KM 60.124 Hampi-Goa-Jaipur-Jaisalmer-Jodhpur-Udaipur-Pushkar-Varanasi

Mientras caminaba hacia la puerta del ashram para volver a la ciudad de Bangalore sentía en mi interior como todo lo acontecido en los últimos días iba cayendo gota a gota sumiéndose en lo más profundo de mi ser, sin tener la necesidad de procesar todo apresuradamente sino más bien disfrutar la sensación de seguir nutriendo esta espiritualidad que uno lleva para que lo acompañe día a día. Las emociones seguían a flor de piel y lo que se venía no era mucho menos interesante, otra vez arrojarse a la travesía de explorar lo que quedaba de este país atrapante con todo lo que lleva a cabo, dejarse caer a un abismo de sensaciones y sentidos que te abrazan o sacuden a medida que das cada paso. La cálida noche me recibía a las puertas del complejo sobre la ruta, donde me disponía a tomar unos dos colectivos en combinación para llegar cerca de las diez de la noche nuevamente a la estación de buses Majestic. La ciudad ya estaba envuelta en penumbras y todo alrededor comenzaba a producirse lentamente, los comercios atendiendo los últimos clientes mientras cerraban los locales, las luces de las casas se iban apagando con el correr de los minutos, las calles eran abandonadas por transeúntes ansiosos por llegar a sus hogares para terminar el día. Todo sucedía como en una película donde se proyectan imágenes cortas y fugaces sobre mi retina, con la cabeza pegada al vidrio volvía tratando de no pensar en nada, dejándome al vació absoluto de lo que se reflejaba en mis ojos. Poco más de una hora me llevó retomar a esta impresionante estación de buses, esta vez no contaba con el clamor y alboroto de una mañana agitada, pero si con el aroma y densidad de todo lo acontecido durante el día que perduraba en el aire. Supuestamente el colectivo que había contratado salía desde algún lugar de toda la estación, la única referencia que tenía decía “cerca del cajero automático del banco BCP”, como partía a las once y cuarto de la noche con destino a Hampi todavía tenía un poco de tiempo para matar. Me fui hasta el cuarto de guardado de valijas donde hacía unos días había vista a esa madre con sus dos hijas que dormían allí, con la esperanza y las ganas de volverlas a ver me dirigí hacia el lugar con unos cafés que había comprado y galletitas para poder compartirles. La sonrisa se me dibujo al instante que me las encontré a las tres acostadas sobre la pared externa del cuarto, las dos nenas de unos cuatro y seis años yacían cuasi dormidas y la madre junto con otra mujer de avanzada edad estaban recostadas, pero sin poder conciliar el sueño, como dejando los últimos suspiros de otro día agitado en la furia de la ciudad. Me acerqué ofreciendo las bebidas calientes que había comprado con la suerte de encontrar en su sonrisa la sensación de que se habían acordado de mí, justo en el momento que me senté con ellas las dos nenas se despertaron y la más chiquita entre bostezos y sorpresa se me avanzó hacia mis brazos. Que suerte la mía, quería volver a verlos y tuve la oportunidad nuevamente de encontrármelas, nos quedamos ahí sentados disfrutando de algunos instantes que quedaran gratamente en mi memoria, me puse a jugar con las nenas dándoles algunos caramelos que llevaba en la mochila al tiempo que la madre y la otra señora repartían el café y las galletitas. Esta vez sí me pude sacar algunas fotos e inmortalizar el momento, me quedé jugando con las nenas hasta el último minuto que pude, les dejé unas remeras de regalos que serían de uso como pijamas por razones de tamaños obvios y con un gran abrazo final partía para mi próximo destino. A eso de las once empecé a caminar en dirección a las inmediaciones de la estación preguntando donde quedaba exactamente ese cajero desde donde el cual supuestamente salía el bus, al cabo de unas respuestas dudosas e inequívocas de algunos que rodeaban por ahí empecé a preocuparme ya que no daba con el lugar. Me dieron una referencia supuestamente correcta y hacia allí salí corriendo con la valija en mano y mochila que saltaba sobre mis espaldas como resorte, se acercaba la hora de salía. Al llegar a ese lugar no encontré nada, las esperanzas empezaban a desvanecerse y los latidos de mi corazón iban en aumento, frené a un tuk-tuk que transitaba por la calle y le pedí que me llevase a ese lugar. Dimos un par de vueltas a los alrededores, pero no había caso, nadie sabía dónde era ese lugar, ya resignado al pensar que había perdido el bus me recosté sobre el respaldo y dejé que las emociones fluyan. Como un sonido que traspasa una puerta que ya se había cerrado, me suena el celular en el bolsillo y al atender me encuentro que me estaba hablando el chofer del micro buscándome ya que era el último pasajero que faltaba subir. Por suerte en la reserva había dejado asentado mi celular y “aunque usted no lo crea” se habían tomado la molestia de buscar donde estaba. Le pase el celu al chofer para que le indicasen donde diablos quedaba exactamente el lugar, que resultaba ser como a unos 4 kilómetros de ahí, claramente la indicación no estaba bien. Baje casi corriendo del tuk-tuk para alcanzar el bus que estaba ya con el motor en marcha por partir. No faltaba más para terminar (o comenzar) la noche que al entrar me doy cuenta que todo lo que había reservado tenía una pequeña alteración, había reservado asiento cama solo y únicamente había cubículos de cuatro camas, el bus supuestamente tenía AA y solo había ventilación, me iba a dejar en Hampi y éste terminaba el recorrido en un pueblo a unos 20 km de Hampi, solo restaba sonreír frente a todo lo que está pasando como cuando tratas de ponerle una sonrisa en vez de llorar. Transpirado y agitado entre al cubículo bajo las miradas de unos hombres que ya estaban durmiendo incrédulos de todo lo que estaba pasando, me recosté en la cama de arriba como pude con todas mis pertenencias y de a poquito fui bajando las revoluciones para aclimatarme. Apenas el motor se puso en marcha y comenzó a girar las ruedas sobre el pavimento, fui entrando en una sensación de relajación como puerta de entrada al sueño, justo en el último momento antes de quedarme dormido se me apareció en la mente una reflexión, “con razón era el ticket más barato”, aprendizaje.

Hampi de Templos

Las corridas y las emociones de último momento me sumieron en un profundo sueño, nada importó las condiciones del micro ni como manejase el chofer, fueron ocho horas de corrido en las cuales pude recomponer energías y descansar para una nueva ciudad en mi libro indio de aventuras. Saludé a los muchachos “compañeros de cuarto” al bajar y tras negociar escasamente con el primer tuk-tuk que se me avanzó en la estación, me dirigí para la ciudad de Hampi. A medida que nos entrabamos en la ciudad lo primero que se vislumbra son las estructuras de los templos que se erigen por doquier, algunos de notoria antigüedad otros más modernos, un río que parte el territorio en dos se presenta sobre nuestra derecha y unas humildes casas con callecitas pintorescas le dan el marco a las zonas residenciales. En este destino tampoco tenía alojamiento reservado por lo que le pedí que me dejase en la entrada del centro histórico, antes de cruzar el río, donde estaba el mercado y la mayoría de los albergues que acudían los viajantes. Tras ver algunos de los hostels y negociar los precios terminé definiéndome por uno modestamente prolijo, con una habitación para mí solo, a orillas del río y con un barcito en el primer piso que daba unas buenas vistas a los alrededores. Tras dejar las cosas en la habitación y pegarme una ducha reparadora, me fui a la terracita a desayunar y planificar un poco lo que iba a hacer los días que esté ahí. El sol ya había ganado altura junto con una temperatura apelmazada humedad que daban una sensación de pegote a tempranas horas de la mañana, cafecito con leche y un omelette para llenar la panza de calorías necesarias que se irían quemando con el pasar de las horas. En la mesa de al lado había dos chicos y dos chicas que hablaban español (creí que eran todos españoles) charlando de diferentes cosas terminando ya su desayuno, como veía que estaban por comenzar el recorrido también me acerqué y les pedí si me podía sumar ya que estaba viajando solo, actitudes que se desarrollan viajando solo que te abren las puertas de la buena onda y compañerismo. Sin ninguna objeción me aceptaron en su pequeño grupo, con una presentación informal rápida de todos y una buena vibra generada para recorrer el sitio. María y Elena eran amigas de Barcelona y estaban recorriendo india, Iván también catalán estaba viajando solo y Omar un excéntrico italiano que vivía hace más de diez años en México también estaba girando algunos meses por el sur de Asia. Se habían conocido en Goa y siguieron viaje por unas semanas más juntos, ya todos listos con nuestras cámaras y atuendos para explorar Hampi nos fuimos a negociar con los tuk-tuk que nos hicieran el recorrido por los diferentes templos y atracciones del lugar. Cabe decir que fue el lugar que más mala onda tenían los choferes y más necios a la hora de negociar, además de tener que bancarnos la mala onda que irradiaban tuvimos que terminar pagando un precio que no era adecuado pero que no nos dejaba otra alternativa. Así nos repartimos en dos tuk-tuk y comenzamos la gira por la mística Hampi. El recorrido duró aproximadamente unas dos horas y anduvimos paseando por alguno de los cientos de templos que rodean la ciudad, el más impactante sin dudas fue el Vittala Temple, complejo dedicado a un aspecto de Vishnu. Construido en el siglo XV cuenta con una serie de salas, pabellones, templos y un carro de piedra en la entrada icono de aquel predio. Todas las estructuras cuentas con miles de esculturas, detalles, dibujos y todo tipo de ornamentos que le dan una característica singular a aquella ciudad de piedra, con ese color grisáceo genera un contraste sin igual entre el claro azul que gobernaba el cielo y los destellos de un sol furioso que calentaban la tierra. Entre algunos pasadizos dentro del templo nos cruzamos con una oscuridad absoluta, y como si fuese una película, los murciélagos nos pasaban por la cabeza aleteando en las frescas sombras escondidas. Mientras nos trasladábamos de un lugar a otro íbamos aprovechando el tiempo para charlar e ir contándonos algunas historias de viajes y de vida de cada uno. Pasamos a ver un jardín real pero mucho no tenía de sorprendente asique seguimos camino para el Establo de Elefantes, lugar donde residían los once elefantes de la realeza y que hoy en día cuenta con las ruinas de una bella estructura compuesta por arcos y techos de piedra de la época. Allí nos cruzamos con algunos turistas locales que estaban paseando, nos pusimos a charlar y sacarnos algunas fotos sobre el parque. A la salida volvimos a tomar los tuk-tuk, sin que ninguno haya cambiado la mala onda, y retomamos para el pueblo nuevamente, quedaba mucho por ver, pero el calor era sofocante asique aprovechamos a hacer un stop, almorzar, refrescar y seguir a la tarde. Dimos con una resto-bar muy copado al estilo reggae que daba al río también sobre un primer piso, mesas bajas con almohadones para sentarse, decoración hindú, música de fondo y ventilación para darle un respiro al día. Durante el almuerzo seguimos con nuestras charlas variadas y al comentarles que seguí ruta después de Hampi para Goa, me contaron de otro español que estaba allá y que había estado con ellos que no tenía desperdicio de conocer, un tal llamado Sardi del que me contaron las historias más graciosas y divertidas que te pueden pasar junto a un paisano español que andaba viajando por ahí. Solo de escuchar las anécdotas me dio ganas de conocerlo, pero no sabían si iba a estar allí o se iba a mover, era cuestión de ver si me lo cruzase, por lo pronto el almuerzo fue un éxito y nos volvimos caminando unas cuadras hasta el hostel. Iván y Omar decidieron finalmente partir esa noche con las chicas en bus nocturno para Mysore, se quedaron descansando un rato en la habitación mientras María, Elena y yo nos fuimos a recorrer el pueblo junto con el caer de la tarde. Bordeamos el río en dirección al norte saliendo a unos campos de arroz que teñía el paisaje de verde, sobre las orillas grandes piedras calizas estancadas en el agua le daban un marco sin igual a las vistas que estábamos experimentando, unos monos inquietos revoloteaban en los arboles sobre nuestras cabezas y desde lo lejos el sol se iba poniendo por detrás de los montes, toda una postal de la mística Hampi. Pasamos por la puerta de un colegio rural justo cuando los chicos estaban terminando las clases, se nos vinieron alborotados al encuentro y entre risas y saludos les compartimos unas galletitas que habíamos comprado en un kiosko cercano. La caminata siguió por los adentros del pueblo en donde pudimos apreciar la vida real, cruda y diaria que afronta esa gente, casas muy humildes al estilo chozas, un basurero a las afueras que no daban garantías de ningún tipo de salubridad, pero la gente con una modesta humildad al tacto o al saludo de parte nuestra admirable. Eso es lo que siente a veces de la india, que la dignidad y la felicidad de la gente no es amedrentada por su calidad de vida, aunque en muchos casos en deplorable lamentablemente. Así nos pasamos un largo rato visitando las diferentes casas, ofreciendo algunos caramelos a cuanto chico se nos cruzaba y disfrutando también de estos encuentros no turísticos, pero si verdaderos de la india real. Una tristeza haber compartido solo medio día con esta banda que tenían la mejor de las ondas y todos muy copados, a las ocho partieron hacia la estación de bus y yo me quedé comiendo unos clásicos noodles con vegetales en el barcito del hostel. Como si el destino no quisiese que me quedase solo, se me sentaron al lado una pareja de españoles también, ambos de Zaragoza, con los cuales cruce unas palabras e intercambiamos próximos destinos. Ellos también se iban al otro día para Goa pero no tenían cerrado la ubicación, a mí los chicos me habían recomendado Palolem asiqué ese fue el destino que elegí. Por la noche antes de acostarme recibo un mensaje de ellos que finalmente iban al mismo lugar asique parecía tener nuevos compañeros de viaje por los próximos días, ahora solo restaba descansar para terminar de visitar Hampi al otro día y partir por la noche a un nuevo destino.

Me levante temprano a la mañana para aprovechar el día largo que tenía por delante, terminar de visitar los lugares principales de la ciudad y por la noche partir nuevamente hacia mi próximo destino, esta vez las playas de Goa.  Desayunando nuevamente sobre el balconcito del hostel, con el sol despegándose de las laderas montañosas que se veían en el horizonte y aquel río que fluía incesantemente frente a mis ojos en otra cálida mañana otoñal de India, me cruce con Carlos y Pilar, los dos españoles que había conocido la noche anterior. Ya que teníamos los mismos boletos de bus para llegar a Goa, acordamos encontrarnos a la noche para tomar el tuk-tuk juntos hacia la estación y ver si conseguíamos algún lugar donde parar, parece que otra vez no iba a andar solo los próximos días. Partí caminando primero hacia el mítico templo Virupaksha, el más importante de Hampi, hoy en día es considerado patrimonio de la UNESCO construido allá por el siglo VII. Su torre principal se ve desde cualquier ángulo elevado de la ciudad y cuenta con varias estructuras a su alrededor, un santuario, tres ante-cámaras, un salón abierto de pilares alrededor del templo. Aquí se celebran las festividades más importantes de la religión hindú donde se congregan miles de personas para asistir a los actos religiosos, como así también los cientos de turistas que lo visitan día a día. El calor que abrazaba la ciudad esa mañana era sofocante, unos 40° con casi 50% de humedad te partían al medio del calor y hacían que tengas que refrescarte a cada momento, la sombra era lo que cotizaba más alto a esas horas de la mañana. Como los demás templos la estructura principal estaba confeccionada de piedra que al pasar los años se fue erosionando por los fuertes vientos que llegaban del río, algunos pilares estaban en estado crítico pero todo en su conjunto combinaba una belleza sin igual, impactante por donde se lo mire. Ni bien empezas a recorrer las salas te encontrás con los “dueños habitantes” de aquel predio, una colonia de cientos de monos que andan por todos lados, saltando, caminando o comiendo cualquier cosa que dejan por allí. Hay que ir con mucho cuidado porque te saltan por la cabeza y no sabes en qué momento se te puede caer uno encima, a cada vuelta que das por el templo o cruzas algún pilar se te aparecen, solos o en conjunto como cualquier familia tipo. A uno de los costados me topé con el templo del elefante, un área donde había un elefante pintado como deidad, el cual por la módica suma de unas rupias te tomaba la plata con la trompa, se la daba a su patrón y te hacía una reverencia apoyándote la trompa sobre tu cabeza, todo un arte del show religioso animal. Cerca del mediodía con la visita terminada y el cuerpo acalorado, me dirigí a la orilla del río para poder cruzar al otro lado y comenzar la excursión pendiente sobre la segunda parte de la ciudad.  Solo lleva unos dos minutos cruzar ya que son menos de 200 metros los que hay que atravesar, una vez del otro lado me fui a la callecita principal para alquilar una moto y recorrer la carretera que cruza los diferentes templos y monumentos por ese lado. Ciclomotor de cilindrada baja, casco puesto y con una sonrisa de oreja a oreja arranque la travesía. La ruta se va abriendo paso entre medio de un paisaje de belleza sin igual, a ambos lados las pequeñas montañas de color arena se van elevando por el horizonte, campos de arroz fecundan los suelos con su particular diseño y los pueblos a orillas de la ruta dan un marco al paisaje como si fuera una obra de arte. Con la moto a toda velocidad (unos 50km/h nada más) avanzaba disfrutando plenamente de todo ese espectáculo que la naturaleza me ofrecía, el viento que me refrescaba en la intensa mañana y las imágenes que se proyectaban me producían sensaciones de felicidad. Lo que me llamó la atención también fue ver grandes piedras de color camel, desprendidas y desparramadas por todos lados, como si hubiesen caído de las montañas diseminadas por todos lados. Todo parecía decorado a propósito, el paisaje era genial, clima soleado, cielo azul claro y la energía cargada al máximo para disfrutar del día. El primer lugar donde paré a unos 20 kilómetros fue el templo de Cobra, un particular monasterio elevado unos 200 metros sobre la ruta que cuenta con un santuario de los más particular que vi, caminando unos treinta minutos por entre las rocas y las montañas, llegué a la cima de un peñasco desde donde se puede ver para adentro, unos 50 metros abajo, una piedra con forma de cobra con hecha un santuario alrededor. No se podía acceder a ella pero fue sorprendente ver ese lugar misterioso al cual varios fieles adoraban día tras día, pero el premio me lo llevé cuando seguí escalando unos metros más arriba. Llegué a un mirador donde no había nadie más que yo y toda esa naturaleza expuesta a mis ojos a 360°. No podía creer la soledad, la paz y el espectáculo que estaba viendo, el paisaje que parecía estar pintado con todas esas montañas color crema, los campos de arroces verdes brillantes sobre el suelo, la ruta que atravesaba como línea delgada el terreno y el rio que daba el movimiento realístico a todo eso. Un sol brillante que realzaba la luminosidad junto con el manto cielo que contrastaba con ese azul pulcro a todos estos matices de colores. Me quedé en modo contemplativo por un largo rato, después de sacar unas fotos panorámicas del lugar me senté sobre una piedra en la punta del desfiladero a contemplar tremendo regalo de la naturaleza. Algunas aves sobrevolaban el lugar, el intenso calor que pegaba fuerte sobre las rocas y todo a mi alrededor parecía quieto como frenado en el tiempo, son esos momentos donde la energía se absorbe por cada poro que recorre tu cuerpo, sin necesidad absoluta de nada más, y otra vez se me venía a la cabeza el sentimiento de felicidad y sobretodo de agradecimiento, agradecer por conocer estos recovecos del mundo que te dejan sin habla. La vuelta fue más rápida ya que la cuesta abajo la pude hacer a mayor velocidad, me refresqué en la entrada del templo y seguí camino con la moto a explorar nuevos rumbos. Llegué al final de la ruta donde me metí por las callecitas de un pueblo apostado sobre la orilla del río que daba un aspecto humilde y modesto, algunas casas bajas de piedra o ladrillos, los comercios que abastecían las necesidades básicas de los habitantes y algunos pueblerinos haciendo sus quehaceres diarios. Cuando retomé la ruta en dirección opuesta, salí por un camino anexo a la ruta que me llevó a visitar el templo de Lakshmi, lo estaban pintando y decorando para el Diwali, y otro templo que estaba cerca. Siguiendo camino por la ruta crucé una serie de plantaciones de arroz con los trabajdores arando la tierra, empecé a filmar esa escena mientras conducía la moto que hicieron un lindo momento grabado para recordar. El ultimo templo que me quedó por conocer, y más llamativo, fue el templo de Hanuman (Dios Mono). Construido en la cima de una cadena de montes elevados a unos 200 metros, este pequeño y humilde templo cuenta con una de las vistas más privilegiadas de toda la ciudad. Accedí subiendo unos cientos de escalones que me llevaron unos veinte minutos ascender junto con varias gotas de sudor derramadas. El templo en sí es bastante pequeño, pero no por eso lindo, tenía dos salas diminutas donde había unos brahmanes tocando unos instrumentos llevando a cabo una ceremonia, algunos fieles que acudían en busca de sus plegarias diarias y escasos valientes turistas que habían subido también. Al igual que en el otro mirador, me dirigí por unas rocas de gran tamaño que se encontraban en la cima, saltando entre una y otra hasta llegar a la última que servía de mirador privilegiado para la obra de arte que se apreciaba a cualquier dirección. Allí me quede nuevamente una media hora, aprovechando para llevar a cabo una meditación corta y sumirme en un estado de absorción privilegiada, lo que se podría imaginar alguien cuando se pronuncia la palabra PAZ. Paz, paz, paz, en estos lugares es donde toma cuerpo esta palabra y se hace presente en uno, lugares que no necesitan el sonido de la voz humana ni de cualquier tipo de forma que no sea la naturaleza misma, allí empezaba por terminar el recorrido por esta ciudad sagrada de India, en el estado de Karnataka, en la ciudad de Hampi, entendiendo al final porque ésta tenía un carácter especial para la cultura india. Me fui con una relajación especial dentro, una colonia de monos que trepaban de un árbol me miraban al cruzar las piedras nuevamente para acceder al templo y bajar por los escalones hacia la entrada. Tomé la moto para dirigirme al pueblo nuevamente, andando por esa ruta con una alegría inmensa, todos esos paisajes iban pasando de largo quedando a mis espaldas como si fuesen un recuerdo que guardase en mi mochila interna para siempre, lugares que te marcan en el buen sentido. Una vez devuelta la moto, volví a la orilla del río donde paré en un barcito que había a comer algo (almuerzo tarde) para luego cruzar hacia el otro lado e ir al hostel. Aproveche unos minutos más que me quedaban para dar unas vueltas por el pueblo y visitar algunas de las familias que habíamos visto con las chicas el día anterior, lleve algunas golosinas más para los chicos que como siempre te la devolvían con una sonrisa y respetuoso agradecimiento. Ya de vuelta en el hostel me dispuse de armar la valija y darme una ducha para refrescarme un poco frente a tanto calor. A la espera de Carlos y Pilar para tomar el tuk-tuk a la noche, me quedé en el barcito tomando algo mientras escribía un rato mezclando con buena música, lectura y admiración por ese paisaje que no quería que se borrase de mi frente. Antes de irnos los tres, presenciamos casi un ataque en manada de unos monos enormes que se metían colgaban de los balcones y asaltaban a los comensales del bar robándoles todo lo que encontraban en camino, gaseosas, pedazos de pan o lo que sea, los dueños a palazos trataban de ahuyentarlos al tiempo que todos nos moríamos de la risa. Ya con la caída del sol llegaba el momento de irse, nos subimos los tres al tuk-tuk con el chico que ya nos había llevado el día anterior, lamentablemente seguía con una cara malhumorada importante y mala vibra, no entendía como todos en esa ciudad tenían esta mala energía siendo la misma tan místicamente vibrante. Una vez en la estación nos fuimos los tres a comprar algo de comer y provisiones para el viaje, el bus salió en punto con la buena suerte de que en mi cama doble no tenía acompañante alguno asique podía disfrutar el largo viaje durmiendo tranquilo. La única incógnita que teníamos los tres era en donde nos íbamos a alojar ya que llegábamos a las 5 de la mañana y no teníamos lugar reservado.

