hojas hasta que queda empaquetado en las diferentes versiones (Grueso, Medio, Fino, Saquitos). A la salida me encontré con un puente de nueve arcos, característico del lugar, donde se encuentra un hotel cinco estrellas que pase a visitar y de paso tomé algo fresco en el bar que tenía vista panorámica 360° de todas las montañas. Religiosamente otra vez pasadas la una el cielo se empezó a cerrar anunciando la llegada de una nueva tormenta asique tomé paso rápido y me volví por el otro lado de la colina donde pase por varios pueblos viendo cómo se llevaba a cabo la vida cotidiana de aquellas casas de hogar. Llegue a la calle principal al mismo momento que las primeras gotas empezaron a caer, me metí rápido en un restaurante que prometía y me pedí unos noddles con pollo para almorzar. Como si el tiempo fuese ciclotímico e inestable, al cabo de media hora los truenos y relámpagos empezar a vibrar a toda fuerza arrojado una tormenta eléctrica con toda la furia sobre la ciudad. No vi tantas veces en mi vida caer tanta agua de esa manera por tanto tiempo, tardo dos horas en pasar de diluviar a lloviznar. Por suerte el restaurant tenía wifi así pudo quedarme haciendo cosas con el celu y arreglando con Pierre y Coralie para ir a cenar por la noche al mismo resto, Chill. Volví para la habitación a cambiarme ya que termine empapado en el retorno y me quedé relajándola en el patio tomando unas ricas tazas de té mientras escribía y escuchaba música. A la noche finalmente nos encontramos para cenar y pasamos unas largas horas tomando cervezas, compartiendo más historias y riéndonos de todo. Pierre, que pasó a ser Pedro del Guacamole (como su artístico y creativo nombre definió) y Coralie me empezaron a contar su vida de pareja, todas las andanzas juntos que habían hecho durante viajes, yendo a recitales metaleros por Europa y el día a día de su vida en Paris. Muy simpáticos los dos, con una linda energía, divertida pareja y excelentes personas por sobre todo. Y como esas cosas tiene de lindo viajar solo, pensando en que íbamos a hacer el otro día, nos copó a los tres el mismo plan asique aprovechamos para reservar desde el resto unas cabañas en Arugam Bay y arrancar al otro día para esa playa surfista que quedaba sobre la costa este del país donde todos los extranjeros acudían por su famosa reputación. Terminaron rodando algunas cervezas más antes de irnos a dormir coronando un mañana genial, una tarde pasados por agua y una noche a pura risa. Me volví caminando solo para la casa con un manto de estrellas en el cielo como testigo de mi ruta y un paraguas en la mano que como siempre aplica la ley de Murphy, el único momento que lo llevé fue el único que no llovió.

