KM 67.674 HONG KONG – HANOI – SA PA – HA LONG BAY – PHONG NA – HUE – HOI AN – DA LAT – HO CHI MINH

Sentado en el aeropuerto de Varanasi aquella tarde de miércoles esperando el primer vuelo me quede pensando en la cantidad de emociones fuertes que había vivido en los últimos meses. Torbellino de imágenes, caras, situaciones, anécdotas y sobretodo personas se me venían a la cabeza como rayos en medio de una tormenta eléctrica. Trate de cerrar los ojos y relajarme en aquella silenciosa sala de embarque, pero ni la calma del lugar en el que estaba rodeado de monjes budistas pudo aplacar mi tempestad mental. Algún que otro pensamiento me hacía sonreír o me deslizaba una pequeña lagrima sobre mis ojos, momentos intensos que irrumpieron en mi cuerpo erizando la piel y sonrisas cómplices de la gente que me ayudo en este camino que atesoro en mi corazón perpetuaron los últimos minutos antes de abordar el avión. A la vez que toda esta última aventura de la india iba llegando a su fin, la llama de la aventura olímpica se mantenía encendida por la nueva exquisita tarea de vivir en una libertad plena, encarando nuevos destinos con nuevas historias por vivir sin tener ningún impedimento en el medio. Muchas veces miro para atrás y pienso en todo el río que paso por debajo del puente mientras me pregunto: ¿Como hice todo esto hasta ahora? Y mi mente me lleva de regreso a la base desde donde comienzan todos los sueños, con un primer pequeño paso, cada kilómetro construido paso a paso hacia donde uno quiere llevar sus sueños y anhelos. Con esmero, felicidad, valentía, coraje, humildad y sobretodo siendo agradecido a la vida, cada paso termina construyendo ese camino como hoja de ruta que atraviesa los senderos para continuar con la meta de cada uno, en mi caso dar la vuelta al mundo. Me senté en el avión con dos monjes budistas tailandeses a mis costados, premonición de la calma que necesitaba en ese momento para volver al ruedo en un costado del mundo que nunca había transitado y en donde iba a atravesar por nuevas culturas, tradiciones y religiones, como siempre caminando con la esponja en la mochila para absorber todo lo que cada día me iba a brindar para mi intelecto universal. Nuevamente a hacerse cargo de esa tarea tan difícil de llevar a cabo como es tratar de desapegarse del pasado para concentrarse en el presente, no por el hecho de olvidar lo que había vivido en la india junto a las personas que me acompañaron, sino por focalizarme en el hoy y en lo que venía por delante como si en un abrir y cerrar de ojos todo lo que había vivido los últimos dos meses quedaban en el recuerdo en lo más profundo de mi ser. El avión de Thai Airlines llegó cerca de las diez de la noche al impresionante aeropuerto de Bangkok, una de las ciudades que recibe más visitantes por año en todo el mundo. Kilómetros de extensión e interminables mangas de aviones se abrían paso en este aeropuerto que recibe millones de visitas, tenía una parada establecida de ocho horas hasta tomar nuevamente el próximo avión que me llevase a Hong Kong. Luego de pasar migraciones averigüé como ir y volver a la ciudad, pero los transportes públicos cerraban a la noche e iba a estar muy ajustado de tiempo para ir y venir al centro. En cambio, me quede cenando tranquilo en el patio de comidas mientras descansaba la mente y la cabeza. Mientras el ritmo de movimiento iba disminuyendo llegando la madrugada, así también se fueron apaciguando los pensamientos y la ansiedad que me había golpeado aquella tarde.  Cuando termino una etapa del viaje para empezar otra o después de experiencias fuertes en las que comparte momentos únicos con gente como fueron en la india, me invadía una sensación de melancolía, de vació y miedo. Es difícil explicar que es, podría decir que el cuerpo se siente despojado de un lugar del cual perteneció por un tiempo, ligado a gente y a emociones que lo hicieron vibrar de emoción y de vida, aturdido por otra partida hacia la incertidumbre de lo desconocido. Una contradictoria mezcla de éxtasis por esa adicción frente a los nuevos desafíos que le permite esa libertad de andar girando por el mundo y a la vez, esa tristeza por no estar arraigado hacia algo, como si eso representase algo de “seguridad”.  Una dicotomía que se presenta en la mente y se exterioriza por las sensaciones que se producen dentro del cuerpo, llevándolo a uno a aprender a lidiar con esto como si fuese otro aprendizaje que la vida te pone en el camino para vivir, para sentirte vivo. Como siempre hago, trato de llevar todo al plano de la reflexión y del aprendizaje, entendiendo que todo pasa por algo a la vez que uno puede tomar el curso de las acciones para aprender de ellas mientras se va viviendo este increíble cortometraje que mundanamente llamamos vida. Y si hay algo que siempre me gusta hacer es volver a las bases cuando el mar está inquieto y las aguas difíciles de controlar, pensar en familia recordando todos aquellos rostros que componen parte de mi ser también y me acompañan con el pensamiento a miles de kilómetros. Saber que mi felicidad es la suya y viceversa, vivenciar, aunque sea con el recuerdo a mis sobrinos que se robaron una parte enorme de mi corazón y que me hicieron descubrir facetas impresionantes de la vida. Pensar también en todos los amigos que incondicionalmente están a mi lado y transitan la vida junto a mí, aprendiendo, creciendo, riendo, jugando y madurando la vida juntos. Son mimos que uno se autoimpone mentalmente cuando las tinieblas del miedo y la soledad azotan los vientos y uno se encuentra en medio de esa transición de emociones por la cual transita voluntariamente. Acéfalo de un patrón al cual seguir o algún mandamiento que indique la solución a tomar frente a este licuado de emociones que se absorbe como brebaje de libertinaje, la mente siempre trata de volver a las raíces para encontrar en ellas un refugio. Un refugio que siempre estará conmigo así sea en la distancia o la proximidad, en la alegría o en la tristeza, en la prosperidad o adversidad. La gente que uno quiere.

Una buena sopa con noddles y vegetales aplacaron el hambre que habían generado mis pensamientos, y un buen té verde (horas habían pasado y ya extrañaba mis clásicos té chai) ayudaron a relajarme para transitar una noche dentro del aeropuerto. Me quedé sentado hasta que cerró el restaurante escuchando música y leyendo un poco, luego me fui hasta una de las filas de asientos donde dejé el equipaje y me puse cómodo. Me quedé escribiendo hasta entrada la madrugada donde me di cuenta que estaba inmerso en un silencio absoluto, aquel bullicioso aeropuerto estaba sumido en la tranquilidad de una madrugada húmeda y cálida, solo unas pocas horas de relajo antes de la acción nuevamente. Los sonidos de las aspiradores y lustradoras industriales comenzaron su sinfonía por los pasillos mientras que mis últimas energías se iban agotando como el cansancio de mis ojos. Me acosté como pude entre dos asientos con la mochila como almohada y la valija entrelazada en mi cuerpo para descansar un par de horas que me quedaban antes de abordar el nuevo vuelo. Antes de que mis parpados me llevasen a una oscuridad absoluta, una sonrisa se me dibujo en la cara como siempre me pasa cuando transito este torbellino de emociones y sentimientos. Es producto de la felicidad que tengo al atravesar este camino por más de que la cima todavía este por delante, y que todo miedo o incertidumbre a lo desconocido al fin y al cabo, es el propio motor que empuja este vehículo a través del pavimento. No hay nada mejor que entablar una estrecha la relación entre el miedo y uno, un increíble vinculo de aprendizaje y crecimiento. Que se vengan estos nuevos kilómetros de Asia y sus fascinantes caminos por recorrer a través de sus infinitas carreteras de vida.

 Hong Kong al cielo

Despegue un jueves nublado de Bangkok en dirección directa a China, a su estado económicamente independiente del sur llamado Hong Kong. Me subí a bordo por primera vez en el avión comercial más grande del mundo, un A380 de la aerolínea Thai Airlines de dos pisos que se elevó como un gigante entre los cielos. El servicio durante el vuelo fue de primera calidad pese a mi ticket de turista y las escazas horas de vuelo me sumieron en un profundo relajo y disfrute. Una vez aterrizado en el majestuoso aeropuerto de la ciudad, con sus tecnológicas instalaciones y diseño, me fui directamente hacia la estación de buses desde donde partía el colectivo que me llevase a la ciudad para arribar al hostel que habíamos reservado con Lucas. Lucas es un amigo y compañero de la maestría que cursó conmigo allá por el año 2012. De origen brasilero y espíritu trotamundos, se fue desde chico a viajar por el mundo desarrollando su intelecto y carrera profesional en diferentes países. Pasó por unos años en Londres, se fue a recorrer el sudeste asiático, aterrizó en Buenos Aires para trabajar como manager en una empresa de uno de los holdings más importantes del mundo. Allí fue cuando conocí este divertido e interesante ser humano con un desarrollo personal tremendo y una forma de ser particular, ácida inteligencia, que con sus aportes y aventuras dentro como fuera del aula nos hacía divertir. Auto desafiante y sin miedos, decidió dejar el curso a medio terminar y embarcarse en otra etapa de su vida que lo llevaría en primera instancia hacia Shanghái (dentro del mismo holding brasilero) para desarrollar la cadena de Burger King en aquel país y luego de un par de años lo trasladaron a Guanzhou, al sur de china, para que diríjase la producción de las fábricas de productos Heinz. Le había dicho que si en algún momento pisaba China le avisaba para encontrarnos y así fue, pusimos como punto en común Hong Kong ya que en mi caso no necesitaba visa de entrada y era un destino excéntrico por conocer que tenía. Reservamos un hostel en plena ciudad para tener buen acceso a todos lugares y aprovechar al máximo el fin de semana que íbamos a estar juntos. Yo había llegado el jueves pero él no se podía sumar hasta el viernes a la tarde, asique tenía un día por delante para acomodarme en un nuevo terreno que imponía nuevos descubrimientos étnicos y urbanos en la mística e inigualable China. Aturdido todavía por la escala y el largo viaje que había comenzado 16 horas atrás, me fui sumiendo en el trayecto de ida en una profunda quietud que dominaba mi cuerpo y un cansancio mental que me hizo bajar los niveles. El bus avanzaba por una carretera de trafico moderado, que se iba abriendo paso entre algunas colinas conectadas por inmensos puentes que cruzaban las aguas calmas del mar. Los primeros complejos de condominios se dibujaban sobre ambos lados de la ruta con grandes bloques habitacionales de poco diseño pero con mucha cantidad de departamentos albergados, señal clarísima de la imagen en cualquier ciudad de China. El camino siguió trazándose en esa línea de pavimento que se deslizaba por entre las colinas verdes que se elevaban del agua, los grandes puentes colgantes y un cielo nublado que contrastaba con el agua verdosa cristalina que recorría los mares. Por último y como antesala del impactante centro urbano, pude divisar uno de los puertos más grandes que haya visto en mi vida. Decenas, centenas, millares de conteiner apilados a ambos lados del puente por el que transitaba con las interminables grúas que se alzaban entre el paisaje para mover y deslizar esos infinitos rectángulos de colores que comercian millones de artículos diarios entre los océanos. Barcos de carga transatlánticos amarrados al puerto que parecían de juguete desde la altura donde atravesábamos con el bus pero que en sí eran colosos de miles de toneladas de tamaños impresionantes. Pegado a la ventanilla me quedé fascinado por todo lo que pasaba por delante, donde el asombro le pudo más a mi cansancio y me dejó estupefacto frente a las nuevas dimensiones que mi cabeza absorbía por primera vez. Al tomar la última curva que nos metió dentro de la isla donde propiamente se encuentra el centro urbano de Hong Kong, una maraña de rascacielos se dibujó sobre la base de la colina a orillas del mar para explotar mi imaginación por completo, sin dudas había llegado a la China.