Goa Española

La elección de Palolem había sido principalmente porque los otro chicos españoles con los que me había cruzado el primer día en Hampi venían de este lugar y me lo habían recomendado, buenas playas, lugar con gente de todo el mundo, lindos atardeceres, algunos bares con joda y buena onda por sobretodo. Con Carlos y Pilar nos había parecido correcto apostar por este lugar y no nos íbamos a equivocar. Esta playa se encuentra al sur del estado de Goa, a unos escasos kilómetros del pueblo Chaudi que tiene como playas vecinas a Agonda y Colva. El viaje no tuvo ningún sobresalto, por suerte había dormido casi todo el tramo sin ninguna preocupación, un poco antes de las cinco de la mañana bajamos en el pueblo para tomar desde ahí un tuk-tuk que nos llevase a la playa. En la costa nos encontramos con la entrada principal de la playa donde quedaban algunos locales remoloneando por ahí y un lugar sumido en una extraña tranquilidad, una larga extensión de arena recibía a un calmo mar que yacía a merced de una noche excepcional llegando a su fin con una luna radiante despidiéndose. Cuando nos vieron llegar con algunas mochilas a cuesta se nos acercaron algunos locales a ofrecernos hospedaje, la verdad que resultaba difícil dar con un buen económico lugar a esa altura del día donde no se podía ver nada y las negociaciones no fáciles para uno. Sin embargo, el primer paisano que se me cruzó me inspiró confianza con su propuesta de búngalos sobre la playa a buen precio, nos fuimos caminando unos 150 metros por la playa hasta el lugar al cual entramos para chequear. Primer le mostró un búngalo más superior a los chicos que resultó ser bastante confortable y a unos metros uno para mí que era casi igual pero no tan lindo. El precio resultó ser muy bueno y para dar con eso a las cinco de la mañana nos pareció genial, cerramos el trato y reservamos para unas tres noches. Carlos y Pilar se fueron a acostar nuevamente y yo me quede en mi búngalo descansando un poco, pero me resultaba difícil conciliar el sueño, asique solo bastó caminar unos pasos hasta la playa, tirar una toalla en la arena y quedarme acostado boca arriba para ver como el oscuro manto de estrellas se fue tiñendo de una paleta de colores claros que se iban mezclando a medida que pasaban los minutos hasta después de casi una hora tornarse en un amanecer de lujo. El sol que salía del este, arrojaba los primeros rayos sobre el cielo como si fuesen proyectados desde el otro lado de la playa, la mezcla de colores que parecía un caleidoscopio a pleno brillo me regalaron un comienzo de estadía espectacular. Ya había cargado energía con tremendo espectáculo y no necesitaba dormir, me senté en una mesita baja con sillones en el restaurant del complejo que daba a la playa y me tomé un desayuno clásico, te chai con unos chapatis. Así pasé gran parte de la mañana, entre té chai, lectura, música, escritura y una meditación que hice sobre la playa. A media mañana aparecieron Carlos y Pilar que se quedaron desayunando por ahí también apreciando las dimensiones del hermoso lugar donde habíamos dado. Palolem resultaba ser una playa de gran extensión, unos dos kilómetros, con un mar calmo casi todo el tiempo que daba al océano índico ofreciendo un relajado baño para todos los turistas. Había una gran playa de arena entre la cadena de búngalos que bordeaba toda la playa y el mar, esta proporcionaba especio suficiente para que la gente pueda hacer deportes, caminar, correr, descansar y también para que los locales estacionen los clásicos barcos pesqueros y de turismo que dejaban todos los días cuando terminaban sus labores fuera del agua. Al mediodía me fui a caminar para el lado sur de la playa a recorrer los diferentes paradores que había y conocer un poco más del lugar, cerca de la entrada principal y sin saber por qué me metí en un bar a ver qué onda y me llevé allí con una sorpresa. Ni bien pase a donde estaban las mesas me cruzo con un chico de aspecto particular, short de baño, remera rockera negra y un mechón largo del pelo desteñido. Al verlo se me vino a la cabeza el nombre que me habían dicho los chicos en Hampi, el famoso tal Sardi, lo frené y le pregunté si era él ya que no podía haber varias personas con la descripción que me habían pasado. Efectivamente quien me encontré era el famoso Sardi que andaba por Palolem, le conté que me había cruzado con los chicos que habían estado con él ahí y que me habían contado de las historias y andanzas del grupete. Me senté en la mesa que estaba el con uno grupo de israelís hablando y nos quedamos charlando un rato. Luego de un rato me volví para el hostel a almorzar y le dije que se viniese, que estaba con dos españoles también por ahí. Me volvía riendo ya que era el fiel retrato de lo que me habían contado sobre Sardi, un personaje divertido por como hablaba, se movía, los chistes que hacía y la pinta que tenía. Ese día almorcé unos chicken noodles que estaban bastante buenos y sabrosos por suerte, la comida del lugar era buena y eso sumaba más a la buena elección. Más tarde cayeron de nuevo Carlos y Pilar que se sumaron justo al momento que cayó Sardi, con introducción rápida es especialista para romper el hielo a los dos segundos y empezar a hablar de lo que sea agarrando confianza. Y así nos pasamos casi toda esa tarde, comiendo y tomando algo en el barcito sobre la playa de los búngalos, escuchando las historias divertidísimas de Sardi y en el caso de Carlos congeniando ambos de todo lo que le gustaba la música, el rock, y las bandas locales de Madrid y Zaragoza. La química ya estaba encendida y flotaba buena onda entre todos, Sardi resultó ser un chaval que se tomó un avión casi sin pensarlo de Madrid para estar unos cinco meses en la India, sin saber hablar en inglés y con solo un puñado de euros en el bolsillo se mandó a la travesía de este hermoso país. Estrictamente hiperactivo, con un humor desorbitante y unas historias que te hacían mear de la risa nos mantenía a tono cada minuto entre las conversaciones que llevábamos los cuatro, una perspicacia para el humor sin igual y un tío que te hace flipar (como dicen ellos). Con el ocaso del día y la digestión hecha, nos fuimos con Sardi a andar en Kayak por alrededor del lugar y unas islas que habían enfrente. El lugar era especial para hacer este tipo de deportes, el agua calma, a temperatura agradable y una vista excepcional a cualquier dirección. Cuando bordeamos una islita que estaba cerca de la playa me acosté sobre el kayak y me dejé llevar por la corriente, con la cabeza echada hacia atrás disfrutaba de ver el infinito horizonte del mar con el sol que de a poco iba acercándose para su encuentro. El ritmo de las pequeñas olas me mecía en el kayak como una cuna al bebé, sensación extremamente relajante que junto al paisaje que veía en forma de retrovisor me dieron un momento único. Terminamos remando de vuelta sobre el otro costado de la isla para volver de vuelta a la playa, como es casi nada profunda antes de llegar nos bajamos y llevamos el kayak caminando sobre la orilla. En la india desafortunadamente por la contaminación y poca visión los atardeceres no se ven muy bien ya que a último momento el sol se cola por detrás del smog, pero este no iba a ser ese caso, cuando iba volviendo me di vuelta y vi una enorme bola roja como fuego incandescente que se acercaba a la línea del mar de forma drástica. No sé qué efecto sobre la posición de la tierra el sol y ese lugar pudo haber pasado, pero el tamaño del sol descendiendo sobre el mar fue algo que pocas veces había visto en mi vida, como si fuese una foto trucada mis ojos fueron los protagonistas de lujo de un atardecer de película. Una vez oculto tras el mar, éste dejó una estela de colores anaranjados y azules flotando en el cielo que se mezclaban con algunas nubes revoltosas dando una sinfonía de colores para la vista de los que estábamos ahí. Que buena manera de arrancar en este lugar, diferente a lo que es la india en sí, pero un buen recreo para disfrutar de la vida de playa. Ya de vuelta, dejamos los kayaks donde los habíamos alquilado y me fui para el búngalo, habíamos quedado juntarnos nuevamente entre los cuatro a las nueve para ir a cenar. A la noche todos los hoteles con los búngalos y bares sobre la playa se encienden para darle color al lugar, las mesas se colocan sobre la arena y todo queda decorado de manera perfecta para disfrutar de la noche en Palolem. Nos fuimos caminando los cuatro hacia la entrada principal del pueblo, con cervezas en mano anduvimos recorriendo el centro del lugar y todos los clásicos puestitos de venta que aparecen alrededor. Pilar tenía que comprar algunos regalos para llevar asique anduvimos visitando algunos locales de venta de cosas clásicas de la india como morrales, souveniers hechos a mano, remeras o babuchas. Tuvimos la suerte de contar con el maestro de la negociación de Sardi, que con su ingles precario y desorbitante forma de gesticular y hablar terminaba por convencer a cualquier paisano que le quería sacar alguna moneda más. Realmente había momentos que era difícil contenerse de la risa, que manera de hacernos reír a los tres continuamente a cada paso que daba, esa hiperactividad que tiene sin dudas la puede focalizar bien en su sentido del humor, como le dije más de una vez tendría que estar haciendo monólogos en la tele o la radio. Anduvimos como dos horas por todo el centro paseando, tomando cervezas y charlando de todo, la buena onda generalizaba hacía cada momento mejor. La jornada terminó en un muy buen resto sobre el final de la playa donde comimos unos ricos clásicos platos de la india y cerramos la noche entre cervezas, charlas, anécdotas y muchas risas, sobre todo. Los chicos se quedaron charlando un rato más, pero yo cerca de las once se me empezó a apagar el cerebro asiqué me fui directo a la cama a descansar.

Amanecí no tan temprano ya que necesitaba dormir y recuperar sueño, por suerte el cielo estaba despejado en lo que parecía que sería otro hermoso día. Desayune una vez más en esas mesitas sobre la playa que daban un plus a cada desayuno como si fuesen especiales, con libro en mano y buena música me quede la mañana descansado fuera del sol disfrutando de esa playa que cada minuto me gustaba más. Aproveché el día también para escribir mucho y avanzar con los relatos, al mediodía me encontré con Carlos y Pilar para almorzar juntos. A la tarde nos quedamos haciendo vida de playa, descansando sobre el sol, leyendo, charlando y escuchando un poco de música mientras alternaba entre chapuzón y chapuzón para combatir el calor. Me hice unas largas caminatas sobre toda la extensión de la playa recorriendo los diferentes paradores y charlando con algunos de los locales que andaban por ahí. A la tarde se sumó Sardi y un chico de Chile se encontraron Carlos y Pilar que había viajado con ellos en otra ciudad. Nos enteramos de una fiesta que se iba a dar en un boliche al aire libre que quedaba en la otra punta de la isla, sobre una roca, parecía que iba a estar copada asique arreglamos para ir temprano todos juntos después del atardecer. Yo me pasé el resto del día disfrutando de la playa y terminé el día jugando al futbol con el dueño de los búngalos y otros chicos del lugar en una partidito playero genial. Esta vez el atardecer no tuvo el mismo efecto que el día anterior ya que como suponía el cielo se coló por las nubes al descender pero igualmente fue lindo por el destello de colores que arrojó una vez que se hundió en el mar. Cerca de las siete nos encontramos los 5 más una chica israelí que había venido con Sardi en la entrada del pueblo, nos compramos unas cervezas para ir tomando algo en dirección a la fiesta. Como no podía ser otra manera, y después de haber estado casi un mes en ese lugar, Sardi parecía ser el dueño de todo Palolem, todo el mundo que pasaba lo saludaba, sea dueño de alguno local, turistas, gente de la playa o cualquier que estuviese en ese lugar por unos días, el tío a su paso iba haciendo reír a quien se cursase con cualquier chiste o broma. Era algo imposible pasar cinco minutos sin estallar de la risa entre un chiste y otro, siempre con alguna acotación o gracia para hacerte mear de la risa, así llegamos caminando por la playa todos juntos hasta el boliche. Como llegamos temprano no había casi nadie, más bien nadie, pero igualmente nos quedamos tomando algo mientras seguían armando todo para la noche entre charla y charla. Le vi una beta de tarjetero playero a Sardi y le dije que hablase con el dueño del lugar para ver si podía darle trabajo repartiendo flyers de los eventos, y solo le llevó cinco minutos hablando con el dueño para que lo convenciese y le diese el trabajo, una manera genial de subsistir en Palolem ganándose unos mangos y disfrutando del lugar, total a él lo conocía todo el mundo. En un par de horas las personas empezar a caer, pocas, pero ya había un poco de tumulto, las cervezas ya habían fluido y los cuba libres iban en aumento. Resultó que casi todos los que habían llegado eran grupos de rusos, que se adueñaron de Palolem en esa época, asique ahí nos fuimos para la pista a bailar con las rusas para divertirnos un poco ente borrachera y baile. Sonaban algunos ritmos latinos entre medio de electrónica y la fiesta tomaba forma. Entre baile y charla entre todos nos pasamos unas largas horas dentro del recinto, Carlos y Pili se fueron un rato antes y yo me quede bailando con Sardi un rato más divirtiéndonos con el grupo de rusos que ya estaba bastante entonado. Termine la noche conociendo a María, una rusa simpática, que entre baile y tragos nos quedamos charlando hasta casi el final. Casi antes de que cierre el boliche nos volvimos caminando sobre la playa hasta los búngalos, terminaba otro día largo pero muy divertido.

Lo bueno de salir temprano la noche anterior es que a pesar de pegarse una borrachera y tener un poco de resaca, podes dormir tranquilamente ocho horas y así todo te levantes temprano al otro día. Me fui a desayunar esta vez a un puestito que quedaba en la entrada principal de la playa que ofrecía las más sabrosas samosas con un riquísimo te chai a un precio ilógico. Me quede caminando a la mañana por la playa disfrutando de otro día espléndido viendo como todo se iba a llevando a cabo con total normalidad, los dueños de los barcos pesqueros comenzando su trabajo diario, los que tenían barcos para turistas trasportando a éstos de excursión en excursión, algunos deportistas entusiastas corriendo de lado a lado en la playa y otros simplemente relajándose mientras tomaban sol. Cerca del mediodía me volví a encontrar con Sardi para almorzar junto con un grupo que había conocido hacia solo cinco minutos, Carlos y Pili se habían alquilado una moto y se fueron a recorrer otras playas durante el día. Por la tarde la ecuación iba ser de nuevo la siguiente: chapuzones, lectura, tomar sol, relajarse y disfrutar de la playa en todas sus dimensiones. Antes de caer el sol me puse a jugar de nuevo al futbol con los chicos de ahí y luego me fui con el chileno hacia la punta de la isla donde había un parador con un view point para ver el atardecer. Lindo en esta oportunidad nuevamente, pero nada comparado con el que había visto el primer día. De vuelta al búngalo me encontré con Ketrina para tomar algo en el barcito sobre la playa, una chica de Estonia que había conocido aquel día en la playa. Nos pasamos unas largas horas charlando e intercambiando historias de vida y anécdotas de viaje, muy simpática y con mucha onda. Cerca de las nueve cayó el contingente entero para disfrutar de una excelente cena todos juntos nuevamente. Sardi que ahora era “empleado” del boliche comenzaba su labor esa misma noche promocionando una particular fiesta que se llevaba a cabo, como no iba a ser de otra manera íbamos a ir para bancarlo y disfrutar de la última noche con toda la banda junta. Después de la excelente comida que probamos casi todos los platos típicos de india en el restaurant de nuestro hostel, nos fuimos caminando al pueblo para tomar unas cervezas y hacer tiempo para ir a la fiesta. Ketrina no vino finalmente ya que estaba parando en otra playa y no quería volver con la moto tarde para allá, los demás nos quedamos un rato charlando en el centro y cerca de las once nos fuimos para el boliche. Esta vez había más ambiente a fiesta y la concurrencia fue mayor, a pesar de que el precio era elevado para lo que se pagaba en la india, bancamos a nuestro amigo Sardi y entramos a vivir esa experiencia particular de fiesta. Resulta que el lugar hace una fiesta sin sonido, es decir, a la entrada te dan unos auriculares (esos que son con una banda que cruza la cabeza) donde tiene tres canales de música que pasan diferentes ritmos y un control de volumen. En la pista esta la cabina con 3 djs tocando al mismo tiempo tres diferentes estilos de música pero que no suenan por los parlantes sino por cada auricular que lleva cada persona, y para saber que estas escuchando cada ritmo tiene un color. Por lo que vos podés saber que está escuchando el otro por el color que se ilumina en el auricular, además de la forma alocada en que cada uno baila según cada ritmo. Las primeras sensaciones son extrañas, ver a toda la gente moviéndose con unos auriculares puestos, gesticulando con la boca y moviendo el cuerpo al compás de un sonido pero que en cuento te sacas tus auriculares te encontras con todo en silencio. Raro, particular y extraño. Fuimos tomando algo a medida que nos reíamos de toda la situación e íbamos intercalando los diferentes ritmos para escuchar y bailar, entre tanto y tanto tenías que sacarte los auriculares para charlar con alguno de los chicos o compartir alguna apreciación de aquella fiesta. En lo que a mí respecta, esta metodología no me gusto para nada, la sentí muy impersonal y difícil para comunicarte con el resto, además es como que no tiene energía el lugar, cada uno está en la suya y no genera vínculos. Pero fue divertida la experiencia y compartirla con esta gente copada que me hizo reír mucho. No nos quedamos mucho tiempo y cerca de las dos de la mañana ya encaramos el retorno para los búngalos, nos fuimos caminando por la playa contemplando el increíble cielo estrellado que bañaba la costa con una luna brillante en todo su esplendor, charlas divertidas en la última caminata con este grupo increíble que había pasado los últimos tres días y unos chascarrillos de Sardi junto con una divertida acalorada lucha con una chica en la playa cerraban el día de manera genial. Tanto Carlos como Pili con quienes pude charlar un montón y compartir las experiencias de este viaje, como con el Gran Sardi que me regaló infinitas risas y momentos cómicos en este viaje me dejaban los mejores recuerdos de este lugar y este grupo de personas excepcionales. Otra vez habría que partir al otro día, esta vez cruzar el país hacia el norte con destino Jaipur para comenzar a recorrer la increíble Rajasthan, pero dejaba unos recuerdos increíbles de estos últimos días y de todo lo que había vivido este tiempo en el sur y centro de la India.

Al año siguiente de haber vuelto del primer viaje a la india con mis viejos, tuvimos el contacto de Nary, quien había sido el hijo del dueño de la agencia que por aquel entonces les había hecho todo el paquete con el tour por la india. Como había quedado en contacto con mis viejos siempre con buena onda, nos pidió algunas recomendaciones ya que estaba llegando a la Argentina a promocionar su empresa en la Feria de Turismo Internacional que se llevaba en la rural. Se nos ocurrió darle una mano en su llegada a tierras sudamericanas, y le propusimos que se quede todo el mes en mi departamento, en aquel entonces estaba viviendo por Nuñez, y yo me traslade a vivir a la casa de mis padres. Lo llevamos a cenar afuera unos días en capital y mi hermana también lo recibió en Montevideo cuando fue a promocionar su empresa allá, desde aquel momento casi todos quedamos en contacto con él y entre saludos durante el año y algunas recomendaciones a amigos que viajaban a la india manteníamos comunicación fluida. Cuando decidí pasar unos meses en la india le pedí que me ayudase con algunas cosas y sobretodo ver si podía pasar la famosa fiesta del Diwali junto a él y su familia. No solo accedió, sino que también me iba albergar los días que fuese para allá y me ayudó con la conexión de vuelos que me tomé desde Goa hasta Jaipur, capital de Rajasthan, para dar comienzo a este nuevo y fascinante mundo del noroeste de la India.  Ese domingo partí temprano luego de otro exquisito desayuno en la calle de mi amigo indio que hacía las mejores samosas del lugar, con destino al aeropuerto de Goa que quedaba a una hora y media de Palolem. La ruta estaba tranquila y la placida mañana me dejaron un viaje relajado entre música y el recuerdo de las anécdotas vivido con aquellos exquisitos españoles con los que había pasado unos días de risa y diversión. El vuelo salió a tiempo hacia la capital Delhi, desde donde más tarde iba a tomar la conexión con Air India para llegar a destino por la noche. Coordiné con Nary el horario de llegada y él muy gentilmente me avisó que iba a pasar a recogerme un chofer por el aeropuerto para llevarme a destino. Me parecía raro después de tantas horas en micros, trenes, tuk-tuk y todos los medios particulares de locomoción en la India estar viajando en aviones y descansando en salas de esperas, comodidades que pronto iban a volver a su “incomoda” normalidad. El segundo vuelo tardó menos de una hora y así con puntualidad exacta a las nueve y media de la noche estaba parado a la salida del aeropuerto de Jaipur donde me levantó el auto para ir a su casa. En el camino iba pensando todo el tiempo que había pasado deseando conocer la famosa Rajasthan, lugar del que todo el mundo quedaba fascinado por sus lugares, costumbres, paisajes y sentimientos que se generan al recorrerla. Entre la charla con el chofer y el brillo de la ciudad que se iluminaba en la oscura noche fuimos transitando una media hora hasta llegar a la casa. La misma quedaba en un barrio a las afueras del centro, se notaba que era zona residencial por sus casas de mediana altura y calles tranquilas de una ciudad electrizante. Cuando bajé me crucé con Nary que me estaba esperando y su adorable hijo Kanu en brazos para darme una cálida bienvenida. Antes de ingresar me mostró las dos fachadas de sus casas, una en donde se había criado toda la familia y que tenían desde hace mucho tiempo, y continua otra muy moderna recién terminada que contaba con tres pisos y una decoración impecable al estilo hindú. Una vez dentro me encontré con una clásica imagen familiar de domingo por la noche. Nary me fue presentando uno a uno a toda su familia, sus hermanos Negy y Monu, su esposa Khushbu, su padre Bhagwan y su madre Satosha. Todos me dieron la bienvenida entre en unos pocos minutos de charlas ya fui entrando en confianza haciéndome sentí como en casa. Nary les contó de cuando nos habíamos conocido y sus padres se acordaron el detalle que hacía exactamente 4 años atrás para esa misma fecha, mis padres habían compartido unos días en esa casa también para pasar el Diwali con ellos. Me sirvieron unos platos de comida exquisito y nos quedamos una hora más charlando un poco de mi viaje (les parecía un loco por lo que estaba haciendo del viaje) y de mi parte conociendo un poco más a cada integrante de la familia. Me quedé jugando un rato con Kanu que le agarré cariño rápido y cerca de medianoche ya me fui para la habitación de arriba que me habían dejado para dormir. Empezaba una nueva etapa en mi viaje en la india, feliz nuevamente por poder compartirlo con una familia y así aprender de todas sus costumbres, tradiciones, cultura y formas de pensar.

Rajasthan Deslumbrante

El cansancio del viaje hizo que durmiera profundamente hasta entrada la mañana, a eso de las diez me levanté con la ansiedad de empezar a conocer la ciudad y compartir el día a día de una familia tradicional. Hace muchos años que estaban en el negocio del turismo, su nicho de segmento era el turismo en español y desde hacía ya varios años venían creciendo en el negocio. Tuvieron gran caudal de turistas argentinos los últimos años que visitaban la India, pero estaban empezando a tener cada vez más clientes de todo Latinoamérica. Toda la familia estaba abocado a la empresa, Negy manejaba los turistas franceses, Monu los de habla inglesa y Nary junto con el padre manejaban el gran caudal de clientes que tenían. Como habían crecido tanto decidieron invertir en una buena idea de expansión, comprando la casa que tenían al lado junto a la esquina, para refaccionarla y hacerla hogar de los visitantes que se hospedaban en Jaipur y así ofrecerles un servicio de excelencia con el detalle de convivir junto a su familia. Luego del desayuno me fui a recorrer ambas casas y quedé sorprendido con la terraza que había construido en el cuarto piso, toda una vista periférica de la ciudad junto con unas glorietas decoradas con columnas y techos decorados de forma tradicional hindú. Al mediodía comí algo rápido que había para almorzar y decidí ir al centro a empezar a conocer los puntos importantes de la ciudad, la familia se iba de compras por la tarde ya que eran los días destinados para los regalos que se hacían antes de la fiesta, asique quedé con Nary en sumarme con ellos después de la caminata. A unas cuadras de la casa, sobre una avenida principal, me tomé un tuk-tuk que me llevase hasta el centro de la ciudad donde se encontraban las principales atracciones para ver, el sol calaba profunda las calles elevando la temperatura con un calor considerable, pero a diferencia del sur, sin tanta humedad lo que permitía soportarlo un poco mejor con mucha agua o reparo a la sombra. Cruzar la ciudad nos llevó cerca de cuarenta minutos, no me imaginaba a Jaipur tan grande, pero supuse que siendo la capital del estado debía vivir millones de personas. El transito se tornó un caos llegado al centro, los autos, motos, bicicletas y tuk-tuk brotaban del asfalto como moscas, las bocinas incesantes daban una sinfonía callejera que aturdía y los miles de transeúntes se jugaban la vida al cruzar la calle entre tantos vehículos. Todo formaba parte de una imagen normal y cotidiana en la caótica Jaipur. Cuando me bajé en la entrada del casco antiguo de la ciudad comprendí porque se la llamaba “ciudad rosa”, todos los edificios históricos están pintados de un color rosa salmón que en Rajasthan equivale al color de la suerte. La ciudad se tornaba simétrica, con trazado geométrico muy racional. Está rodeada de una muralla almenada que tiene diez puertas, dividida en nueve cuadrantes con calles anchas de más de 30 metros. De esos nueve cuadrantes dos están dedicados al complejo palaciego con el Chandra Mahal (Palacio de la ciudad), el Hava Mahal (Palacio de los Vientos) y el Jantar Mantar (Observatorio de Jai Singh); los otros siete están ocupados por el pueblo. Toda una estructura pensada por el gobernante de mayor prestigio y fundador de la ciudad, el Maharajá Sawai Jai Singh. Lo que primero se me ocurrió como siempre hago fue empezar a recorrer sus calles sin ningún destino trazado, tratando de penetras las sensaciones que recorría mi cuerpo a medida que avanzaba. Un primer sentimiento de tristeza se apodero de mis pensamientos al encontrarme mucha gente tirada en el suelo sobre las esquinas de las intersecciones, con extensas rotondas en el medio, pidiendo para comer en un estado de miseria absoluto, algunos trabajadores de oficio montaban sus “puestos” sobre la acera acechando cualquier posibilidad de trabajo. Continuando por la calle principal que cruza de punta a punta el casco antiguo, fui encontrando los particulares puestos de venta textiles que decoran todas las calles a ambas manos, pequeños locales con todas las típicas vestimentas indias a precios irrisorios, babuchas, pashminas, vestidos, remeras y demás prendas con esos colores y diseños tan característicos de la moda hindú. Junto con un amigo habíamos pensado en ver la posibilidad de hacer compras mayoristas de esas prendas y venderlas en el mercado argentino junto a su empresa que ya tenía montado de confección de prendas femeninas, asique me puse el traje de empresario por un rato y recorrí varios locales charlando con los dueños para adquirir los precios de listas y modelos de todas las prendas al por mayor. Incluso uno me llevo en tuk-tuk hasta el deposito a unos kilómetros donde me mostró la inmensa cantidad de stock que tenía a unos costos excesivamente baratos. De vuelta en el casco antiguo, refrescándome continuamente del intenso calor, arranqué a visitar los distintos edificios turísticos que transmiten la historia de Jaipur, en la primera boletería (y con el carnet de profesor de la UCA) me hice pasar por estudiante con lo que conseguí un buen descuento para comprar el pase a todos los monumentos y palacios de la ciudad que los iría a recorrer en el transcurso de los días. EL primero en la lista fue el Hava Mahal o Palacio de los Vientos, el mismo fue construido en el año 1799 por el Marahá Sawai Pratap Singh y diseñado por Lal Chand Usta. Formaba parte del Palacio de la ciudad que servía como extensión de la zenana o cámara de las mujeres destinada al harén. La función original del edificio era la de permitir a las mujeres reales observar la vida cotidiana de las calles de la ciudad sin ser vistas. El palacio tiene cinco pisos, los dos superiores un poco más estrechos lo que le confiere una cierta forma piramidal. Está construido en arenisca roja y rosa, con incrustaciones realizadas en óxido de calcio. La fachada que da a la calle tiene un total de 953 ventanas pequeñas por lo que el viento que circulaba a través de ellas le dio nombre al propio palacio. Fue una visita rápida donde pude ver las diferentes salas y patios donde se albergaban las dependencias reales con sus coloridos vitreaux en los cientos de ventas que daban a la calle y los ornamentos exteriores que decoran las ventanas como si fuese un juego de espejismo. Desde el último piso pude obtener unas buenas tomas de la ciudad y la vista periférica a todo el casco antiguo que en ese momento estaba en pleno movimiento neurálgico. A la salida me fui a recorrer las inmediaciones de aquel lugar, para salir un poco de las principales avenidas y poder conocer así la parte no turística que siempre te deja ver cosas ocultas. La gente me observaba con un dejo de incredulidad frente a mi andar por las calles, siempre me gusta ir con la frente en alto y ver todo lo que pasa alrededor, los hombres haciendo sus oficios, las mujeres realizando las tareas diarias en las casas, los niños revoloteando por las calles, todo a su velocidad normal, lo que queda detenido en el tiempo es mi sensación de asombro frente a todo eso que me rodea. Me encontré con un templo muy lindo y pintoresco en una manzana, contaba con una estructura pulcramente blanca y unos jardines verdes que resaltaban con la luz del día. Me acerqué y me puse a charlar con el brahmán que me realizó la bendición y me contó acerca de los dioses a los cuales veneraba ese recinto, Shiva, Vishnu y Lakshmi. De camino a mi próximo lugar de interés, paré en un puestito de comida en la calle para saborear unas samosas mientras charlaba con los muchachos que habían alrededor, almuerzo divertido intercambiando chistes. El Chandra Mahal o Palacio de la Ciudad, con carácter de mayor importancia, se encuentra dentro del complejo de palacios en el centro del casco antiguo junto a otros monumentos y edificaciones, cuenta con la visita de miles de turistas a diario (en su mayoría orientales) y alberga las lujosa mansión y salas que utilizaron los antiguos Maharajás durante su gobierno. El palacio fue construido en el siglo XVIII por el Marahá Singh que siegió su expansión con las remodelaciones que continuaron los diferentes gobernantes. Sinceramente fue un deleite poder recorrer los pasillos como las salas vidriadas con las más bellas decoraciones en piedra y madera que revisten la suntuosidad y estilo hindú de antaño. Los cuartos residenciales sobresalían por su belleza arquitectónica y decoración real, los pasillos como las áreas comunes formaban una armoniosa combinación junto al jardín montado sobre fuentes de agua. Quedaba claro la importancia de esa ciudad para el manejo de toda la región noroeste del país por la ponderación de sus edificios, los lujosos edificios de gobierno y el obstinado ambicioso plan del Mahará Singh por construir la ciudad imperialista de su reinado. Era hora de terminar con las visitas turísticas y volver con la familia para seguir contagiándome de su compañía, había quedado en encontrarme con ellos en un shopping para compartir sus compras y regalos para las fiestas. Para salir del casco antiguo decidí ir caminando camino contrario al que había hecho hasta la puerta principal, así me cargué la cámara sobre mi “compañero” selfie stick y arranque paso a paso sobre el boulevard principal hacia la salida. A esa altura ambas manos de la avenida estaban explotadas de vehículos y el sonido de las bocinas y los motores era ensordecedor, nunca había visto en mi tiempo por el sur de la india tremendo caos de tránsito, gente, movimiento y hasta los monos que se colgaban de techo a techo sobre las casas. Los locales estaban todos en enérgico trading por las ventas que se llevaban a cabo por las fiestas, las confiterías vendiendo cajas de dulces como si fuese agua, las joyerías decoradas a todo tope para recibir a sus clientes en busca de preciadas joyas para sus familiares y los puestos de decoración entregando todo tipo de ornamentos para los detalles en las casas. Me sentía como en una película, caminando en medio de todo eso con una sonrisa que no se me iba de la cara, como siempre, absorbiendo con todos los sentidos aquello que vibraba a mi alrededor. EL “loco” en este parecía yo, un occidental caminando con short y remera, cámara en mano, por el medio de un boulevard en plena capital de Jaipur, saludando a todo quien me cruzase como si fuese uno más, me lo tomé con una simpatía y diversión particular que quedó plasmado en los videos que filmé, además de las graciosas caras de la gente de la calle que pasaba por mi lado. Una vez fuera me comunique con Nary y me paso la dirección del shopping donde iban a estar así iba para allá. Llegando el ocaso de la tarde, me subí a un tuk-tuk y me dirigí al mall que quedaba a las afueras del centro. Una vez que llegué me encontré con Nary y su esposa, Monu, su primo y el adorable Kanu quien fue el más beneficiado de todas las compras. En la cultura hindú, los días previos al festejo del Diwali eran los destinados a las compras de regalos para los familiares y amigos, como si fuesen los regalos de navidad o año nuevo. Dimos vueltas por todo el shopping básicamente buscando regalos para Kanu, el pequeño de la familia se iba a llevar la mayor cantidad de regalos como debe ser, mientras les fui contando lo que había recorrido durante el día. Nary me hizo probar algunos típicos canapés del norte de la India como la Galgota, Naan y Thali, ricos pero excesivamente picantes para mí el cual pudieron darse cuenta y reírse por mi cara de sufrimiento al comerlos. Con la noche que caía como aplomo sobre la ciudad, dimos por terminada la recorrida de compras y nos fuimos a cenar todos a un restaurante que estaba a unas cuadras, el cual era dueño un amigo de Monu. Esta vez el menú para mi constó de una rica comida india pero no picante, ellos degustaron unos ricos platos sabrosos especiados y de postre nos dimos el lujo con unos helados. De vuelta a la casa, con un cansancio acumulado de los kilómetros caminados ese día, decidí por dar terminado el día e irme a dormir temprano, Nary me había conseguido un chofer para el otro día que me llevase a recorrer el fuerte y las demás atracciones que me quedaba pendiente. Arrancaba bien temprano asique era tiempo de descansar, luego de jugar un rato con Kanu en el comedor me fui para el cuarto y ni bien apoye la cabeza en la almohada me dormí al instante.