Arugam Bay Surfista

Nos encontramos los tres en la parada de bus, como habíamos quedamos a las nueve, para empezar la peripecia de cruzar el territorio srilankes hasta la costa sureste en los particulares micros locales. Llegó a tiempo el primero lo cual fue todo una sorpresa para arrancar, nos subimos colgando las mochilas del techo y así arrancamos viaje hacia la primera parada desde la cual teníamos que hacer la segunda combinación. Voy a tratar de describir lo mejor que pueda estos simpáticos vehículos; no tiene ventanillas sino solamente unas barandas que cruzan por ambos lados para resguardar que nadie se caiga dando una ventilación espectacular a todo el interior, toda el sector del conductor va tuneado con todo tipo de luces, figuras de Buda o dioses hindúes, los que se encargan de subir a la gente y cobrar los boletos van colgados de la puerta delantera chiflando o gritando para todos lados, llamativamente casi todos tiene un equipo de música bastante pro y hasta algunos pantalla con DVD para pasar los videos musicales con cada tema y por último la capacidad de cada vehículo se limita en el momento que no pueden empujar más a nadie adentro convirtiéndose en transporte de ganado. Pero afortunadamente nuestro primer trayecto fue muy cómodo, sin mucha gente, buena refrigeración natural del viento templado que soplaba por la mañana y los hits que sonaban parecían buenas a pesar de no entender nada. Luego de hora y media llegamos a una estación y ni bien nos bajamos pasamos el otro colectivo que nos iba a llevar directo a Arugam Bay en dos horas y media aproximadamente. Partió con la música a todo volumen (realmente a todo volumen) y de una pantalla de 14 pulgadas colgada del techo empezaron a aparecer los muy graciosos videos de aquellas canciones protagonizadas por los modelos. Las personas iban plácidamente relajadas mientras que nosotros tres erróneamente nos sentamos en los primeros asientos olvidándonos de todas las paradas que quedaban por delante. A la hora el bus estaba completo, los asientos, los pasillos y el área del conductor, todos abotonados como podíamos. Como se subieron varias nenas y ancianas tuve que ir dejando el lugar y más tarde ya solamente Coralie pudo quedar sentada cuando Pedro y yo nos reíamos con todo lo que pasaba. Al cabo de dos horas ya nos sabíamos algunos temas que sonaban sin parar, por mi parte encontré un huequito y me fui a la puerta de adelante para viajar sentado en el primer escalón con los pies para afuera obteniendo la mejor ventilación para la ocasión. Ya quedaba poco para llegar cuando la aventura parecía que no quería terminar, bruscamente el chofer clavó los frenos y corrió a todos para bajar junto al que cobraba. Nos quedamos mirándonos pensando que había un problema o había pasado algo pero no, ambos se metieron a un restaurante a almorzar durante media hora dejando a todos arriba, parada obligatoria parece que salió. Ya nos reíamos para no llorar, aprovechamos a comprar unas aguas y bananas así apaciguábamos el hambre y nos fuimos a caminar por las calles del pueblito. Arrancamos el último trayecto esperando que no haya ninguno otro imprevisto que por suerte no hubo, tres y media de la tarde bajamos del bus con un agotamiento importante y las cancioncitas que seguían resonando en nuestra cabeza. Caminamos una cuadra hasta salir a la playa, con solo sentir esa brisa marina en la cara todo el cansancio se diluyó para transformarse en alegría. Al toque encontramos el complejo que habíamos reservado el día anterior, The Folly, una cabaña para ellos y un chocita para mí. El lugar tenía acceso directo de la playa, todo estaba montado sobre la arena, a ambos costados de la verja una seis chocitas rodeadas de palmeras, luego venían cuatro cabañas principales, una larga mesa con techo de paja comunitaria como área común para las comidas, unos baños al aire libre al lado de una cocina rustica playera. La chocita consistía en un gran colchón sobre una base, con todas cañas de bambús alrededor, techo de paja, un mosquitero interno, ficha de luz con cargador y un baúl con candado en la parte exterior, nada más. Elegí la que más pegada quedaba a la playa y como sin darme cuenta a la hora que me absorbió el lugar ya estaba viviendo en un paraíso. Tirado desde el colchón podía ver el mar escuchar las olas romper en la costa, sentir la brisa y para más tres hamacas paraguayas entre cuatro palmeras hacían de mi pórtico personal,  Los chicos se habían acomodado en la cabaña que también era linda y tenía baño personal, por mi parte tenía que usar el baño comunitario, nada me importaba porque  a mi chocita no la cambiaba por nada. Ya acomodados nos sentamos a comer un almuerzo tardío mientras nos presentamos a la gente que trabajaba ahí y los otros huéspedes que estaban. Sin darme cuenta me llamó la atención que por primera vez desde que  había llegado al país eran más de la dos de la tarde y no estaba lloviendo. Las nubes tapaban el cielo pero el sol travieso se las ingenió para filtrar algunos rayos de sol y darnos luz las últimas horas del día para pasar en la playa. Después de comer nos fuimos los tres a la playita del lugar a tirarnos a descansar, Coralie y yo nos pegamos una buena siesta mientras Pedro se fue a recorrer la bahía y dar unos buenos baños en el mar. Nos levantamos ambos justo antes del atardecer y nos fuimos caminando hasta la punta de la bahía donde los surfistas estaban agarrando las ultimas olas, el lago con las palmeras que bordeaban la bahía se llenaba de todos los barcos pesqueros amarrados y el sol se escapaba por el oeste dejándonos un tremendo reflejo naranja sobre las nubes que nos daba el primer atardecer de este lindo lugar. A la noche nos bañamos y comimos con los demás huéspedes que estaban, una pareja alemana con una amiga, una chica de Francia que vivía en Barcelona y nosotros. Nos comentaron de la fiesta que se hacía en Mambos, el parador más grande de la playa, que se llevaba a cabo todos los sábados como evento principal. Todos estaban cansados ya que habíamos estado surfeando durante el día pero nosotros no y nuestras ganas de rumbear estaban al tope asique después de cenar nos tomamos unas cervezas y nos fuimos los tres para allá. El lugar era impresionante, todo decorado con luces sobre la playa, fuegos artificiales, un dj tocando toda la noche Deep house, lleno de extranjeros copados de todos lados y la noche con un clima delicioso. Nos compramos una botella de Old Arack (Bebida típica de ahí como el ron) y le metimos toda la noche con coca cola cual fernet. La fiesta estuvo increíble y nos pegamos un buen pedalín los tres, baile sin parar casi toda la noche hasta la madrugada con alguna conquista en el medio y el día que se me cayó encima a las cinco de la mañana dejándome directamente de cama. Volví caminando sobre la playa con un grupo de chicas hasta su hotel, y yo seguí como pude hasta mi chocita unas cuadras más, augurio de un lugar que prometía.