Atravesamos por una avenida principal toda la ciudad hasta la última salida donde me tenía que bajar, Causeway Bay, no me alcanzaba girar el cuello para pegar mi cabeza a la ventana y ver hasta donde llegaban las edificaciones que poblaban cada centímetro de vereda en las calles. La parada donde me tenía que bajar resultó ser una intersección de avenidas principales, al estilo Corrientes y Callao, donde el ruido me apabulló por completo como una sacudida cuando pisé la calle. Todavía aturdido como sin entender a donde había llegado, seguí las direcciones que tenía de la reserva para llegar al hostel a unas cuadras de ahí. Hice el check in sin problemas y me fui a una habitación compartida donde iba a pasar la primera noche, me pegué un baño (más que necesario a esa altura) y como si me hubiese sacado una mochila de plomo de la espalda el cuerpo se me sumió en un incontrolable relajo. Casi no había dormido en el aeropuerto de Bangkok y hacía un día entero que estaba viajando, el cuerpo y la mente necesitaban descansar para activar nuevamente. Me metí en la cama sin dudar y me dormí plácidamente por unas tres horas hasta entrada la tarde. Me desperté después de un sueño profundo, confundido como me pasó muchas veces durante el viaje, atrapado en una nube de incertidumbre sobre donde estaba, con quien o haciendo qué. Solo dura unos segundos el desconcierto, pero la sensación es de estar perdido en un lugar que uno no sabe cómo llegó ni porqué está ahí. Cuando recobré la conciencia, me volví a cambiar y emprendí una vez más como en tantas ciudades lo he hecho, mi “caminata ciega”. Recorrer las calles de la ciudad sin sentido, sin mapa, sin preguntar, sin horario, sin guía, solo dejándome llevar por lo que cada segundo me llama a hacer y dejándome atrapar por todo lo que se me cruza por el camino. Me di cuenta que el hostel estaba a solo unas cuadras de la costa asique tomé dirección hacia allí y me fui a caminar bordeando toda la costanera de una punta a la otra. Hong Kong principalmente está dividida en dos grandes islas, Hong Kong y Kowloon, además de otras islas que quedan a las afueras como “suburbios” de la capital. Casi toda el área que bordeaba el mar estaba tapeada por carteles y rejas ya que dentro se estaba llevando a cabo, en lo que parecía, una obra de infraestructura sin precedente. Después de unas cuadras pude ver que había demolido todos los terrenos linderos al mar y estaban llevando a cabo una refacción total de los espacios verdes, plazas y calles de ese lado de la costa. Del otro lado de la avenida los gigantes edificios se hacían paso en cada cuadra con alturas descomunales que te hacían torcer el cuello en 90° para poder observar el último piso. El transito avanzaba a paso lento por aquella zona y el parque automotor de dividía extrañamente entre la mayoría de autos lujosos, algunos autos de clase media y enormes cantidades de taxis de igual modelo y color, un Toyota rectangular rojo y blanco de los años 90. Puentes como si fuesen avenidas que se entrelazan dentro de la ciudad cruzaban por las alturas a unas cuadras y una particular forma de peatonalización hacía casi imposible caminar en línea recta. En varias intersecciones las calles te derivan a la mitad de cuadra desde la esquina para cruzar o te hacen subir a un puente peatonal que atraviesa las calles como si fuese una vereda. Todo esto para que casi no pueda haber gente cruzando por todas las calles debido a que el gran volumen de transeúntes haría del tránsito un caos. Mientras seguía avanzando a cada paso con el mente abierta de par en par absorbiendo todo lo que esta nueva ciudad tenía para darme, la caída de la tarde empezaba a calar frio en mi pecho que no estaba recubierto al haber salido en remera y short a pasear, ganas de volver al hostel no tenía asique seguí camino al andar. El primer edificio icónico de la ciudad que me dejó deslumbrado fue el centro de convenciones de Hong Kong que está apostado sobre una curva con vista al mar como si fuese una panza que sobresale de la línea costera hacia el agua. Este edificio fue terminado en 1998 donde llevó la cortina de vidrio más grande del mundo en su momento. Algunos turistas, obviamente asiáticos, estaban sacándose fotos en la flor que corona el edificio con algunas distinciones que obtuvo por su desarrollo y arquitectura, el reflejo del agua en el diseño del mismo daban una imagen perfectamente exquisita la vista. Lo que vino a continuación fue algo que me dejó simplemente atónito, un terreno parquizado con brillantes panes de césped verdoso intercalados con caminos de concreto donde la gente llevaba a cabo sus deportes al aire libre y unas islas a media altura con miradores hacia la bahía y la isla de enfrente. Todo este marco de espacio público aparecía como un pulmón abierto de lo que se abría paso a sus espaldas, rascacielos de tamaños inconmensurables elevándose hacia lo más alto del cielo con todo tipo de diseño y arquitectura que te dejaban con la boca abierta. Lo que más me shockeo no fue tanto la altura, aunque eran gigantes, sino más bien la cantidad en conjunto que había uno al lado del otro, gobernando el horizonte como macizos de cemento que cubrían todo el paisaje hacia la altura de la colina. Una vista 180° que comenzaba desde el centro de convenciones y recorría todos estos bloques irregulables de concreto que se dibujaban en la bella ciudad hasta el otro extremo coronado por el majestuoso y soberbio “IFC”. Me quedé sin habla parado en el centro del parque, contemplando lo que estaba viendo para tratar de dimensionar en mi cabeza la escala de infraestructura que tenía frente a mis ojos. Me llevó unos minutos salir del asombro y seguir caminando para llegar hasta este macizo de concreto. Este edificio fue completado en el 2003 con más de 88 plantas para alojar todas las instituciones financieras. Fui en dirección hacia allí para explorarlo un poco desde adentro y ver con que excentricidades me sorprendía. En la planta baja están las recepciones desde donde se accede a la torre para las oficinas de empresas, bancos, ministerios de gobierno y compañías que residen en sus pisos. La visita turística para ver las vistas panorámicas desde su altura era obviamente carísima asiqué la desistí desde un primer momento. Dentro del mismo complejo podes acceder a una sala de cines y a un shopping de tamaño importante donde se encuentran las marcas de lujos más grandes del mundo. Cada local era de tamaño extenso y los valores de las mercaderías que se exhibían no bajaban los miles de dólares. Alguna que otras tiendas de comida o café y electrónica como Apple me dieron un respiro para pasar un rato dentro del complejo mientras hacía tiempo. Una de las principales atracciones de la ciudad era un show de luces que se llevaba a las 8 de la noche y que era proyectado por todos los rascacielos en conjunto de la ciudad, logrando así un espectáculo nocturno de iluminación sin precedente. Pasé un rato más dentro del shopping donde también se accedía desde la estación de subte central y desde donde se tomaban los ferrys para cruzar de isla, una marea de gente a la hora de la salida laboral colmó los pasillos del lugar y el ritmo agitado parecía frenético por doquier. Como toda gran ciudad, y sobre todo en esta, la gente caminaba desconectada del mundo, conectada únicamente con el celular y con la prisa hacia donde los llevaba. Parecían hormigas transitando por una jungla de cemento, autómatas e impenetrables frente a todo lo que les pasaba a centímetros, solo girando en el mismo circulo vicioso de cada día de su rutina. Me llamó la atención y me dejó sorprendido, había pasado unos meses en tierras donde la conexión de las personas era lo primordial y en un cerrar de ojos estaba inmerso en una sociedad de carácter emocional evasivo. Pero sin ánimos de juzgar solo lo tomé como forma de sociedad en conjunto en la que se llevaba a cabo la vida en esas tierras, ya con la caída del sol por detrás de las densas nubes que poblaban el cielo, me dirigí de nuevo al parque a esperar la hora del comienzo del show. Me quedé en una terraza de césped y vidrio que hacía de balconcito mirando al mar, donde me acurruqué dentro de la remera para repararme del viento que azotaba los aires y el fresco que penetraba en mis pulmones. Cuando la oscuridad reinó la noche, me di cuenta mirando la otra isla de enfrente, la primera línea de edificios que también sobresalía del horizonte como columnas elevadas al cielo, iluminadas con todo su esplendor y hasta con paneles de imágenes de punta a punta. Antes de llegar la hora empecé a moverme en 360°, girando el cuerpo y la cabeza en un torbellino sensorial que se apoderaba de la vista por los semejantes bloques iluminados que escalaban a las nubes y sus brillosos contrastes con la densa noche que ya había tomado el cielo. De algunos se desprendían gigantes carteles luminosos con las iniciales de grandes compañías, otros con pantallas que colgaban desde hasta la mitad con publicidades o marcas de empresas haciendo promociones y algunos simplemente con sus ventanas iluminadas como un arbolito de navidad en plena resplandor. Nunca, pero nunca en mi vida había visto algo así o creía que iba a ver algo así, ni siquiera NY me había sorprendido como estaba en ese momento con sus torres. Un cielo estrellado con un mar entre medio de dos islas que se iluminaban brillando por sobre cualquier cosa, un juego de colores y contrastes que me dejó por varios minutos boquiabiertos. Al momento indicado, láseres y reflectores de los techos de los rascacielos empezaron a proyectarse al cielo y entre las nubes logrando un efecto mágico de luces intermitentes que se disparaban desde todos los ángulos en ambas islas. Me fui de vuelta caminando para el hostel con una extraña sensación de asombro, con el frío que todavía calaba por dentro pero maravillado por lo que acaba de presenciar. Recorriendo la avenida céntrica principal hasta el barrio donde me hospedaba, me fui topando con las primeras vivencias de la vida urbana de Hong Kong, los locales de comida abarrotados de gente, los puestos sobre la calle vendiendo comida, los edificios como pajareras repletas de departamentos hacia todos lados y una ciudad que parecía no dormir nunca. No podía ser otra manera de terminar la noche que, parando en un local de comida china con todos comensales locales, me tomé una exquisita sopa de verduras y comí unos fideos de arroz con pollo y caldo. Un respiro hacia el frío de la noche, una buena forma de terminar un agitado día en esta nueva atrapante ciudad. Hora de dormir y descansar, relajar la cabeza y procesar todos los cambios que se venían; nuevas sociedades, nuevas urbes, nuevos paradigmas, nuevas tradiciones, nuevas culturas, nuevas aventuras.

Amanecí con una placida sensación de relajo, el despertador había quedado apagado ya que tenía que recuperar fuerzas y horas de sueño. Cuando miré el reloj me di cuenta que había dormido unas doce horas de corrido y mi cuerpo agradecido hasta el cielo recobró todas las energías gastadas en los últimos días de viaje. Tomé un desayuno express en la recepción del hostel y me fui a dar unas vueltas para hacer tiempo hasta que llegase Lucas, la cálida mañana ameritaba un paseo por las inmediaciones del lugar en busca de nuevas sensaciones. A solo unas calles arriba hacia el centro, una intersección de cuatro esquinas marcaba el centro neurálgico de Causeway Bay, barrio donde me estaba hospedando, la característica del lugar predominaba por los grandes edificios de oficinas alrededor, imponentes shoppings mall y una de las estaciones de subte con mayor circulación. Al ser viernes la afluencia de gente que se movía para todos lados era mayor que la de cualquier día, los rayos del sol escurridizos se hacían paso entre los bloques de concreto para cubrir algunos espacios de la calle con su abrazo templado con un cielo azul de testigo que propiciaba una hermosa mañana.  Varias son las cosas que te llaman la atención en una ciudad asiática, por supuesto en primera medida la gran cantidad de personas girando alrededor de uno sin parar en todos los sentidos, en segundo lugar, fue ver la cantidad de comercios a la calle porcada cuadra y por ultimo algo no menor, la tecnología sensitiva en cada rincón. Pantallas de led colgantes, carteles luminosos, edificios inteligentes, millones de celulares y cámaras que dominan la voluntad perceptiva del ser humano en su vida cotidiana. Mientras avanzaba por las calles me abrumó ver la cantidad de locales de alta gama ofreciendo sus servicios y productos de manera fastuosa, ropa, relojes, autos, carteras, cosméticos, joyas, todas las cadenas consumistas que atan al hombre en su esclavitud capitalista se mostraban a merced de todos. Locales y más locales predominaban el paisaje urbano que se extendían por esas calles, mostrando en sus vidrieras la utopía del consumo con objetos de valores descomunales. Cientos, miles y millones de dólares eran exhibidos en solo algunas tiendas sobre algunas cuadras, Prada, Channel, Cartier, Rolex, Ferrari, Louis Vitton, Roll Royce, etc, etc, etc, solo pensar la proporción de dinero que se mueve en esa micro ciudad me sacudió de improvisto. Toda esa mezcla de vorágine urbana, consumismo, materialismo, dependencia tecnológica y esclavitud capitalista me hicieron marearme hasta que tuve que frenar. Me sentía aturdido, triste, desolado, con ganas de llorar. Me fui hasta un parque que estaba a unas cuadras de ahí y me quedé pensando que era lo que estaba sintiendo y por qué. No sentía que era hipócrita porque yo también me crié y viví en una ciudad donde lo material y el consumo predomina en la sociedad moderna, aunque no era tan explícito como lo que estaba viendo, tenía que ser algo más. Y la ficha que me cayó y entré en razón, fue el cambio abrupto que estaba viviendo mi mente y emociones al pasar después de dos meses de vivir en una cultura como la India donde lo predominante son las relaciones emocionales y el contacto con la gente a diario, a una cultura donde lo único que importa es cuánta plata llevas puesta encima y que ultimo celular tenés en tu bolsillo. Esa falta de sensibilidad hacia las personas que me rodeaban y el cariño recibido día tras día en esas tierras me generaban un fuerte contraste frente a lo que estaba viendo y el rechazo que me producía lo que veía. Y por sobre todo lo que más me entristeció fue tomar dimensión de la epidemia que está matando al mundo, la desigualdad de riqueza entre los seres humanos que habitamos esta tierra llamada planeta. Se me vino a la cabeza un razonamiento tan lógico como estúpido, el valor que veía en solo una vidriera con solo sumar algunos objetos era lo que quizás ganaban cientos de familias en la india en toda su vida. Son esas cachetas de realidad que te dan vuelta la cara de un bofetazo y te ponen los pensamientos en orden, como es que vivimos en un mundo así? Como es que algunos no tienen para comer todos los días y otros no saben qué hacer con la plata? Como es que un reloj puede valer lo mismo que el monto que gasta una escuela por año para educar a miles de chicos? Y el problema no es que no vea está realidad en mi país porque pasa, y mucho, sino que el golpe fue mucho más duro entre estas dos realidades vividas en menos de 48 horas. La realidad es que me angustié, y mucho, y me dio bronca e impotencia frente a estos dos mundos que se me presentaban bajo la “concepción” de vida totalmente abismal que había entre ambos. Decidí seguir andando por el parque caminando un rato para despejar la cabeza y mejorar el ánimo, sobre un banco a la sombra me sumí en una delicada meditación por media hora que ayudó bastante a retomar el ánimo para continuar. El concepto igualmente siempre lo mantengo vigente en mi mente mientras viajo, más allá de que me guste o no lo que estoy viendo todo suma para el intelecto y para conocer lo diverso en el mundo. Uno puede tener una opinión o pensamiento formado sobre los lugares que visita, pero no soy quien para juzgar sobre ello, simplemente tomar lo bueno y lo malo de cada uno. Pasado el mediodía volví para el hostel y me encontré con Lucas que justo había llegado al mismo tiempo. Hacía tres años casi que no lo veía pero mucho no había cambiado, unos kilos menos había perdido pero seguía con la perspicacia y simpatía de antes. Tomamos la habitación que habíamos reservado por esas dos noches y después de dejar las valijas nos fuimos a almorzar. Después de casi dos meses de mantener mi dieta de comida vegetariana únicamente, había llegado el momento de volver a las delicias vacunas. Lucas eligió un restaurante de steak house que justo estaba enfrente al hotel que quería comer y nos terminamos despachando unas hamburguesas deliciosas que me dieron una inyección de carne después de mucho tiempo.  Aprovechamos el almuerzo para charlar de todo, ponernos al día con la vida que había transitado cada uno los últimos años y contarle un poco acerca de los últimos meses del viaje. No había armado ningún plan de recorrido para esos días y pensé que él (al haber ido varias veces a la ciudad) iba a ser mi guía turística por Hong Kong pero no fue así. Entre despistado y desorientado que anda siempre no tenía la más remota idea por donde arrancar, asique por lo que había visto en las atracciones de la ciudad pensé que era buena idea arrancar por el Victoria Peak y hacia allá fuimos. La estación de subte que entramos no podía ser de otra forma que como las dimensiones de todo lo que se maneja en este lugar, gigantes. Es como otra ciudad subterránea donde las estaciones se extienden por cuadras debajo de las calles y dan paso a millones de habitantes que las caminan todos los días. Cuenta con dos o tres pisos para acceder a las distintas líneas y a las más de 5 o 6 salidas para todas las direcciones que tiene cada estación. Además de la cantidad de locales de comida, ropa o minimercados que funcionan a todo tope para abastecer la demandad de los incontables consumidores. El viaje en subte es toda una experiencia en sí, no tanto por la cantidad de pasajeros apretados porque en realidad se viaja muy cómodo y bien, sino por desconexión que se percibe dentro. Esto lo vivencie en casi todas las ciudades modernas, pero en estos vagones la muestra es aún más impactante, lo miraba a Lucas con cara de cómo no dar crédito a lo que veía. Podría decir que casi el 90% de todas las personas sentadas o paradas en los vagones iban mirando el celular haciendo cualquier tipo de cosas, chateando, jugando a juegos, viendo fotos o hablando. No había una sola persona con la cabeza alta mirando al de al lado o leyendo o conversando. Bajé del subte sorprendido mientras que Lucas me seguía introduciendo algunos conceptos y vivencias del mundo chino y asiático, su expertice después de casi tres años viviendo en esa cultura lo hacían buen conocedor e intelectual de la materia. Desde la estación central decidimos ir caminando hasta un cable carril que ascendía a la cima del monte con un teleférico en vez de ir en bus, decisión no acertada ya que cuando llegamos la cola de turistas era de unas cuadras. Pero, como no teníamos ningún apuro ni nada por hacer, decidimos esperar una hora aproximadamente hasta que pudimos entrar mientras aprovechamos el tiempo para seguir charlando. Cuando ascendes sobre el monte se puede ir divisando mejor la geografía como se desarrolla la ciudad sobre la orilla, dos islas enfrentadas con un mar que la recorre por el medio y sobrepoblación de edificios sobre la parte baja de las orillas. Sobre la ladera del monte se abrían paso unos barrios residenciales que se extendían como arterias entre la vegetación y en la cima unos bosques tupidos que ofrecían las mejores panorámicas en todas las direcciones. Como no podía ser de otra manera, en el tope Victoria Peak te recibe después del teleférico dos grandes instalaciones, que obviamente eran dos shoppings malls. Dentro se podían encontrar nuevamente tiendas de todo tipo, patio de comidas y la atracción principal era la terraza al aire libre con la vista periférica de toda la ciudad por unos buenos dólares a cambio. El viento golpeaba fuerte a esas alturas y el frio calaba por entre la ropa hasta los pulmones, hicimos un impasse para tomar un café mientras disfrutábamos de las vistas que daba un ventanal. Con Lucas me resultó muy fácil hablar y expresar todo lo que había vivido hasta el momento en el viaje porque tuvo una experiencia como la mía también y supo tener la inteligencia de perderle el miedo a los desafíos para afrontarlos. De buen oído y sabias recomendaciones, supo darme un buen paño de agua fría frente a todas esas emociones y sentimientos encontrados que había tenido por ese entonces frente a los diferentes mundos que había transitado durante el viaje. Nos quedamos charlando un largo rato con una conversación amena de muchas cosas y aspectos en la vida por el cual ambos habíamos transitado y como saber exprimir siempre lo mejor de cada una, de lo bueno o lo malo. Por la ventana vi como el sol empezaba a caer como un coloso hacía el horizonte de la tierra y fue el momento justo para salir a caminar alrededor de la cima a ver las distintas panorámicas excepcionales que ofrecía el lugar. Sacamos unas fotos en varios ángulos y la magia comenzó cuando la noche cayó al tiempo que la ciudad se iluminó. Desde las alturas lo que se veía parecía una maqueta en perfecta confección, rascacielos en todas las direcciones con sus ventanas iluminadas intermitentemente parecían torres de juguetes, el mar que atravesaba las dos islas formaba un espejo de agua donde se reflejaban las luces de ambas islas y el contorno de toda la ciudad que se dibujaba como silueta de un bello cuerpo femenino. Son esas imágenes mentales que no hay foto ni cámara que pueda retratar lo que tus ojos están viendo, una belleza urbana sin precedente que se puede ver en pocos lugares del mundo. Dimos unas vueltas más apreciando el paisaje pero el frío a esas horas ya había calado hondo y nuestro reparo de indumentaria no era el adecuado. Nos volvimos esta vez en bus hasta la ciudad para después tomar el metro nuevamente hasta llegar al hsotel. Ducha reparadora y enérgica para salir a caminar de nuevo las calles de la ciudad en busca de un buen lugar para comer y algo para tomar. Terminamos cenando en un bar irlandés y después nos fuimos a tomar algo a un bar que pasaban música en vivo. Me llevó un día y medio entender un poco más como funciona y quien gobierna la ciudad. Hay dos clases de población muy claras que habitan Hong Kong, una es la clase alta consumidora que en general son extranjeros (mayoritariamente británicos) llevando a cabo sus negocios bancarios y financieros principalmente, y la otra clase es la trabajadora que vive con dos mangos que obviamente es la población china. Es un espejo que refleja dos caras muy crueles de esta sociedad, la del trabajador que vive hacinada en departamentos de 20 metros cuadrados y la otra de grandes empresarios que se alojan en pisos millonarios y viven dentro de una burbuja de consumo insaciable. Lo más triste de todo es percibir esto a cada cuadra y centímetro mientras se camina la ciudad. Otro día más de aprendizaje y contrastes, compartiendo esta electrizante ciudad con un amigo brasilero que además de hablar portugués, español e inglés, se da el lujo de hablar y escribir chino mandarín a la perfección, un genio.