No hizo falta el despertador para levantarme, había dormido largo y profundo que hizo efecto en mi descanso, a eso de las ocho amanecí con la energía intacta para arrancar otro día en Jaipur. Me dirigí a la casa nueva donde estaban hospedados unos mexicanos y nos sirvieron un exquisito desayuno, té chai, chapatíes con manteca, bizcochos con mermelada y cereales. A las nueve en punto llego el chofer a la puerta con una camioneta 4×4 que formaba parte de la flota que tenían para trasladar a sus clientes. Reiteradas insistencias a Nary para que me dejase pagar algo no dieron resultado, me seguían agasajando como un amigo de la familia y mi agradecimiento era constante. Saludando a Kanu y al padre que estaban en la puerta, me subí a la Toyota Fortuner y arrancamos viaje hasta las afueras de la ciudad para llegar al primer destino, el majestuoso fuerte Amber. Durante el trayecto fuimos atravesando todos los barrios mientras charlaba con el chofer acerca de su familia y mi viaje, por la ventanilla veía como la ciudad amanecía de a poco con los aromas de la mañana y las inquietas vibraciones que empezaban a conquistar el plácido amanecer. Cuando cruzamos la salida desde el otro extremo, emprendimos camino sobre una ruta que reflejaba un paisaje diferente al urbano, desérticas colinas de color arenisca se dibujaban en el horizonte sobre un sol que tomaba altura de a poco, los coches empezaban a ser reemplazados por algunos camellos o carretillas que se mezclaban con el tránsito y todo se tornaba en un ambiente más desértico. Cuando divisé un lago que se extendía unos cientos de metros pude ver sobre las orillas de éste, una explanada en ascenso que llegaba al imponente fuerte Amber. Construido en 1592, sobre restos de una estructura anterior, el complejo palaciego que permanece en la actualidad fue comenzado durante el reinado del Reja Man Singh. Durante los siguientes 150 años, y bajo sucesivos dirigentes, el fuerte Amber sufrió varias modificaciones, hasta que se traslada la capital a la ciudad de Jaipur durante la época de Hawai Singh II. Me asombré al instante por el tamaño que trazaba esta extensa edificación sobre la cima, pero aún más, por la estructura kilométrica que se desprendía de éste en forma de muralla, como un brazo extendido sobre toda la colina. Nos dirigimos a un pequeño pueblo desde se accedía hacia la entrada y ahí pude ver cuál era la otra forma de acceso, en mi opinión nada divertida, una hilera de más de treinta elefantes que transportaban a los turistas en unas cajas sobre sus lomos, sobre la explanada hasta una de las puertas de acceso. Obviamente el traslado era pago y me resultó repugnante no solo por el maltrato animal como atracción turística sino también por como los trataban los hombres que iban montados en los elefantes, a puro bastonazo. El acceso estaba repleto de extranjeros, en su mayoría orientales como en todos lados dispuestos con sus miles de cámaras a retratar cada centímetro del fuerte, una vez dentro alquilé la audio guía para tener un conocimiento mayor de todo lo que iba a ver y aprender un poco más sobre la historia del lugar. Me llevó una hora y media hacer todo el recorrido por ese maravilloso fuerte donde pude recorrer las salas, cuartos reales, dependencias, jardines y salas oficiales. Las vistas y panorámicas que se ofrecían desde las murallas era simplemente magnificas, el horizonte desértico a lo lejos entre las montañas, un lago que resplandecía como un espejo de luz y las edificaciones bajas típicas de Rajasthan me regalaron una de las mejores típicas postales del norte de India. Un placer y privilegio absoluto poder recorrer ese lugar y llevarme impregnado todo su encanto y esencia hindú, que seguía recorriendo mis venas incesantemente dándome cada día más la razón de amar a este país. A la salida me encontré con el chofer nuevamente que me esperaba en la camioneta para seguir el camino, una colonia de monos estaba sobre el techo asique tuvimos que interrumpir su descanso para prender el motor y seguir camino. De pasada frenamos en un lugar que me dijo que hacían el mejor te chai de la ciudad, esa gente es la que sabe asique le dije que vayamos para ahí a tomar unos cuantos. Le invité, galletitas de por medio, unos tés chai que efectivamente estaban exquisitos y nos quedamos un rato charlando junto a los demás hombres que se acercaban en medio de su jornada para tomarse en cinco minutos el ritual del tecito chai. Volvimos a entrar en el casco antiguo donde el día anterior me había pasado por alto ir a visitar el Jantar Matar, que se encontraba enfrente del Palacio de la Ciudad. Este observatorio fue construido por Jai Singh y debido a su capricho excéntrico por la astrología decidió construir su “parque de diversiones” astronómico. El complejo constaba de una manzana a cielo abierto y para el deleite de los científicos y astrónomos, contaba con una serie de estructuras y equipos astrológicos antiguos que los utilizaba para diversas funciones, medición del tiempo, de lugares, de las estaciones, posición solar y lunas o todo aquello relativo a los astros y el universo. Algunos eran simplemente estructuras pequeñas del tamaño de una mesa o un circulo de piedra con inscripciones, agujas y poleas que funcionaban en conjunto para diferentes mediciones, otros eran estructuras enormes que en conjunto daban la precisión exacta de la hora con el reflejo de los rayos del sol sobre una serie de números inscriptos en las paredes. Algo diferente para ver en una ciudad así pero divertido y sorprendente ver cómo pudieron preservar todos esos instrumentos que sirvieron hace siglos como artefactos para realizar diferentes mediciones que hoy en día se llevan a cabo con un simple botón en una computadora. Gustos, capricho, hobbies y tecnología de punta en su momento para saciar la ambición astronómica que supo tener Jai Singh en la época que gobernaba la ciudad. Ya pasado el mediodía, sin ánimos de aminorar la marcha, conducimos hacia el próximo destino que iba a ser un modesto palacio con jardines a las afueras de la ciudad por el lado oeste que al estar incluido en la lista de atracciones que tenía con el ticket aproveche para visitarlo. Me sentía un poco raro mientras avanzábamos porque a pesar de tener la comodidad de moverme rápidamente de un lugar a otro y por excepcional vez estar soportando el calor dentro de la camioneta con aire acondicionado, el pulso de la ciudad y la gente no se vive de la misma manera. Escazas veces en el viaje tenía la posibilidad y justo en la india no es la mejor manera a mi entender para empaparse de las cosas, pero igualmente resultaba confortante hacerlo como día excepcional. De camino al palacete pasamos por un barrio muy muy humilde, la vista se me centro en aquel aglomerado de chozas entre chapa y maderas que estaba apostado sobre la ruta con cientos de familias pasando las peores penurias que puede vivir un ser humano, lamentablemente son cosas que pasan en todo el mundo (incluso en mi país) pero cuando se lo vive de cerca el corazón nunca deja de entristecerse. Me quede la media hora que tardamos en llegar pensando en la miseria humana, en los millones de personas que sufren la carencia de las necesidades básicas como un techo digno, alimentación, educación y contención familiar, cosas que a los que tuvimos suerte de tenerlas nos parecen básicas, pero son tan utópicas para muchas personas en el mundo. A veces me pregunto porque realmente es tan difícil vivir en un mundo más equitativo? Porque el capitalismo necesita de los pobres para subsistir en la abundancia de pocos? Porque le comunismo con su estrecha ideología tampoco sirvió para generar igualdad entre las masas? Porque si se pueden producir alimentos para los 7 billones de personas del mundo casi el 50% pasa hambre? Porque…porque? No son preguntas que tengas respuestas, pero si planteos que nunca tenemos que dejar de hacernos para cambiar el mundo, aunque sea en el ámbito más cercano que tengamos y poder coexistir mas humildemente. Con un dejo de amargura llegue al palacio de dos plantas que se apostaba sobre un barrio antiguo colonial que daba un aspecto solitario, la edificación de dos pisos de altura contaba con una fachada en estado delicado pero a su vez con una belleza particular. Crucé la verja en una de las entradas laterales y me topé con uno de los jardines más lindos que había visto hasta el momento en la India, construido sobre tres niveles diferentes contaba con un pasillo central en el nivel inferior rodeado por fuentes y extensas plantaciones de un pasto verde que relucía en su brillo. En el nivel del medio se había construido dos glorietas a los costados del centro que armónicamente estaban decorados con cerámicos y piedras, canteros con rosas y flores bordeaban a lo largo el cerco de mármol que iba de un lado a otro y en el nivel superior dos grandes árboles custodiaban un inmenso patio de cerámica que servía de patio trasero de la residencia. Después de observar todo con detenimiento me di cuenta que en el lugar no había nadie, fui recorriendo todos los recovecos con el cantar de los pájaros que me regalaban un atisbo de tranquilidad en media de la bulliciosa ciudad, placer que se encuentra en pocos lados por estas tierras. Ni guardias había para controlarme asique me tiré en el pasto que parecía una alfombra acolchonada y ahí me quede disfrutando de quince minutos de paz en ese palacete que poca gente iba a visitar pero que tan armoniosa tarde me regaló. De vuelta para el centro me bajé en el último destino al cual iba a ir acompañado por el chofer, el mismo luego se fue ya que me iba a arreglar por mi cuenta con un tuk-tuk la vuelta a la casa. El Albert Hall Museum fue el anteúltimo lugar de visita, la jornada venía larga pero súper interesante, la estructura de este complejo desde afuera sencillamente es espectacular, como si fuese una manzana redonda incrustada en el medio de las avenidas principales surge este terreno con un parque impecable alrededor, un edificio de dos plantas con cuatro sectores construido en madera y mármol que alberga las colecciones de arte de la época colonial británica. Particularmente las obras de la muestra que estaban en exposición no me resultaron para nada interesantes, cerámicas, libros, algunos retratos y demás cosas que recordaban la conquista británica en tierras indias, lo que me dejó atónito fue la belleza arquitectónica con la que habían construido el museo y aun conservado. El recorrido lo hice rápido y luego seguí andando unos dos kilómetros a pata por la avenida principal hasta llegar al templo más importante de Jaipur, el Templo Brila. Este templo es conocido también como el templo Laxmi Narayan y está dedicado al dios Vishnu (Narayan) y a su consorte Laxmi, la diosa de la riqueza. Es por esto último que al templo se le conoce como el templo Laxmi Narayan. se encuentra en una elevación en la base de la famosa y pequeña colina Moti Dungari. Está construido en mármol blanco con bellas esculturas talladas y tiene tres cúpulas las cuales representan las tres diferentes maneras o la variedad de maneras que hay para acercarse a la religión. La belleza de su mármol no deja indiferente a nadie, sobre todo durante la noche, que con las luces brilla de una manera muy especial. Ingrese para poder apreciar por dentro la deslumbrante estructura construida en mármol blanco, con las largas escalinatas sobre la entrada principal y el interior del templo de doble altura que sobresale por el pulcro y majestuoso interior. Tomé todas las fotos que pude desde todos los ángulos, el sol a esas horas estaba emprendiendo la retirada, pero nos dejaba unos destellos anaranjados que salpicaban un cielo revoltosamente nublado. Este juego cromático se reflejaba en la cúpula blanca del templo haciendo un espectáculo a la vista de todos los visitantes que estábamos por ahí, imágenes que no se pueden retratar con una cámara sino que quedan grabados en la retina de los ojos. Turno de emprender la retirada, cansancio acumulado después de nueve horas ininterrumpidas de andar de un lado a otro, lugares fascinantes que pude ver y meterme cada vez más en la historia de este lugar. Me costó unos buenos minutos, a pesar de mi ya experiencia, negociar con los tuk-tuk que me querían arrancar la cabeza con los precios y terminé dando con un buen samaritano que me llevó hasta la casa sin queja alguna. De vuelta en la casa me pegué una ducha “reparadora” y me quedé en el living charlando con la familia acerca de los lugares que había ido mientras preparaban la comida. Como detalle especial de su servicio, a los clientes que se hospedan en la casa nueva les preparan una cena de cocina hindú, esa justamente iba a ser la noche asique tuve el placer de sumarme a la velada. En la cocina un cocinero junto con Nary llevaban a cabo la explicación de todos los productos que usaban para la preparación como así también el método de cocción, los españoles que habían llegado como yo escuchábamos atentamente   y luego de unas horas devoramos los exquisitos platos que habían preparado, pollo al curry, espinaca con crema, chapaties y rottis. De postre los clásicos exquisitos Jalebi que no podés parar de comerlos, empalagosos pero muy ricos. Kanu compartió la cena con nosotros mientras jugábamos con él y nos mostraba los dotes lingüísticos diciendo palabras en más de tres idiomas ya a sus dos añitos de edad nada más. Noche que terminaba de cerrar un día increíble, todo lo que la esencia de Jaipur te puede dar encerrado en un día, el fuerte, palacios, jardines, museos, templos y una exquisita cena local. Apoyar la cabeza en la almohada, agradecer, disfrutar, sonreír, dormir y volver con la misma energía a vivir cada día.

El miércoles 11 de Junio no iba a ser un día cualquiera para India, era el día que se celebraba el Diwali, el acontecimiento de mayor importancia para la cultura hindú. Tanto la tradición como la religión en la India se mezclan de una manera singular, como si fuese una amalgama que penetra en todas las familias que conviven en aquel atrevido país. La base de estas creencias se fundamenta en una asociación entre los rituales religiosos, la familia, la comunidad entre las castas, el folclore y la comida. El Diwali podríamos decir que es la festividad principal como núcleo de todos estos conceptos unido en varios días especiales. Ttiene lugar en el decimoquinto día de la quincena oscura del mes de kārttika (que cada año puede caer entre el 21 de octubre y el 18 de noviembre), y puede durar cuatro o cinco días. Conmemora la muerte del demonio Narakasura a manos de Krishná y la liberación de las dieciséis mil doncellas que tenía prisioneras. Celebra también el regreso a la ciudad de Ayodhyā del príncipe Rāma tras su victoria sobre Rāvaṇa, rey de los demonios. Según la leyenda, los habitantes de la ciudad llenaron las murallas y los tejados con lámparas para que Rāma pudiera encontrar fácilmente el camino. De ahí comenzó la tradición de encender multitud de luces durante la noche. Para homenajear a Lakshmi (Diosa de la prosperidad y el dinero) en todos los hogares se procede a hacer una limpieza profunda, refacciones, pintura, arreglos y todo lo que conlleve a dejar impecable (cada uno a su manera) los lugares, de esta manera es como se recibe al espíritu de Lakshmi que visita a toda la India en esta fecha para brindar prosperidad. También se la conoce como la fiesta de las luces o dulces ya que el particular ritual entrada la noche es arrojar pirotecnia a más no poder, comer abundantes cantidades de dulces y celebrar en familia. Ese día amanecí con la satisfacción de que iba a cumplir otra de las cosas que quería experimentar en la India, pasar este festival junto a una familia, y que mejor que en la capital de Rajasthan con Nary y todos sus seres queridos. Por la mañana, luego del desayuno, tanto Negy, Monu como Nary (y con mi humilde ayuda) nos pusimos a limpiar, barrer, repasar, baldear todos los ambientes de ambas casas para que luzcan impecables, Bhagwan había salido casi todo el día a hacer compras y Satosha junto a Khushbu se encargaron de preparar toda la comida para la jornada. Era como estar viviendo lo que sentía de chico cuando nos preparábamos para la Navidad, todo el barrio en una inmensa tranquilidad, las casas y edificios decorados con miles de luces de colores sobre las fachadas, la gente contenta paseando por las calles, chicos jugando en todas las veredas a lo que podías, algunos petardos que empezaban a sonar a lo lejos y la alegría de todo un pueblo a punto de celebrar el acontecimiento más importante del año. Una vez que terminamos todas las tareas de limpieza, la casas habían quedado impecables y radiantes, nos sentamos en la mesa del comedor a picar algunas de las masitas saladas y estofados que habían preparado las mujeres, después empezamos a degustar algunos de los dulces con los infaltables tecitos chai. Por la tarde los hombres nos fuimos a hacer algunas compras que quedaban pendientes, los infaltables fuegos artificiales, algunas cajas de dulces y todo tipo de decoración para la casa. Terminamos en un mercado en el centro de la ciudad donde la gente caminaba apelmazada en búsqueda de las últimas compras de momento, Mientras terminaban de elegir algunas guirnaldas, estrellas y dibujo de mantras que se utilizan para decorar las paredes o pisos, yo me quedé sobre la vereda observando toda aquello que me rodeaba. Algunos chicos casi sin ropa estaban tirados sobre la calle tratando de vender algunos ramos de hojas entrelazadas que también se utilizaban para decorar, de una pobreza notoria pero que nada les impedía seguir sonriendo al que pasaba por delante, les compré algunos dulces que vendían en la calle y traté de devolverles un poco la felicidad que irradiaban a pesar de la condición en la que estaban. De los mercados entraban y salían centenares de personas abalanzadas a adquirir los últimos productos que necesitaban, las cajas de dulces se vendían a millares, la pirotecnia se vendía por todos los costados como si fuesen a iluminar el cielo con un sol artificial, las calles no cesaban del tránsito continuo y el aroma a fiesta ser respiraba por donde caminases. Todo estaba potenciado por diez esa tarde, nada ni nadie se quería perder el evento principal. Con el ocaso de la tarde llegaba el turno de empilcharse para la ocasión y dar comienzo a la fiesta. Ya todos bañados y con los respectivos atuendos (Nary me había regalado una camisa larga típica hindú para vestir en la ocasión) nos encontramos en el living donde el padre empezó junto a la madre a hacer los respectivos pujas dentro de la sala donde tenían el altar con las los dioses y elementos para los rituales. Nary me hizo sentarme junto a Kanu, él y su mujer dentro de la sala, mientras Satosha recitaba las plegarias correspondientes, Bhagwan nos fue haciendo las bendiciones marcando nuestra frente con la pasta de color amarillo y el fuego sagrado que se desprende de la vela e incienso. En ese momento cerré los ojos y a pesar de creer en su religión, agradecí el estar en ese lugar en ese momento y poder estar compartiendo este día tan importante con esta maravillosa familia, pedí por su prosperidad, saluda y buena vida para todos. Cuando ya todos los integrantes de la familia habían pasado por el ritual nos dispusimos en la mesa a degustar los platos deliciosos que habían preparado mientras se repartían algunos regalos, sobre todo a Kanu. En mi caso me había ido a la mañana a comprarle una pelota de futbol y un reloj de spiderman que por suerte le encantó y no se lo saco de la muñeca en toda la noche. La velada fue increíble pudiendo compartir con ellos sus costumbres, comidas, tradiciones y todo lo que me dejaron compartir con ellos. Cuando se acercaba la medianoche los dispersos fuegos artificiales que se escuchaban por el barrio empezaron a tomar impulso y el ruido paso a ser casi constante desde cada punto de toda la ciudad. Nos fuimos corriendo hacia la terraza con todas las bolsas de pirotecnia que teníamos (como para tres horas de show) y junto a los amigos de Monu y Negy que habían llegado dimos comienzo al festival de luces y sonidos. Desde la hermosa terraza que habían construido en la casa nueva se podía observar la ciudad en 360°, como estaba alejada del centro la mayoría de lo que se veía eran barrios residenciales con casas más bien de uno o dos pisos. El horizonte estaba un poco nublado por la contaminación y el humo de los fuegos, pero la noche se cubrió por varias horas en un festival de luces que brillaban en la oscura noche con estruendos ensordecedores. Así fue pasando el tiempo entre disparar todo tipo de petardos o cañitas voladoras que teníamos, sacando fotos de cada momento, contemplando la belleza de colores que se elevaban al cielo, sintiendo la alegría de toda la gente que se daba paso a celebrar SU día. La principal diferencia a las festividades occidentales es que el Diwali está basado en la religión, tradición y familia, por eso no se suele ni tomar alcohol ni salir de fiesta, es un día para compartir en familia, agradecer a los dioses por lo que tiene, pedir prosperidad para los suyos y celebrar junto a una fiesta de comida, luces y colores. Nos quedamos hasta la una o dos de la mañana acabando lo último que quedaba, un chofer de la empresa amigo de la familia llegó más tarde con ganas de hacer algunos chascarrillos con los petardos y nos regaló las ultimas carcajadas de la noche. Había sido un día excepcional, desde que sabía que iba a viajar de nuevo en la India había planificado todo para pasar el Diwali ahí, pero jamás pensé que lo iba a pasar tan de adentro con Nary y esta familia que me abrió las puertas de su casa como si fuese un integrante más, una felicidad inmensa y un agradecimiento especial de mi parte hacia todos ellos.