El domingo amanecí con los rugidos de los cuervos que se apostaban sobre las palmeras de mi ambiente y el calor que empezaba a penetrar las telas y cañas de bambú para sacudir mi fiaca. Ya no tengo veinte año por lo que estas noches de baile y borrachera las suelo recuperar con veinte cuatro de horas de relax, y que mejor que este lugar para descansar. Al salir de mi casita me tope con una serie de mascotas que me iban a acompañar todos los días esperándome felices en la entrada, una iguala, un camaleón siempre a media altura sobre una palmera, los cuatro o cinco cuervos decididos a despertarme temprano cada mañana, y alguno que otros cangrejitos con sus nidos hechos huecos por todos lados, que particular compañía iba a tener. Me pegue una ducha fresca para activar y de lejos ya los vi a Pedro y Coralie en modo “recuperación” dándome cuenta que los tres íbamos a tener un día off. Al mediodía comimos juntos escuchando un poco de música reggae y descubriendo algunas bandas que pusieron sonando muy bien. La cocinera del lugar nos preparaba comida casera de ahí que sabría bárbaro, parothas con vegetales, noddles de pollo y camarones, rotti de vegetales y unos panqueques salados deliciosos. El efecto de una resaca sumado al de la panza llena equivale a una siesta reparadora, así terminamos haciendo uso de todas las instalaciones chill out que tenía el complejo para sasear nuestro descanso, hamacas paraguayas, reposeras en gacebo frente al mar, sillones en la arena, lugar perfecto para disfrutar de no hacer nada. Y así se nos pasó el día, entre un cielo pálido cubierto de nubes, mucha música y lectura, siestas, algún que otro tipo de interacción necesaria y un disfrute relax total.