Costo un poco levantarse el sábado después de un viernes agitado y algunas cervezas de más que nos tomamos el viernes en el bar, pero el hermoso que se asomaba por la ventana terminó siendo la musa inspiradora perfecta para darse una buena ducha y salir a recorrer nuevos destinos. Esas mañanas de otoño que forman parte de mis días favoritas me sacaron una sonrisa apenas pise la calle, brisa fresca que golpea la cara con un sol energizante cubriendo la piel de una cálida abrasión, combinación más que perfecta. Fuimos andando por la avenida principal camino arriba para ir en busca de algún buen lugar para desayunar, las calles ya estaban atestadas de gente que se mezclaban entre turistas recorriendo los ámbitos de la ciudad y locales empezando a disfrutar su fin de semana. Ollas humeantes se veían en algunas esquinas sobre unos puestos de comidas callejeros como invocando a los transeúntes a probar las delicias que llevaban adentro, aromas que se percibían a lo lejos e iban abriéndonos el apetito a cada paso. Caminamos un rato hasta que encontramos un Lugar que Lucas conocía por ser famoso en el ámbito de desayuno y sus exquisitos platos, después de preguntar unas veces finalmente dimos con el lugar que estaba ya casi completo. Seleccionamos unos cinco platitos para probar gustos diferentes (como si fuesen tapas pero de comida oriental) y un té verde para digerir los sabores. Lo mejor sin dudas fueron unos dumplings de camarones y cerdo agridulce que hicieron deleitar de manera sublime mis papilas gustativas y propiciaron uno de los mejores desayunos orientales que he probado en mi vida. Ya con la panza llena, y el corazón contento, nos fuimos hasta la estación de subte más cercana para, luego de una combinación, dirigirnos hacia las afueras de la ciudad e ir a conocer otra isla de Hong Kong con interesantes atracciones. Lantau es una isla que se la considera como los “pulmones de Hong Kong” ya que, a diferencia de las dos principales islas, ésta está compuesta por una gran extensión de bosque y parques naturales dando un respiro a la gente de la jungla de concreto donde viven hacinados por torres y edificios. Cuando tomamos el tren que se dirigió hacia allí, pudimos observar cómo va cambiando el paisaje de urbano a rural, con menos asentamientos de viviendas o gigantes condominios, y por el contrario se visualizan más zonas residenciales y paisajes verdes. La primera atracción que aparece pero que no fuimos fue el Disneyworld chino, un complejo con todos los juegos y la parafernalia yankee que montaron en medio de una isla para atraer a todo el mercado consumidor asiático del entretenimiento, sin tener que volar a USA. Una vez que llegamos a la estación central de Lantau, obviamente salimos directamente a un shopping, que tuvimos que esquivar para dirigirnos hacia la estación de bus desde donde salían los colectivos que te llevan a la cima de la isla. El recorrido comienzo bordeando unas playas con impresionantes mansiones vista al mar que utilizan los ricos para pasar el fin de semana o vivir en ellas, luego el camino va ascendiendo en forma pronunciada cortando sobre el pavimento la densa vegetación forestal que recubre toda la cima. Unas panorámicas naturales que llegan de toda la isla como si fuesen una bocanada de aire mientras uno se ahoga en un mar de cemento. Relajante y reconfortante es ver ese contraste del agua turquesa alrededor de la isla con los puentes colgantes que se desprenden como brazos y un cielo azul enérgico que contrasta con todo su espejo terrenal boca abajo. Una vez que llegamos la cima fuimos caminando sobre una entrada de unos doscientos metros edificada con un gran portal de madera y varias estatuas de piedra a los costados, a uno de los lugares más místicos que se encuentran por esas tierras, El Monasterio Budista Po Lin y Tian Tan Buddha. Lo primero que fuimos a visitar fue el Gran Buddha, una estatua de 34 metros de altura construida en bronce que reposa a unos 300 metros de altura que se ascienden a través de 268 escalones. La figura que representa a Siddartha Gautama, Buddha, fue construida en 1993 como símbolo de la relación entre la naturaleza y el hombre, entre la gente y la fe. La afluencia de turistas ese día era importante pero igualmente pudimos subir y visitar el lugar de una manera muy tranquila y placentera, leer un poco sobre la historia y construcción de aquella estatua y a su vez poder recorrerla desde todos los ángulos. Demás está decir que las vistas y panorámicas que se obtienen a esa altura son indescriptibles, bellas postales que quedan grabadas en el disco rígido interno. Siempre que entró a monasterios ámbitos budistas la paz me gana el alma y la mente, no quería desaprovechar esa oportunidad además de que el lugar ameritaba a relajar los sentidos para sentir las vibraciones de esa conexión. Lucas se quedó cerca de un parque descansando y yo me fui a la parte de atrás de la estatua que miraba a un horizonte perdido entre bosques, mar y cielo, para sumirme en una meditación completa. Media hora bastó para absorber toda la buena energía y paz que inspiraba el lugar y así relajar la mente como pocas veces pasa. Dimos unas vueltas más en círculo por el lugar custodiados por esa imagen que nos miraba desde arriba y que solo ese rostro puede transmitir una paz inspiradora como lo hace. Luego que salimos del complejo cruzamos para entrar al Monasterio y deleitarnos con una ceremonia que justo se estaba llevando a cabo en una de las salas principales. Los monjes vestidos con sus clásicos atuendos color bordo y naranja, entonaban unos mantras celestiales al ritmo de una percusión que sumía todo pensamiento en un páramo.  Los turistas no podían entrar a esa sola en ese momento, pero igualmente se pudo apreciar desde afuera el ritual. EL salón principal si estaba abierto para ser visitado que pasamos para invocar algunas plegarias, en mi caso agradecer y disfrutar de las inigualables esculturas coloridas de las diferentes representaciones de Gautama. Un monasterio arquitectónicamente perfecto, con los techos pintados de los más vívidos colores y diseños que engalanan el espíritu. Fue corto el paseo por ambos lugares, pero no por eso pocos intensos, mi felicidad estaba a tope por haber llegado a estos dos lugares en medio de una cima de un monte en una isla de Hong Kong. Cuando el sol nos dio el aviso de partida hacia el próximo hemisferio, nos fuimos hacia un paseo a cielo abierto que estaba a unas cuadras para degustarnos con unos noddles de vegetales mientras veíamos caer el sol por detrás de la colina. El foco se escondió, pero sus rayos quedaron estrellados contra el cielo azul y la paleta de colores sobre el horizonte empezaba a desplegar su magia. Emprendimos el retorno hacia la estación con toda esta mezcla de paisajes a nuestro alrededor y una cálida visita a estos lugares espirituales. Fue muy amena también la charla con Lucas en el transcurso del día sobre la filosofía budista, las diferentes tradiciones y culturas chinas que él pudo ir conociendo, y los delicados complejos “religiosos” que lamentablemente hoy atraviesan en el mundo. Por la noche volvimos a repetir el programa del día anterior, nos fuimos a comer comida asiática y luego a tomar unas copas a la zona de bares que se encuentra en el centro de la ciudad. Esas pocas cuadras donde se concentran casi todos los bares y boliches estaban llenos de extranjeros, locales y turistas divirtiéndose a lo grande. Pasamos por algunos a tomar unas cervezas, mover un poco las caderas pero el cansancio terminó venciendo más rápido de lo que pensábamos, a media madrugada emprendimos el retorno para el hostel a descansar.

Ultimó en que íbamos a compartir la recorrida con Lucas, se tenía que volver a la noche para Guanzhou ya que al otro día tenía que volver a trabajar y en mi caso me quedaba un día más ya que había reservado el vuelo para el lunes con destino a Vietnam. Después de un desayuno/almuerzo decidimos cruzar al otro lado de la isla para ir a recorrer el distrito de Kowloon, la ciudad con mayor densidad de población del mundo (43.033/km2). Algo que es muy fácil deducir cuando se llega a este sector del país es la cantidad infinita de condominios verticales que se elevan al cielo albergando a miles de chinos que viven dentro. Fuimos a recorrer primero el camino que está armado sobre la costa del mar y poder observar la ciudad desde el lado de enfrente. Es singularmente atractivo ver la silueta de todos los rascacielos como sombras proyectadas sobre la base de la colina y el contorno irregular de la misma en las alturas. De ambos lados se puede tomar dimensión de la cantidad inagotable de edificaciones que se erigen al cielo y cómo estás trazando el diseño de lo que se ve desde el cielo como una maqueta urbana perfecta. Lo venía comentando a Lucas casi todo el trayecto lo sorprendido que estaba de ver a cada paso locales, centros comerciales, shoppings, mall, stores o cualquier otro sinónimo parecido que se pueda poner a una edificación a la calle que esté destinada para el consumo de todo tipo de bienes transables durables. Y también seguía el desfile incesante en la calle de Ferraris, Lamborghinis, Porsche, Mercedes Benz, BMW, etc, etc, como si todos los ricos se peleasen por mostrar quien tiene la billetera más grande. Me Horas caminando por esas calles me resultó ver todo ese showoff completamente desagradable, tanto asiáticos como extranjeros que viven ahí enviciados de un consumo perverso, superficial y materialista que los sumerge en una burbuja viciosa. Sentí que estaba viendo una ciudad que tenía todo pero que la faltaba mucho, no en el plano material sino en el emocional. No ves a la gente interactuar ni compartir, solo intercambio de consumo y una sociedad apegada a todo lo material. No es por ser hipócrita porque en mi vida también me ha gustado tener cosas materiales o de marca, sino el hecho de la falta de balance que se percibe en estos lugares donde la balanza solo se inclina hacia un lado, donde valores como la familia, amigos, hermandad o compañerismo parecen haberse olvidado. Compartí mucho esta reflexión con Lucas ya que él tiene una noción y conocimiento mucho mayor que la mía, y me iba explicando muchos porqué o cuestiones de la razón. También es cierto que fuera de las urbes económicas de China, como Shanghái o Gaunzhou o Beijing o Hong Kong, la vida del chino promedio es completamente opuesta a ésta que estábamos viendo y las necesidades básicas en contraposición son las únicas que están cubiertas. Para escaparnos un rato de este torbellino de gente y consumo que te apabulla, nos metimos en un local de sushi para almorzar y después nos fuimos a hacer unos masajes de pies. De tanto que habíamos pateado esos masajes vinieron perfectos y fueron un gran regalo de despedida. Pasamos el resto de la tarde caminando por esas zonas deglutiendo lo último que Hong Kong tenía para ofrecernos. Ya de vuelta en el hostel Lucas empacó sus cosas y se fue directo para la estación de tren. Fue un placer enorme haber compartido esos tres días con el dónde pudimos charlar absolutamente de todo y disfrutar de esta ciudad que nunca se apaga. Muy agradecido de todos sus consejos que siempre me brinda en varios ámbitos de la vida y una enorme alegría haberlo visto nuevamente en ya casi “sus” tierras asiáticas. Como le dije, será por algún otro lugar en el mundo que nos volveremos a ver y seguir compartiendo esta amistad que la seguimos a distancia.

Cuando el lunes tomé el bus para dirigirme hacia el aeropuerto y mi cabeza iba apoyada frente a la ventana, empecé a recapitular todo lo que había vivido, aprendido y absorbido en estos pocos días sobre Hong Kong. Sabiendo que es una anomalía como ciudad China ya que no solo cuenta con moneda y economía propia, sino que tiene una gran diferencia con la esencia oriental sin más bien que representa una cultura occidental consumista. Me hubiese gustado conocer antes otras ciudades rurales o de la periferia de China para tener un ámbito más comparativo, pero sin dudas Hong Kong había sido un shock en todo sentido para mi cabeza. Fascinante y eléctricamente adictiva por sus grandes rascacielos, diseño urbano, complejos tecnológicos y belleza natural, pero a la vez muy sumida en una burbuja viciosa donde parece ser que toda la vida les pasa por la cantidad de billetes que tienen en la cartera. Y lo más triste es que la diferencia se marca y se expresa muy notoriamente entre el chino promedio que vive con dos mangos y hacinados en un departamento de menos de 20 mt2 y los millo o billonarios extranjeros y locales que ya no saben cómo gastar la plata en las excentricidades más asquerosas de consumo que pueda haber en el mundo. Una ciudad tan chica, pero con tantos contrastes al mismo tiempo que me dejó un sabor dulce pero a la vez amargo. Pero como este viaje no voy con la bandera de destruir sino de construir, tomo todo lo que las diferentes culturas tienen para ofrecer en post de enriquecer mi intelecto y sapiencia general. Aunque no haya tenido un feeling especial con lo que viví, me queda en el recuerdo una hermosa ciudad, que ilumina el cielo cada vez que se prende y que brilla como diamante en una pequeña fracción de tierra. Quedará para otra oportunidad poder subir al norte y conocer más sobre este gigante del mundo que es China. Terminaba un capitulo y comenzaba otro en el fascinante mundo oriental, en dirección al sur mi próximo destino sería Vietnam, y como primera instancia su capital Hanói. Hacia allá vamos.