El jueves era el día de descanso pero también de partida, ya había armado con los chicos el esquema de viaje que iba a realizar las siguientes semanas para trazar una ruta que me llevase a recorrer los mejores lugares de Rajasthan. Las ganas de quedarme un tiempo más eran enromes, pero también sabía que mi destino estaba por delante, en seguir camino a todo ese mundo maravilloso por recorrer que es India. Durante la mañana Nary con Monu me ayudaron a resolver un tema de vuelos que tenía que arreglar para después de la india y luego de desayunar me acompañaron a comprar el ticket de bus que tomaría esa noche con destino a Jaisalmer, mi próxima ciudad. Los padres se habían ido durante el día a visitar unos familiares a las afueras de Jaipur, Khushbu se fue con Kanu a visitar a su familia y los hombres nos dirigimos a realizar el correspondiente saludo a los vecinos y amigos cercanos. Llevando una caja de dulces a cada uno, la tradición manda pasar a saludar para desearles felicidades, compartir unos dulces con pistachos o castañas, disfrutar de unos tés y darse las felicidades mutuamente. Me introducirán a las diferentes familias como un amigo de la familia, un argentino que estaba viajando por todo el mundo y por las caras de los que visitamos se quedaban bastante sorprendidos de la locura que estaba haciendo. Todos muy amables y cordiales en el trato incluso con los niños de algunos amigos con los que me quede jugando. Al final de las visitas mi estómago ya estaba sobrepasado de dulces y té chai, la experiencia igual fue gratificante y por la tarde aproveche a descansar. Cada uno de los hermanos se fue a visitar a sus amigos asique me quede solo en la casa aprovechando para armar y leer sobre los próximos destinos y relajar con una reconfortante siesta. Con el atardecer que llegaba apagando los últimos ruidos de petardos que seguían desde el día anterior, nos volvimos a encontrar todos en el living de la casa para seguir con los rituales, en este caso algunos amigos de la familia fueron los que pasaron a saludar entregando más dulces y haciendo los saludos correspondientes a las mujeres y hombres de la casa (a las mujeres se les toca los pies con las manos que se llevan al cuerpo luego como reconocimiento de sabiduría y a los hombres se les estrecha las manos). Después de picar algo para cenar, esta vez fue Nary quien condujo el puja que realizamos sobre el patio lateral de la antigua casa, el padre estaba junto con otros familiares asique fue él junto a su madre quien oficiaron el ritual para toda la familia. Este rito se lo conoce como Govardhan Puja y se debe a la adoración del monte donde ascendío una vez Krishna. Con el excremento de vaca en el suelo representado como la deidad, cientos de mini cerámicas con velas de aceite dispersadas por toda la casa que daban color especial y las miles de lamparitas de colores colgando de los techos sobre las fachadas dejaban al lugar perfecto para la ocasión. Satosha nuevamente recitando unos mantras junto a unas plegarias deliciosa que emitían de su boca, le daban paso a Nary para que junto con la bandeja repleta de ofrendas de comienzo al ritual. Se va arrojando flores, comida, crema, aceite, agua y demás sobre el excremento como ofrenda al Dios, luego nos paramos todos y Nary incrustó en el medio del dibujo una caña de azúcar sobre la cual todos tomamos de una mano y empezamos a dar vueltas sobre el mismo eje mientras cantábamos (o intentaba cantar) las plegarias correspondientes. Todos con una mano sujetando la caña dando vueltas ininterrumpidamente sobre el dios representado, las caras de alegría y adoración por lo que estaban haciendo resaltaban en cada uno, no solo en esa casa sino en todas las familias de la india que estaban llevando a cabo el mismo ritual. Luego nos arrodillamos y cada uno se hundió en su oración, de nuevo me pareció oportuno pedir por ellos y agradecer haber vivido esa experiencia. En lo personal no comulgo ni me identifico con nada de lo que dicta o enuncia el hinduismo, pero como me pasó con todas las religiones que tuve el privilegio de conocer de fondo a lo largo de este viaje las respeto y trato de sacar lo mejor de cada una a pesar de que no las comparto, sus valores, costumbres, tradiciones y bienestar de fe que le entrega a sus fieles. Un orden cívico-religioso que ayuda a millones de personas en el mundo a creer en algo y formar su vida en torno a un o varios Dioses, siempre creo que la fe mueve montañas pero me da bronca y entristece cuando en pos de estas creencias se llevan a cabo actos aberrantes en el mundo. Luego de la ceremonia tocaba otro momento difícil que atravesar en este extenso viaje de apegos y desapegos, de alegrías y emociones, de agarrar y soltar, de encariñarse y tener que partir, de agradecer infinitamente todo lo que la gente que se me cruzo por el camino me fue entregando con la mayor generosidad; otra vez tenía que partir dejando atrás a unas personas que me habían hecho formar parte de su familia y me habían brindado todo, desde lo emocional, material y afectivo. Dejar atrás es decirlo de una manera literal, ya que no seguirían camino conmigo, pero todas estas experiencias quedarán guardadas en mi ser por y para siempre, con un agradecimiento enorme hacia ellos y con la esperanza de volverlos a ver próximamente en algún lado. Menudo privilegio me estoy dando de poder estar en estos lugares con esta gente, cosas que no se compran con el dinero y que se viven intensamente desde lo afectivo. Saludé a cada uno agradeciéndoles todo lo que me había aportado y brindado, la madre que me decía en hindú (traducido por Nary) que tendría que quedarme más tiempo a vivir con ellos, que tenía lugar para cuanto tiempo quisiese y que había sido como un hijo más. Contener una lagrima como pude para terminar de darles un abrazo a todos y un gran especial saludo a Nary por haberme dado la posibilidad de compartir esto. El lazo de amistad sigue consolidado, ahora más con sus hermanos esposa y padres y espero en el futuro poder devolverles más de lo que ellos me brindaron. Negy se ofreció a llevarme a la estación y de camino terminamos charlando un poco más de su vida, sus sueños y anhelo en su querida india como así también en la visión de las futuras generaciones que se vienen en este país controversial desde su tradición y desarrollo. Un rato antes de la medianoche me quedé solo nuevamente en la terminal, plataforma 5, saludando a Negy que se iba con la camioneta y con un micro local enfrente mío que iba a servir de cama y traslado durante toda la noche para llegar al amanecer a la atrapante Jaisalmer. La cabeza vive, absorbe, se nutre, se inquieta, procesa, se empapa, emigra, retrocede y se adelanta, gira y gira sin parar en esta maravillosa aventura que es viajar. Con boleto en mano subí al bus que casi se caía a pedazos, pero era lo único que tenía asientos disponibles en fechas festivas, un pedazo de tabla con colcha sin poder cerrar la ventana a mi costado sería me humilde respaldo por las próximas 11 horas con toda una noche por delante para cruzar la cruda Rajasthan. Arrancamos nomás.

Después de unas diez horas de viaje en el cubo de hojalata que me hizo tiritar de frío toda la noche, pero por suerte pude dormir la mayoría del tiempo, llegué con el despuntar del alba a Jaisalmer, tierra de desierto. Conocida como la “Ciudad Dorada”, está situada en la cresta de una roca arenosa de color amarillento y está coronada por el Fuerte de Jaisalmer que con 99 bastiones corona la colina de Trikuta. Al bajar del bus me topé con una ráfaga de viento seco que soplaba en la mañana y un sol que encandilaba los ojos con sus fuertes rayos matutinos. Tenía pensado quedarme un par de días solamente, ya que lo único que quería recorrer era el fuerte y hacer la excursión al desierto (muy recomendada). Me dispuse a buscar algún hostel barato donde me pueda pegar una ducha, dejar la valija grande y armar un bolsito para irme directo en busca de alguna agencia que me lleve por el día y la noche al desierto con vuelta a la otra mañana. Uno de los tuk-tuk man que recibían a los turistas aun dormidos, me recomendó Tokio Hotel que quedaba a unas cuadras sobre la base del fuerte y tenía habitaciones camas baratas, allí nos fuimos nomás. El hotel estaba bastante bueno y contaba con limpios baños y camas dentro de habitaciones compartidas asique después de darme una ducha reparadora matutina deje todo en la habitación y partí a recorrer la ciudad. Como en muchas ciudades de la india, los primeros en darme la bienvenida mientras ascendía por las calles hacia el fuerte fueron una familia de chanchos revolcándose en un barrial sobre el costado de la calle y unas vacas que pastoreaban por ahí también, paisaje netamente normal para una mañana en India. Cuando tomé la calle principal me encontré de frente a sobre una colina que gobernaba toda la ciudad desde la altura, al increíble Fuerte de Jaisalmer. Recostado sobre este peñasco de tierra que parece elevado de la tierra como en una plataforma, se edificó este fuerte para controlar a toda la ciudad que se desarrollaba a sus pies. Caminando cuesta arriba hasta llegar a la entrada principal del fuerte, no podés dejar de apartar la vista de semejante belleza estructural en medio de un desierto, todo parece pintado con ese color rojizo arenoso que da una tonalidad de contrastes increíbles con los rayos del sol. En el camino se van sumando miles de turistas en la misma dirección en busca de descubrir todo lo que este lugar tiene para los viajeros. Una vez que cruce el portón principal aparece una explanada en forma de Z que hay que ascender alrededor de unos 150 metros hasta llegar a la plaza central donde comienza la vida del fuerte. Como tenía pensado ir durante el primer día al desierto y al otro día recorrer el fuerte casi ni me detuve en observar todo lo que tenía por delante, solamente recorrer rápidamente las agencias de viajes que había para partir a la tarde hacia el desierto. Muchas no tenían grupos para la tarde y algunas eran más caras de lo que podía pagar, asique opté por una que en precio era promedio y según lo que el “nervioso” hindú me dijo que incluía el tour parecía copado: Visita a un palacio a las afueras, una ciudad con habitantes autóctonos, un paseo en camello de hora y media por el desierto, cena con bailes tradicionales y dormir en mantas bajo las estrellas; de movida parecía justo lo que quería. Tenía una hora de por medio que aproveche para descansar un rato, comer algo, refrescarme e ir a buscar la mochila para partir hacia una nueva e interesante aventura. Cuando volvía a la una para el punto de partida el muchacho seguía nervioso gritándole a otros hombres y llevándonos a los que teníamos la excursión dentro de un tuk-tuk a toda velocidad hasta una camioneta con la que haríamos la excursión, me pareció raro pero bueno de vez en cuando se les “va la chaveta” a estos amigos indios. La cara de los tres adolescentes locales, un chino y mía eran un poco de asombro cuando nos dejó a los cinco al costado de la carretera con las provisiones para la odisea, pero la ansiedad se calmó cuando llegó el chofer con la 4×4. Una vez que arrancamos iba charlando entre los cinco hasta que nos dimos cuenta que el chofer enfilaba directo para el desierto y al preguntarle por todas las excursiones que teníamos antes por hacer nos dijo que el jefe le había dicho de cambiar los planes, con los cual sin habernos dicho le dijimos que no era así. Lo llamamos reiteradas veces al muchacho “nervioso” pero no solo no nos dio bola sino que nos cortó el teléfono. Pocas veces me había sacado en la India, pero esta vez este tipo estaba haciendo todo para conseguirlo. Después de discutir y argumentar reiteradas veces que respete el plan previsto, el chofer finalmente nos llevó a un par de lados antes de ir al desierto para solucionar el tema. Desconcertados aun sobre la situación que estábamos pasando, sobretodo sin entender porque habían cambiado los planes sobre la marcha, tratamos de ponerle onda y continuar con la excursión que nos llevaba al primer encuentro con un palacio a las afueras de la ciudad. Una vez que se cruza las líneas fronterizas urbanas el paisaje cobra realidad desértica, rutas a lo largo del terreno que se trazan sobre un manto de arena y tierra, cálido como un horno a temperatura media y seco como las grietas de un volcán inactivo. A los costados no se visualiza nada más que el horizonte teñido de un pálido color naranja sembrando un atractivo particular a los ojos de los que pasan por su camino, por las rutas transitan varias camionetas 4×4 y autobuses llevando a los turistas a las diferentes atracciones que ofrece esta tierra de aventuras. En poco más de media hora conduciendo, llegamos Bada Bagh “Gran Jardin”, cuya historia se remonta al siglo XVI. Está formado por varios cenotafios del siglo XVI en adelante, construidos tras la muerte de algunos de los más importantes maharajás de Jaisalmer. Como su nombre indica, los cenotafios de Bada Bagh no son tumbas: tan sólo construcciones funerarias simbólicas, ya que dada su religión, los maharajás no eran enterrados, sino incinerados para posteriormente arrojar sus cenizas al Ganga. Hoy en día el mismo está en ruinas y se lo puede caminar de forma rápida atravesando cada una de las antiguas salas y sectores. El incandescente sol hacía descender violentamente sus rayos sobre la tierra daba un brillo especial a las columnas aun erigidas de la construcción que refractaba contra el suelo arenisco, una maravilla de ilusión óptica para disfrutar. Cuando terminamos el recorrido nos montamos nuevamente en la camioneta y nos dirigimos hacia el Tanot Manta Temple. Lamentablemente no pude entrar ya que solo podían hacerlo los hindúes, pero como los tres chicos que venían juntos eran de la India aprovecharon ellos para entrar mientras los demás nos quedamos en la puerta observando el templo de afuera y aprovechando a refrescarnos para bajar el calor. Era tiempo ya de emprender viaje para el desierto, con ansias por lo que venía las ganas seguían intactas y lo mejor estaba por venir (o eso creía). Una hora atravesando las largas rutas nos desembocaban en la entrada del desierto y los acampes para pasar la noche, lo que cambió mi entusiasmo o parecer sobre la atracción fue lo que vi cuando llegamos. Más que la entrada o acampé al desierto, lo que me encontré fue un Parque de Diversiones montado a ambas manos de la ruta para satisfacer “básicamente” las necesidades de los visitantes. Miles de combies y buses se aparcaban al costado de la ruta para descender a los pasajeros, del otro lado había cientos de beduinos con los camellos esperando por ellos para llevarlos por una suma de dinero, arriba de los camellos hasta unas dunas que se encontraban nada más que a unos 50 metros de la ruta. No sólo eso sino que el supuesto “paseo de hora y media de camello por el desierto” termino siendo “paseo de quince minutos al lado de la ruta hasta la primer duna” sumado a los miles de turistas y locales que había por todos lados. Distancia kilométrica seguía existiendo entre la expectativa que tenía de esta excursión y la realidad, los beduinos que nos llevaron nos dejaron tirados en la duna después de diez minutos y el paisaje alrededor no era de admirar, cientos de personas sacándose miles de fotos en las dunas con camellos maltratados por todos lados con exigencia de transportar personas sin parar y un horizonte que lo único que mostraba eran carpas y vehículos y gente por doquier. De nada servía seguí malhumorado asique trate de abstraerme de todo y disfrutar del lugar en el que estaba, contemplar la caída del sol que lentamente iba despidiéndose y charlar junto a los chicos del grupo. En el transcurso de una hora me saque cientos de fotos con los indios que se me acercaban a charlar o a pedirme una foto, haciendo algunos chistes y sacándoles una sonrisa al que se podía. Después del atardecer, que lamentablemente no se vio porque el sol quedo eclipsado por las nubes, volvimos hasta la camioneta a pie ya que nadie nos vino a buscar, lo próximo que venía era un baile étnico con una cena tradicional antes de ir a dormir al desierto. Y como si la cosa no había sido desastrosa hasta ese momento, la frutilla del postre estaba por venir. Llegamos a uno de los varios complejos de carpas y tiendas que hay a los costados de la ruta, el show folclórico con cena terminó siendo un show bizarro con unos snacks que no tenía nada de asombroso. A pesar de que estaba relajado tratando de disfrutar lo que pasaba ese punto fue el último para dar por terminada la excursión, lo senté al dueño de la agencia que estaba ahí y le dije que había sido todo un desastre, desde que salimos hasta ese momento. Ya tenía un malestar importante debido a que nada se había respetado de lo que nos había dicho y por la plata que habíamos pagado era una vergüenza lo que había pasado. Asique le pedí el reintegro de casi toda la plata y esa misma noche después del show me volví para la ciudad en vez de continuar a dormir al desierto, que ni quiero imaginar cómo hubiese sido. Volví con decepción, tristeza y mezcla de enojo, lo principal que anhelaba en Jaisalmer era hacer la propia excursión al verdadero desierto que quienes fueron me dijeron que es increíble, en cambio pasé el día peleándome con este tipo y sintiendo haber sido estafado. Pero bueno las cosas pasan por algo y de nada servía amargarse, al otro día iba a poder recorrer el fuerte, la ciudad y apreciar un costado diferente de su belleza. Con el cansancio acumulado a mis espaldas llegué al hostel cerca de medianoche, le avisé al conserje que finalmente pasaba la noche allí asique bajé hasta la habitación y ni bien apoye la cabeza en la almohada me dormí en un sueño profundo.  Lección del día, como dice mi madre muchas veces: “Lo barato cuesta caro”.

El sábado amanecí con ese cansancio corporal que sentís cuando te dormiste agotado y tuviste un sueño profundo, los músculos tardan en reaccionar, tu mente pasa unos minutos en un vacío de tiempo-espacio y los ojos permanecen hinchados como sapo. Me pegue una ducha para despabilarme y volver en sí, la forma más eficaz para salir de ese estado zombi mañanero. Pero de un momento a otro el cambió fue repentino, abrupto y salté a la conmoción en un segundo, chequeando los diarios en el celular me encontré con la trágica noticia sobre los atentados en Paris. La tristeza y asombro fue repentino, lo primero que pensé fue en Pedro y Coralie, mis franchutes amigos que conocí en Sri Lanka, con la incertidumbre de saber si estaban bien o no. Sabía que ambos seguían a las bandas y recitales metaleros y justamente dentro del teatro Le Bataclan había tocado una banda de ese estilo musical. Por suerte Pedro me contestó rápido el mensaje y me dijo que estaba bien pero con algunos problemas por un amigo de él que no aparecía, gracias que ambos no habían asistido de casualidad al concierto. Con esta horrible noticia y realidad que estaba pasando arranqué caminando hacia la terminal de trenes, antes de recorrer el fuerte me fui a comprar el boleto hacia el próximo destino que partiría ese mismo día por la noche. Otra vez el terrorismo, otra vez la tristeza, angustia, desazón, impotencia, no solo puntualmente por la tragedia en Paris sino por toda la decepción como raza humana que no aprendemos a coexistir. Pateando esos dos kilómetros hacia la estación me fui topando con una ciudad que lentamente se aceleraba, las ruidos y aromas recobraban intensidad a medida que los minutos pasaban y todo se transformaba desordenadamente en su orden natural. Con el ticket en mano para partir a primera hora de la madrugada para Jodhpur, me tome un tuk-tuk que me llevó hacia la entrada del fuerte. Esta vez sí tenía tiempo para recorrer todas las calles, pasadizos, recovecos y todo aquello que este fuerte tenía para brindar en sí. Cuando caminas por la explanada en ascenso hacia la entrada pensas que estas en un set de filmación sobre una película de época, al estilo Indiana Jones o La Momia, todo parece un decorado revestido de la manera más impecable. La plaza central es el núcleo del fuerte desde donde salen las calles en todas las direcciones, justo en la entrada del Palacio Maharaja Mahal como centro de atracción principal del lugar. Mi recorrido empezó sin dirección alguna, tenía pensado visitar hasta el último escondite del fuerte asique comencé en cualquier dirección. Mientras avanzas a paso firme el ambiente que te rodea no te deja escapar de esta película imaginaria en la que crees encontrarte, los locales ambientados con todas las decoraciones antiguas hindú, las casas con construcciones y puertas antiguas, chicos jugando en la calle con los juguetes más rudimentarios y grandes puertas medievales que abren camino entre un sector y otro. Llegué hasta un primer mirador que daba al lado oeste del fuerte desde el cual se podía observar toda la ciudad a sus pies, un cañón custodiando una de las entradas sobre la muralla servía como punto más alto donde pararse a observar el hermoso paisaje por delante, sacar algunas fotos y contemplar plácidamente aquel manto de casitas, calles y locales que aparecían sobre el llano como una maqueta urbana. De vuelta en el laberinto de calles y pasadizos dentro del fuerte me topé con un templo hindú al cual pude entrar y permanecer durante un oficio religioso donde el puñado de hindúes que había dentro saltaban al ritmo de las campanas y el canto de los brahmanes recitando las oraciones. Hice las ofrendas pertinentes recibiendo las bendiciones y saliendo un poco más espiritualizado, seguí caminando sin dirección empapándome cada vez más en este fascinante mundo de película. Frené a ver algunos locales de ropa para seguir averiguando precios y productos, me quedé charlando con sus diferentes dueños en la espera de poder llegar a hacer algún negocio o contándome cada uno sus historias dentro del fuerte a lo largo de todos los años. Cuando crucé a la pared norte de la muralla descubrí una terracita en lo más alto del fuerte que servía de café y restaurante, todavía no había abierto, pero me metí igual a charlar con la anciana que lo manejaba. Una copada total y muy buena onda, con su ingles precario me contó toda su historia viviendo en aquel icónico lugar y su vida en Jaisalmer, para colmo me dejó pasar a los sillones que tenían la vista más privilegiada del lugar y me sirvió un té chai con butter rotti, que más pedir para ese genial desayuno? Esas son las cosas que me fascinan de ser impredecible y moverte sin ningún plan, cuando das con esos planes que son impagables y se dan solamente en las ocasiones fortuitas que la vida te pone por delante sin esperártelo. A comienzos de la tarde me fui a recorrer el lado sur del fuerte que no es tan turístico sino más bien cuenta con varias casas de familia, algunos templos chicos y hoteles boutique. Todo sigue perfectamente relacionado en su decoración, edificación e imagen, construcciones de piedra o ladrillo de color rojizo, alturas bajas, formas irregulares, telas hindúes que cuelgan de todos los frentes y ese aroma tan singular que no se pude explicar con palabras. En una esquina me quedé jugando a un futbol callejero con pelota de trapos que unos niños intentaban simular como partido de futbol y después les invite unos refrescos en un mercadito de la esquina, la abuela de me gritaba no sé qué mientras la madre se moría de risa. Cuando volví a la entrada principal pensé en ir a visitar el Palacio pero la verdad que entre los millones de turistas que había en la entrada y su precio, desistí de la idea de inmediato. La caminata inagotable por todo el fuerte era la mejor manera de llevarme conmigo las sensaciones e impresiones de aquel lugar. Y como broche final, terminé almorzando en un hostel que estaba sobre la muralla frontal que daba a la ciudad y el lago. Tenía unas habitaciones con una vista desorbitante, y el comedor sobre un costado con algunas mesas en unas aberturas con ventanales sobre la muralla. Justo tomé una que estaba vacía y me senté de cara a ese ventanal de piedra, con toda la ciudad a mi merced y el lago brillando en resplandor. Me pedí unos deliciosos noodles con vegetales que comí con un té chai al descanso de media tarde. La vista era de ensueño y la película en la que creía que estaba parecía no terminar, cada pequeña cosa parte de la suma en conjunto de un todo, el Fuerte de Jaisalmer. Terminé quedándome como una hora y media charlando con los dueños del lugar y disfrutando de aquello que tenía por delante a traves de la ventana, después me fui a recorrer los últimos lugares para dar por terminada aquella atrapante película. Entrada la tarde me fui del fuerte a recorrer un poco las calles de la ciudad con la clásica supervivencia de cultura hindú, calles abarrotadas de gente, vacas y cabras caminando por doquier, intensos aromas que se apoderan de tus fosas nasales, gente llevando a cabo sus oficios sobre la calle y todo sucede en su ritmo habitual. Y que es lo que más disfruto de eso? Porque encuentro alegría en esos paisajes? Justamente por eso, por toda esa mezcla de cosas que pasan simultáneamente alrededor tuyo mientras uno camina como si fuese un objeto en contemplación andante, donde cada cosa singular y en conjunto te penetra los sentidos haciéndote sentir vivo. Caminar las calles de la india se me había transformado en una saludable adicción. Esa caminata me llevó hasta el lago Gadisar. Ya el día me empezaba a caer encima y tenía un viaje largo en tren por la noche, asique me fui para el hostel directo del lago y ahí me quede relajando lo que restaba del día. Otra ducha para refrescarse, armar las valijas y hacer tiempo hasta la medianoche que partía el tren. Me fui a hacer una meditación a la terraza del hostel que estaba plácidamente tranquila y sin visitantes y después me quedé un par de horas en el restaurant escuchando música, escribiendo y reflexionando sobre lo que había acontecido en el día. Mezcla de felicidad por haber podido descubrir ese lugar fascinante a pesar de no haber podido hacer la excursión del desierto, pero triste a la vez por todo el horro que había pasado en Paris y aún más lamentablemente que estaban viviendo los sirios día a día. Enfermedad mental del ser humano que nos hacen creer que son ideologías religiosas expuestas para reivindicar un Dios cuando de lo único que se trata es de poder, dinero, control e imponer miedo. Intolerantes, agresivos, estúpidos son aquellos que quieren gobernar a las masas mediante la imposición del miedo y el terror (de un lado y del otro), guerra que creen ganar con pequeñas batallas pero que estoy seguro que nunca van a logar triunfar, porque afortunadamente en el mundo son muchos más millones la gente con buen corazón que los que tienen la mente podrida. Y a pesar de haber pasado un lindó día, la noche iba a traer consigo un desenlace triste, finalmente uno de los mejores amigos de Pedro había muerto dentro del teatro abatido por las armas de los terroristas, una angustia profunda por su perdida y por el dolor de una vida menos como los miles que día a día se pierden por culpa de esta locura humana que no se puede frenar.