Mis despertadores silvestres empezaron con sus ruidos a eso de las seis de la mañana, levantándome con un sol a pleno que parecía tomar fuerzas de temprano. Era turno de empezar a cumplir una cuenta pendiente que tenía con mi vida, aprender a hacer surf, y que mejor que hacerlo en un lugar dedicado para surfistas. La noche anterior habíamos reservado con Pedro un instructor que nos llevase a una playa específica para aprender y comenzar a darnos manía con este lindo deporte de mar, pero lamentablemente tuvimos unas diferencias entre lo que habíamos pactado y lo que nos quería brindar como servicio asique después de un amarga discusión mañanaera nos terminamos yendo a otra playa para conseguir otro instructor. Dimos con una tipo de cuarenta años que parecía de veinte y que era el master de Arugam Bay en surf, pelo largo, onda reggae, surfista desde hacía 25 años y todas la fanfarronada del local. Nos dio dos longboard y nos mostró algunas técnicas sobre la arena que no duraron más que cinco minutos para ya meternos en el agua juntos a todos los otros surfistas para empezar a agarrar algunas olas. Tenía la teoría que si ya empezábamos desde el lugar de olas grandes íbamos a aprender mejor, vaya él, la hora y media que estuvimos remando resulto agotadora y solo pudimos barrenar algunas olas aunque con éxito nos pudimos parar. El surf no es cuestión de simpleza y como nos habíamos entusiasmado con Pedro, nos alquilamos una tabla por dos días para seguir practicando por nuestra cuenta. Coralie se divertía viendo a nosotros dos revolcándonos por las olas haciéndonos los pro surfers pero el progreso venía en camino, solo había que insistir. Nos pasamos el resto de la tarde intercambiando uno y el otro con la tabla en el mar aprendiendo más que nada como agarrar la ola que es la parte más difícil, el pararte se podía manejar fácil “digamos”. Así llego el atardecer que se posó nuevamente por detrás de la bahía con toda la serie de palmeras bordeando el paisaje, otra vez el espectacular cielo tornándose naranja y el mar que se había planchado como un lago, más que perfecto. Antes de volver al hostel vi de lejos a un pibe tomando ante con galletitas solo en la paya y pensé, argento o yorugua, asique me fui a hablarle a ver que anda haciendo por ahí. Lisandro finalmente era argentino y estaba viajando por el mundo también solo, un poco profesionalizándose más  de su trabajo como profesor de yoga y masajes y otro tanto viajando. Compartiendo unos mates le presenté a Pedro y Coralie y nos quedamos charlando un largo rato hasta que la noche cubrió el cielo y en la playa no quedó nadie más. Nos pasamos los contactos y a la noche nos volvimos a encontrar todos juntos, más los demás huéspedes del hostel que se sumaron,  para ir a cenar a una chiringuito del centro rica comida local. Pasamos una buena cena charlando, tomando unas cervezas y hablando de todo, el grupo se iba consolidando y la buena onda subía el entusiasmo. La decisión del día había sido extender nuestra estadía en el lugar, habíamos ido por tres días pero después de ver que no llovía, que el lugar estaba espectacular, la gente copada y la buena onda, fueron los factores determinantes para extender el plazo de salida por tiempo indeterminado.

Cada día que me levantaba en mí chocita sentía una paz y alegría desorbitante, era como cumplir ese sueño de dormir sobre la playa, con un paisaje divino, el ruido de las olas de fondo, mis mascotas esperándome todos los días y ese clima donde se respira felicidad constante. Los alemanes que eran surfistas, nos recomendaron ir a la playa Penaut Farm, que quedaba a unos veinte minutos en tuk-tuk donde además de ser más linda, tenía menos gente en el agua surfeando lo que facilitaría aprender más rápido. Arrancamos para allá temprano con Lisa, Pedro y Coralie, pasando antes para comprar provisiones ya que íbamos a quedarnos todo el día, el pronóstico anunciaba sol completo. La playa resultó ser otro paraíso, escondida entre un denso bosque el cual hay que atravesar por un diminuto caminito hasta desembocar en una pequeña bahía encerrada entre dos grandes escolleras. El barcito de estaba construido muy rupestre con unas maderas y techo de bambú, al costado un lago bordeado por vegetación y de frente una playa de arena blanca, extensa, despoblada y calma. Para darle un toque singular, desde los grandes árboles que resguardaban el bar, colgaban unas hamacas hechas de pallets de madera, donde cabían dos o tres personas, con sogas atadas a las altas ramas a unos 15 metros. Estas bases servían para dejar las cosas pero el principal atributo era funcionar como cama para reposar, dormir, leer o cualquier actividad relajante que uno quería hacer nada más ni nada menos que con la vista a la playa de frente, perfecto? Y si, digamos que sí. Lisa llevo su tabla asique nos fuimos intercambiando los tres surfeando cada vez mejor, podíamos agarrar bastantes olas que se dividían la mitad entre surfeadas y caídas. Al mediodía paramos a almorzar unas ricas tostadas con pasta de guacamole, ajo y huevos polle encima que estaban deliciosas, unas frutas que habíamos llevado y bastante agua para apaciguar el intenso calor que hacía. Era tan placentero el lugar y esas hamacas rusticas, que el resto de la tarde la pasamos mitad en el mar, mitad relajándonos entre siestas, lecturas y charlas. Nos hicimos amigotes del dueño del bar y de la gente que andaba por ahí asique quedamos en volver los días siguientes ya que la playa era espectacular. Después del atardecer nos volvimos para el hostel con un día de progreso en el agua y disfrute total en la playa, claramente la elección de quedarnos había sido la correcta. Otra cena nocturna grupal e internacional para compartir historias de vida, anécdotas, viajes, chistes y buena onda generalizada para terminar otro día genial.