 Hanoi – Sa Pa – Ha Long Bay únicos

Cuando tomé el vuelo para Vietnam me empezaron a surgir muchas incógnitas acerca de este nuevo destino y comienzo de travesía por las tierras del sudeste asiático. Como sería el trato de la gente, la relación entre las personas, los problemas que estos países atravesarían y principalmente sus bellezas naturales. Era todo un nuevo capítulo en este libro de exploradores que voy escribiendo día a día a través de mis experiencias por el mundo. Y justamente creo fervientemente que la mejor manera de conocer los países y su gente es desde adentro, tomándote un avión para patear las calles disfrutando de todo lo que cada uno de estos rincones del planeta tiene para ofrecerte. Durante el vuelo fui pensando algo que cada vez se me presenta de forma más ocurrente en mi cabeza, particularmente cuando estoy en las alturas volando dentro de un tubo de metal a miles de metros por los aires. No debería hacer falta estar a esas alturas para darnos cuenta lo insignificantes que somos, cada individuo que habita en este planeta, con respecto a este mundo y a la galaxia que habitamos. Lo primero que se me viene a la cabeza es que somos animales que generalmente pensamos en solo un espacio chico sobre el cual habitamos y nos rodea, concentrándonos o dedicándole casi toda la vida solo a la importancia de aquellas cosas que podemos tocar o ver. Y cada vez más me doy cuenta de este concepto de universalidad, que solo somos un grano de arena inmerso en un fascinante mundo que está a la merced de todos para disfrutarlo y a la vez aprender a convivir con éste. Sin siquiera hablar de las galaxias y otros planetas ya que en ese caso nos deja completamente en ridículo la forma en que nos creemos que somos los dueños del lugar donde habitamos y el uso indiscriminado que hacemos del mismo. Las sensaciones de tiempo-espacio en la que vivo me llevan a reflexionar mucho acerca del concepto tan obtuso que tiene la especie humana en mirarse siempre el ombligo y vivir desde siglos en tiempos de violencia o caos en vez de disfrutar armónicamente entre todos del pequeño lapso de tiempo carnal que la vida nos regala sobre esta tierra. Si todo tuviese más igualdad en el mundo y si los buenos (que son la mayoría) triunfasen sobre los malos y los que dominan con miedo cuan más bello sería todo. Pequeñas sinapsis de la mente en un corto vuelo sobre el mar de China Meridional que explotaron a mi mente como pochoclo. Una vez que aterrizó el vuelo tuve que ir hasta el área de visado para terminar con el trámite de aprobación y me sellasen el pasaporte con una visa aprobada por el lapso de un mes. No tenía ningún plan, ni hoja de ruta, ni idea, ni programa sobre como recorrer el país ni que me iba a encontrar o cuanto iba a durar. Con la mochila en mano y las ansias intactas por empezar a absorber otro nuevo aroma de ciudad, me subí a una cambie que junto varios backpackers para llevarnos a los distintos hostels por el centro. Lucy, la inglesa con la cual compartí unos días en Sri Lanka, ya había recorrido todo el país por lo cual me había enviado un mensaje con algunas recomendaciones sobre cada lugar. Como era el primer destino decidí reservar el hostel que me había recomendado en el centro histórico de Hanói y hacia allí fui. Mientras la camioneta avanzaba en dirección urbana, fuimos teniendo algunas charlas amenas con diferentes chicos y chicas que llegaron el país también para explorarlo en toda su extensión. Ashlen, una chica irlandesa, me comentó que no había reservado ningún hostel asique le dije que si quería bajase en el mío para ver si había cama y que pueda quedarse ahí. El trayecto se tornó un poco caótico porque en la entrada sobre las arterias principales al centro, el paisaje se tiñó del verde campestre de las afueras a una densa manada de vehículos, autos y gente que cubrió todos los espacios visibles. Algo me llamó soberanamente la atención y no daba crédito de lo que veía, frenados en primera fila esperando el semáforo me percaté que alrededor de la camioneta había aproximadamente más de cien motos y decenas de autos, a lo cual me pregunté: Estaré en India? Pero no, la realidad es que estaba en Hanói y la densidad de habitantes y motos que viven dentro de esta ciudad es monstruosa. El chofer me aclaró que en la capital viven cerca de 7 millones de personas y lo que me dejó aún más pasmado es la cifra de habitantes de este pequeño país alargado sobre la costa del mar, nada más ni nada menos que 91 millones de personas. La verdad que no había hecho la tarea ni había estudiado nada del país y ya el primer dato me dejó desconcertado, será entonces un país donde el contacto con la gente se dé a menudo pensé. A paso de hombre llegamos al hostel que quedaba sobre una pequeña calle dentro del centro histórico, el cual sería uno de los hostels más memorables que conocí en todo el mundo. Hanói Rocks Hostel está ambientado como si un alojamiento rockero moderno, se accede por salón principal con un bar a la derecha, una sala de estar con sillones a la izquierda y la recepción de frente con un área para la agencia de turismo. La onda era genial, todo decorado con frases de rock, una lengua roja gigante dibujada en la pared y todos los empleados vestidos con remeras de leyendas del rock. Hicimos el check in con Ashlen, que por suerte consiguió cama, y accedimos de movida a la habitación compartida de 12 camas que se encontraba en el segundo piso. En el área de atrás de la recepción había un pool y una puerta que daba acceso a una discoteca interna, todas las paredes ploteadas con frases e imágenes de rock y las instalaciones muy modernas. Ya en la habitación nos cruzamos con algunas personas que estaban por ahí alojadas también por lo que intercambiamos saludos y presentaciones formales. Después de pegarme una ducha para sacarme el viaje de encima, nos fuimos con Ashlene a caminar unas cuadras para encontrar algún puestito callejero y comenzar a experimentar el arte culinario vietnamita. El sol ya había llegado al ocaso y en el horizonte quedaba la penumbra de una tarde que se iba dándole paso a las estrellas que conquistaron una oscura noche. Pudimos visualizar de primera impresión que las parrilladas callejeras era una de las virtudes gastronómicas ya que a esa hora empezaban a humear todas las pequeñas parrillas apostadas sobre la calle con las mesas y pequeñas sillas alrededor. Para tanto no estábamos tan temprano asique terminamos por entrar a una pequeña cocina con un par de mesas que nos sirvieron unos noddles con vegetales y degustar las primeras cervezas locales. Cuando volvimos al hostel, el mismo parecía haberse convertido en un pub/bar de los más concurridos por extranjeros. La primera sorpresa entre tantas que da este lugar es que todos los días de 7 a 8 regalan cerveza tirada para todos los huéspedes, y eso para la vida del backpacker es como encontrar petróleo. Ya estaba todo colmado de gente, con música al palo y grupos en mesas charlando sin parar. La onda era más que genial y el lugar ya estaba armado, presentía una buena noche que finalmente no iba a defraudar. Los compañeros de cuarto terminamos armando un grupito que nos quedamos charlando largas horas en el bar de todo, viaje, historias, vida de cada uno, etc. Eric de Holanda, Beth de Inglaterra, Phillipe de Alemania, Ashlen y yo nos quedamos conversando largo rato con gente que se sumaba al grupo a medida que las cervezas seguían girando. El lugar estaba explotado y realmente la onda estaba a tope. Cerca de las once ya se habían anexado varios integrantes al grupo y el lugar quedaba chico, asique emprendimos retirada para comenzar un tour de bares por los alrededores y darle continuidad a la noche. Volvía a ver ese paisaje urbano que me fascina de los puestos de comidas, locales o bares directamente en la vereda con toda la gente que copa la calle, esa característica que le da vida a las ciudades y a las cuadras que me hace vibrar de emoción. Es simpático ver las mesitas y banquitos de jardín que ponen a disposición para sentarse en las cuales tenes que hacer malabares para no caerte, más que son de plástico. Copamos una esquina donde nos quedamos charlando en ronda con las risas y carcajadas a tope, y como si la noche no venía excelente caí en la cuenta del precio de la cerveza en esa ciudad, de 0,33 centavos a 1 dólar máximo. Alegría nao tem fin. El paraíso del viajero poder estar en ciudades que la cerveza y la comida salgan tan baratas, empezaba a vivir un adelanto de lo que era el sudeste asiático. Lisa e Isi, dos alemanas amigas de Eric, se habían sumado al grupo con otras personas más que se anexaban sin problemas. En ese bar quede sentado al lado de Isi, nos pusimos a charlar largo y tendido acerca de su viaje que también estaba haciendo por un largo tiempo en esta parte del mundo y mi experiencia alrededor de los meses que llevaba trotando por el mundo. Congeniamos y pegamos onda muy rápido lo cual nos derivó a muchísimos temas de charla. Después de ahí seguimos camino hacia otros dos bares donde nos quedamos escuchando música, tomando algunos shots y descubriendo los famosos “globos de la alegría”. Dimos un par de vueltas más cuando la madrugada ya estaba entrada y las cervezas seguían girando en cada bar que parábamos. Me pasó una experiencia muy loca con Isi ya que veníamos hablando de todos los aspectos de la vida y paradójicamente teníamos muchísimos puntos en común en varios ámbitos, a pesar de la diferencia de edad, país y cultura. Una química inusual que se había prendido y muy buena compañía que disfrutamos en el transcurso de la noche. Los que quedamos de la troupe nocturna volvimos para el hsotel cuando el fin de la noche había llegado, con algún que otro mareo y muchas sonrisas despojadas. Con Eric, con el cual pegue muy buena, acompañamos a Lisa e Isi hasta el hsotel y nos volvimos a dormir para terminar, y en mi caso, un largo día agotador. Apoyé la cabeza en la almohada y pensé: Que buena bienvenida Vietnam!!

No fue tarea fácil levantarme a la mañana siguiente con el cansancio del viaje encima y la menuda noche que nos habíamos pegado con el grupo del hostel por la noche de Hanói. Sin embargo, en una habitación donde hay doce personas se hace difícil poder conciliar el sueño cuando todos empiezan a despertarse y moverse dentro del cuarto. La luz que traspasaba sin problemas entre las cortinas derecho a mi cara, sirvió de despertador inmediato para retomar algunas fuerzas y comenzar el día. Una ducha reparadora inminente y un fuerte desayuno que servían en el buffet del hsotel me dieron cargaron las pilas suficientes para despuntar el vicio diario de recorrer las ciudades. En la recepción nos juntamos con algunas otras personas que se hospedaban ahí ya que había un mini walking tour alrededor del centro viejo para visitar algunos de los lugares característicos de Hanói. Botella de agua en mano, anteojos de sol y a darle riendas sueltas a la caminata. El primer lugar que paramos fue un café que quedaba en un edificio antiguo que casi se venía abajo, era un café donde paraban los locales sobre el primer piso y básicamente parecía una vecindad los interiores. Pasillos chicos, escaleras en caracol y las paredes que parecían caerse abajo, era uno de los pocos edificios que habían sobrevivido a la guerra y todavía quedaban en pie. Ese fue el primer lugar donde empecé a apreciar uno de los cafés más exquisitos de todo el mundo y también darme cuenta de la gran cultura cafetera que tiene la gente y el país de Vietnam. Tienen una metodología particular de hacerlo, con una mini cafetera moka, al estilo italiana que ponen arriba de la taza con el café molido y cargan de agua caliente cuando te lo sirven hasta que las gotas poco a poco van cayendo sobre el vaso. Para los que les gusta mezclado con leche, en mi caso, la particularidad nace en que no usan leche común sino una condensada muy dulce, vierten un poco sobre la base y dejan la cafetera en el tope hasta que se llena de café. Una vez que el vaso queda lleno se puede ver como ambos líquidos no se mezclan hasta que se los revuelve con la cucharita, ahí se amalgaman para quedar un líquido espeso color marrón con un sabor intenso y dulce extremadamente delicioso. Y sin la opción que te gusta es la del café helado, te pueden hacer ambas preparaciones en tragos largos con hielo que con el mismo sabor intenso te refrescan el cuerpo en cuestión de minutos. Y como decorado a este momento, teníamos desde el balcón toda la vista al lago Hoan Kiem, lugar céntrico de la ciudad donde converge la mayor afluencia de transito gente y negocios. Seguimos camino luego por unas callecitas que nos llevaban al mercado, durante el trayecto pude ver esas clásicas cuadras con los puestos de venta de ropa y zapatillas de imitación que se venden por todo el sudeste asiático, puestitos de comidas callejeros vendiendo sándwiches o cualquier preparación de comida asiática con las cocinas sobre las veredas, algunos comercios a puertas abiertas con todo tipo de mercadería para vender y ferias de verdura o fruta con los carros apostados en las esquinas. Toda una vibra particular que se podía sentir de la ciudad y la gente. Empecé también a observar a la gente local para poder ir conociéndola más y acostumbrarme a sus rasgos. De estatura media, ojos medio achinados, nariz poco prominente y facciones vietnamitas, un identikit que se repetía a miles en todos lados. Llegamos al mercado del centro histórico donde la venta por mayor de todo tipo de productos de imitación, ilegales o baratos desbordaban las estanterías de todos los puestos que había dentro. Sería como un mercado central al estilo feria, empecé a recorrerlo por entre los diminutos pasillos donde a cada paso me frenaban para venderme algo, desde zapatillas de cuero, artículos de cocina, gorros, sombreros, manteles o juguetes inflables. Lo que manda ahí dentro es el comercio, la transacción, compra y venta incesante por el transcurso de todo el día. Había algo que me llamaba la atención desde que había empezado a caminar y era que la mayoría de gente que veía trabajando en la calle eran mujeres, madres de mediana edad y señoras de tercera edad que llevaban a cuestas todo el trabajo. Algunas caminaban cargadas con un palo de lado a lado trasladando varios kilos encima recorriendo las calles para juntar unos pesos, otras haciéndose cargo de un puesto ellas solas a lo largo del día. Con algunas pocas que hablaban inglés en la feria les pregunte sobre su trabajo y me contaron que tenían jornadas de hasta 12 horas y después iban a sus casas a cumplir con todos los roles de jefas de hogar. Me pareció admirable el esfuerzo que hacen por su familia, pero denigrante ver los trabajos que realizan a puro esfuerzo y sudor casi todos los días de sus vidas. El tour continuó por unos pasadizos entre calles donde se lleva a cabo diariamente el mercado de comida diurno, al estilo hindú, cientos de garrafas sobre la calle con las cacerolas hirviendo o friendo todo tipo de carnes, verduras o noddles se abrían paso a cada centímetro de la vereda. Al costado las diminutas mesas con las sillas de jardín donde la gente que se tomaba el receso del trabajo para almorzar, o los extranjeros o la gente que vivía por ahí se deleitaba con esas comidas que desprendían unos aromas penetrantes. Así es como se vive y se siente una ciudad, absorbiendo sus aromas, caminando sus calles, sintiendo el pulso de su gente y degustando sus exquisiteces. Paramos con todo el grupo en un puestito a disfrutar de unos sándwiches y platos vegetarianos que nos costaron dos mangos. Los precios de todo lo que veía parecían absurdo comparado a otros países, incluso el mío. Gente que quizás se pasaba doce horas trabajando para llevarse unos pocos pesos de ganancia a la casa. Terminamos dando unas vueltas más por ahí hasta llegar al hostel pasado el mediodía. Sabía que había mucho más para ver pero necesitaba volver a tener un rato de reposo, mi cuerpo lo necesitaba. Cuando me levanté de una mini siesta volví para la recepción para ver quien andaba por ahí y arrancar de nuevo una caminata. Vi un cartel colgado que me llamó la atención en le hostel que decía que se hacían tatuajes y piercing gratis todos los viernes ahí mismo, no di crédito de lo que veía y fui a preguntarle a uno de los chicos de la recepción. Efectivamente era así, tenían un acuerdo con una empresa de tatuajes y piercing que si te anotaban con tiempo, todos los viernes se hacían los trabajos de forma gratuitas para los huéspedes del hostel. Me fui con la idea colgando en la cabeza mientras arrancábamos con unos tres chicos que vivían en Sudáfrica a recorrer otras zonas de la ciudad. Cruzamos por la avenida principal que se desprendía de lago hasta el otro extremo de Hanói donde residían los edificios gubernamentales. Mientras pateábamos íbamos charlando y viendo cómo se iba dibujando la ciudad en el transcurso de las cuadras que avanzábamos, muchas casas humildes y algunas pocas edificaciones de altura que se aglomeraban de forma compacta en cada cuadra, muestra de cómo vivían los millones que residían dentro de la ciudad. Ferrocarriles que atravesaban una calle en vías que no tenían más de cuatro metros de ancho, solamente entraba la locomotora con los vagones por entre medio de las manzanas en el barrio, una locura. Llegamos hasta el Mausoleo de Ho Chi MInh, que se extiende sobre gran parquizal de puro césped verde, brillante reflejo que se sobresalía del pálido día gris que ocupaba el cielo de una melancólica Hanói. A un costado se encuentra la residencia real junto con la casa de gobierno que quisimos ir a visitar pero el precio de la entrada no ameritaba el gasto. En cambio, sí fuimos de regreso a visitar el Museo de Armas donde se exponen una gran colección armamentista de la famosa guerra que azotó al país a mediados del siglo XX. Lamentablemente no contaba con mucha historia ni explicación sobre todo lo sucedido e involucrados, pero si había varios pabellones con los tipos de armas y municiones que usaron ambos bandos en el transcurso de la guerra. En un patio se exponían los restos de aviones de combate estadounidenses, tranques, ametrallados de gran calibre y helicópteros. Me fui con un gusto amargo ya que me hubiese gustado más un poco de historia acompañado de todos esas armas bélicas pero sirvió de introducción. De nuevo en el hostel volví a recostarme para dormitar un rato y relajar un poco para la noche. Habíamos quedado con Eric ir a comer junto a Isi y Lisa a la noche a un restaurante callejero que habían visto las chicas y luego ver que proponía la interesante noche de Hanói. La idea del tatuaje me había quedado suspendida en la mente, asique antes de ir a comer me junte con Isi y nos fuimos hasta el shop de tatuajes de dibujar uno que tenía en mente y me quería hacer desde hace tiempo, un pendiente. El shop parecía muy profesional y la mina que me atendía junto a unas vueltas de tuerca que le terminé dando con la ayuda de Isi definimos el pequeño tatuaje que me iba a hacer finalmente el viernes en el hostel. Me fui con una sonrisa en la cara y la ansiedad para ver en que iba a terminar todo eso el viernes. Nos encontramos luego con Eric y Lisa en un restaurante de cocina vietnamés sobre la calle donde probamos unos manjares de platos locales, fresh spring rolls, noodles con verduras y langostinos, un arroz con cerdo agridulce y frescas cervezas para acompañar toda la comida. Exquisita cena, gran compañía y charla que mantuvimos por varias horas hablando de todo. Los cuatro nos encontrábamos viajando solos por un tiempo, en el caso de ellos tres por medio año solamente por sudeste asiático, pero todos con el entusiasmo de vivir a full esta experiencia incomparable de viajar. Volvía a tener contacto con backpackers del viejo continente, en este caso alemanas y holandés, y siempre tan gratificante es indagar, conocer y preguntar más sobre sus culturas, formas de pensar y modos de vida. En mi caso era el único Latino por lo cual la mayoría de las diferencias venían de mi parte, aunque todos congeniamos más que bien. El lugar cerró y el próximo paso fue un bar donde seguimos la charla hasta la medianoche. Después de ahí Lisa e Isi se fueron a dormir ya que al otro día arrancaban viajes diferentes, Eric se iba con Lisa a Sa Pa e Isi viajaba a Myanmar por unas semanas. Quedamos muy conectados con isi y con muchas cosas en común además de haber pasado dos noches increíbles, seguiríamos en contacto para ver si el destino nos volvía a cruzar por algún lado en esa parte del mundo, las ganas estaban. Intenté sumarme con Eric e Isa y partir a Sa Pa al otro día a la mañana con ellos pero me fue imposible ya que no conseguí ticket de bus tan tarde asique quedé en cruzármelos al día siguiente. De vuelta solo en el hotel me topé con otro grupo que se había formado para arrancar la recorrida nocturna y me sumé a éstos por un rato. El cansancio de patear todo el día y el poco sueño que llevaba encima dijeron basta, después de unas cervezas más era tiempo de dormir y recobrar energías. Esta ciudad tenía un espíritu especial que ya me había atrapado sin dudas.