El viaje en tren desde Jaisalmer hasta Jodhpur fue peor de lo que pensaba, había sacado una cama en tercera clase para dormir por la noche durante el trayecto. El vagón estaba repleto de gente local y los asientos por la noche se hacían cama, pero como siempre se mete más gente de la que entra, algunos terminaron durmiendo en el suelo. Eso igualmente termino siendo divertido porque con la gente que ocupaba el mismo espacio que yo dentro del vagón nos quedamos charlando y hablando hasta que se apagaron las luces, lo complicado fue atravesar el crudo frío de la noche sin manta y con poco abrigo en el tablón que hacía de “cama” sobre la tercera fila de asientos. Ingenuamente pensé que por ahí había alguna manta o colcha pero no fue así, asique pasé tiritando casi las ocho horas que tardé el tren en llegar hasta Jodhpur con un amanecer que se abría paso entre la bruma y niebla matutina. En este caso había reservado un hostel para no estar perdiendo tiempo a la madrugada, cuando salí de la estación hacia la calle, la ciudad me recibía con un ritmo ya vertiginoso y cientos de tuk-tuk en la puerta a la espera de algún consumidor que necesite de sus servicios. Compartí el traslado junto a un chico adolescente que se dirigía hacia la escuela para después ir directo hacia el guesthouse que había reservado sobre uno de los principales accesos en el centro de la ciudad. Las calles eran angostas con un entrelazado urbano que hacía parecer al mapa de la ciudad en un laberinto, cortadas sin salida, pasadizos y calles en zigzag tornaban una aventura el traslado en el tuk-tuk. Llegamos a una esquina donde el chofer se bajó y me dijo que no tenía acceso hasta el hostel asique debíamos ir caminando, con valija en mano ascendimos unos trescientos metros calle arriba adentrándonos a una zona elevada del barrio que se abría paso a las laderas de las colinas. Entré al hostel cerca de las seis y media de la mañana sabiendo que a esa hora iban a estar todos descansando, pero tuve suerte que uno de los chicos que trabajaba andaba despierto preparando la recepción y limpiando, me hizo el registro rápido de entrada y me dio a la única habitación disponible que quedaba para una sola persona. El lugar constaba con tres pisos de pequeñas habitaciones, una recepción chica pero acogedora y una terraza con la mejor vista hacia el fuerte y todo el horizonte urbano. Desde ahí pude apreciar por primera vez con el amanecer enfrente de la mística “ciudad azul”. Lo que se aprecia desde las alturas son cientos de casas y edificios de baja altura irregulares pintados de color azul que dan en conjunto una imagen especial, como si fuese un cuadro pintado a mano. Esas casas pertenecían a los brahmanes, aunque muy pronto el color fue adoptado por las otras castas porque se decía que ahuyentaba al calor y a los mosquitos, así actualmente las nuevas construcciones se siguen pintando de color azul para la atracción de los turistas y por sentido de pertenencia al lugar. A pesar del cansancio quería disfrutar de ese amanecer único e irrepetible, me pedí un té chai con un butter rotti, me senté en la mesa con almohadones en el piso y me dispuse a contemplar aquel hermoso paisaje en completa exquisita soledad. Al cabo de un rato ya con ese cuadro grabado en mis ojos, aproveché que era temprano y me fui a dormir un rato para dejar pasar unas horas y comenzar cerca del mediodía el recorrido por los lugares más sobresalientes de Jodhpur, el cielo despejado era un buen augurio para disfrutar por completo de la ciudad. Un par de horas de sueño bastaron para recuperar las fuerzas y energías que me habían consumido durante el viaje en tren desde Jaisalmer, con ropa fresca para apaciguar el calor y botella de agua en mano me fui caminando desde el hostel hasta una de las entradas del majestuoso fuerte de la ciudad, la Fortaleza de Mehrangarh. Fue construido en el siglo XV durante el reinado de Rao Jodha, fundador de la ciudad de Jodhpur. La piedra angular de la fortaleza fue colocada el 12 de mayo 1459 por el propio Jodha en una colina rocosa 10 km al sur de la ciudad de Mandore. Este cerro era conocido como Bhaurcheeria, la montaña de las aves. Según la leyenda, para construir el fuerte, él tuvo que desalojar a un solo habitante de la colina, un ermitaño llamado Cheeria Nathji. Molesto por haber sido obligado a abandonar su hogar, Cheeria maldijo a Rao Jodha, quien a su vez logró calmar al ermitaño construyéndole una casa y un templo en la fortaleza muy cerca de la cueva donde solía meditar. Una historia particular sobre las fundaciones de este fuerte. Atravesando unas callecitas pintorescas desemboqué en una de las entradas laterales del fuerte, cuando levantas la vista te sorprendes por semejante estructura que se alza a unos 50 metros de altura con una superficie de dos kilómetros cuadrados que alberga la más fascinante historia de la región. Sabía que no era la entrada principal ya que no había nadie a mi alrededor, ascendí por una de las calles adoquinadas que en forma de serpentina subían hacia el fuerte, rodeada de casas viejas abandonadas, ruinas de algunas edificaciones demolidas y un portón auxiliar de doble entrada que servía como entrada a una nueva película de época india por descubrir. Por uno de los costados me crucé hacia el ala principal del tour donde comienza la travesía y desde allí, luego de pagar la entrada y la audio guía, comencé la recorrida por la fortaleza trasladándome siglos atrás hacia la vida que en aquellos tiempos llevaba el Maharaja Jaswant Singh. Las murallas alrededor desgastadas por el paso del tiempo y con las cicatrices sufridas por las constantes batallas soportadas, forman una coraza de piedra que alberga en su interior un palacio de ensueño construido allá por siglos atrás.Las primeras salas que visité fueron la recepción de invitados, patio central donde se llevan a cabo las coronaciones o ceremonias y salas con exposiciones de vestimentas, armaduras, colecciones y joyas de los antiguos gobernantes. Escuchar la audio guía mientras caminaba por el palacio servían de complemente perfecto para saber más aun la historia del lugar, sentir más a flor de piel todo lo que había pasado puertas adentro y conocer más la historia de las familias reales que habitaron alguna vez ese palacio. Como no podía ser de otra manera, las salas y habitaciones estaban decoradas con los más deslumbrantes detalles de tradición hindú, espejos con piedras de colores, alfombras y revestimientos en los techos de maderas con figuras o animales de épocas, colores vivos que realzaban los espacios dándoles vida y todos aquellos pequeños detalles que estampaban la belleza del lugar. El área de dormitorios junto a las salas de recepción de invitados se encontraba en el ala este del palacio, allí aparecía varios cuartos con sus ventanas hacia el patio principal donde vivían las mujeres con la particularidad de tener ventanas entalladas en madera generando un efecto de privacidad singular: desde adentro se podía observar el patio pero los hombres desde el patio no podían observar a las mujeres. A la salida del palacio hay un templo dedicado a Shiva que actualmente está en servicio y en su momento ofrecía de templo para la familia real. Un paseo de hora y media que me dejó atrapado en este mundo fantasioso de la realeza hindú y sus exuberantes palacios en altura sobre la ciudad gobernante. Increíblemente intactos a pesar del paso del tiempo en donde te sumergen a los confines más profundos de la vida cotidiana que se llevaba a cabo dentro de esas puertas siglos atrás. A la salida, todavía aun que esa película de época que había quedado en mi imaginación, me fui hacia el otro extremo del fuerte desde donde se podía observar las mejores vistas de la ciudad. Con los cañones en fila que se usaron en épocas de batalla, se abría paso un camino hacia el final de la muralla desde donde pude apreciar la hermosa silueta de la ciudad en todas las direcciones y puntos cardinales. Esa coqueta silueta azul que se dibujaba en la llanura del terreno me dejó atónito por unos minutos, todo parecía una maqueta montada de una belleza sin igual, no por la perfección de las estructuras que veía sino por la esencia que transmitía al verla. De nuevo observando esos paisajes que no alcanzan las cámaras para retratar lo que tus ojos están observando, un lugar único que te ponía a flor de piel con solo contemplarlo. Descendiendo unas escaleras sobre el lateral pude acceder a otro templo que quedaba como suspendido en una de las arterias a lo alto del fuerte donde no solo se llevaban a cabo los oficios religiosos diarios sino que combinaban éstos un hermoso horizonte por delante, lugar sagrado en todos los aspectos. Con toda la emoción embriagada del lugar en mi cuerpo, bajé nuevamente del fuerte hasta la entrada principal para dirigirme a otro de los monumentos que estaban a altura y que tenía una razón de ser especial para aquel lugar, el Mausoleo Jaswant Thada. Fue construido por Sardar Singh en 1899 en memoria de su padre, el marajá Jaswant Singh II, gobernante rathore de Jodhpur. Este asombroso lugar construido en mármol blanco con una estructura y arquitectura brillante eran como la gema reluciente de la colina desde donde se gobernaba la ciudad. Un verdoso jardín esplendido en contraste con el brillante mármol blanco, sumado al reflejo de los destellos del sol que golpeaban en la estructura formaban una pieza terrenal en conjunto que te dejaba sin habla. Saqué algunas fotos tomando los mejores ángulos que pude y me tiré en la sombra del pasto a resguardarme del sol por un rato y desfrutar la vista que tenía frente a mis ojos. Algo que nunca pensé que iba a ver en ese lugar, con semejante belleza sirviendo de custodio de lujo de la fortaleza que se alzaba por delante. Un pequeño Taj Mahal en las colinas de Jodhpur, una piedra preciosa en medio de un terreno hostil, un oasis reluciente en medio de un pálido desierto, un placer a la vista. Ya cuatro horas había pasado desde que había comenzado la recorrida y lo que había visto me sacudió la cabeza, y aún quedaba mucho más por descubrir. La gira continuaba por la tarde con lo que vendría a ser la mejor “absorción” posible del pulso de la ciudad, la clásica caminata sin rumbo. Desde la colina donde se encuentran estos icónicos monumentos de Jodhpur, se puede visualizar toda la ciudad a sus orillas y una de las características edificaciones que resalta por sobre todas las casas es la torre del reloj, torre que marca el centro comercial y urbano. Sabía que tenía una hora de caminata hasta allá aproximadamente, pero preferí ir pasito a pasito en vez de tomarme un tuk-tuk, además en el camino iba a poder ir viendo los diferentes barrios junto con las particulares vicisitudes de cada metro recorrido. Y así fui descendiendo por la avenida principal que conectaba con la ciudad, a paso firme y cabeza alta disfrutando de estas caminatas solitarias por las calles sin sentido tratando de meterme con la mirada en cada casa, recoveco, tienda o templo para observar cómo se llevaba a cabo un día cotidiano en la vida de aquellas personas. El primer barrio que recorrí era muy humilde donde las casas eran suplantadas por pequeñas chozas construidas en los materiales que se podían encontrar en la calle o chatarreros, chapas, madero, láminas de plásticos o bloques de ladrillos diferentes entrelazados entre sí. En una esquina me topé con el clásico potrero de barrio y para mi asombro en vez de estar jugando al cricket, los niños estaban jugando al futbol, me quede mirando un rato el partido a través de la reja recordando la simple felicidad que transmite patear una pelota (en este caso era un rejunte de trapos) entre amigos en una cálida tarde de barrio. El olor que se había apoderado de esa zona era intenso al respirar, los desechos urbanos mezclados con el excremento de animales diseminados por doquier hacían un combo especial, con el aditivo del aire denso que flotaba en el espacio daban en conjunto una sinfonía de sensaciones para el olfato. Pero todo es parte de uno y uno es parte de todo, así es como se vive la india, con los sentidos a flor de piel. Mientras seguía andando iba cruzando miradas y saludos con los vecinos que andaban por la calle haciendo compras o las madres con los hijos caminando por las calles, siempre viene bien una clásica sonrisa junto al movimiento oscilante de cabeza de un lado a otro para tener a cambio esa sonrisa simpática picarona que te hacen que te alegran el momento. Dejando atrás los barrios periféricos, me adentre en unas cuadras ya con casas de materiales de construcción, calles asfaltadas, comercios varios y un tránsito continuo de vehículos. El sentido de la audición tomó protagonismo y las bocinas se empezaron a escuchar a los cuatro vientos, desde una esquina visualice sobre las alturas de los techos la punta de la torre del reloj suponiendo que estaba en la dirección correcta. Casi llegando a la plaza principal donde se encuentra el monumento, me sorprendió unos diez indios vestidos con trajes de comparsas caminando al lado de elefantes pintados y decorados también con trajes llamativos de colores. Se ve que iba a ver un desfile o comparsa por algún lado y se estaban dirigiendo hacia allá, cosas así son las que te sorprenden paso a paso el mágico mundo de India. Un portal de doble altura con dos arcos laterales y uno principal en el centro daban la bienvenida al centro neurálgico de la ciudad, lugar donde se encontraba la torre del reloj custodiando las cuatro enormes manzanas que daban asilo a los miles de locales y puestos callejeros en plena ebullición de comercio. Y en este punto el sentido del tacto empezó cobró notoriedad. A cada paso que dabas te topabas y rozabas con miles de personas que iban de un lado a otro, caminando, comerciando, corriendo, manejando, todo sucedía a una velocidad apabullante de la cual te insertabas (o te hacían insertar) en cuestión de segundos. La torre con el reloj está emplazada en el centro de una rotonda con dos avenidas intersectadas y cuatro gigantes manzanas atestadas de comercios. Ambas calles siguen en sus direcciones para los diferentes barrios pero en esos cuatro bloques se concentra el núcleo. Mientras hablaba con alguno de los paisanos que andaban por ahí y los turistas llegaban a montones para sacar fotos, vi como una larga fila de personas se extendía hasta la calle suponiendo que algún comercio debía ser famosos por lo que estaba vendiendo. Y así fue nomás, la gran esquina del “Rey de las Samosas” tomaba protagonismo con sus exquisitas frituras al aire libre para darle un exquisito sabor al paladar de los miles de indios que se agolpaban ahí. Y como me iba a perder yo de aquello? A darle riendas sueltas al sentido del gusto y comenzar a probar esos sabores tan característicos de la cocina hindú. El local funcionaba mejor que un despacho de mc donalds, a la izquierda estaban los mostradores con los cajones de vidrios repletos de las frituras que salían a cada segundo de la cocina, a la derecha cuatro sartenes de tamaño gigantes llenas de aceite hirviendo con unas seis personas alrededor que tenían los baldes con las mezclas pre-hechas y que con las manos iban formando las bolas o empanadas que tiraban al aceite en cuestión de segundos. Dos personas con gigantes espátulas luego de unos minutos iban sacando las preparaciones fritas y las revoleaban a los cajones de la izquierda. Todo ocurría constantemente y sin ningún conflicto, la venta se llevaba a cabo en segundos y por unas pocas rupias podías disfrutar de las mejores samosas o bolas rellenas. Yo me pedí una de cada una y junto a dos rodajas de pan le di paso a las papilas gustativas para que tengan su recompensa del día. Que puedo decir? No cabe duda que las mejores comidas y sabores de la india se prueban en los puestos callejeros, una delicia ambas cosas que me alegraron la tarde a pesar de que le di trabajo al estómago para la digestión. Dos bombas explosivas gastronómicas que me deleitaron el paladar. Eso sí, me parece que el apto bromatológico no lo tenía ese local, cuack. Con la panza llena y el corazón contento, arranque caminata en ese momento por la avenida principal que iba hacia el oeste de la ciudad, donde estaba el hostel, así de paso seguía visitando todos los mercados en el camino y terminaba de recorrer el centro. La avenida se transformó en unas cuadras en una angosta calle donde el transito se descontroló, autos, tuk-tuk y motos se entrelazaban como en un enjambre de vehículos donde la bocina se tornaba constante y el stress se sentía en el aire. Respirar hondo, relajarse y tratar de atravesar eso con todo lo que le pasa a uno alrededor, todo es parte de uno y uno es parte de todo. Los cientos de puestitos y locales que daban a la calle mostraban sus mercancías a cielo abierto, dulces, artículos de limpieza, ropa, frituras, medicinas, todo con esos colores y olores vivos. Los comerciantes echados sobre la acera entregando mercadería, charlando entre sí, tomando sus clásicos te chai a toda hora y sintiendo el ritmo de la ciudad que se iba agotando. Antes de volver al hostel decidí ir en busca de una agencia de viajes a comprar el ticket para ir al próximo destino al día siguiente, la bella Udaipur. Esta vez preferí no arriesgarme con la tercera clase del tren así que saqué boleto en bus con cama con salida a la noche del día siguiente para llegar temprano a la madrugada a la próxima ciudad. Cuando cayó el sol las piernas me dijeron basta, ya había recorrido unos 15 kilómetros a pie durante el día y el esfuerzo había llegado a su fin, me tomé un tuk-tuk de regreso hasta el hostel y así di por finalizado el día de aventuras. Un día espectacular en la hermosa Jodhpur. A la noche me di un baño reparador (ya iba como un mes con duchas de agua fría, la ducha caliente no era un privilegio al cual tenía acceso) reservé un el hostel para Udaipur al día siguiente ya que llegaba a la madrugada y me quedé en la terraza cenando mientras admiraba como la ciudad se iba sumiendo de a poco en un extraño silencio cuando se terminaba la energía del día. Un poco de charla con algunos viajeros que andaban por ahí, una doble ración de té chai para darle un mimo al cuerpo y darle paso al sueño profundo en el que me sumí para recargar las baterías del extenuante, pero asombroso, día que había vivido.

La mañana siguiente me levanté plácidamente todavía con todas las vibraciones vividas del día anterior, tenía algunas cosas por ir a visitar durante el día pero sin apuros. El desayuno en aquella terraza era un placer tan simple de vivir que hasta parecía absurdo que fuese algo cotidiano. Disfrutar de un rico té con la figura del fuerte a unos metros de distancia y la ciudad a sus pies, era un acto de belleza innato que se regalaba a la gente diariamente. Después del desayuno y una meditación placentera por la mañana, arranqué con destino a uno de los palacios más excéntricos y fascinantes de India, el Umaid Bawan Palace. Como tenía tiempo y además andaba solo, en vez de ir en tuk-tuk hasta allá, decidí atravesar esos 15 kilómetros que separaban el palacio de la ciudad en transporte público. No solo hace el viaje más divertido, sino que también te permite descubrir más lugares de la ciudad, además de una entretenida aventura que iba a vivir. Primero tuve que ir caminando unas veinte cuadras hasta una de las avenidas principales de la ciudad donde transitaban la mayor cantidad de buses. durante el trayecto fui viendo como todo cobraba vida en las calles, los negocios abrían sus puertas, los niños y adolescentes de punta en blanco con sus uniformes impecables se dirigían al colegio, las madres haciendo los mandados rutinarios de cada día y algunas vacas junto con las cabras pastoreando las calles como de costumbre. Una vez que alcance la avenida me tocaba la difícil tarea de averiguar que colectivo me tenía que tomar, interrogue a algunos paisanos de por ahí que con una mirada de incredulidad me comentaron el bus que iba en esa dirección, pero sin mucha seguridad puesta en el consejo. Cuando llegó el número que me habían dicho, un petizo saltó del colectivo en movimiento y empezó a gritar cosas en hindi que no tenía idea que estaba diciendo, me acerque a preguntarle si iba para el palacio y tanto el como todos los que estaban alrededor estallaron en risa. Con su particular movimiento oscilante de cabeza me dio a entender que sí y entre risas y caras raras abordé el bus. Se ve que la gente no estaba acostumbrada a ver un turista en aquellos medios de transportes porque las miradas se posaron en mí en cuestión de segundos, sin malas intenciones sino más bien de asombro junto a esas rizas de complicidad. Un chico que parecía que iba al trabajo me pregunto dónde iba y al comentarle que me dirigía al palacio me indicó donde tenía que bajar y tomar el otro colectivo. Para asegurarse de que no me pasase, le dijo al petizo que hacía de cobrador que me avisara en la parada que me tenía que bajar, muy cordialmente le di las gracias y nos quedamos charlando un rato de su vida mientras alunas miradas con carcajadas seguían dando vueltas. Unos veinte minutos después llegamos a las afueras de la ciudad donde el petizo le pego un grito al chofer para que frenase y me avisó que tenía que bajar, saludé a todos y me despedí con una sonrisa de vuelta a sus amables caras. El segundo colectivo preferí obviarlo y decidí ir andando a pie, no quedaba muy lejos y el camino estaba bien señalizado asique no me iba a perder. El vecindario se abría paso entre unas manzanas residenciales, algunos centros comerciales y una gran extensión de territorio perteneciente a la base área militar de Jodhpur. Flanqueando el perímetro del área militar fui caminando unos dos kilómetros hasta llegar a una curva donde empecé a ver los micros de turistas que iban en dirección al palacio. Cuando doble vi como un tractor con un acoplado salía de la base con tres chicos cadetes montados en él y no sé por qué pero me salió preguntarles si me llevaban. Con otras sonrisas y gestos de cabeza me dieron el sí y salte sin dudarlo a la caja de atrás cuando dieron marcha la tractor. Nos sacamos unas fotos mientras el tractor avanzaba y sin hablar una palabra de inglés con ellos me hacía entender cómo podía, con las interminables risas de por medio. Cuando vi el portal de ingreso al palacio les pegué un grito para que frenasen y ahí salté del tractor agradeciéndoles por el envión que me habían dado. El calor en este punto de la mañana ya era arrollador y la temperatura seguía en aumento. Desde el portal de entrada al palacio todavía quedaba unas diez cuadras en ascenso hasta la leve colina donde estaba emplazado el mismo asique había que seguir a pata. Pero, como quien no quiere la cosa, para seguir con los divertidos medios de locomoción de esa mañana se me ocurrió levantar la mano para hacer dedo y en solo diez segundos el primer auto freno a mi costado. Era un gerente de banco que iba a una reunión en el barrio privado de casas lujosas que se encontraba en el terreno siguiente del palacio y que decidió darme el ultimo envión hasta la entrada del mismo. Que forma tan divertida, anecdótica, graciosa y oportuna de comenzar la mañana para trasladarme los 15 kilómetros en los medios de locomoción hasta, finalmente, el flamante palacio. El mismo hoy en día es una de las residencias pivadas más grandes del mundo, construido durante veinte años a principios del siglo XX, el Maharaja Umaid Singh decidió edificar esta belleza arquitectónica para trasladar las residencias familiares del fuerte. En la entrada había gran cantidad de turistas, la mayoría asiáticos, y desde los jardines circundantes al palacio se podía observar su figura en total extensión y esplendor. Solo se tenía acceso a uno de los laterales del palacio donde residía el museo con la historia de la familia real que lo construyo y donde hoy viven en una glamorosa vida. Aficionados a los caballos y al polo el Maharajá Singh cuenta con una gran dotación de equinos como de equipos de polos saciando su fanatismo por este deporte. Los pasillos como las salas dan una muestra del majestuoso estilo arquitectónico y ambientación que tiene actualmente el palacio haciéndolo uno de los hoteles más caros y lujosos del mundo como así también una de las residencias reales más elitistas del mundo. A la salida se puede ver como los huéspedes que llegan al hotel, donde no se tiene acceso para los turistas, son recibidos con petardos que explotan con fuertes estruendos al tiempo que una banda de músicos toca una canción de bienvenida. Particular y rara forma de recibir a huéspedes que pagan hasta más de USD1.000 por pasar una noche en el hotel que se encuentra dentro del palacio. Desde otro de los sectores de los jardines, junto a un garaje vidriado con alguna de las colecciones automovilísticas de la familia, se pueden obtener las mejores panorámicas del edificio que resalta por su belleza natural y su inconfundible trazado a lo largo de toda la colina. Me generó admiración pero consternación al mismo tiempo, esos contrastes tan estúpidos e ilógicos a veces que se viven en solo metros de una ciudad de la india donde la miseria y las necesidades abundan por doquier frente a uno de los palacios más impresionantes del mundo donde la lujuria y el dinero se mueven incansablemente. Y la reflexión lleva a pensar de nuevo en las desigualdades, en la inequidad social que atraviesa el mundo y en la cruda realidad de saber que con diferencia de cien metros unos hacen sus necesidades en una letrina sin cloacas y otros se bañan en duchas cromadas en oro. Y todo convive en la jungla diaria de lo que llamamos vida cotidiana. Cuando salí del predio, me quedé contemplando el horizonte que se abría paso en los cuatro sentidos, los barrios de viviendas precarios, un lago abriéndose paso por entre la tierra y el fuerte Meranghara como detalle sobresaliente del cuadro visual. Para la vuelta iba a dejar de lado la aventura por un rato, y decidí volver con un tuk-tuk a la ciudad, a donde más, sino que de nuevo a la torre del reloj para recorrer un poco más el mercado y volver a probar las exquisitas samosas caseras. Después del almuerzo seguí caminando por entre los barrios y caminos que se abrían paso desde el centro, entre a algunos templos para presenciar las bendiciones que se estaban llevando a cabo y participar de ellas. Todas las sensaciones que se viven recorriendo las calles en estos lugares quedan impregnadas en la piel, el contacto con la gente al caminar, las charlas que se dan casualmente con cada uno que te pregunta sobre tu vida o se acerca para sacarse una foto, los aromas y sabores que recorren mi cuerpo al transitar y especialmente las miles de miradas y sonrisas que se te clavan en el corazón para no desprenderse jamás de los recuerdos. Pase la tarde así nomás, sin rumbo alguno caminando y experimentando todo lo que podía exprimirle a Jodhpur, terminando otro día entretenido y divertido. Las últimas horas en la ciudad me las pasé en el hostel escribiendo, escuchando música y preparando las próximas semanas de viaje. El infaltable te chai de la tarde en la terraza con la puesta del sol por detrás del fuerte me regalaban otra vez más imagen imborrable que quedaría sellada en mi retina como postal de Jodhpur. Cerca de las diez de la noche sentado en la parada de la estación, terminé por despedirme de la ciudad charlando con una encantadora familia que me brindó una grata conversación con los padres y una divertida sesión de juegos y sonrisas con las dos hijas. Subir al micro, apoyar la cabeza en la almohada, procesar todo lo que estaba viviendo, agradecer mentalmente, sonreír y dormir. Que venga el siguiente.