Y como equipo que gana no se toca, lugar que gana se repite, asique el miércoles volvimos la misma banda para Penaut Farm a repetir otro día genial de surf y playa en un lugar especial. Nuestro surf iba en progreso y de mi parte ya después de tres días de esfuerzo ya pude pararme firme varias veces surfeando por unos largos segundos las olas hasta la orilla, la alegría estaba al tope. Entre mate charlas, surf, baños de sol se nos pasó la mañana con un detalle no menos que particular. A eso del mediodía yo estaba con Coralie charlando en la playa mientras Lisa y Pedro surfeaban en el agua, en eso vimos al dueño del chiringuito con los locales empezar a caminar apresuradamente por las piedras para el otro lado de la playa en busca de algo, sin pensarlo nos levantamos y fuimos con las cámaras a la espera de ver que acontecimiento pasaba. Cuando terminamos de pasar las rocas nos topamos increíblemente con tres elefantes silvestres de gran tamaño, comiendo algunas que otras plantas sobre la costa de la playa plácidamente. Nos habíamos dicho que andaban por ahí pero no pensé que íbamos a tener la posibilidad de verlos, no nos acercamos porque si no huyen asique nos quedamos todos con las cámaras retratando ese lindo acto de la naturaleza y los animales en su pleno hábitat. Faltaba que se metan al mar y se den un baño los tres pero no sucedió, linda experiencia cursarse con esos bichos a solo unos metros pudiendo observarlos en su vida silvestre. Luego nos fuimos a almorzar el mismo menú del día anterior más unos noddles de vegetales que estaban deliciosos, nos quedamos charlando con unos italianos y catalanes que estaban en el parador haciendo una buena sobremesa grupal. A la tarde se tapó un poco el cielo asique las hamacas volvieron a tomar protagonismo haciendo de lugar para relajarse entre algún que otro baño en el agua con algún intento de surf. La pasamos tan tranquilos la tarde que se nos pasó la hora y cuando se hizo de noche no quedaba más tuk-tuk para el regreso, tuvimos que improvisar una parabólica humana para entrar los cuatro en uno solo que quedaba, con las dos tablas y las mochilas. Llegamos sanos, salvos y sin ser vistos por la policía local, nos pegamos unas duchas rápidas y nos fuimos a comer los cuatro otra vez al centro, esta vez unos ricos pescados a la parrilla. Coralie se empezó a sentir un poco afiebrada y mal ya que estaba como insolada, asique después de acompañarla a la cabaña los hombres nos fuimos por unas copas a un bar donde se hacía la fiesta del día. Llegamos con la idea de quedarnos un rato tomando unas cervezas y terminé volviendo otra vez como a las cuatro de la mañana con un poco más de unas cervezas encima y una noche muy divertida bailando con los locales y extranjeros que quedaban por ahí. Nos despedimos de Lisa que partía para la india, y a nosotros nos quedaba el último día de convivencia en Arugam Bay.

El jueves volví a amanecer medio tumbado y por suerte el día estaba inestable asique pasé otro día de relax entre las hamacas paraguayas y la reposera en la playa que sirvió de cama por unas largas horas con el sonido de mar de fondo. Pedro realizo las mismas actividades inactivas que yo y Coralie lamentablemente se la pasó en la cama recuperándose de la fiebre y malestar que tenía. A la noche nos fuimos a cenar los tres repasando los divertidos días que habíamos pasado, disfrutando de la excelente compañía y buena onda de los dos, y esperando algún día volver a encontrarnos ya sea en Paris, Buenos Aires o algún lugar del mundo. Me volví a dormir temprano para disfrutar los últimos dos días de playa y tratar de seguir improvisando mi surf.