Un despertar más, un día más que la vida te regala para disfrutar y ser feliz. Son pocas las veces que nos levantamos en el día agradecidos de respirar y vivir, solamente hay que sonreír expectantes de todo lo que cada amanecer nos trae por delante. Y no es poca cosa, son actos pequeños que engrandecen el sentido de la vida y la plenitud con la que se vive cada segundo del presente. El desayuno que servían en ese hostel era asombroso para un albergue de backpackers, café con leche, panqueques, papas fritas, tostadas con manteca, huevos, banana y sandía, y todo incluido en el precio de la cama por noche que era de 4 USD. Para colmo las instalaciones eran de primera, cuartos, baños, pasillos, bar, recepción, todo espectacular. Parecía el hostel de ensueño para los viajeros, algo que no me cerraba que sea todo tan bueno, quizás era un lavado de guita vaya a saber uno. Ahhh y como si fuese poco, tatuajes gratis, raro no? La lluvia parecía que iba a adueñarse del clima por el resto de la semana y la temperatura caía en descenso, asique decidí tomarme el día de relax para recorrer un poco, pero descansar al mismo tiempo. Lo primero que hice fue bookear con la agencia del hostel el pasaje en micro para el otro día partir a Sa Pa, un lugar único en el noroeste del país que tenía las recomendaciones de ser paraíso de naturaleza. Al mediodía me fui caminando solo a visitar algunos sectores del centro histórico que no había visto, comer algunos platos locales y pasar por un puesto de zapatillas que tenía que comprarme para hacer los trekkings que tenía por delante. Nike de segunda mano fue la elección ganadora a cambio de unos 15 USD, los precios con la buena calidad que tienen en este país no tiene comparación. Claro está que el motivo es que todas las fábricas de estas grandes compañías de indumentarias están radicadas en este país por la mano de obra barata que pagan para la producción de las mismas. Por la tarde me fui a caminar por el lago y recorrer algunos suburbios de la ciudad. El paisaje cambia completamente con las necesidades básicas insatisfechas que afloran en todas las casas de familias que aparecen, las mujeres seguían siendo las que se esforzaban hora a hora rompiéndose el lomo para llevar comida a la casa. Ver a mujeres ancianas cargar con baldes repletos de verduras colgado a los hombros me hacían estremecer de vergüenza y aberración, se les notaba en las caras las arrugas de una vida desgastada por el trabajo y la labor de madres de familia. Me preguntaba si los hombres estaban trabajando también o haciendo cualquier cosa y por lo que veía de varios que encontraba en cada bar o puesto tomando café o jugando a las cartas en la calle la confusión se me hacía más grande. Pero sinceramente no tenía los medios ni el conocimiento para juzgar, era solo una apreciación o pensamiento que se me venía a la cabeza cada vez que veía una niña, madre o abuela trabajar en la calle. Volví con el ocaso del sol ocultándose tras las nubes hacia el hostel, di una vuelta al lago con unas pequeñas gotas de lluvia que caían sobre el agua dibujando unas esferas que se iban desvaneciendo una tras otra. Cuando llegue al hostel me encontré de nuevo con parte del grupete que se había armado en el hostel ya listo para disfrutar de la hora de cerveza gratis, me quede con varios de ellos escuchando música y charlando hasta que se hizo entrada la noche. Ya tenía todo empacado desde el mediodía porque a las once en punto arribó el bus que me tomé para ir a Sa Pa. Un viaje de toda la noche que iba a hacer con la primera experiencia de tomarme el bus con cama tan característico de Vietnam. Después de mi maestría en medio de transporte en la india ya nada me podía sorprender, nada podía ser peor y de todo ya estaba curado de espanto. La cuestión es que el bus resultó ser como un hotel cinco estrellas para viajeros de hora nocturna entre ciudades. Colectivos modernos, altamente equipados, asientos que se hacían cama completos con almohada y manta, luces de xenón en el techo que cambiaba de color y como si todo esto fuese poco wifi gratis. No daba crédito a lo que me había subido, parecía como un chico en parque de diversiones. Me recosté en el último asiento donde podía estirar las patas que me salían de largo, pero pude viajar muy cómodamente por toda la noche. No tenía plan, ni programa, ni compañía para recorrer Sa Pa pero no me inquietaba porque la vida siempre provee y la aventura espontanea ya se había afianzado en mi forma de viajar y de ser.