El trayecto del viaje hasta Udaipur fue en un sumo sueño profundo por lo que ni el frio ni el movimiento del bus tuvieron algún efecto en mi dormir. Cerca de las cuatro y media de la mañana la llamada a gritos de Udaipur por parte del chofer nos hizo levantar de un susto a los que estábamos durmiendo, pero fue la llamada justo para recoger rápido mis cosas y bajar del bus que seguía ruta. Había tomado las precauciones en este caso de reservar un hotel de buena categoría para pasar dos noches más tranquilo y con un poco de mimos para mi comodidad. Me subí a un tuk-tuk de inmediato para dirigirme al centro de la ciudad donde estaba el alojamiento cerca del lago, la noche calaba fría y la bruma de la mañana empezaba a ascender del pavimento hacia el cielo. Pocas veces se tiene el placer de atravesar unos kilómetros por el centro de una ciudad en la india en completo silencio y calma, el aire aún queda tenso de las vibraciones emitidas durante el día y la paz descansa unas pocas horas antes de su inquebrantable fin de armonía. Abdul me estaba esperando despierto por suerte para darme el cuarto y recibirme, le había dicho que llegaba a la madrugada asique pude hacer el check in rápido e irme para la habitación a descansar unas horas antes de arrancar la recorrida. El cuarto era un lujo a comparación de los lugares en los que había estado, cama doble, baño con ducha de agua caliente y espacio suficiente para moverme sin ningún problema. Pensé que iba a ser lo mejor peor a veces todo lo que brilla no es oro. Cuando me levanté alrededor de las diez de la mañana, un olor nauseabundo estaba impregnado en el cuarto como si se hubiese tapado las cañerías, además cuando me quise dar una ducha de agua caliente la misma no llegaba ni a ser tibia, parecía a propósito pero bueno, nada iba a arruinar el primer día en aquella hermosa ciudad. Le avisé a Abdul que junto a un chico que trabajaba ahí se dedicaron a resolver el tema mientras yo me fui a la terraza a disfrutar de mis clásicos desayunos de Rajasthan, te chai con butter rotti, con toda la extensión del lago Pichola a mis narices como escenario de lujo para aquella mañana. La caminata comenzó bordeando el río hacia el centro de la ciudad donde salen calles en ascenso y descenso que van abriéndose paso en el excéntrico trazado de la ciudad, con los clásicos puestos y comercios que abrían sus puertas en un nuevo que comenzaba. El primer lugar al que me dirigía era el famoso City Palace que es hoy en día una de los palacios más visitados en toda la India y de belleza e historia deslumbrante. En el camino hice una parada en el Templo de Jagadish que su torre central se abre paso hacia los cielos en medio de las edificaciones bajas aglomeradas que dibujan la ciudad. Visitado por miles de turistas diario, este templo construido en el siglo XVII en piedra y mármol, recibe la mayor afluencia de fieles en devoción al Dios Vishnu, preservador del universo para los hindúes. Recorrí los pasillos como así las torres que reflejaban en sus alturas las diferentes figuras y deidades esculpidas en piedra que daban un reflejo especial con el contraste del intenso sol y las sombras que generaba las paredes, una vez adentro pude participar de la ceremonia recibiendo las bendiciones pertinentes y sumándome a algunos canticos de la gente. A la salida, por el portón principal, me topé con unos babas que estaban sobre las escalinatas con sus particulares atuendos y picaras sonrisas. Una escalera de 32 escalones da el paso para la entrada y salida de los fieles, que se encuentran con dos grandes elefantes esculpidos en piedra sobre los laterales del acceso, una entrada triunfal para uno de los templos más venerados en el noroeste de la India. En esa misma esquina se cruzan varias calles con su epicentro en el medio desde donde se derivan los caminos para las diferentes rutas de la ciudad, en mi caso tomé la avenida principal que desembocaba en el Palacio de la Ciudad. Había oído de su incomparable arquitectura y belleza donde todo el complejo palacete se avocaba sobre el río con una de las vistas más espectaculares de toda la región. Saqué la entrada como estudiante, pagué la audio guía y sin esperar me adentro al mágico mundo de la antigua india, donde los Maharanas llevaban su residencia y gobierna de los antiguos imperios hindúes. Lo primero que me sorprendió de todo, a diferencia de otros palacios o fuertes, es encontrarme con un amplio jardín sobre el acceso principal recibiendo a los visitantes sobre una explanada de pavimento y columnas clásicas hacia el portón de entrada. Sobre el camino se visualizaban las murallas del palacio sobre la derecha, los jardines impecablemente decorados a la izquierda y de frente una serie de café y restaurantes muy top, algo así como un estilo europeo. En la plaza central del palacio desde donde se comienza el recorrido, se puede empezar a vibrar y sentir la historia de este fascinante lugar. Fue construido en un principio por el Maharana Udai Singh como la capital del clan Sisodia Rajput en el año 1559, después de trasladarse desde Chittorgarh. Está situado en la orilla este del Lago Picchola y cuenta con varios palacios construidos dentro del complejo. Tiene una fusión del estilo arquitectónico rajastaní y mogol, y fue construido sobre una colina que ofrece una vista panorámica de la ciudad y sus alrededores, incluyendo varios monumentos históricos como el Palacio del Lago en al lago Pichola, el Jag Mandir en otra isla del lago, el Templo Jagdish cerca del palacio, el Palacio Monzón (Monsoon) en la cima de una colina cercana y el templo Neemach Mata. Todo estas edificaciones y el emplazamiento donde está el palacio hacen que sea único en su especie, venerado por todos sus visitantes y excitante al recorrerlo. La recorrida me llevó alrededor de dos horas por todos los sectores y recovecos del palacio, no me quería perder de nada en esta vibrante historia de Maharanes, arquitectura, poder, gobierna y realeza. Cada puerta que se abría o sala donde entraba era una historia fascinante sobre las tradiciones de aquellas épocas, costumbres de la vida cotidiana de los Maharanes, datos sobre las guerras y defensas de las murallas como así también los clásicos eventos y galas entre los distintos gobernantes de cada región en Rajasthan o como así también con la realeza británica en épocas de colonia. En cada ventana que se tiene acceso a asomarse, se puede apreciar la ciudad desparramada sobre los pies del palacio o el calmo lago Pichola con las montañas y el sol enardesciente al este del mismo. Me fui con una fascinación absoluta de haber aprendido toda la historia de los Mewares, sus batallas, conquistas, reinados y dinastías, ni más ni menos que en el mismo palacio de la ciudad donde pude absorber cada centímetro de aire mezclado con historia que permanece entre las murallas de este palacio. Para mi sorpresa a la salida, me confundí de camino y salí a un hotel de lujo cinco estrellas anexado, formaba parte del palacio, que hoy en día funciona como alojamiento para aquellos turistas y locales adinerados que tienen la posibilidad de pasar las noches dentro de lo que fue un palacete de época. Baje caminando por el acceso principal del hotel, a orillas del lago, con el sol pintado como una piedra preciosa brillante suspendida en el cielo, toda la ciudad de frente y aquel impresionante palacio a mis espaldas. No entraba en razón de ser por estar disfrutando semejante combinación de naturaleza y urbanismo, una simbiosis perfecta que hacían del lugar y momento algo único. Me daba la sensación de que me había tele transportado a Europa con sus majestuosos palacios y paisajes pero no, estaba en la India, Rajasthan, Udaipur, y allí también el elitismo se hacía presenta en aquel lugar. Las dos horas siguientes que transcurrieron me las pasé caminando por absolutamente toda la ciudad, cruzando mercados, calles, barrios, y cada mundo que se descubría a cada paso. Como de costumbre las miradas de los locales se hacían presentes cuando veían a un occidental fuera del rango turístico pero la sonrisa y el movimiento oscilante de cabeza me entrelazaban con ellos con una eterna simpatía. En un barcito de pasada me tomé otro te chai conversando con algunos muchachos que me dijeron como llegar a un mercado de especias que pasé a visitar. Colores, sabores, aromas, caras, miradas, personajes, sentidos, todo un mundo deslumbrante vivido en aquella media hora dentro del mercado. Después volví a aquella esquina concéntrica de la ciudad a la salida del templo, que paré a tomarme un refresco con unas papas fritas y me quedé charlando con el dueño del puestito por un tiempo, recuperando energías de la caminata. El sol tímidamente empezaba a esconderse y recordé Abdul me había recomendado ir a ver el atardecer a las alturas de la colina Machla, donde se encuentra el Templo de Karni Mata, que ofrece una de las mejores vistas de toda la ciudad. Arranque camino nuevamente unos cuatro kilómetros en dirección al norte de la ciudad para llegar hasta aquella zona desde donde se podía ascender a la cima del monte, ya sea en caminata por las escaleras o en un teleférico que cruzaba el monte. Decidí por la segunda opción ya que el ticket no valía mucho y además era una excelente oportunidad para disfrutar de las vistas mientras ascendíamos. Y así fue nomás, todo el comino en el cubículo ascendiendo a las alturas y la coronación de una terraza a la salida ofrecieron unas vistas panorámicas inmejorables de toda la ciudad, con el palacio sobresaliente a orillas del Pichola como estrella principal. Todavía restaba unos minutos de sol asique subí unas escaleras más hasta llegar al Templo de Karni Mata y participé de las bendiciones pertinentes que se estaban llevando a cabo. Y el resto fue simplemente darle paso a la contemplación y absorción de cada segundo que latía en ese lugar. Le llevó una media hora al sol descender hasta las espaldas de la cadena montañosa que se dibujaba en el horizonte, con un lago impoluto que contrastaba como un espejo a toda la ciudad y el palacio a sus orillas y toda la ciudad de frentes que se enmudecía en un soberbio atardecer. En contraposición a la desaparición del sol, la naturaleza hace aparecer esa mágica paleta de colores en el cielo que refractan en las nubes y empapan a la tierra de esa mezcla de colores anaranjados que hacen brillar la tierra y el cielo como nadie, un espectáculo de lujo desde una ubicación privilegiada. Pequeños momentos, sensaciones y vivencias que quedan arraigadas a uno por el resto de la vida. Regalos de la vida. A la vuelta para la ciudad me tomé un tuk-tuk compartido con un chico de Israel que andaba por ahí visitando también, estaba cansado pero aún me quedaba una cosa más por conocer en el día según las recomendaciones de Abdul, el famoso show folclórico tradicional Bagore Ki Haveli. El chofer me dejó en la puerta y sin perder tiempo, a eso de las ocho de la noche, saque el ticket para presenciar el famoso evento de folklore tradicional de aquella ciudad. El complejo era un antiguo palacete que lo habían transformado hoy en día en museo y teatro. El show se llevó a cabo en una hora con distintitas performances de diferentes números característicos de la cultura Mewar, danzas, representaciones de dioses, bailes y música. Los más coloridos y divertidos disfraces tradicionales que llevaban las mujeres mientras hacían toda clase de bailes junto con destrezas acrobáticas al ritmo de unos tambores y trompetas incesantes. El patio a cielo abierto hacía la función de teatro y la gente colmada en su interior se partía las manos aplaudiendo el exquisito show que llevaron a cabo esas personas. Sin dudas fue una experiencia genial y la frutilla del postre para el día que había transitado. NO hay mejor manera posible que penetrar las entrañas de una ciudad para conocer su cultura, tradición y esencia que aquella misma; aprender de su historia recorriendo las principales edificaciones, apreciar su inmensa belleza natural y participar de un show en vivo de la época. Llegué al hotel como a las nueve y media con un dolor de pies terrible pero feliz por todo lo vivido aquel día. Abdul había destapado las cañerías y el olor se había ido, asique esta vez sí pude disfrutar de una ducha de agua caliente y relajarme un poco. Cuando me acordé que el día terminaba me di cuenta que ni había cenado asique me cambié rápido de nuevo y me fui para el centro nuevamente a ver si quedaba algo abierto. Por suerte pude encontrar un resto en la terraza más alta del centro (a unos seis pisos) que me hicieron un exquisito Dhal (comida vegetariana) que saboreé exquisitamente junto a la vista del lago y la ciudad del otro lado que brillaba en la noche. Me quedé charlando con unas personas que andaban comiendo por ahí también sobre la ciudad y su increíble esencia, feliz por terminar otro día extenuado y empachado de historia, de la india y de felicidad.

La noche anterior luego de la cena había caído rendido en la cama, muerto de cansancio me dormí al instante y amanecía al otro día con las pilas renovadas, hacía tiempo que no dormía en una cama confortable después de una ducha caliente. Había podido recorrer mucho el día anterior por lo que esta iba a ser menos intenso y más de recorrida sin apuros. El olor lamentablemente volvió a colmar el cuarto cuando me levanté, pero ya nada importaba, hice la valija y dejé todo en la recepción ya que a la noche partía a un nuevo destino, este caso muy especial, Pushkar. Otro claro día se pintaba en el cielo sobre la mañana que lo complemente perfectamente con otro exquisito desayuno en la terraza del hotel. Pensaba mientras tomaba el té que felicidad tenía en disfrutar cosas tan simples como esas, sin nada material ni de lujo alrededor, solo con la calma de disfrutar ese momento como se vivía. Tantas veces estamos girando alrededor de una vida en apuros, en constantes obligaciones, responsabilidades, exigencias e imposiciones que nos nublan y condicionan para disfrutar las cosas tan simples de la vida. Condicionamientos de los cuales no nos podemos despegar y que terminan por generar un círculo vicioso en la vida dejando de lado la esencia principal en cada acción del ser humano, disfrutar del momento. La algarabía que me brotaba de las venas en esas semanas no tenía comparación, y me daba cuenta que era por un montón sentimientos internos no por objetos y dependencias hacia lo ajeno. Reflexiones de un miércoles por la mañana en Udaipur que me seguían dejando una sonrisa impregnada en la cara. Del hotel me fui a reservar el pasaje en bus para esa noche a Pushkar así me desentendía del tema que todavía no tenía resulto. Luego decidí tomarme la mañana para caminar hacia el otro lado de la ciudad, donde se abrían paso unos barrios aledaños en el otro sector del lago con sus hoteles, restaurantes y complejos de viviendas por recorrer. Quedaba paso de camino para llegar al otro palacio que brillaba en la cima Bansdara sobre el monte Aravalli y que formaba también parte de las residencias de la dinastía Maharana Singh, el Moonsoon Palace. Arranque la caminata bordeando todo el lago Pichola en su extensión, de punta a punta, transitando las calles que lo bordeaban. El lago en sí no tenía una pureza extrema ya que el agua estaba en malas condiciones y un poco de basura alrededor pero su forma entre medio de la ciudad con los puentes y palacetes a los costados daba en conjunto una postal digna de admiración. Uno de los extremos del lago se conecta con otro lago donde se extiende a sus orillas importantes resorts y hoteles cuatro o cinco estrellas que recibe al turismo de elite en Udaipur. En él se llevan a cabo paseos en barcos, deportes acuáticos y unos jardines pintorescos a sus costados. Esa imagen me acompaño unas cuadras más hasta que avance por la avenida principal hacia la dirección de acceso al palacio. Le pregunte a algunos locales que andaban por ahí si iba en buen camino y me miraron con cara de loco, el palacio queda a unos diez kilómetros andando a pie y de ahí había que subir toda la colina a pie. Generalmente la gente “normal” lo hacía en camioneta o tuk-tuk, cuack, pero valía la pena intentarlo. Uno hombre con su hijo vestido con el uniforme de colegio, se quedó charlando conmigo y me ofreció llevarme, pero a cambio de dinero, y la idea me encantó pero no quería que sea a costa de dinero, aunque entendía su punto. Asique seguí andando a pie solo atravesando los barrios y calles visualizando todo lo que pasaba a mi alrededor en otro día cotidiano de la vida en la India. Cuando doble en la avenida principal en dirección al norte, pude ver el monte en el horizonte con el palacio como faro en las alturas, hacia allí iba. El momento gracioso llegó cuando pasé por un colegio donde los chicos salían de clase y colmaban la calle, unos dos adolescentes de catorce años se me acercaron y empezamos a charlar al intercambio de información sobre cada uno. Uno tenía una moto y se ofreció llevarme hasta la entrada del parque desde donde se ascendía al palacio sin nada a cambio, asique acepte y junto al otro amigo nos fuimos los tres arriba de la moto unos cinco kilómetros atravesando la ciudad hasta que me baje en la casa del último. Le agradecí mientras nos seguimos riendo de la cara que ponía la gente cuando me veían arriba de la moto y del palo que casi nos pegamos cuando frenamos de golpe ante un auto que cruzó sin frenar. De ahí tome camino nuevamente una media hora, esta vez por tierras más áridas y menos pobladas, hasta la entrada de la colina. Me escabullí para pasar la entrada a pie y ascendí camino como una hora hasta llegar a las alturas del monte. Todo el esfuerzo quedaba compensado con la imagen que se veía desde ese punto sobre el Lago Fateh Sagar, el Lago Pichola y detrás la deslumbrante ciudad de Udaipur con su Palacio y Templo como estructuras sobresalientes. Imágenes que te dejan sin aliento, estupefacto frente a semejante acto de la naturaleza. Recobrando las energías me quede sentado en una roca con la custodia del Moosoon Palace a mis espaldas y la obra de arte frente a mis ojos. Luego de disfrutar unas horas del paisaje y de la residencia, emprendí camino de descenso en medio del clima árido y caluroso que había. A medio camino un tuk-tuk con algunos turistas paro a mi lado y me ofreció llevarme hasta la entrada, accedí con gesto de agradecimiento y fuimos charlando con los extranjeros durante el trayecto. Era demasiado volver a pie también por lo que me tomé otro tuk-tuk con un viejito adorable que me llevó hasta el centro de la ciudad por algunas rupias mientras le sacaba en un inglés precario alguna que otra historia de su vida. De vuelta en la famosa esquina de Udaipur, me fui a comprar algunas samosas con las dulces gulab para sesear el apetito e incorporar un poco de calorías al organismo. Caminando sin ninguna dirección por una de las calles me topé con una clásica barbería y peluquería hindú, pequeños locales con dos sillas donde ambos expertos de la barbería recortan y afeitan día a día a cientos de indios que van en busca de aseo higiénico. Miré con la delicadeza y artesanía con la que estos tipos hacían su profesión y me dije, por qué no? Asique entre y le pedí que me haga una afeitada especial con navaja. Después de casi una hora sentado no solo me hizo una afeitada al ras perfecta con navaja sino que también me recorto el pelo y me dio unos masajes de cabeza y barbar increíbles, no podía creer el spa de cabeza que había tenido en el pequeño local sobre una callecita de Udaipur, por la módica suma de unos $50 argentinos, una locura. Salí del local revitalizado, la piel de la cara suave como un bebe, el pelo prolijo y anestesiado por los masajes de cabeza que me había hecho, un capo. Ya por la tarde quedaba poco para seguir recorriendo asique me cruce de nuevo el lago y me fui a una promenade que estaba sobre una de las puntas de la ciudad que tenía toda la vista del palacio y del lago enfrente. Accedí a uno de los hoteles de lujo que estaban sobre esta orilla y pasé al restaurante en uno de los jardines que tenía la mejor vista del lugar. Allí me senté solo, sin nadie alrededor, en una de las mesas y me pedí una jarra de té chai para terminar mi estadía en Udaipur de la mejor manera. Pasaron casi dos horas desde que me senté donde solamente me dediqué a saborear el exquisito té con toda la panorámica que tenía enfrente del lago, el palacio, el monte y la ciudad. Los botes y góndolas pasaban de a rato transportando gente dejando una estela de agua al pasar como único movimiento que sucedía en el lago de vez en cuando, los anaranjados destellos del sol que se apagaba se incrustaban en las edificaciones de piedra y mármol que brillaban del palacio generando un efecto visual increíble. El Palacio del Lago sobresalía del medio del agua como una isla flotante con sus miles de ventanas vidriadas refractando la luz del sol y las montañas por detrás como decorado final de una postal de lujo. Una imagen que valí más que mil palabras para cerrar la visitar a Udaipur y a una de las más bellas ciudades de la India, con un toque de glamour europeo, pero así también con toda la historia y cultura hindú impregnada en sus calles. Empachado de té me volví para hotel a descansar en la terraza y hacer tiempo hasta que salga el bus, me quedé escribiendo, escuchando música y repasando un poco todo lo que se venía en Pushkar, ciudad sagrada. A las nueve salude a Abdul con agradecimiento por todas sus recomendaciones y me dirigí hacia una estación de servicio desde donde saldría el colectivo a las diez con destino a Ajmer, una ciudad a unos 20 kilómetros de Pushkar desde la cual me tenía que tomar otro bus. Me quedé con la valija parado esperando la hora pensando, otra vez, en todo lo que me habían brindado las ciudades esos días, no solo Udaipur sino todo lo recorrido hasta el momento en Rajasthan. La gente piensa que la India es un lugar pobre, lamentablemente eso es lo que a muchas personas le viene a la cabeza cuando se habla de la India, puede tener gente viviendo en condiciones precarias y lamentablemente es feo que pase, pero a su vez es un país absolutamente rico y abundante en todo lo que te da cuando la recorres, todo lo que te deja que la absorbas y exprimas de su fascinante cultura, imponente tradición y amorosas personas que la habitan. Como si fuese montaña rusa adictiva a la cual no queres bajarte, sino más bien recorrerla hasta sus en fines.

Uno de los compañeros de micro que viajaba a Pushkar también, habíamos hablado en la parada para cenar sobre la ruta, me toco el cubículo donde estaba durmiendo plácidamente a las cuatro de la mañana para anunciarme la llegada al pueblo. Bajamos en la localidad de Ajmer, sobre la estación de buses, con una noche fría y oscura que se imponía en la madrugada. El muchacho me acompañó dentro de la estación para sacar el ticket del otro colectivo que nos llevase hasta Pushkar a una media hora de ahí. La estación estaba repleta de personas durmiendo en el piso enroscadas como podían en sus pertenencias o en posición fetal para combatir el frío que penetraba en el ambiente, una imagen triste de ver y un golpe fuerte a la emoción a pleno despertar. Aproveche los cinco minutos que teníamos antes de salir para ir al baño y ponerme un pantalón largo y abrigo así combatía la fresca brisa, en el trayecto paré a comprar un té chai que humeaba de una cacerola en un puestito de la calle y le deje un paquete de galletitas que tenía a unas mujeres sentadas a la espera de su colectivo. Salimos en tiempo y horario en dirección a Pushkar, el bus lleno de gente con un gran numero considerables de babas que se acercaban a la ciudad sagrada de Rajasthan en busca de su vida espiritual. Cuando llegamos a la ciudad, el micro frenó sobre la avenida principal que se trazaba como una circunferencia sobre el centro y mercado de la misma, nos bajamos la mayoría de los que íbamos en el bus casi dejando al chofer solo por completo. El hombre se subió a un taxi y se despidió de mi dejándome algunas indicaciones de como moverme por la ciudad en aquella madrugada, sin saber a dónde ir ni con lugar reservado para dormir. Me fui directo a uno hostel que había llamado la noche anterior para reservar lugar pero que no me habían confirmado, cuando arribé después de unas pocas cuadras caminando el dueño me informó que habían rentado la habitación y que estaban completos. Me pasó algunos albergues más cercanos pero nadie contestaba al llamado de la puerta cerca de las seis de la mañana. Las calles permanecían en un extraño e inquietante silencio, la neblina seguía al ras del pavimento como colchón de nubes y el frío seguía calando hondo en cada aspiración de aire que tomaba. No tenía idea que hacer, eran las cinco de la mañana en un pueblo chico en medio de un valle, sin lugar a donde ir, pero con la esperanza de conseguir algo rápidamente. Seguí girando por las calles con mi mochila al hombro en busca de algo abierto pero los poco que me respondían no tenían lugar o en el caso de otros las habitaciones eran carísimas. El motivo? La extraordinaria Feria de los Camellos que se estaría llevando a cabo esa semana lo cual ponía a la ciudad en el eje de importancia en toda la India por esos días recibiendo miles de turistas y elevando la demanda de hospedaje hasta el máximo posible. Caminando sin rumbo y sin saber que hacer por una calle, vi un puestito desde donde salía humo de una cacerola y había muchas personas alrededor, no cabía duda que era un puestito de té chai y para darle un respiro a la búsqueda me dirigí hacia allá. Resulto ser uno de los más exquisitos te chai que probé en toda India, con varios babas y algunos hombres que andaban por ahí tomando algo caliente con los que me quedé charlando un rato en una extraña y graciosa madrugada que estaba llegando a su fin. Ya con el cuerpo caliente gracias al té y unas graciosas conversaciones con los particulares babas para el recuerdo, me dispuse nuevamente en la búsqueda de hospedaje. Caminé la calle principal donde está el mercado de la ciudad, a esas horas cerrado, en busca de alguna habitación en algún guest house o hostel pero tampoco tuve suerte, todo permanecía cerrado sin dar respuesta a mis llamados. Cuando a la distancia vi el primer tuk-tuk que desprendía humo del caño de escape salí corriendo a su alcance para que me lleve a algún lugar que sepa, por suerte logré alcanzarlo a tiempo y el hombre me llevo a un lugar que tenía contacto para hospedar viajantes. El hotel estaba bien ubicado sobre la entrada principal del pueblo, a unas cuadras del centro, y después de una breve negociación con el dueño pude tener una habitación disponible. Cama doble, ducha de agua caliente y limpio, el esfuerzo había valido la pena. Me acurruqué en dos segundos dentro de la cama tapado hasta el cuello y di paso al sueño para descansar unas horas antes de comenzar a recorrer la sagrada Pushkar y su descomunal Feria de los Camellos.