Cuando me levanté el viernes me fui a alquilar una tabla por dos días para mí, esta vez un poco más chica y no soft para intentar darle más aceleración a la ola y surfear más largo. Me fui a la mañana a Baby Point, en la esquina de la bahía, pero no tuve mucho éxito ya que el mar parecía no tener ganas de producir olas ya que estaba muy calmo. Volví al mediodía para almorzar con los dos y nos despedimos con un fuerte abrazo, grandes compañeros de ruta, divertidos y buena gente. A la tarde me volví solo al agua pero por primera vez el cielo se tornó oscuro a eso de las dos, y unos furiosos truenos dieron comienzo a una tormenta que iba a durar por algunas horas ininterrumpidamente. No salí por tres horas del agua intentando agarrar algunas olas que pude surfear largas, con una tormenta que no cesaba en el agua y un paisaje de frente que pocas veces había vista. La cortina de lluvia sobre el mar en la playa, todas las palmeras dando comienzo al bosque que surgía por detrás, los barcos pesqueros amarrados en la orilla, y yo subido a mi tabla de surf cien metros adentro del mar, divertido. Ya sin más fuerzas en los brazos y con el cuello duro me volví para la chocita que por suerte no sufrió goteras, a descansar un rato. A la noche salí a comer con Neal, Lucy y George, unos ingleses que habían llegado a las cabañas ese día y que también estaban viajando por largo rato. Fuimos a tomar unas cervezas y como no había ninguna fiesta ese día volvimos para dormir relativamente temprano.

Y finalmente se terminaba la estadía en ese paraíso de lugar, donde no solo pase muy lindos días con gente muy copada, sino que pude aprender surf que desde hace muchos años quería hacerlo, disfrute de unos paisajes hermosos y descansé bastante dentro de este largo viaje. Me fui solo con la tabla de nuevo para Penaut Farm donde me la pase prácticamente toda la mañana en el agua remando pero que finalmente cinco días de practica dieron sus frutos, felizmente agarré muchas olas seguidas, surfeando de punta a punta la ola sin dar ningún giro o pirueta pero deslizándome ininterrumpidamente hasta llegar a la costa. Me reía solo ya que no podía compartirlo con nadie ni me podía sacar ninguna foto, pero la satisfacción interna era total y lo disfrute por completo. Lamentablemente en una de las entradas al agua me arrastro una ola hasta las rocas que me provocó un corte profundo en la plata del pie asique tuve que cancelar el surf en lo que quedaba de la tarde. Me limpié la herida, curita encima y que desgracia la mía que me pase toda la tarde tirado en la hamaca leyendo, escuchando música, durmiendo y contemplando por última vez tremendo paisaje. Nada mal salió en esta semana de playa que pasé en Arugam Bay, último destino de Sri Lanka que me entregó unos quince días deliciosos con todo tipo de lugares, vistas, paisajes y buena gente.

El domingo arregle para tomarme un bus nocturno de regreso a colombo, que duró unas 10 horas sentadito como rulo de estatua con la música a todo el palo que no me dejo dormir en toda la noche, pero que nada a esa altura iba a opacar los excelentes días que venía teniendo. Llegue a la madrugada del lunes y me quedé en el mismo hostel que había estado al principio, a las nueve de la mañana fui a dejar el pasaporte al consulado de India que ya tenía aprobada mi visa. A la tarde volví a dormir un rato al hotel y saque el pasaje que para volar al otro día a la mañana a la India, el tan esperado y preciado regreso a ese país que me supo cautivar por completo hace cinco años. Iba a comenzar recorriendo el sur para luego subir al norte en dos meses a puro trote.

Me despedí de Sri Lanka con una sonrisa enorme, feliz de haber podido conocer ese destino casi por casualidad, con muchos lugares pendientes por conocer pero con una sonrisa de punta a punta por todo lo vivido. Caminante se hace camino al andar, seguimos ruta….

 

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