La llegada a Sa Pa fue bajo una noche oscura poblada de densas neblinas y rocío que daban todo al atractivo merecido para tremendo lugar. Pude dormir durante todo el viaje sin ningún tipo de problemas, la cuasi cama que ofrecía el bus sirvió de reposo absoluto para descansar plácidamente a través de la noche. Arribamos cerca de las cuatro de la mañana cuando me desperté al momento que el bus aparcó en un estacionamiento. Por la ventana no se veía más que una densa capa de nubes que giraban por alrededor y una oscuridad que te atrapada el pensamiento. Ya nos habían comentado que íbamos a estar estacionados hasta las seis de la mañana aproximadamente hasta que amaneciera y comenzasen todas las excursiones. Después de chequear el reloj y arroparme nuevamente con la manta me sumí en un sueño corto, pero profundo, que me sirvió para juntar las energías nocturnas. Como si hubiese estado seteado automáticamente, el chofer a las seis en punto prendió las luces del bus y todos los viajeros que estábamos dentro empezamos a desvelarnos entre bostezos y chuchos de frío. Las ventanillas completamente empañadas por la condensación del frío frente al aire cálido que se mantenía dentro, solo se veían caer unas gotas sobre el vidrio que dejaban entrever lo que más tarde iba a descubrir como un paraíso natural. Sa Pa es un distrito que se encuentra en la provincia de Lao Cai, en el noroeste de Vietnam, y 380 km al noroeste de Hanoi, cerca de la frontera con China. La gama de Hoang Lien Son de montañas domina el distrito, que se encuentra en el extremo oriental de la cordillera del Himalaya. La ciudad de Sa Pa se encuentra a una altitud de unos 1500 metros sobre el nivel del mar. El clima es templado y lluvioso en verano y con niebla y frío con nevadas ocasionales en invierno. Cuando bajé del micro con la mochila al hombro pude percibir el llamado de la naturaleza que se hacía eco a los cuatro vientos, una pequeña aldea que se posaba sobre un valle entre medio de densos bosques verdosos. Y la primera imagen que te sorprende mientras tus ojos se van adaptando a la luz del día es la de varias mujeres avanzándose hacia los turistas en busca del negocio diario que les hace llevar la comida a la casa diariamente, los trekkings guiados. Las mámas, son las mujeres de las aldeas aledañas al pueblo de mediana edad que toman el papel de guías turísticas por todos los valles y montañas que se desarrollan desde Sa Pa para llevar a los viajeros o turistas en dos o tres días de caminata en descubrimiento. Estas simpáticas mujeres que se encuentran entre los 25 y 50 años, tiene una apariencia inconfundible hacia la vista que te hacen sacar una sonrisa instantáneamente, mezcla de ternura y simpatía. Promedian un metro cincuenta, con rasgos de la cara achinados, ojos negros profundos, tez de color oscura por los años ininterrumpidos expuestas al sol, de pronunciadas caderas y unas sonrisas que te conquistan. Van vestidas con unos atuendos coloridos que brillan por sí mismo, unas polleras de todos los colores hasta el piso junto con unas sandalias de montañas, sweaters y abrigos verdes, con unos gorros térmicos en la cabeza multicolor también que le dan el toque de distinción al lugar. Todas estas mujeres esperando al pie del cañón cada día a los turistas que bajan del bus para ofrecerles de guía en la montaña, caminar junto a ellos durante el día y pasar la noche en sus casas donde les cocinan y beben vino de arroz, atractivo más que particular. No sé qué fue esa mañana, pero sin pensarlo decidí no ir con esas mujeres ni con ningún grupo de viajeros, decidí hacer mi propia experiencia solitaria por esos pagos y así arranqué. Me fui caminando solo por la avenida principal hasta la plaza donde se encontraba el centro, desde ahí salían todos los caminos para los diferentes pueblos a los alrededores y paisajes. A medida que la colosal estrella de nuestro planeta iba ascendiendo hacia el cielo, la bruma se iba despejando dando un poco de respiro al frío que ya había calado hondo en los huesos. El vapor del aire que respiraba, salía exhalado de mi boca como chimenea de humo. Frotando las manos a paso firme llegué hasta un hostel donde vi que alquilaban unas motos por el día y se me ocurrió una idea. Como el lugar es de gran extensión y había mucho que recorrer decidí alquilar la moto hasta la noche y poder recorrer todo lo que pueda, si el clima acompañaba me iba a quedar a dormir en alguna casa de las mámas sino me volvía por la noche a Hanoi. Con un té caliente con leche y miel le metí unos grados más de temperatura al cuerpo y me armé de valor para salir al ruedo por las carreteras y sumergirme en este mágico mundo de Sa Pa. Los caminos se van abriendo en forma de zigzag, ascendiendo y descendiendo por entre los valles que recubren el pueblo, por suerte la ruta estaba asfaltada y en buen estado por lo que no era difícil transitar. Ganando unos metros de altura ya recorridos, los primeros paisajes se dibujaron en el horizonte expulsándome de mi boca los primeros wowww. Inmensos campos de arroz sobre las terrazas se deliñaban sobra las colinas en formas de cascadas verdes que me dejaron sin aliento, entre medio de los valles circulaba un río que se iba trazando como serpiente. El cielo azul mezclado con las densas nubes que rondaban los campos formaban una orquesta tocando su mejor sinfonía para mis ojos. Cada metro recorrido era para parar la moto y sacar las panorámicas a todo ángulo. Algunos caminos de tierra se adentraban hacia el corazón de la colina y los seguía ya que nadie me lo impedía, terminaban en las casas de los patrones dueños del campo con sus animales dispersos por ahí. Salté un par de vallas y me metí caminando entre los caballos y los bueyes para sentir más de adentro ese clamor que respiran las terrazas y tener unas perspectivas sin igual de los paisajes que tenía enfrente. Los locales que andaban circulando por ahí o trabajando en las tierras me miraban con sorpresa sin entender que hacía ahí. Con el método internacional de comunicación que siempre aplico con una sonrisa, el gesto de simpatía de vuelta llegaba sin apuros y moviendo las cabezas al estilo india intercambiamos los saludos. La flexibilidad de tener la moto me hacía seguir y parar en los lugares que quería o que necesitaba absorber por más tiempo que una simple mirada. En una choza al lado de la ruta frené cuando salió un hombre a mi encuentro y sin cruzar una sola palabra me ofreció un té. Lo tomamos juntos mientras pasaban algunos camiones o autos por sobre la ruta y los dos nos quedamos sentados en unas sillitas sobre la chocita. Me fui sin decir una palabra y sin que me haya dejado pagarle, pero sol con algunas miradas de intercambio la cordialidad quedó establecida y mi agradecimiento por el té también. No llegaban a ser las diez de la mañana y ya había andado varios kilómetros cuesta arriba, cada pueblito que pasaba se pintaba sobre la montaña con algunas casas muy humildes apostadas sobre la ruta, unos puestitos de venta de comida o algún que otro negocio. Todo muy rústico, todo muy pintoresco, todo muy vietnamita, todo muy colorido, todo muy vivo, todo muy lindo. La felicidad a esa hora de la mañana ya estaba en un pico de clímax, los lugares con la gente que me cruzaba daban paso a una sonrisa minuto a minuto. Paré en un par de spots que había sobre la ruta donde se pude tener las mejores panorámicas del lugar. Grandes colinas que se entrelazaban con una mezcla de tonalidades verdes o amarillos de los diferentes campos sembrados, un par de cascadas que se desprendían de las cimas cayendo como hilos de agua sobre un río que bordeaba toda la planicie y un cielo a puro brillo dando todo el resplandor a ese paisaje magistral que tenía por debajo. El asombro es algo característico que me sucedió atraviesa de todo el viaje y este lugar no fue el caso de la excepción. Maravillado me encontraba recorriendo estos pueblitos dentro de estos decorados naturales que descubría a cada kilómetro que le ganaba a la montaña en ascenso. Si bien el frío había disminuido y el sol me daba un cálido abrazo de mañana, cada vez que frenada las brisas frescas que recorrían los valles me hacían tiritar. Pero todo era parte de algo mismo, de ese preciso instante en que cada cosa sucedía esa mañana de asombro y belleza. Paré más tarde en una gran cascada que caía sobre los pies de la ruta y que pasaba por debajo de ella descendiendo hasta su unificación con el río. Ésta era una atracción turística asique tuve que pagar unos pocos pesos y entrar a recorrerla por sus costados con unas escaleras preparadas para ascender. Había poca gente asique pude recorrerla tranquilo y tomarme el tiempo para apreciar cada detalle de este lugar. Cuando pasé por un puente que cruzaba de un lado a otro vi la oportunidad ya que no había nadie y salté para las rocas para meterme y ver desde adentro la cascada. Me quedé unos veinte minutos apoyado sobre una gran piedra a unos metros de donde caía con furia el agua desde las alturas estallando en un fuerte sonido ensordecedor. Mirar como esa furia desciende constantemente no solo en ese momento sino desde hace siglos, me resulto algo hipnótico, un hecho que te atrapa por su simple accionar e interés en su forma. Fue muy relajante escuchar ese sonido por un tiempo y cerrar los ojos para descansar la mente en un lugar así de privilegio, con la naturaleza rodeándote en todo sentido y las vibraciones a flor de piel. Quedaba muchísimo por ver y ya lo que había visto me había dejado pasmado. Decidí seguir cuesta arriba por la ruta y acceder a los pueblitos de mayor altitud, en el camino cruce un par de cascadas más pero que eran más caras asique decidí obviarlas. Más belleza natural de la que se veía desde la ruta no podía haber. Al mediodía alcancé una de las zonas más altas del valle desde donde se veían las mejores perspectivas de todas las colinas, el cielo se había tapado causando un mar de nubes que se colaron por entre los bosques dando una fotografía singular al lugar. Entre en un caminito de tierra donde había solo unos cuatro puestitos a los costados para los viajeros que andaban por ahí. Un par que vendía ropa y artesanías y otros dos de comida, pero lo particular es que eran muy humildes. Pequeñas construcciones de madera, con algunos estantes y cocinas a gas sobre el piso donde las mujeres ofrecían la comida. El menú que se ofrecía eran huevos de codorniz hervidos, papa o batata cocinada sobre las brasas o algún que otro conejo o ave desplumado que lo cocían en el momento. Todo muy rustico y casero, las mujeres se sentaban con sus hijos sobre el piso y cocinaban estos productos para venderlos juntando unos pocos pesos por día. Entre en una de las chocitas donde me senté junto al fuego que flameaba sobre una olla para apaciguar el frío y compartir el momento con esa gente. De la nada apareció un peque de unos tres años, vestido con pijama y unos pañales que le sobresalían del pantalón, que aterrizó en mis rodillas sentándose conmigo junto al fuego. Cara de pícaro, ojitos achinados y una sonrisa que te partía el alma de ternura, empezó a jugar conmigo mientras otra familia se sentaba junto a nosotros para compartir el almuerzo. Compré unas batatas asadas que las comí junto a Chumi, el peque, jugando y dando vueltas por todo el lugar haciéndolo reír sin parar. Charle con la familia que venían de Singapur también acerca de lo precioso que era el lugar y la calidez de la gente, el hijo de quince años me comentó algunas recomendaciones de Vietnam y el sudeste asiático. No me podía sacar al peque de encima, me perseguía, se reía, saltábamos y le hacía avioncito por todos lados hasta que se descostillaba de risa. Después de casi una hora y media que me quedé ahí con la mujer y las diferentes familias de la aldea comiendo y jugando, a mi pesar, seguí camino de vuelta para el centro de Sa Pa a conocer los puebles del otro lado. Una humildad, sencillez, corazón y amor me transmitieron esas personas en ese corto lapso de tiempo que quedaron grabados en mi memoria con una gran estima, y esa sonrisa de Chumi que difícilmente se pueda olvidar. Para no perder tiempo encaré en dirección descendente por la misma ruta para el centro nuevamente, casi sin parar los mismos paisajes que me habían impactado durante toda la mañana volvían a presentarse frente a mis ojos para su deleite. El movimiento brusco de las nubes me dio la impresión que el clima iba a cambiar y así fue. Llegando al hostel nuevamente, tuve que traspasar unas densas nubes que rondaban por las colimas haciendo de entrada a las calles principales, el cielo parecía haberse tapado por completo y los pronósticos no eran alentadores. Ya de nuevo en el lugar, tomé otro té reconfortante y sin perder tiempo me fui hacia el oeste a visitar algunos otros pueblos rurales en busca de nuevas experiencias. El lugar ya me había conquistado, de eso no había duda, sentía que había mucho más para ver y la premonición me llevó por un camino directo hacia Cat, una aldea sobre la colina. Frondosos bosques se delineaban sobre las caras de los valles entre algunos campos labrados con semillas, terrazas de arroces y calles de tierra que se trazaban como venas entre las aldeas. El paisaje había cambiado, pero no por eso era menos hermoso, las nubes bailando a diferentes alturas en el cielo daban un marco de espectáculo a todo el escenario que tenían por detrás haciendo del paisaje algo inigualable. Los pequeños ranchos que se divisaban entre la bruma daban un color de detalle a la meseta verde y sus chimeneas humeantes que lo hacían un pueblo de cuento. No sabía para donde iba ni que iba a ver, pero en uno de las curvas vi una escuela rural con unos chicos jugando en el patio, a unos doscientos metros colina abajo, y se me ocurrió una idea que no podía fallar. Paré en un mercadito a unas cuadras y compré dos bolsas de caramelos con unos paquetes de galletitas. Aceleré la moto a fondo y subí por una calle de tierra, que a esa altura estaba toda embarrada, hasta llegar a una pequeña aldea donde se encontraba esta escuela de primera enseñanza. De caradura nomás entré y me encontré con unos sesenta nenes y nenas de siete a diez años que jugaban en el patio descubierto de la escuela. A paso que daba las miradas se posaban en mí, pero seguían su curso de entretenimiento sin parar, las aulas estaban vacías y no divisaba algún adulto alrededor. Justo en la última aula encontré una maestra sentada, que sin hablar inglés, intercambiamos unos saludos y se sorprendió gratamente de mi visita. La comunicación empezó con los gestos y ademanes para darle a entender que quería quedarme a jugar con los chicos, solo basto con mostrarles los dulces que había llevado para que me asintiera y darme pasó a conocerlos. Me paré en medio del patio y empecé a llamarlos a todos para repartir los caramelos que había traído, en solo cuestión de segundos ya los tenía a todos alrededor dio gritando por sus merecidos dulces. Tuve que ordenarlos y ponerlos en fila para que todos puedan recibir un caramelo y galletita para hacerlo de manera equitativa. Algunos más tímidos, algunos más simpáticos y otros más soltados, todos comieron sus dulces de inmediato y me invitaron a jugar en cuestión de segundos. El clásico recreo de colegio se repartía entre los nenes que jugaban a los pases con una pelota de bádminton o a las canicas, y las nenas que coparon el patio a puro salto de soga. Me fue más sencillo mimetizarme con los chicos que me la pase pateando esa pelotita extraña con los chicos en ronda, cuando quería ir a jugar con las nenas éstas se ponían más tímida y salían corriendo por los costados riéndose en complicidad. La maestra salió al rato al patio y se puso a jugar con nosotros haciéndome aún más participe de ese momento y lugar. Todos gritaban y corrían alrededor, las sonrisas y la alegría que se percibía en esa hora de recreo sobrepasaba las nubes, y la mía también. Fueron dos horas sin parar en las que me la pasé saltando, jugando, corriendo a los chicos jugando a la mancha, pateando la pelota o haciéndolos reír de cualquier manera. Sin emitir una sola palabra de mi boca ni de ellos hacia mí, solamente la conexión del juego y las sonrisas que formaron el lenguaje perfecto para comunicarnos. Me despedí cuando las demás maestras llegaron para retomar las clases, los chicos se dividieron en las aulas y una última foto de despedida con ellos para llevarme en el recuerdo. Me fui con el pecho más hinchado del que había entrado, repleto de felicidad y cariño por esos nenes que me regalaron unas dos horas de risas, juegos y alegría. Un recuerdo, unas caras, unos momentos que sin dudas me colmaron el espíritu de algarabía. El día cada vez se ponía mejor, y aunque el clima cada segundo empeoraba, mi satisfacción emocional cada vez más iba en aumento. Seguí con la moto rondando por algunos pueblos pero ya la visión era casi nula, la bruma y neblina había bajado a las calles con una visibilidad de escasos metros. La idea era conocer algunas aldeas más de ese fascinante lugar, pero las condiciones meteorológicas me lo impedían. Los caminos se hacían peligrosos y ya no tenía sentido seguir andando, además del frio que volvía a calar hondo en el cuerpo. Frené en un local de comida casera que me sirvieron una exquisita sopa de noddles con pollo y vegetales al lado de una hoguera, un manto de piedad al frío y una reconfortante comida de abrigo. La tarde se iba apagando con la bruma que copaba la zona y una noche cruda que estaba por caer. Terminé por devolver la moto en el hostel, pegarme una ducha que me prestaron y quedarme acurrucado con la mochila y una manta en un sillón a la espera de la medianoche. Decidí por el mal tiempo volver a tomarme el micro y partir haca Hanoi a la medianoche, pasar un día allá y volver a partir para un nuevo destino. Me quedé reviviendo en la mente esas horas de espera todos los paisajes que había visto, las personas increíbles que tuve la oportunidad de cruzarme y esas caras de sencillez y calidad humana que me hicieron de Sa Pa un lugar inolvidable. Una experiencia única que me hubiese gustado exprimirla más, con más días y más aventuras por vivir. Pero solo sirve vivir y disfrutar el momento, y la decisión de hacer ese día solo en una moto me había llevado a lugares recónditos conectándome con gente adorable, asique solamente bastaba agradecer el día vivido y seguir camino adelante. Once de la noche en punto me subí al colectivo, y con esa linda experiencia vivida en el día me dormí cuando emprendimos regreso a Hanoi.

El viaje a Hanoi fue igual de placentero que el anterior, el mismo bus me llevó de regreso en un viaje por la madrugada que pude disfrutar plácidamente en los asientos camas con calefacción y manta. La ciudad me recibió con una intensa lluvia que me acompaño las quince cuadras que tuve que caminar hasta el famoso Hanoi Rocks Hostel nuevamente. Al entrar pude percibir ese hedor impregnado a las paredes que dejó una noche en la que pasaron cientos de personas sedientas de cervezas y alegría nocturna por sus paredes. Las sillas estaban apiladas a las mesas, el lugar en oscuridad completa y algunos chicos de la recepción tirados en el sillón durmiendo. Desperté a uno ver si me podía dar una cama para pasar lo que quedaba de la noche y el día que tenía que quedarme en la ciudad. La mala noticia llegó cuando me avisó que no había cama disponible y que tenía que esperar hasta las diez para poder tomar un cuarto. Estaba cansado con frío y con ganas de dormir, pero no me quedó otra que acostarme en el sillón al lado de ellos junto con otras dos chicas que estaban en mi misma situación y dejar pasar las horas de la noche hasta que la mañana llegue con un nuevo día y una nueva cama. El sueño profundo nunca llegó, solamente ese estado de dormitación y cansancio en el que flotas en las puertas del sueño sin nunca llegar a consumarlo. Con los primeros destellos de la mañana los muchachos se despertaron vestidos listos para trabajar, tomaron sus puestos de trabajo y abrieron las cortinas para el comienzo del show de un nuevo día en Rocks Hanoi Hostel. Los backpackers empezaban a fluir entrando y saliendo, hacia nuevos destinos o arribando al irrepetible hostel. Para matar el tiempo me pegue una ducha en el baño y pase a desayunar ese sabroso suculento desayuno que servían lleno de cosas ricas. Just in time, me dieron la habitación cuando bajé de nuevo a la recepción y pase directo a la cama sin previo aviso para desmayarme en el instante que toque la almohada. Al mediodía volví a bajar a la recepción donde me cruce con algunos de la banda que había estado días atrás y me quede charlando sobre los próximos pasos que cada uno iba a hacer por Vietnam. Yo decidí arrancar al otro día para Cat Ba, una isla en el extremo noreste del país y hacer base ahí para conocer la fabulosa Ha Long Bay. Saque pasaje en micro para el día siguiente, reservé un hostel bien recomendado y chequee el clima que iba a estar feo el primer día, pero despejado los próximos dos. Pasado el mediodía comenzó el show atractivo, particular y singular que este hostel ofrece para sus huéspedes con el delirio más divertido que jamás había pensado. Tatuajes y piercing gratis para todos y todas. El estudio de tatoo que tenía convenio llegó con sus camillas, equipamientos y monto toda una sala de trabajo en plena recepción del hostel, al lado del bar. Muy profesionales instalaron todo en unos minutos y empezó el show diurno de arte. Los que habíamos reservado turno teníamos orden de prioridad para lo que hayamos decidido, en mi caso el tatuaje pendiente que tenía por hacerme. Sobre las paredes colgaban dos pantallas gigantes con video clips de música intercalados con fotos de gente que ya se había tatuado en el lugar mostrando los dibujos, un fotógrafo sacaba instantáneas en vivo y todo alrededor se empezó a copar de gente. Fui segundo en la fila asique me toco rápido el turno, una vez que dibujaron el tatuaje me lo pegaron en la muñeca de la mano izquierda y posterior aprobación comenzó el tatoo. Muy simple y sin ninguna complicación lo terminaron en gran precisión en unos quince minutos. El dibujo en cuestión son tres estrellas, una adentro de la otra, que representan a mis tres hermanas. La historia se remonta a cuando Luchi, mi hermana del medio, se tatuó hace muchos años ya, tres estrellitas en la muñeca como símbolo de nosotros tres, sus otros hermanos (aunque nos enteramos de eso años después ;-). De ahí quedamos los cuatro en tatuarnos lo mismo para llevar siempre nuestra unión y hermandad con nosotros en nuestra piel y mis otras dos hermanas lo hicieron años atrás. En mi caso el dibujo de las tres estrellitas no me daba muy masculino pero encontré este diseño que me gustó de tres estrellas una dentro de la otra, de mi hermana más chica a la más grande. Más allá del símbolo que representa llevarlo en la piel, el cariño, respeto y querer que nos tenemos los cuatro es lo que más me enorgullece y me pone feliz. Supimos a lo largo del tiempo crecer juntos, criarnos, reír, estudiar, compartir, pelear, discutir y reír; pero todo nos sirvió para fortalecernos y apoyarnos siempre el uno al otro y poder hoy en día decir, con total seguridad, que tengo las hermanas más hermosas del mundo (en todos los aspectos). La vida nos puso en el camino diferentes pruebas, aventuras y episodios, cada uno con su personalidad y carisma supimos avanzar a cada paso en esta vida apoyándonos el uno al otro y siempre estando disponible para lo que necesitábamos. Cada una fue formando su familia y me han regalado lo mejor que un hermano puede recibir, el amor y cariño de unos sobrinos maravillosos que engalanaron nuestras vidas. Todo en la vida requiere un aprendizaje y muchas veces se requiere de esfuerzo y compañía para afianzar la relación de hermanos, en nuestro caso fortalecemos esa unión estando juntos, ante todo, escuchándonos, respetándonos y sabiendo que siempre vamos a estar juntos, siempre. No solo son mis hermanas sino también mis amigas y madres de unos sobrinos que me hacen vibrar de amor, unas personas que me acompañan y van a estar siempre en la vida al lado mío y que me dan su apoyo incondicional cada día, como yo a ellas. Un pequeño homenaje al amor de hermano que llevamos además tatuado en la piel y que nunca nada podrá separarnos. Ya con el tatuaje hecho, me quedé el resto de la tarde en el hostel viendo como la gente pasaba sin cesar por el banquillo del tatoo o por el asiento donde se hacían piercing en diferentes partes del cuerpo. De fondo sonaba rock n roll, la cerveza empezó a correr de temprano y la muchedumbre se agoló en el bar disfrutando del día que daba para eso. Cayendo la noche, con un día que no salió de nublado a lloviznas leves, ya el lugar estaba completo, con la gente entrada en copas y los tatuadores sin parar tatuando todo tipo de dibujos y símbolos sobre la piel de los que pasaban, una locura divina ver toda esa escena en medio de un bar con la gente locamente emocionada. El circuito terminó alrededor de las nueve, con casi siete horas ininterrumpidas de tatuajes y piercing, la gente se iba contenta no solo por el producto final sino porque no había desembolsado un peso. Y ciertamente, algunos backpackers europeos se ahorraron cientos de euros con ese espectacular beneficio del hsotel. Yo no daba crédito y seguía pensando que ahí lavaban guita o algo raro, no podía ser todo tan perfecto y tan barato. A la noche me encontré de nuevo con Eric y lisa, que habían vuelta de Sa Pa donde no los pude cruzar ya que habían emprendido un trekking lejos del pueblo al cual no pude llegar. Igualmente nos juntamos a cenar y a contar las historias de las vivencias en aquel místico lugar, con las mámas que poblaban el lugar y los excéntricos paisajes por doquier. Ellos la pasaron genial, tuvieron una caminata larga entre aldeas y durmieron en la casa de una mujer que les cocinó comida casera con bastante vino de arroz. Junto a otros backpackers habían terminado bastante alegres el día con varias botellas de vino de arroz consumidas y un cálido ardor en el cuerpo para combatir el frio de la noche. Cuando volvimos al hotel nos fuimos al boliche que quedaba en el fondo del hostel y otra vez más la sorpresa llegó a mi cabeza. Como podía ser que dentro de ese lugar había un boliche equipado y producido con la última tecnología en luces, sonido e iluminación, metido dentro de un hostel en medio de Hanoi. No entendía cómo podía ser pero viniendo al caso nos vino perfecto para bailar un rato, tomar algo y terminar la noche arriba. Lamentablemente la música se cortó a la una, pero fue un buen presagio para dar la señal de la hora de dormir, el bus arrancaba temprano por la mañana y el camino era largo hasta Cat Ba. Saludé a estos amigos viajeros que ya habíamos pegado bueno onda y conexión, esperando volverlos a ver en Vietnam o en algún lugar del Sudeste. De mi parte me despedía de Hanoi con un recuerdo imborrable de este impresionante y único hostel donde pasó de todo, de una ciudad cautivante por su flujo de gente carismática, sus mercados a pura acción, las rondas nocturnas con los grupos de backpackers y una primera impresión de esta cultura vietnamita que me iba conquistando. Tiempo de descansar y prepararme para una nueva etapa dentro de Vietnam.