Los hinduistas creen que los dioses dejaron libre un cisne con un loto en el pico, allí donde el cisne dejara caer el loto, el dios Brahma de cuatro cabezas haría un gran iagñá. El sitio donde cayó el loto se denominó Púshkar y por eso es una de las ciudades más sagradas de la India. La localidad de Púshkar está situada a 14 km al noroeste de Ajmer y es uno de los cinco dhams (lugares sagrados de peregrinaje para los hinduistas devotos). También se le conoce como Tirtha Rash (el rey de los lugares de peregrinación) y es un sitio frecuentado por miles de turistas sedientos de visitar esta increíble ciudad. Es una de las localidades más antiguas en la India, asentada a orillas del Lago de Púshkar, se desconoce su fecha de fundación, pero la leyenda asocia a Brahma con su creación. El templo más famoso de todos es el Templo de Brahma, que data del siglo XIV con la curiosidad de que existen muy pocos templos en el mundo en honor a Brahma. El lago de Púshkar tiene 52 ghats donde los peregrinos se sumergen en el lago para bañarse en las aguas sagradas y así cumplir con la peregrinación y tradiciones que invocan esta ciudad de culto. Con toda esta información en la cabeza que había leído antes de llegar me levante a media mañana, con unas ansias enormes por recorrer todos los pasadizos de esta misteriosa ciudad y dejarme conquistar por su particular estilo y onda. Me había mensajeado con Omar a la mañana, el italiano que me encontré en Hampi junto con los españoles, que andaba por la ciudad hacía unas semanas y quedamos en encontrarnos en la plaza de chai para tomar algo y charlar un rato. Caminando hasta allí fui cruzando las mismas calles que había recorrido en penumbras horas atrás, pero esta vez llenas de vida, de colores y de movimiento. Lo primero que me llamó la atención fue un hogar de babas que se encontraba una cuadra de mi hotel y que estaba repleto de estos inconfundibles hombres por todo el lugar. Vestidos con sus clásicos humildes ropajes, largas barbas y turbantes en las cabezas, estos hombres que dedican su vida a la religión considerados como “guru” son parte inconfundible del paisaje de Pushkar y en especial de las ciudades sagradas. Tienen una vida austera y viven de lo que la gente les dona en la calle; en este lugar vivían y dormían todos los días entre algunos cuartos y tirados sobre las veredas a pesar del frío nocturno o el abrazador calor del día. Seguí caminando por la avenida principal cuando me topé con un gigantesco templo sij que se erige sobre uno de los laterales de la calle justo enfrente de otro templo hindú Varaja, que estaba colmado de fieles en peregrinación. Solo unas cuadras había caminado y ya se sentía en el aire algo especial sobre aquel lugar, cargado de espiritualidad y tradición. Al girar en una esquina la calle se tornó peatonal y dio comienzo al mágico mercado de Pushkar, donde los puestos, vendedores ambulantes, restaurantes y transeúntes transformaron el ambiente en un delicioso mercado tradicional hindú con toda su esencia a flor de piel. Atravesar esas cuadras caminando fue adentrarse en un mundo de película, cautivado por los colores que brillaban de cada local en sus prendas de vestir, collares, alfombras o artículos de decoración, los aromas que salían de las cacerolas apostadas en la calle en plena cocción de sabrosos platos o dulces, y los babas diseminados por todos lados con sus llamativas prendas e inconfundible apariencia. Justo al cruzar una esquina central donde se agolpaba la gente me encontré con Omar, nos sentamos en un puestito con unas banquetas al piso conocido como la “Plaza del Chai” donde supuestamente era el spot por excelencia para disfrutar de esta bebida en todo Pushkar. Nos quedamos charlando un rato largo comentando lo que habíamos hecho cada uno en las semanas anteriores por india y repasando las anécdotas vividas en Hampi o las locuras vividas con el Sardi en Goa. Mientras hablábamos yo no dejaba de ver todo lo que pasaba por delante y el maravilloso mundo que veía mis ojos en ese mercado, un estilo incomparable. Después de tomar un par de tés, nos fuimos hasta un local de piedras y gemas ya que el comercia las mismas en México y Pushkar es una de las mejores ciudades de India para comerciar estas cosas. Más tarde nos fuimos a almorzar a un resto que quedaba enfrente al Lago Pushkar con una vista incomparable de todo el lago con los ghats y las colinas que cercan el valle de fondo. Charlamos un rato más comentándome cuales eran los lugares imposibles de perderse en la ciudad y la mejor hora para ver la feria y el atardecer con las ceremonias pertinentes. Después de despedirnos quedamos en encontrarnos a la noche para cenar y seguir charlando, yo volví caminando por la principal para atravesar todo el mercado y bordear todo el lago hasta el otro extremo de la ciudad donde se llevaba a cabo el festival. Me llevó una hora cruzar todo el mercado, no porque sea extenso, sino porque a cada rato iba parando para meterme en los locales a ver lo que se vendía, charlaba con algún que otro vendedor callejero y fui deglutiendo de a poco ese espíritu festivo que se percibía y se sentía en el lugar. Cuando llegue a la feria lo primero con lo que me cruce fue con la entrada a un micro estadio abierto y una rueda grande de feria desde donde se podía subir a los cubículos que giraban para ofrecer las mejores vistas de las alturas. Alrededor de estos se encontraban cientos de puestos con personas vendiendo comida, jugos artesanales, chucherías y todo tipo de artículos para caballo y camello. Lo que se veía era una clásica feria montada a las afueras de una ciudad sobre un terreno llano y árido con los clásicos juegos de kermes, puestos de comida, un campo abierto con gradas alrededor para grandes eventos y un mundo de gente que caminaba en todas direcciones entre locales, turistas y beduinos. Eran cerca de las tres de la tarde, el intenso calor golpeaba fuerte sobre la tierra, mezcla de polvo y un aire denso al inspirar, por lo que de a ratos había que resguardarse en la sombra e hidratarse bastante. El mágico mundo de la feria de los camellos comenzó al cruzar las tiendas que había de la kermes y adentrarme en los cientos de hectáreas que había destinado para mantener a los miles de caballos y camellos que habían llegado al lugar. Lo primero que recorrí fue las carpas destinadas a los inmensos caballos que estaban posando solemnemente en las barricas de los diferentes patrones, fardos y fardos de alfalfa se esparcían por todo el terreno junto con largas barricas llenas de agua para hidratarlos y bañarlos. Todo tipo de variedad de caballos que los aldeanos exponían para comerciar entre todos los patrones que llegan a Pushkar de todo el país. Más allá de estas tiendas, se accedía por camino de tierra a la zona donde se encontraban los más de 20.000 camellos. La imagen que tuve al ver la extensión interminable de camellos apostados sobre las llanuras y colinas del valle a kilómetros de distancia me dejo boquiabierto. Nunca en mi vida había visto tantos animales juntos y la postal que daba con el contraste de los valles de fondo y los miles de beduinos entremedio haciendo las tareas cotidianas de aseo y paseo fue sencillamente espectacular. NO había restricciones ni caminos guiados que seguir, cada uno era libre de pasear y anda por donde quiera. Yo no paraba de sacar fotos a cada camello que se me paraba enfrente y retratarlos con el bello paisaje de fondo. Se me acerco uno de los peones para contarme acerca de la feria y le dije que venga a caminar conmigo. En el paseo me fue contando un poco las características de cada camello, como saber las edades, de donde provenían los mejores y los precios que podían llegar a valer cada uno. Para ellos la feria de los camellos es el evento principal del año y vienen animales de todo el país como también de las regiones aledañas a la India, un momento único para celebrar, comerciar y divertirse. Me cruce con unas tres mujeres que andaban caminando por ahí (Abuela, madre e hija) y nos pudimos sacar unas divertidas fotos con los camellos y caballos. Después nos fuimos para una de las carapas a tomar un té chai que las invite y a charlar un rato. Todo se vivía con un clima de jolgorio, los turistas caminaban a cada paso sorprendidos, había miles de fotógrafos profesionales que habían llegado de todo el mundo para tomar las más increíbles fotos de la feria y los locales disfrutaban entre juegos y el comercio. Me pasé como dos horas caminando por todo el predio recorriendo los vastos senderos repletos de animales, visitando los puestos con los divertidos artículos de decoración de los camellos y degustando algún que otro dulce artesanal cada vez que paraba a hidratarme. Iba a estar un par de días más en Pushkar asique tenía la oportunidad de volver, emprendí camino cuando el sol comenzaba a descender para la ciudad a ver la puesta del sol desde el lago. De camino paré en el templo de Brahma, uno de los pocos dedicados a este Dios en el mundo, y luego de sacarme las zapatillas hice la cola a más de media cuadra para presenciar una ceremonia. Los devotos de este Dios acceden en masa cada día al templo para las bendiciones y rituales diarios, adentro casi no te podés mover de la gente que hay, vas moviéndote llevado por el aire atrapado entre toda la gente. Una vez que accedes a la torre donde se encuentra Brahma representado, podes hacer sonar la campana de llegada y dejar las ofrendas que se llevan, cocos, frutas, inciensos, canastas con confites, etc. La gente se desespera por llegar próximo al centro y recibir del brahmán las bendiciones pertinentes con el humo sagrado y la marca de pintura en la frente. Toda una vivencia participar de esa ceremonia y la tensa energía que se vive ahí adentro. Una vez que pude salir, me dirigí de nuevo al bar donde había almorzado con Omar para quedarme a ver el atardecer ya que era uno de las mejores vistas de todo el lago. Había unos largos escalones, como gradas, que bajaban al lago desde donde uno se podía sentar y apreciar la vista. Me sorprendió ver a un montón de chicos de la escuela que estaban sobre la última explanada antes del agua, como si fuese un largo y ancho escalón, pintando mantras de colores en el piso con miles de mini velas alrededor de los dibujos. NO sabia de que se trataba pero supuse que era una celebración ya que había cientos de ellos y varios hermosos dibujos pintados en el suelo. De repente se empezó a escuchar unos tambores de arriba y vi a un hippie darle paso a las vibraciones de la percusión mientras una chica empezaba a bailar una danza étnica. Cuando miré para el lago me encontré con esa fascinante bola naranja que se empezaba a despedir de esos confines de la tierra para esconderse por detrás del valle y miles de personas que se daban paso sobre la orilla del lago en cada ghat. Todo parecía montado como si fuese una película de época sagrada en las entrañas de la India, el lago, la música, la gente y las ceremonias que se iban a llevar a cabo daban un marco espectacular coronado por un soberbio atardecer. Esos momentos en que la reflexión y la contemplación se apoderan de tu ser dejándote perplejo al instante. Me senté en uno de los escalones, saqué algunas fotos y di paso a los sentidos para graben en el fondo de mi memoria una ceremonia en pleno lago Pushkar que nunca olvidaré en mi vida. Las miles de personas que estaban sobre la orilla del lago comenzaron a hacer los pujas (ritual de los fieles para adorar y honrar a los dioses) levantando los platos con las velas y ofrendas haciéndolos girar en forma circular, desde todos los ángulos sonaban tambores, panderetas y obues que le daban una intensidad al momento sin igual. Las caras de los turistas eran de fascinación y todo lo que sucedía en ese momento te dejaba a flor de piel. Todo este marco sagrado se llevaba a cabo bajo las ultimas miradas del sol que se fue escondiendo detrás del valle y nos dejó una estela de mezcla de colores suspendida en el cielo que refracto de color naranja todo el pueblo. Parecía una obra de arte del creador del universo, un paisaje mezclado con un sentido acto religioso que hacía vibrar el aire. No son cosas que se ven todos los días y a pesar de no comulgar con su religión entendes la importancia y lo fuerte que se siente vivir todo aquello, quieras o no quieras te penetra en la mente haciéndose sentir especial. Los cánticos y ceremonias seguían incesantemente por un largo tiempo hasta que llegó la noche y todo quedó iluminado por las miles de velas que se habían esparcido por el lago y la orilla. Los cientos de babas que llegaron hacían sus plegarias y adoraciones con las más excéntricas poses y formas de orar. La música seguía a todo volumen secundando los cantares de los fieles y dando el compás justo para aquella velada. Me quede en total como tres horas presenciando aquella ceremonia, estupefacto por lo que había sido testigo y privilegiado de haber estado ahí en ese momento. Volví caminando para el hotel como mareado, todavía procesando todo lo que había visto en el día con esa hermosa celebración cual frutilla del postre. Cuando llegué al cuarto me acordé que había quedado con Omar en ir a cenar, asique me cambie y me fui de nuevo a la plaza del chai. Ese era un punto de encuentro de la gente, cuando llegué nos quedamos hablando con un montón de viajeros de todos lados y locales que andaban por ahí sobre todo lo que acontecía esos días. Junto a Omar, un Irlandés y un viejo Alemán de unos sesenta años que estaba girando cual hippie por India hace veinte, nos fuimos a comer los cuatro a una cantina que quedaba por ahí unos deliciosos dhals. Comimos riquísimo y charlamos largo y tendido, a la salida volvimos al puestito de chai donde nos quedamos charlando con otra gente que andaba por ahí un rato más. Ya siendo las doce aproximadamente el cansancio había ganado finalmente, después de saludar a todos me volví caminando para el hotel a descansar. Que increíble día había pasado, apoyé la cabeza en la almohada y me sumí en un sueño mientras revivía las imágenes de aquella ceremonia en mi mente.

Amanecí al otro día con la extraña sensación de haber sido un sueño todo lo vivido el día anterior, todavía podía sentir el ritmo de los tambores, la luz de las miles de velas enardeciendo en el lago y lo rayos del sol naranja encandilándome sobre el atardecer. Que película maravillosa había vivido y todavía quedaba mucho por ver. Luego de un baño reparador por la mañana me dirigí a la plaza del chai a ver si me encontraba con alguien que quisiese ir de nuevo para la feria, de camino pare en una agencia de viajes y reserve el boleto para mi próximo y último destino, la mística Varanasi. Este no iba a ser un viaje común y corriente ni en los conforts de los buses que había viajado los últimos días, tenía que cruzar el país de oeste a este (más de 1.100 kilómetros) y el único medio de transporte posible era el tren. Casi agotadas todas las plazas, llegué a encontrar un asiento de reserva en tercera clase que el cuál iba a ser mi hogar en el transcurso nada más de las 22 horas que llevaría la travesía. Con el boleto en mano, feliz de haberlo conseguido, me senté en las banquetas del puestito del chai para saborear un delicioso te mientras conversaba con algunos paisanos que andaban por ahí. Al final no me sumo nadie para la feria y arranque nuevamente caminando solo a traves del mercado, donde esta vez compre algunos malas para bendecir y regalar a gente que quiero en Buenos Aires. Sabía que al mediodía iba a haber unos eventos que se llevaban a cabo en el estadio principal a cielo abierto y allí fui directo a media mañana. Me quedé un rato frente a la entrada tomando agua ya que hacía mucho calor y viendo pasar a la gente de un lado a otro, en unos puestos callejeros enfrente una madre estaba recostada en el piso con sus dos hijas tapándose del calor y comerciando sus víveres al mismo tiempo. Las miradas de esas nenas junto con los vestidos que tenían eran de un cuadro, ojos negros intensos con el pelo oscuro como la noche y unas sonrisas que se extendían de oreja a oreja. Me cruce para llevarles un paquete de galletitas e intercambiar algunas sonrisas con juegos a pesar de que no hablaban inglés. Ya de camino a la arena central, pude ir viendo que dentro estaban preparando el escenario principal y a los costados se llevaban a cabo las atracciones. Monos haciendo un show de piruetas, decoración de los camellos, deporte tradicional hindú jugado locales versus extranjeros y adiestramiento de caballos. Era un parque de diversiones para la gente donde todos se movían de un lado a otro sacando fotos y disfrutando del entretenimiento. Después de una hora la competición de Disfraces de Camellos comenzó y todo el público se avoco a las gradas y alrededor del cuadro sobre el campo. El calor era abrasador y casi no se podía respirar, entre las sombras de las tribunas y los paraguas contra el sol que se abrían la gente trataba de resguardarse. El desfile de camellos decorados fue un espectáculo, unos veinte animales llenos de colores y decorados con los más ingeniosos trajes caminaban de un lado a otro frente a los jurados que estaban en la tribuna. La gente aplaudía, gritaba y sacaba fotos a los que mejores estaban customizados, los dueños y patrones se enorgullecían a cada palabra de aliento que recibían por sus modelos. En un momento me puse a hablar con una chica que estaba al lado mío sobre el concurso y los camellos, nos quedamos charlando un largo rato acerca de su viaje que estaba haciendo junto a un amigo, ambos de Canada, y yo les comenté de mi recorrido. Así conocí a Rachel y Mark, que terminamos por pegar onda esa mañana y seguimos todo el día recorriendo la ciudad juntos. Después del show anduvimos un poco más por las parcelas y carpas donde se encontraban los animales para tomar algunas fotos más divertidas y ver por última vez esta feria alucinante. De regreso al mercado nos topamos con una peregrinación y procesión que se estaba llevando a cabo por la calle principal con miles de fieles persignando a un dios que era llevado por una carreta adelante. Todos cantando, saltando, llenos de vida y emoción. Nos separamos por unas horas ya que tenían que ir a hacer unas cosas al hotel y yo aproveche para volver al cuarto y darme una ducha refrescante para apaciguar el calor. El día venía pesado. Cerca de las cuatro nos volvimos a encontrar en la plaza del chai y de ahí nos fuimos a caminar por el mercado disfrutando todo el espectáculo que se vivía a cada cuadra que caminabas. Parábamos a hablar con los babas, visitamos algunos templos, entramos a algunos mercados a ver las mercancías y de vez en cuando nos tomábamos un té chai. Ambos muy simpáticos y con mucha buena onda. Los dos eran enfermeros en Vancouver y ahora estaban recorriendo el país de norte a sur, al revés que yo, asique les pude recomendar todo lo que ya había hecho yo. Por la tarde les recomendé el lugar desde adonde había visto el atardecer el día anterior y hacia allá fuimos de nuevo para presenciar los rituales de cada atardecer. Esta vez parece que no había un puja tan importante como el día anterior porque la gente sobre el lago mermó pero no así la intensidad del lugar. Nuevamente disfrutamos de un atardecer místico con la caída del sol, música étnica a los alrededores y los colores brillantes de los mantras pintados y las velas esparcidas. Volvimos caminando por la orilla del lago cruzando los diferentes ghats donde todavía se estaban llevando a cabo las ceremonias y tuvimos la suerte de presenciar varias muy cercas. Lo que se vive y se respira en esos lugares es algo mágicamente espiritual, se siente la energía en el aire y en el aura de la gente. Iba entendiendo porque Pushkar era una de las ciudades más sagradas de la India, y porque la gente le adoraba esa pequeña ciudad entre valles perdida por Rajasthan. Se viven cosas fuertes y la mística que se percibe entre las calles, el mercado y el lago es único. El colorido y singularidad que le dan los miles de babas que te cruzas por todos lados es el toque final de majestuosidad hindú que recibe este pueblo. Nos quedamos luego de la caída del sol recorriendo el mercado y terminamos cenando en un resto de cocina Tibetana. Ricos platos vegetarianos con unas sopas deliciosas y unas charlas finales muy divertidas. Quedamos para el otro día volver a encontrarnos por la mañana para ir a visitar un orfanato, pero esta vez no de niños sino de animales. A ella y él les encantaban los animales y sabían de un orfanato que rescataba animales de la calle que quedaba cerca del pueblo. Como ellos tenían chofer quedamos en partir a la mañana para allá y pasar unas horas en el lugar. Así terminaba otro día en la ciudad que se estaba convirtiendo en mi favorita de toda Rajasthan.

Once en punto nos volvimos a encontrar en la esquina del centro donde habitaban los babas a unas cuadras de mi hotel, de ahí nos fuimos caminando hacia su hotel donde estaba esperando el chofer con el auto en marcha. Fuimos atravesando los caminos que se abrían paso entre los valles a la salida de la ciudad hasta llegar a un pueblo rural donde estaba el orfanato. Allí nos recibió uno de los ayudantes que nos llevó a pasear por todo el lugar y nos comentó cómo funcionaba todo. Básicamente era un hogar con fondos que venían desde Inglaterra y funcionaba para la comunidad rescatando animales en peligro de vida o que habían sufrido accidentes. Perros, gatos, burros, vacas y caballos, todo tipo de cuidados según diferentes necesidades de los animales se llevaban a cabo en el recinto, desde operaciones hasta cuidados primarios. El momento de locura fue cuando entramos a los caniles de los cachorros de meses de vida donde nos dejaron agarrarlos y jugar con ellos. Muy lindos esos cachorros bebes que se te trepaban por todo el cuerpo y no paraban de pedirte que los acaricies, nos hubiésemos quedado toda la tarde ahí pero tuvimos que seguir camino ya que la visita estaba por terminar. Después de ver a los gatos y presenciar los cuidados de unas cabras que estaban en la sala de urgencias, nos dijeron que había muchos trabajos ese día y no nos podíamos quedar. Lamentablemente la visita fue express y pese a que Rachel y Mark querían cooperar con alguna urgencia o cuidado, nos tuvimos que volver a la ciudad después de la visita sin más tiempo. Yo no tenía mucho tiempo ya que a la tarde me tenía que tomar el colectivo a Ajmer y de ahí arrancar la travesía en tren a través del país, pero aprovechamos el tiempo que tenía de sobra para volver al mercado e ir a almorzar algo. Nos quedamos al final toda la tarde en un copado bar disfrutando de unos chai y escuchando buena música que estaban pasando.  Rachel se mandó una increíble pintura de un camello en una de las paredes que ofrecía el bar para pintar y estampamos la firma de los tres abajo. Y para sorpresa mía me vengo a encontrar con una frase firmada por el gran y famosos Sardi de la India. Un personaje este español que había dejado huella en cada lugar que había transitado, le mande un mensaje con la foto y nos cagamos de risa de la coincidencia. Llegaba el momento de irme y no tenía ganas de arrancar, no por no querer continuar con el viaje sino porque el espíritu de Pushkar había conquistado mi corazón, un lugar fascinante del que no me quería ir y el cual había dejado huellas en mi mente. Pero también entendía que el camino seguía adelante y que el próximo destino iba a ser intenso también en las emociones y sentimientos. Llegaba la hora de recorrer la famosa Varanasi. Me despedí de los chicos y corriendo llegue al hotel para juntar las mochilas y volver corriendo al colectivo que lo agarré en pleno movimiento. Llegué justo a horario a la estación de Ajmer donde miles de personas se encontraban esparcidas por el suelo y los andenes esperando los diferentes trenes. El bullicio y movimiento no cesaban en una noche que transformaba el aire templado en una fresca brisa nocturna. Afortunadamente a tiempo llegó la formación de vagones con el número correspondiente al tren que partiría a las diez con destino a Varanasi, inspire hondo, dejé que el cuerpo se relaje y ascendí al asiento seis de la formación 23 que sería mi hogar por las próximas 24 horas. Una aventura terminaba y una nueva comenzaba.

Varanasi Profunda

El cubículo en el que compartía cama con los demás compañeros de “cuarto” en el tren estaba completo, como así casi todo el tren, a mí me había tocado la cama de arriba y abajo tenía una familia entera más otros dos muchachos que estaban en las camas de enfrente. Por suerte esa noche no hacía tanto frío y las condiciones climáticas eran aceptables para pasar la noche. El trayecto que teníamos que recorrer por las vías era de un poco más de 1.100 kilómetros, cruzar así casi todo el país de oeste a este desde Rajasthan hasta el estado de Uttar Pradesh donde se encuentra la ciudad de Varanasi. Las casi 24 horas de viaje que teníamos por delante podían llegar a ser una aventura total con miles de contratiempos y anécdotas o un simple viaje largo atravesando estados y pueblos por toda la india con una compañía agradable. Uno nunca sabe que le depara en un viaje de estos por los trenes de la India. EL primer punto más que positivo fue que pude conciliar el sueño casi toda la noche, con la cabeza apoyada en la almohada escuchando un poco de música cerca de la medianoche, me dejé caer en un sueño profundo que se extendió hasta entradas horas de la mañana. Cuando amanecí y vi que eran casi las diez de la mañana me entró una felicidad absoluta en el cuerpo por haber logrado descansar bastante y ya tener la mitad del viaje consumido. El cielo se encontraba tapado de nubes y las brisas que entraban por las ventanas de los vagones refrescaban el ambiente haciendo de aire acondicionado natural. La formación de vagones atravesaba a gran velocidad pueblos, ciudades y pequeñas aldeas desde donde se podía ver a la gente realizando las tareas cotidianas de cada mañana en su rutinaria vida. En los campos se veía a la gente trabajando la tierra o sembrando todo tipo semillas, estos paisajes daban unas vistas espectaculares de la naturaleza. Cada vez que el tren paraba en una estación de tamaño considerable, se subían a los vagones como si fuesen hormigas cientos de vendedores ambulantes ofreciendo desde agua, samosas, snacks, maníes o paan para los viciosos. Yo de vez en cuando aprovechaba para saltar del vagón a estirar las piernas por un rato en cada parada y de paso comprarme algo de comida para ir matando el apetito. El menú constaba de lo poco que podía encontrar en los kioskos de las estaciones, papas fritas, pan, alguna que otra samosa y mucha agua. Con la cabeza apoyada en la ventana, con intervalos de sueño, sentado en la puerta del tren viendo los paisajes, o charlando con los compañeros de “cuarto”, así se pasó la otra mitad del día que se hizo lenta pero para nada tortuosa. Con la caída del sol y la llegada de la noche nos aproximábamos a destino, la ciudad de Varanasi me recibió en las primeras penumbras de la noche acompañado de un particular aroma suspendido en el aire que penetro en mis fosas nasales de forma intensa. Venía de un día largo y cansador, esta vez no tenía fuerzas para negociar con los tuk-tuk asique agarre el primero que se me cruzo y le di la dirección del guest house para que me llevase. Los días previos había hablado con Marce, un amigo mío del cole, que cuando había estado años atrás en Varanasi había conocido un chico hindú que le hizo todo el recorrido por la ciudad y lo llevo por todos lados. Me pasó el contacto y le había escrito el día anterior para ver si podía acompañarme en la recorrida estos días que iba a estar. No solo acepto, sino que también se ocupó de reservarme un guest house, que según él era el mejor ubicado y a un excelente precio. Asique confié en lo que este muchacho, Mowgli Kumar, me recomendó y para allí partí mi primera noche en la profunda Varanasi. El tuk-tuk me terminó dejando a unas diez cuadras del guest house que se encontraba al lado de un ghat sobre el Ganges asique tuve que ir con la mochila a cuestas atravesando toda una avenida principal hasta el lugar indicado. Tuve que preguntar varias veces ya que la calle se transformaba en pequeñas callecitas de piedras que se mezclaban como laberinto dentro de un barrio y si no hubiese sido por la ayuda de un paisano que me acompaño caminando hasta el lugar, probablemente hubiese estado hasta las 3 de la mañana buscando el guest house. El “hotel” se encontraba en un pasadizo en medio de unas angostas calles peatonales que suben y bajan por dentro del barrio, en esa zona no tienen acceso los vehículos y solo se puede recorrer el barrio caminando, atravesando esa jungla de cemento entre medio de casas, guests houses, comercios y templos. El complejo tenía cuatro pisos, el primero de recepción y lavadero, otros dos de habitaciones y el ultimo una terraza con la vista enfrente del Ganges. Tuve unos pequeños problemas para tomar la habitación ya que parecía que Mowgli se había olvidado de reservar mi cuarto pero lo llamé para que viniese y solucionase el tema. Después de hablar con el encargado y despejar algunos inconvenientes pude tener una habitación “standard”, que digamos era más bien un cubículo de pared y chapa con un baño y una cama doble con colchón de piedra. El aspecto era tétrico y parecía que iba a tener que convivir dentro con el ruido incesante de la calle y los ghats, los bichos que había por todos lados y un olor característico de la zona. Ya esa altura nada importaba, solo me apresuré a dejar las cosas en la habitación, darme una ducha para refrescarme de todo el viaje y subir a la terraza para degustar alguna comida para darle paso al sueño rápidamente. Quede con Mowgli encontrarme al otro día cerca de las diez de la mañana para comenzar el recorrido. Después me fui a la terraza y ordene uno nooddles con vegetales y un té chai para disfrutar lo que quedaba de la noche. La terraza estaba muy bien puesta con algunas mesas y sillones a los costados, estaba a cielo abierto pero recubierta con una reja en todos lados que impedía la entrada de aves o algún otro bicho. No se podía ver el Ganges porque la noche cubrió de oscuridad todo el horizonte pero se podía escuchar fuerte algunos fieles cantando y orando a altas horas, otras cuantas personas reunidas cerca del ghat y un fuego incesante que se elevaba a los cielos de ahí que supuse de que se trataba. El olor y la intensidad que se sentía en el aire era especial, una ciudad que nunca descansa, que nunca duerme, que aflora los sentidos como ninguna otra y que tenía el privilegio de recorrerla al día siguiente. Aplaqué la ansiedad mentalmente y me fui para el cuarto apenas terminé de comer a descansar y a juntar energías (físicas y mentales) para todo lo que se venía al día siguiente. Bienvenido a Varanasi.