La combie me pasó buscar bien temprano por la mañana, a eso de las siete ya estaba arriba junto a otros backpackers para emprender la ruta a través de unos 170 kilómetros para llegar hasta la bahía de Cát Bá. El primer tramo del viaje fue sobre un combie que nos trasladó hasta las afueras de Hanoi donde nos subimos a otro micro de gran tamaño junto a otros viajeros. Cruzando las fronteras de la capital sentí una sensación de añoranza y nostalgia, un pequeño territorio hiperpoblado de vietnamitas que me había albergado en esta electrizante ciudad haciéndome pasar muy buenos momento, abriéndome las puertas a nuevas experiencias y personas conocidas. Con las vistas de los campos de arroz en las afueras me quedé con el pensamiento de volver algún día y poder conocerla más de adentro, introducirme más en sus entrañas para extirpar todo el jugo posible de su espíritu. El micro condujo en dirección al noreste para luego de unas dos horas de ruta llegar al puerto que conecta el territorio con las islas del archipiélago. Otro trasbordo más, ésta vez en un catamarán, para cruzar el mar de China meridional y arribar a la isla más grande de toda la bahía, Cát Bá. Lamentablemente la temperatura y el clima no mostraban signos de cambio, pero había chequeado el pronóstico que él mismo iba a mejorar los próximos días. Al desembarcar, otro mini bus nos condujo bordeando toda la isla para después de una hora llegar al centro. El cielo estaba completamente tapado por las nubes con esa constante brisa fresca que te pegaba en la cara dejándote los cachetes morados y las manos entumecidas del frio, no tanto por las bajas temperaturas sino por el constante roce del viento. La primera impresión que tuve al bajar fue la de llegar a un pueblo fantasma, una gran avenida de doble mano se extendía unos dos kilómetros a los extremos con algunas pocas calles que la cortaban en dirección a las colinas, un boulevard con pasarela para caminar al costado del mar y cientos de barcos pesqueros anclados en el muelle bordeando la bahía. Sobre la avenida se podía visualizar algunos pocos edificios altos donde brillaban los carteles de albergues u hoteles, algunos que otros bares y pequeños locales de comida abiertos y un gran puerto sobre una pequeña isla enfrente de la bahía conectado por un puente. Por suerte el hostel que había reservado estaba a solo unos pasos de donde nos bajamos con lo cual llegué sin ninguna dificultad, hice el check in sin ningún problema y me fui al cuarto a resguardarme un poco del hostil clima de bienvenida. Ordené la valija, me pegué una ducha, puse ropa a lavar y salí a caminar por este pequeño centro que parecía haberse tragado a las personas. Lo primero que me fui a explorar fue el mercado de la isla, una feria construida con los materiales más precarios como planchas de plástico, maderas, cartones o chapa, que alojaba a unos cincuenta puestitos de venta de artículos varios, ropa, comida o zapatillas. Mucha gente no estaba dando vueltas por ahí, los hombres, mujeres y niños que atendían me miraban incrédulos mientras caminaba por esos pasillos con sus sonrisas cómplices de intriga y asombro. Intercambié algunas palabras con algunos, algunas sonrisas repartidas por ahí y me llevé un par de manzanas en el bolsillo para apaciguar el hambre. De ahí me fui directo hacia el puente que conectaba a la pequeña bahía donde se encontraba el muelle con muchos barcos pesqueros amarrados. Mientras avanzaba no podía sacar la vista del mar y la bahía que daba toda una vuelta a la isla como silueta con una curva coqueta pronunciada, con líneas marcadas por su sensual figura hacia el horizonte. Las fotos no tenían lugar en ese día ya que la resolana quemaba todas las fotos y no se apreciaba para nada la belleza de aquel lugar, sabía que el clima me iba a dar revancha y aquellos bellos paisajes iban a quedar sobresaltados bajo un cielo azul. En una esquina me topé con lo que terminó siendo la mejor atracción del día, el mercado de pescados frescos. La estructura en este caso del lugar no llegaba a ser ni precaria, directamente eran mantas tiradas en el piso donde las mujeres, principalmente, exponían los manjares marinos vivos sobre para pescar algún interesado en sus mercaderías. La rusticidad y precariedad del lugar le daban un toque especial a la vez, unos colores, olores y sentido que lo hacían sobresalir como el corazón vivo de aquella isla en ese pálido sábado. Creo que me recorrí todos los pasillos como unas cinco veces, con la cámara en mano iba retratando todos los bichos, peces y mariscos vivos que quedaban expuestos a merced de todos en busca de alguien que los compre y termine con su sufrimiento en alguna cacerola, olla o sartén. Calamares, camarones, almejas, meros, langostinos, pulpos, lenguado, todo lo que salía del agua se comercializaba en ese mercadito. En este caso no compre nada, pero me llevé además de los olores unas imágenes sensacionales de la gente, las miradas de las mujeres, los colores de los pescados y el ritmo que se imponía constantemente entre la descarga de nueva mercadería fresca y las bolsas llenas que se iban a parar a la casa de alguna familia por ahí. Había muchas atracciones y lugares para visitar, pero no ameritaba quemar la primera impresión de esos lugares con días que no lo valía, asique emprendí camino de regreso al hostel. Con el aroma de una sopa que se me cruzó por las narices en plena calle, frené en un instante y me senté en la mesa sobre la calle de un puestito en el cual había un solo hombre revolviendo una olla de gran tamaño con un inigualable sabor. Le pedí un plato de sopa con unos fideos y me quedé comiendo ese manjar con el hombre sentado enfrente charlando de la vida. Algunas palabras en inglés entendía y lo que no nos hacíamos entender por gestos o sonrisas. Ahora sí que el cuerpo había recobrado vida, la temperatura corporal había aumentado unos dígitos y mi alegría también. Mientras caminaba en dirección al hostel a pasar el tiempo, me cruce justo por la calle con Phillipe y Ashlene (parte del grupete de Hanoi) que había recién llegado a la isla. Ambos se habían ido unos días antes de Hanoi en las motos que tenían y habían parado en unos pueblitos antes de llegar. Iban a comer algo asique aproveche a acompañarlos hasta un bar que quedaba sobre la principal ya que no había mucho para hacer. Nos quedamos charlando un rato de sus últimos días viajando con sus motos, mi experiencia en Sa Pa y sobre los planes que tenían para Cát Bá. Como la mayoría de los que viajábamos por ahí, el plan se iba a armando día a día y es justamente algo de lo más lindo por la libertad que tenés de moverte y juntarte con grupo de personas que andan recorriendo. Philippe me contó que también iba a llegar Beth ese día y un par más de personas que se había cruzado con otros grupos en Vietnam. Parecía que todo el mundo iba a llegar ese día porque después de varias semanas se venían dos días lindos en la isla, y eso es algo que no se puede desperdiciar. Los deje un rato en el bar porque la verdad que venía cansado, volví para el hostel a pegarme una siesta, abrigarme y volver al bar para cenar y seguir la noche. Volví cerca de las nueve a Cát Bá Bar (Muy original el nombre) que parecía ser el único bar sobreviviente a ese oscuro día frío, algunas mesas estaban ocupadas de viajeros y mis compañeros de ruta seguían ahí sentados. Al tiempo que las cervezas empezaban a correr por la mesa, el grupo se fue agrandando considerablemente, Sylvan y Pauline (franceses) habían llegado hace un rato del sur, Beth también se sumió con el ultimo bus que arribo a la isla y por ultimo Bente y Renske, dos holandesas que se había cruzado Philippe en otra ciudad terminaron por completar el grupo. Esta es una de las magias de viajar por el mundo sin planes ni ataduras, sin preconceptos ni estructuras, conocer gente de todo el mundo, de todas las edades, de diferentes culturas y formas de pensar, que se reúnen alrededor de una mesa con algunas cervezas y pasar unas horas a pura charla y diversión sin saber siquiera los vínculos que se armarían a partir de la misma. Como todos los que estábamos ahí nos íbamos a quedar unos días, coordinamos para al día siguiente ir a recorrer la isla con unas motos y al otro día (que iba a ser el mejor en termino de clima y temperatura) hacer la famosa travesía por Ha Long Bay. La decisión fue unánime y sin problemas, luego la noche siguió en el piso de arriba donde había un pool, barra de tragos y música para terminar bailando todos hasta altas horas a pura diversión. Al ser el único latino tuve que mostrar algunos dotes de baile y movimiento de caderas dejando casi sin maniobra a los europeos que se movían en forma robótica. Habían pasado ya casi unas diez horas desde que me había encontrado con Ashlene y Philippe en aquella calle desolada y ahora estábamos en un grupo de casi diez personas charlando y pasándola genial. Ese sábado terminó de manera inesperada, todos habíamos congeniado muy bien en ese grupete y teníamos unos días por delante para conocernos más y compartir todo lo que este lugar tenía para ofrecer. Cada uno se fue para el hostel y quedamos en encontrarnos en la puerta del bar a las diez para arrancar la travesía en moto. El lugar prometía y el grupo también.