La mañana siguiente desperté con la ruidosa actividad matutina que se estaba llevando a cabo alrededor del guest house, escuchaba campanas que se sacudían en los templos aledaños, gente caminando cantando u orando en hindi y el cantar de algunos pájaros que revoloteaban por ahí. Me cambié con ropa cómoda y suelta, la humedad estaba haciendo estragos por esos lados, y subí de nuevo a la terraza para disfrutar de mis clásicos desayunos hindúes. La imagen que tenía por delante me sacudió los pensamientos, ver el Ganges por primera vez es algo único, comparable a la primera bocanada de aire que inspiras cuando pisas la india por primera vez, un río que atraviesa la ciudad de punta a punta con una bruma sobre el agua que gravita constantemente suspendida a pocos centímetros. Con la vista fui recorriendo el trayecto del mismo desde un lado hacia el otro, las barcazas cruzaban a remo por el centro, sobre la orilla de la ciudad se veía gente dentro del agua o haciendo algún tipo oraciones y del otro lado de la orilla se extendía una gran llanura sin casi ninguna edificación o trazado urbano. Solo se podía contemplar como si fuese un manto de siembra de granos con unas colinas pintadas sobre el fondo que junto a la neblina y bruma que empezaba a disiparse por el aire daban un cuadro clásico de una de las vistas más características de la India. Mowgli llegó a tiempo para acompañarme con un té chai y después de charlar un poco de cada uno nos fuimos directo a la primera parada. Y que mejor para empezar a vivir el espíritu y esencia de esta ciudad que comenzar por el burning ghat más importante de toda la ciudad, Manikarnika Ghat. Solo nos llevó caminar cerca de 150 metros para acceder al ghat de mayor importancia en todo Varanasi, sin previo aviso ni acostumbramiento del lugar nos frenamos en uno de los costados del ghat donde ya se estaban llevando a cabo varias cremaciones. Parados sobre una esquina, el pequeño Mowgli de metro sesenta con unos intensos ojos marrones, pelo oscuro y una tez curtida por la vida, comenzó a explicarme como se llevaba a cabo el ritual de las cremaciones desde que la persona moría hasta que terminaba en cenizas dentro del río, todo en cuestión de horas. Mi mirada se posó en toda la escena que estaba viendo delante que ni siquiera se parecía a una película sino que era algo shockeante que nunca en la vida me imagine de ver, mientras Mowgli seguía hablando no le podía prestar atención porque mi mente estaba en estado de shock, bloqueada, sorprendida, atónita, pasmada. Paff#Pum#Splash#Crack#Pom#Bam#BOOOOMMM sentí una bofeteada a mi cabeza, mente y a la racionalidad que trataba de mantener en esos momentos mientras veía a cinco metros cuerpos desgranándose bajo el fuego. Tarde unos cinco minutos en volver en sí y salir de ese estado de asombro, le pedí perdón a Mowgli ya que no había escuchado absolutamente nada de lo que me estaba contando y le pedí que vuelva a empezar por favor. El hinduismo cree en la reencarnación por lo que la muerte lejos de ser motivo de tristeza lo debe ser de alegría ya que es la puerta a una nueva vida, ese es el primer concepto que hay que entender de este ritual. Una nueva vida que dependerá de nuestro comportamiento en nuestra vida actual, lo que dará buen o mal karma. El cuerpo se lleva a hombros cubierto de túnicas de tonos naranja y brillante y flores al crematorio mientras el cortejo fúnebre canta un himno en honor al muero. Ya en el crematorio el cuerpo se sumerge en el río Ganges tres veces para purificarlo antes de ser incinerado. Para la cremación se utilizan unos 300Kg de leña con los que se forma una pila en la que se sitúa el cuerpo que después también se cubre con leña a la que se añade madera de sándalo para dar buen olor. Si quien ha muerto es un hombre, el encargado de prender el fuego es el hijo mayor, si es una mujer es el hijo menor o el marido. En cualquiera de los casos, el responsable se debe afeitar la cabeza dejándose sólo un pequeño mechón en la parte de atrás y cambiar sus ropas por una túnica blanca. Entonces se debe acercar al lugar donde se encuentra la llama viva sagrada que prende en el crematorio desde hace miles de años, cuando Vishnu lo encendió, con la cual prenderá la pila de leña que consumirá el cuerpo en unas tres o cuatro horas. No obstante, la incineración no suele ser completa y las caderas y la caja torácica se conservan por lo que se compactan y se arrojan al rio junto con las cenizas. Los cuerpos se incineran habitualmente con joyas y otros objetos preciosos por lo que los responsables del crematorio al arrojar las cenizas al rio las batean cual buscadores de oro y esas joyas sirven para pagar la leña de quienes no pueden pagarla. No todos los hindúes se incineran y no lo hacen por varios motivos. Primero como avanzaba antes, quienes no pueden pagar la leña, son arrojados al rio sin incinerar, pero obviamente, su llegada al Nirvana y posterior reencarnación se retrasa. En segundo lugar, las mujeres embarazadas, los niños, los fallecidos por picadura de una cobra, los enfermos de varicela y los leprosos, a los cuales se considera ya puros por su condición o por el sufrimiento anterior a su muerte no requieren ser incinerados. En su caso el cuerpo es arrojado al río con una piedra atada que ayuda a que se hunda el cuerpo. Otro aspecto curioso y con motivos diversos es que a los funerales sólo asisten hombres. Siendo la muerte motivo de alegría no se debe llorar en los funerales y a las mujeres se las considera demasiado emocionales y sensibles por lo que no se las permite asistir. A los 10 días del funeral es costumbre que la familia celebre una fiesta que incluye un baño en el Ganges con todos los hombres con la cabeza afeitada incluso los niños. De la misma forma a los 3 meses, 6 meses y 1 año se hace otra celebración. Toda esta explicación la pudimos ir viendo paso a paso ya que un cuerpo de un hombre mayor había llegado junto a los hijos y familiares hombres que lo acompañaban y a medida que iban haciendo cada paso de la ceremonia Mowgli me lo iba comentado en detalle, en vivo y en directo. Sinceramente fue una de las cosas más espirituales y fuertes que viví en mi vida, como el hijo lavo al padre en el Ganges, prendió la pira con la llama sagrada y vi junto a los otros hombres arder el cuerpo hasta quedar hecho cenizas. A pesar de como dice la tradición que tiene que ser una festividad, algunos le daban la espalda al cuerpo y se les escapaban unas lágrimas entre sollozos. Y en lo que respecta a mí, toda esa escena junto con la cremación del cuerpo quedaron grabados en mi mente bajo fuego, hay que tomar un respeto muy grande y valoro absoluto frente a lo que estaba viendo para poder sumergirme en sus creencias y tradiciones. Una mezcla de sensaciones y sentimientos que me dieron vuelta en la cabeza por varios días. Después de una hora de estar en el ghat y ver diferentes ceremonias nos fuimos a recorrer toda la costa del río donde no solo hay ghats de cremación sino toda una vida misma de sagrada Varanasi junto al Ganges. La costa del río del lado de la ciudad tendrá unos dos o tres kilómetros, desde el mismo salen unos escalones que llevan a unas explanadas de cemento que recorren toda la extensión por donde la gente transita. Entre medio de estas aparecen algunos ghats que dan directos al agua, mini muelles para amarrar las barcazas y salidas a las calles. Las murallas sobre las cuales están las edificaciones se levantan a varios metros de altura sobre el nivel del río, la razón es debido a que siglos atrás el caudal del Ganges estaba entre unos cinco y diez metros por arriba, pero año a año está perdiendo volumen y las orillas se van retrasando. Sobre estas murallas de color piedra se pueden ver los antiguos palacetes hoy convertidos en hoteles o conventillos, las puntas de algunos templos que se erigen y varios complejos de viviendas donde los habitantes tienen el privilegio de la mejor vista al río. Caminamos toda la extensión del Ganges de punta a punta, Mowgli me fue contando toda la historia de la ciudad, como de los lugares sagrados de la misma como también un poco de su vida y su familia. Su padre había fallecido hace poco y el con solo veinte años tuvo que llevar a cabo la ceremonia y posterior cremación. El principal shock mío no es en sí por la muerte, porque creo que es un paso más de la vida en la que hay que afrontarla con felicidad, sino más bien la simbología que los hindúes le dan a la ceremonia, la cremación y a la reencarnación del espíritu. Y sin lugar a dudas ver el Ganges, siendo el río con más contaminación del mundo (99%) y todo lo que pasa día a día allí es muy fuerte. De camino pasamos por otros dos crematorios, uno era el del horno eléctrico donde no se veía la maquina pero si el humo que salía de la chimenea, y el otro un ghat de cremación normal pero con menos cuerpos y ceremonias. Lo impactante era ver a metros de estos ghats, a la gente bañándose como si nada, lavando la ropa o nadando como si fuese una piscina. Casi todo el pueblo lo hace regularmente todos los días, tres inmersiones al menos para quedar purificado por el río más sagrado de toda India. Es algo que me impresionaba pero que a la vez se me vino a la cabeza pensar de hacerlo y poder compartir su tradición también. No ese mismo día pero quizás otro. Cuando terminamos en uno de los extremos del río, nos adentramos por una avenida principal al centro de la ciudad, fuimos a recorrer un mercado y después llegamos hasta el Templo Sankat Mochan Hanuman, Dios personificado en un mono. Tuvimos que atravesar un parque hasta llegar al tempo central, donde cientos de monos andaban colgados por los árboles, techos, las cañerías o los patios. La gente compra dulces y los lleva en función de ofrenda para los animales y el Dios Hanuman, el brahmán hace las bendiciones pertinentes y la gente se queda orando por varios minutos sentada. Con Mowgli hicimos todo el proceso de ceremonia y tuvimos suerte que ningún mono nos atacase o nos robase algo de las manos, son más rápidos que los ladrones. A la salida nos tomamos un tuk-tuk, por suerte esta vez tenía un local conmigo por lo que no hacía falta negociar, y nos fuimos de nuevo para el centro de la ciudad. Lo gracioso fue que compartimos el tuk-tuk con otras tres personas y convencí al chofer de que me deje manejar, asique pude ir unas cuadras dándole gas al tuk-tuk con todos arriba gritando el nombre del lugar donde íbamos para sumar más gente. Se morían de risa todos y los indios que pasaban cerca del tuk-tuk me miraban como si fuese un loco. Cuando llegamos a la que sería el Corrientes y Santa Fe de Varanasi, nos bajamos en medio de una muchedumbre completamente loca que acaparaba todo el lugar entre autos, motos y peatones. Un caos total, bocinas por todos lados, policías gritando tratando de controlar el tránsito, carretas tiradas por bueyes llevando todo tipo de mercancías, las miles de motos esquivando todo lo que se les interponía en zigzag y los millones de peatones caminando por todos lados sin ningún sentido del orden. Mowgli me prometió llevarme al mejor lugar de samosas de Varanasi asique enfilamos camino para ahí. Tuvimos que atravesar todo un mercado en pleno comercio por unas calles de miniatura que se iban cambiando entre callejones, cortadas y pasadizos como si fuese una jungla de cemento. Así anduvimos por un rato hasta que llegamos a un pequeño local con un hombre sentado en el piso al lado de una sartén con aceite hirviendo y una bandeja de samosas crudas que la mujer le alcanzaba. Tendría 6 metros cuadrados el lugar y la puerta estaba colmada de gente. Más local que eso imposible. Compramos unas samosas pero toda la felicidad que tenía por probarlas se me fue al instante cuando me di cuenta que picaban como la mierda. La cara de Mowgli cuando me vio escupir el primer pedazo que comí era para guardarla de recuerdo, le explique que no me gustaba el picante a lo que estuvo pidiéndome por media hora perdón. Obviamente no había ningún problema, me fui a comprar algo al kiosko de al lado y dimos por concluido el almuerzo tardío. De camino al guest house paramos en unos templos más que estaban de camino, ocultos en algunas calles no transitadas del barrio. Caminar Varanasi es una revolución de los sentidos, un torbellino de olores y cosas que hay que sortear a medida que se va avanzando. Animales sueltos en calles donde no caben más de dos personas y que tenes que pasar pegado a una pared y a los cuernos de un buey para seguir camino, vacas haciendo sus necesidades en plena calle sin nadie que siquiera las toque, cabras deambulando por todos lados y un centenar de perros callejeros en busca de algún pedazo de carne. Los olores nauseabundos te perforan el olfato y para caminar las calles tenes que estar más que atento a los huecos o baches que hay por todos lados. Y sí, así y todo, para mí era fascinante estar ahí viviendo todo eso, sintiendo todo a flor de piel absorbiendo lo bueno y lo malo de la ciudad, lo lindo y lo feo, lo espiritual y lo incontrolable. Así en Varanasi, Benarés en su nombre hindú. Cuando volvimos cerca del ghat donde estaba el guest house nos encontramos con un amigo de Mowgli que estaba con una pareja de españoles a la cual había llevado a pasear también. Nos quedamos los cinco charlando, fumando unos cigarrillos armados que tenían y disfrutando de la vista del Ganges. La noche estaba por caer y el ritmo de la ciudad empezaba a apaciguarse de a poco, las llamaradas de humo seguían elevándose desde todos los puntos del río y la bruma volvía a descender sobre las aguas. Mowgli nos comentó que estaba estudiando para aprender aromaterapia y esencias, tenía un trabajo en un local donde vendían aceites artesanales asique le dijimos de ir para allá ya que los españoles justo querían comprar. Nos quedamos como dos horas en una habitación dentro de una casa entre medio de unos callejones cerca del río, donde el profesor y jefe de Mowgli tenía cientos de frascos y botellas con las más increíbles esencias y aromas de toda la india. Llevaban a cabo la producción en una fábrica a las afueras de la ciudad, y usaban los productos para aprender y vender al mismo tiempo. Nos sirvieron infinidad de exquisitos te chai con masala mientras que Mowgli nos daba una lección de cada esencia, su elaboración, mezcla de productos y composición. Estuvo muy divertido e interesante aprender sobre esos aceites, yo termine comprando dos pequeñas botellitas para regalar y la pareja de españoles varias esencias diferentes y una botella grande de aceite para masajes. Era turno de separarme de mi ya amigo Mowgli por unas horas, me despedí de los chicos también para irme al hotel. Quedé con el amigo de Mowgli hacer la excursión en una barcaza por el Ganges al amanecer al día siguiente, atracción infaltable, y también acordamos con los chicos ir a recorrer por la tarde Sarnath, la ciudad Budista de Varanasi. Extenuado mental y físicamente llegué al cuarto, me pegué una ducha para despojarme un poco de la ciudad que tenía impregnada en el cuerpo y me fui para la terraza nuevamente a comer un delicioso y nutritivo dhal mientrás charlaba con la gente del hotel y los turistas que andaban por ahí. Me costó conciliar el sueño, las imágenes me seguían dando vuelta por la cabeza y todo era intenso, pero emocionante, de procesar. A relajar la cabeza por unas horas.

Cinco y media fue la hora pactada de encuentro para comenzar la travesía por el rio Ganges. Nos encontramos en un puestito chai en la entrada del ghat con el amigo de Mowgli, después de tomar unos tés nos dirigimos a las barcazas desde donde comenzaría el paseo. A esa hora era poco el movimiento que se llevaba a cabo en el ghat pero todavía había algunas ultimas cenizas esparcidas por el suelo con el fuego consumiéndose y la llama sagrada siempre encendida. Un chico de unos 17 años y buen porte me recibió dentro de la barcaza para zarpar sin más preámbulos a puro remo dentro del río. Se veía las primeras líneas celestes sobre el horizonte que anunciaban la llegada del dáa pero aun así el cielo estaba cubierto por una espesa noche nublada que no daba respiro. Fuimos yendo despacio bordeando la orilla desde el río para ir viendo todo lo que sucedía alrededor y tener mayor cercanía de las cosas. Algunas barcazas empezaban a salir con algunos locales y otras mucho más grandes con varios turista a bordo. Desde cada pequeño ghat pude ver algunas escazas llamas consumiéndose y grandes barcos descargando miles de kilos de leña sobre los crematorios, a unos metros te encontrabas con gente que llegaba al río para realizar sus baños correspondientes o mujeres con sus hijos lavando la ropa. Es increíblemente fascinante ver como todo acontece de manera simultánea, esa intrépida vida cotidiana que llevan los hindúes en esta ciudad donde todo parece una locura completamente ordenada y normal. Desde unos altoparlantes comenzaban las oraciones matutinas mientras los fieles se acercaban a la orilla para hacer las persignaciones o ceremonias que acogían a los Dioses en el despertar del día, algunos brahmanes andaban cargando inciensos con flores esparciéndolos por las cabezas de los fieles que asistían a tempranas horas de la mañana. Con el alba despuntando en el cielo, pasamos por un gran centro de yoga donde todos los estudiantes estaban acostados sobre la explanada haciendo los ejercicios pertinentes dándole la bienvenida al sol y a un nuevo día. La religión, las tradiciones, el misticismo, todo se conjugaba en este increíble lugar recóndito en el medio de la India, los más profundo de la cultura hindú queda impregnado a paso que veía sobre la orilla desde la barcaza. Y como si toda esa escena no fuese suficientemente impactante, por detrás de los valles en el horizonte empezó a elevarse una bola perfectamente redonda con una aureola amarilla que se reflejaba por la neblina que se elevaba desde el suelo, una simbiosis del paisaje y escenas que se estaban llevando a cabo que te dejaban absorto. Con la cámara intentaba retratar y filmar todo lo que acontecía alrededor pero las sensaciones y emociones que viví en ese momento ni hay forma de mantenerlas en algún dispositivo, solo quedan arraigadas al corazón y a la mente por toda la vida. Son esas experiencias de las que no te olvidas nunca, todo ese recorrido, remada por remada, era una pequeña escena de una gran película que viví durante una hora y media a través de un Amanecer en el Ganges. Le di descanso al chico que estaba un poco extenuado y me puse a remar yo por un rato. A medida que el día iba ganando la batalla de la claridad, cientos de personas seguían acercándose a la orilla del río mientras algunos se tiraban de cabeza a nadar (pasando por al lado de la barcaza) otros seguían bañándose enjabonados enteros, las mujeres tendían las grandes sabanas a sacarse sobre las paredes y las ceremonias continuaban incesantemente. Volvimos al punto de partida donde me encontré nuevamente con varias ceremonias de cremación llevándose a cabo simultáneamente, los empleados del lugar revolviendo la tierra del río con un tamiz en busca de joyas, y otros tantos descargando sobre sus lomos miles de kilos de leña que serían consumidos ese mismo día. Ya había visto suficiente y eran recién las siete de la mañana. Volví al hotel pero no me pude dormir asique me quede en la terraza desayunando, escribiendo y contemplando el Ganges por varias horas, absorto de todo lo que había visto. A las once habíamos quedado con la pareja española y Mowgli, encontrarnos en la terraza para dirigirnos hacia Sarnath, que quedaba a una hora en las afueras de la ciudad. Ésta es una de las cuatro ciudades santas del budismo, siendo el lugar histórico donde Buda por primera vez predicó el budismo, dando nacimiento al Dharma, y cuna de la primera comunidad budista, dando nacimiento a la Sangha. Tenía muchas expectativas y ganas de conocer más acerca de los templos que había en esta ciudad y el espíritu que se respiraba en la misma, completamente diferente al de Varanasi. Durante el trayecto en tuk-tuk, fuimos conversando los cuatro de diferentes temas y preguntándole a Mowgli infinidades de cosas acerca de la India. Muy estudioso y preparado sabía de todo, no solo de Varanasi, y nos fue contestando todas las preguntas con una gentil sonrisa. Cuando llegamos a esta localidad mágicamente el aire y la intensidad en la misma se percibía con una calma sin igual. Parecía que habíamos volado de la India a Nepal, pero no, solo nos habíamos alejado unos kilómetros de la hiperquinetica Varanasi para adentrarnos en la calma Sarnath. En la calle transitaban pocos vehículos, casi no se escuchaban ruidos y todo se llevaba a cabo de una forma armoniosa. Paramos a visitar los primeros tres templos budistas, uno Chino, uno Tibetano y otro Japonés. Cada uno con sus diferentes arquitecturas y decoraciones, arrojaron un manto de paz hacia las emociones y nos brindamos en armonía para recorrerlos y disfrutar de su placido ambiente.  En cada uno las figuras del buda se realzaban con su cadenciosa imagen que irradiaba paz y tranquilidad, me quedé meditando unos largos minutos en cada uno sumido en el silencio que necesitaba un poco para relajar el cuerpo y los sentidos. Antes de llegar al templo principal, paramos en un chiringuito por una hora a tomar unos tés y comer algo. Luego nos pasó a buscar Mowgli que estaba esperando con el conductor y nos llevó al famoso Templo Dhamek Stupa, conocido por ser el lugar donde Buda dio su primer discurso a sus cinco discípulos después de alcanzar la iluminación. La stupa o estupa es una torre cilíndrica de arquitectura típica budista que se utiliza para guardar las remanencias o reliquias de los antiguos budas y hombres sagrados. Ésta fue construida durante los primeros siglos después de cristo y permaneció por centenares de años albergando la masa de peregrinos y monjes que acudían a la misma por devoción. Se amplió en numerosas veces pero después de guerras y colonizaciones, hoy en día queda la stupa principal erguida y lo demás está bajo ruinas y enormes jardines parquizados. Este lugar recibe millones de visita de fieles y turistas diariamente que se acercan para rendir sus ofrendas, orar, hacer las plegarias o llevar a cabo actividades de culto. Vimos muchos monjes con grupo de budistas dando charlas alrededor de las inmediaciones y hablando sobre las enseñanzas del Buda. Un clima de paz se irradiaba por todos lados y en lo que a mí respecta feliz por estar en el entorno que siento más conectado con mi forma de pensar. Disfrutamos unas largas horas de lugar y las inmediaciones, aprovechando para descansar meditar o simplemente caminar dentro de todo el perímetro. Así nos pasamos la tarde recorriendo los diferentes templos y aprendiendo un poco más de otra corriente y filosofía de la vida, a mi entender la más contemplativa y armoniosa de todas las corrientes filosóficas o religiosas del mundo. La que inunda de paz y serenidad, de convicción hacia lo bueno y a disfrutar de las cosas simples de la vida. Y como mayor importancia a transitar el camino para encontrar la felicidad plena. Fue como un oasis de agua en medio del desierto, esas horas de paz en medio del excéntrico mundo hindú fueron como un respiro de aire. El mundo de la india y su cultura me fascina, pero también te atrapa en su círculo y es bueno escaparse un poco de su intensidad, equilibrio como todo en la vida. La vuelta para la ciudad fue caótica debido a que el transito estaba desbordado, no podíamos hace diez metros que ya se trababa todo y las bocinas tomaban el control de la noche. Tratábamos de encontrarle el lado gracioso o divertido al asunto pero después de una hora y media de atasco el tema se puso un poco denso. Nos terminamos bajando antes y caminamos unas largas cuadras hasta el hotel. Me despedí de la pareja de españoles, muy macanudos, y con Mowgli quedamos en encontrarnos al día siguiente para ir a recorrer un templo más y dar por finalizada la visita. Era la última noche en la India y ya sentía la tristeza por tener que dejar pronto este país que se había filtrado en la sangre de mis venas y que no quería dejarlo ir. Antes de llegar para terminar brindando, paramos en la clásica Blue Lassi, que hacen desde hace más de 50 años los mejores batidos de yogures con frutas y helados de toda la región. Brindamos los cuatro por los buenos días que habíamos pasado y la impresionante experiencia de haber conocido Varanasi de la mano de Mowgli, su amigo y todo lo aprendido. Por la noche mientras estaba cenando en la terraza se me aparecieron de vuelta los dos en el hotel, nos quedamos charlando con la gente de ahí fumando unos cigarrillos hindúes y charlando de la vida. Repasando en mi caso todo lo que había vivido estos casi dos meses recorriendo India de norte a sur, de oeste a este, nostálgico por tener que abandonar un país que amo pero a sabiendas de que ya estaba dentro mío para siempre, lugar que nunca dejaré de visitar. Llegaba el momento de poner por última vez mi cabeza sobre la almohada en tierra hindú, descansar lo que podía ya que tenía un largo viaje por delante. Partía por la tarde de Varanasi a Bangkok con escala de ocho horas para tomar otro avión que me llevase al mágico Hong Kong. La montaña rusa seguía dando vueltas en mi cabeza y la mezcla de emociones se apoderó de mi cuerpo la última noche no dejándome pegar un ojo.

A veces el cuerpo se expresa por sí mismo, y como una forma de repeler mi salida de la India, ese miércoles 25 de Noviembre amanecí con un dolor de cabeza que se me partía. Le dije a Mowgli que suspendía la visita del templo y después de dejar la habitación me quedé tirado en los sillones de la terraza dejando pasar el tiempo. Me pase la mañana acostado tratando de que el dolor se me vaya, procesando todo lo que había vivido con la sensación de no querer irme y no saber todo lo que se venía por delante en unos países completamente diferentes al que estaba. Sabía que tenía que seguir adelante pero todo lo que había pasado ya estaba atesorado en mi disco rígido interno. Después del mediodía con la compañía de Mowgli por última vez, fuimos caminando hasta la avenida principal donde me consiguió un tuk-tuk que me llevase hasta el aeropuerto. Le di un gran abrazo agradeciéndole todo lo que me había acompañado, enseñado y vivido en Varanasi, le regalé una camiseta de Argentina y una considerable propina por lo que me ayudó. Hora y media tardó el viejito que manejaba el tuk-tuk en cruzar la ciudad y llevarme al aeropuerto, hora y media que me la pasé recordando cada momento dentro de ese país y toda la gente que había pasado por mi camino, compartiendo, enseñándome, ayudándome, abriéndome las puertas de su casa y disfrutando conmigo. No tenía palabras ni formas de agradecer todo lo que había vivido, India ya estaba tatuada en mi corazón y es como mi segundo hogar. Lugar al que espero volver siempre y nunca dejar de relacionarme con esos intensos y adorables seres humanos que la habitan. La cara arrugada del viejito del tuk-tuk, marcada por una vida sacrificada y austera, fue el último rostro que quedó grabado en mi memoria de mi paso por india. Este país es así, una vez que te conquista no te deja ir. De emociones fuertes, sentidos amplificados en su máxima expresión, ciudades que no descansan, templos por doquier, gente inmensamente amable y bondadosa, ruidosa, bulliciosa, penetrante, inquieta, agresiva, a veces violenta, religiosa y llena de tradiciones, mística, todo esto en conjunto hace a la INDIA. Por eso cuando a la gente le cuento de la india y lo primero que me preguntan es: Hay muchos pobres no? La pobreza es lo último que se me viene a la cabeza cuando hablo de la India, es un mundo mágico en el cual si te dejas sumergir y absorber podés descubrir las cosas más maravillosas y experiencias que nunca olvidarás.

“En la India para ganar, primero hay que rendirse”

 

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