Un despertar con entusiasmo, con ganas, con energía. Los rayos de sol que me iluminaron cuando abrí los ojos aquel domingo me dieron un buen presagio de todo lo que iba a vivir aquel día. Me encontré con Philippe y Ashlene en la recepción donde tomamos el desayuno sobre unas mesitas mirando a la bahía, el paisaje había cambiado por completo y todo el mar brillaba bajo el esplendoroso sol renaciente de la mañana. El verde de las colinas había retomado su brillo habitual, los barcos resaltaban en el agua y las calles estaban transitadas por gente y vehículos que iba y venía, parecía que Cát Bá había recuperado su espíritu. Infaltable café con leche al estilo vietnamita junto con un omelette al pan para arrancar el día con todo el sabor y la energía. Justo a unos metros de la esquina alquile una moto y le pasé el contacto a Beth para que vaya alquilar la suya, Philippe y Ashlene tenían sus propias. Pasamos a buscar a Sylvan que iba a compartir la moto con Pauline y por ultimo nos encontramos con las blondas holandesas Bente y Renske que ya estaban desayunando en el bar a la espera de toda la troupe. En el camino me topé con Wanda, una chica argentina que me cruce en Sa Pá, y termino compartiendo la moto conmigo para acompañarnos a recorrer la isla. Ya estábamos todos preparados, y como patrulla de motoqueros partimos por una calle que se adentraba al corazón de la isla para empezar a descubrir las bellezas que esta agraciada tierra tenía para deleitarnos. A medida que fuimos ascendiendo por la ruta que atravesaba la isla, la bahía con todo su esplendor quedaba a nuestra espalda haciendo brilla su silueta con todo lujo. Cada vez que frenábamos para sacar algunas fotos, la fascinación de apoderaba de mi mente con aquello que se reflejaba en mis ojos. Un resplandor intenso que genera el sol pleno de mañana, bañaba la costa de esa bahía pintándola como una pintura al óleo recién terminada. La ruta se iba abriendo paso en zigzag a medida que íbamos subiendo y bajando entre las colinas para entrarnos en el corazón de la isla, todo a nuestro alrededor se teñía de verde, bosques sobre la copa y campos sembrados sobre las planicies. Particularmente me encanta andar con las motos por estos lugares, imponentes escenarios de la naturaleza que se pueden recorrer en todos sus extremos sintiendo la vibración del viento en el cuerpo mientras avanzas y la sensación de libertad a la velocidad que se la atraviesa. Me genera un efecto de simple felicidad instantánea, cosas que con tan poco me generan tantas endorfinas en el cuerpo que me tatúan una sonrisa en la cara. La primera parada de exploración fue en una de colinas anexas a la ruta desde donde pudimos acceder a un hospital gruta, es decir un hospital que fue construido dentro de la roca y que permaneció oculto en las cuevas por varias décadas en la guerra. Hoy en día es solo una atracción turística y no se encuentra en funcionamiento, de hecho, solo quedan las divisiones de hormigón que se hicieron dentro de la roca para las diferentes salas o habitaciones que se necesitaban. El lugar por dentro estaba húmedo y fresco, después de pasar unos túneles agachados se accede a una inmensa área donde aparecen varias secciones y patios dentro de la montaña, literalmente. Después de caminarlo salimos por el otro extremo de la colina teniendo que volver caminando bordeando la ruta hasta el punto de acceso. Un particular recurso de arquitectura e ingeniería que se utilizó durante la guerra para atender a soldados malheridos de forma clandestina. Seguimos camino en ruta con todas las motos mientras nos cruzábamos con otras bandas de viajeros en moto que estaban haciendo lo mismo que nosotros, mucha gente que me había cruzado en otras ciudades también. Avanzamos unos largos kilómetros con más paraísos naturales a nuestra completa merced, algunos lagos surgían del suelo entre las extensas colinas rodeados por bosques tupidos que parecían decorar el horizonte a pleno verde, algunos trabajadores estaban labrando los campos sembrando diferentes semillas y hortalizas. Llegamos cerca del mediodía hasta el otro extremo de la isla donde nos recibió otra extensa bahía con un mar calmo, unas playitas de piedra y enormes peñazos en el horizonte dando el clásico dibujo de aquel archipiélago sobre el Mar de China Meridional. Buena oportunidad para meterle un break a la travesía, sacarnos unas fotos, disfrutar del paisaje y continuar con las conversaciones variadas para conocer un poco más de cada uno. Sylvan nos contó de su travesía trabajando casi un año en Australia, como muchos europeos con la visa de work&holiday, donde pudo ahorrar muchísima plata siendo empleado de construcción, levantando cosecha o en restaurantes, y con eso pudo no solo viajar casi toda Australia sino también recorrer todo el sudeste asiático por seis meses. Bente y Renske, con las que había hablado bastante ya la noche anterior, se largaron ambas solas con sus 18 años desde Holanda para antes de comenzar sus estudios universitarios, explorar en unos seis meses también el sudeste asiático y sumar nuevas aventuras a sus cortas vidas. Pauline estaba recorriendo también el sudeste y de los demás ya conocía un poco su historia o lugares por los que habían viajado. Ashlene había estado seis meses trabajando en China para ahora recorrer el sudeste como Beth y Phillipe andaba sin rumbo por aquellos países en busca de nuevas experiencias. La confianza se fue ganando rápido como así también el placer de recorrer ese lugar, ya había pasado medio día y a mi parecer estaba en uno de los lugares naturales más lindos que había visto. De camino de regreso paramos en el Parque Nacional de Cát Bá donde emprendimos un trekking cuesta arriba por unas dos horas hasta llegar a la cima de una montaña con toda la soberbia isla a nuestra merced desde las alturas. El camino no fue muy difícil y todos pudimos andar a ritmo constante, lo que si nos pegó bastante fue la humedad que se colaba entre las plantas y árboles que me hicieron transpirar de manera notoria. Fui charlando casi todo el viaje con Bente y Renske para conocer más su historia de donde se conocían, porque habían decidido arrancar el viaje y los temores o miedos que podían llegar a tener por lanzarse tan chicas solas a recorrer confines de la tierra. Me llamó la atención lo decididas, confiadas y entusiasmadas que estaban con esta experiencia, muy maduras en la primera impresión y con mucho bagaje de experiencia en varios temas para sus 18 años. Así anduvimos andando por esas horas de escalada, contándome también de sus gustos, de sus familias y en mi caso de toda mi vida y experiencia en este fascinante viaje. Cuando llegamos a una de las cimas nos quedamos sentados todos sobre unas piedras que tenían una vista 360° de todo el parque nacional, esas vistas que te dejan con la boca abierta sin ningún tipo de reacción, solo admiración. Allí pasamos casi una hora en las alturas, entre charlas, silencios de contemplación y admiración a esos paisajes, cada uno fue disfrutando lo que veía a su merced. Yo me quede en un costado respirando, haciendo alguna meditación corta y absorbiendo toda la energía que ese lugar me transmitía. De camino de regreso, ya con el sol en comienzo de descenso, fuimos recorriendo los mismos paisajes de vuelta con el clamor del atardecer que estaba golpeando las puertas del día para irse y darle paso a la fría noche que se acechaba. No hicimos parada en el medio, sino que anduvimos ruta abajo sin parar, en mi caso fui andando solo en la moto de Ashlene (Estilo Segunda Guerra Mundial) a puro acelerador atravesando todos esos paisajes de los horizontes que se pegaban a mis ojos. Disfrutando cada centímetro que avanzaba con el viento pegándome a la cara haciéndome sentir plenamente vivo, feliz de estar ahí en ese lugar con todo lo que la naturaleza me brindaba. Llegamos cerca del ocaso y algunos aprovecharon a comer algo en ya nuestro bar de cabecera, y algunos otros nos fuimos a comprar unas cervezas para buscar un buen spot y ver el atardecer. Finalmente terminamos cruzando la avenida y nos sentamos sobre la muralla de la costa donde rompe el mar a disfrutar de los últimos minutos del sol junto con unas buenas cervezas y excelente compañía. Sobre el horizonte quedaban flotando algunos barcos que se mecían sobre el agua, los contornos de los extremos de la bahía que se cerraban dándole un abrazo al mar y el sol que caí por el medio de la entrada haciendo de ese paisaje una imagen perfecta. Cuando el sol se esconde la magia comienza, las tonalidades de los colores primarios empiezan a jugar mezclándose con las nubes para dejar un resplandor multicolor en el cielo hasta que las primeras estrellas empiezan a divisarse y la noche llega en su bienvenida. Gran día había pasado junto a buena gente y teniendo la posibilidad de recorrer un lugar de ensueño. Pasamos por el hostel donde estaban los otros chicos del grupo a reservar la excursión en barco para mañana en Ha Long Bay, como éramos bastantes nos cerraron un barco a nosotros asique teníamos exclusividad para la travesía. Nos volvimos a encontrar todos para cenar en el mismo bar de siempre, esta vez el menú fue unas ricas hamburguesas con papas caseras y las infaltables heladas birras. La noche prosiguió como la anterior, con la música y juegos en la pista del primer piso y mucha diversión. Nos cruzamos con varios grupos de otros backpackers que andaban por ahí, siempre te vez con gente que ya te cruzaste, y la noche prosiguió hasta altas horas. A pesar de que teníamos que levantarnos temprano al otro día para la excursión, esta vez nos terminaron echando del lugar cuando cortaron la música y apagaron todo, algunos que otros tambaleando y otros bastante alegres, llegamos al hostel para descansar las horas que quedaban y partir bien temprano a la mañana. Muy buena onda de todos y mucho espíritu divertido rondaba en el grupo.

Con pocas horas de sueño y mucha expectativa por lo que íbamos a ver en el día nos levantamos ese lunes despejado, una mañana que fue despejando los últimos bancos de neblina del horizonte para darle una bienvenida triunfante al guardián de los mares que se elevaba hasta el cielo. Siete de la mañana nos pusimos a desayunar en la mesita que daba a la calle con otro exquisito desayuno vietnamita para darle calor al cuerpo al tiempo que la temperatura de a poquito iba aumentando. Quince minutos antes de las ocho nos pasó a buscar la combie que nos iba a trasladar hasta un puerto al otro lado de la isla desde donde comenzaba la travesía, hicimos una parada para subir a los chicos que estaban en el otro hostel y por ultimo subieron otras dos holandesas que se sumaron a nuestro barco a último momento, Pim y Emma. Bente y Renske decidieron no venir ya que lo habían hecho días atrás y prefirieron pasar el día en las playas cercanas al igual que Wanda, el otro nuevo integrante que teníamos era Karim, de Canadá, que se había sumado al grupo por Pauline la noche anterior. Ya todos en la combie, con una sonrisa en la cara por saber el largo e interesante día que se nos venía por delante, fuimos rompiendo el hielo de la mañana haciendo algunos chistes de la noche anterior sobre algunas anécdotas divertidas que habían sucedido. Solo llevó unos minutos arribar al puerto y posteriormente abordar nuestro catamarán que sería nuestra nave de recorrido para atravesar toda Ha Long Bay. Era un barco de dos pisos, construido en madera, navegado por dos tripulantes que serían nuestros anfitriones de lujo. En la parte interior había unas mesas con lugar para guardar las mochilas, la sala de manejo y dos baños a los costados, el principal atractivo era toda la terraza que funcionaba arriba del techo, con gran amplitud de superficie y totalmente despejada para observar todo el exterior en una dimensión total. Partimos por una arteria que se desprendía del puerto adentrándose al corazón de la bahía, lejos quedaba la isla a cada metro que avanzábamos con su figura dibujada sobre el agua como una silueta y la niebla evaporándose a los cielos como una chimenea. Todavía abrigados íbamos todos, trataba de buscar los rayos de sol que me abriguen y me den una temperatura adecuada para ir desentumeciendo el cuerpo. Todos estábamos en la terraza apreciando lo que éste paraíso ya tenía para deleitarnos a escasos minutos de avanzar, los pueblos pesqueros flotantes comenzaron a aparecer a los costados como salidos de abajo del mar. Pequeños puestos construidos sobre unos pilotes de madera que flotaban gracias a varios barriles que sostenían toda la embarcación a flote, funcionaban como mercados para transacción de toda la mercadería marina que se levantaba en la mañana y se vendía durante el día. Las pequeñas balsas y canoas llena de peces recién sacados del agua llegaban, descargaban y seguían ruta. Otras lanchas o pequeños barcos se apostaban sobre estos mercados y al cambio de unos billetes llenaban sus canastas con los ya pescados listos para entregar en el pueblo. Una sinergia y movilidad de estos mercados flotantes que me dejaron pasmado de asombro, oficios que te das cuenta de la gente que lleva décadas haciendo eso con una habilidad y energía sin igual. Las caras de esas mujeres y hombres, generalmente de edad avanzada, cargando o moviendo todas las cajas de mercaderías llevando a cabo su oficio diario me hizo brotar un atisbo de admiración. Gente con pocas oportunidades en la vida donde nació, vivió y seguramente mueran haciendo ese oficio por toda su vida, pero no por eso vivir con desgano, sino con una sonrisa y amor por lo que hacían que se podía percibir en sus caras y miradas. Dejamos atrás estos pueblitos flotantes desembocando en un embalse común que conectaba varias arterias del mar desprendiéndose como venas para diferentes lados. Ese fue el primero, entre tantos wowww, que salieron de nuestras bocas ese día. Estos peñascos que copaban el paisaje a cualquier dirección parecían pilotes que emergían del agua con diferentes diseños y formas, torres amorfas que brillaban con el resplandor de la mañana cubiertas de una cada de granito azulado que las hacían reflejar como espejos marinos. El mar estaba calmo, como una laguna, lo cual daba al paisaje un sustento de armonía y paz que conjunto a estos peñascos me dieron una imagen de paraíso natural como pocas veces había visto en mi vida. Atravesando a paso constante con el barco se nos abría nuevos sectores con el mismo paisaje repetido, a cualquier punto cardinal que mirábamos el horizonte se tenía con el mismo lienzo que esta obra de arte llamada Ha Long Bay ofrecía a sus visitantes. Parecíamos un pequeño barco de juguete navegando por entre un gigantesco océano con cientos y miles de peñascos que se elevaban como icebergs a los cielos haciendo un laberinto marino por el cual transitar maravillado. Con todo este horizonte a nuestra merced, y un cielo completamente despejado, fuimos charlando entre todos fascinados por el lugar rompiendo con el frío que ya se iba despidiendo. Nos sentamos en ronda con algo para tomar y desayunar, algunos ya habían arrancado con las cervezas, para seguir con nuestras conversaciones de viajes, anécdotas y chistes. Paramos en un restaurante flotante donde bajamos a ver una colonia de peces que cultivaban en unas piletas hechas con redes sobre el agua, los hombres cargaron unos kayaks en el barco y seguimos camino para la segunda parada. Antes del mediodía el barco ancló en un empalmé donde nos bajaron los kayaks al agua para comenzar la travesía y ejercicio matutino. Nos subimos de a dos y empezamos a remar para descubrir todo este paraíso que teníamos alrededor desde el agua. Estos gigantes peñascos a veces estaban conformados por la unión de uno o varios, otros estaban desprendidos quedando como monolitos en medio del agua y otros conformaban una gran extensión de unión entre varios. Cuando te acercas hasta el borde desde donde podés ver sus paredes laterales, te sorprende la forma que toman éstos con sus filosas rocas desprendidas de sus caras, vegetación que crece desde sus entrañas y la mezcla de color refractarios que brillan con el sol. En la base que toca el agua se forman grandes cuevas donde las pequeñas olas que se forman a sus costados rompen con gran fuerza generando un estruendo increíble. Otras cuevas pasan de lado a lado en las cuales pudimos atravesarlas con el kayak y vivir esa energía que tienen estas piedras desde adentro. Es como navegar en una laguna, súper fácil y fascinante a la vez por todo eso que te rodea, mi boca no se podía cerrar del asombro constante en el que estaba. Paramos con el resto de los chicos en una playita de piedras que se formaba en la base de uno de estos gigantes y nos tiramos a tomar sol absorbiendo todo el calor que podíamos. Cuando volvimos al barco, nuestros anfitriones no tuvieron mejor idea que esperarnos con un almuerzo completo anclados en ese lugar para disfrutar de una buena comida con una vista impagable. Arroz con vegetales, calamares con salsa de maní, pescado grillado con especias y langostinos empanados, todo con unas deliciosas cervezas frías. Que más se puede pedir a veces? Son momentos donde todo es una combinación de perfección que se da en los momentos justos, lugar, compañía, ambiente, clima y paisaje. Devoramos todo lo que nos pusieron en la mesa y nos fuimos para la terraza de nuevo con varias cervezas a seguir tomando sol, escuchando música y charlar de todos los temas que los viajeros comparten en sus conversaciones. Apareció al lado del barco una señora de nos cincuenta años, en una balsa repleta de mercadería que ofrecía para turistas, cigarrillos, alcohol, galletitas, papas fritas, etc. No daba crédito de lo que veía, remando con los pies, timoneaba y se nos acercaba para ofrecernos de todo, completamente sola. Algunos compraron cigarrillos, otras cervezas y yo de incognito compré un regalo para todos que le guardé para el final del día. Después de una hora de relax post almuerzo, anduvimos de nuevo en camino atravesando por otra hora el mismo paisaje que cambiaba de configuración a cada paso como una gigante estructura fragmentada en pequeños pedazos flotando en el mar. Llegamos por la tarde a otra bahía donde anclamos y volvimos a andar en kayak por los alrededores. Esta vez nos fuimos todos entre unas grutas que se abrían paso por las rocas hasta dar con un gran túnel de unos cincuenta metros que atravesaba un peñasco enorme. Cunado desembocamos en el final del túnel la simple belleza se hizo eco frente a nuestros ojos como punto sobresaliente, una pequeña entrada de agua había llenado un embalse que estaba rodeado de montañas a todo su alrededor. Esta laguna quedo entre medio de gigantes rocosos, con un agua completamente verde cristalina circundada por estas paredes de piedra. No corría una gota de viento, el agua parecía estancada y todo alrededor parecía un decorado, un lugar que te apabullaba por su belleza y templanza, lugar donde nadie se animó a hablar o remar, solo dejarse llevar por el kayak contemplando semejante paraíso. Nos quedamos varios minutos sacando fotos y en mi caso grabando ese lugar en mi retina para siempre, llevándome mientras volvíamos al barco realmente un nirvana en mi mente.  Ya de vuelta en el barco emprendimos retirada hacia el último destino antes de volver, Monkey Island. A esa altura de la tarde los cadáveres de cerveza ya se apilaban en cantidad y la alegría generalizada estaba a tope. Chiste de acá, historia de allá y anécdota por acá, todos de a poco empiezan a aflojarse con el alcohol contando graciosos cuentos o experiencias. Llegamos a la isla con la función principal del atardecer a punto de comenzar, en ésta se puede subir hasta un mirador que tiene las mejores perspectivas y panorámicas, pero nadie estaba para escalar un monte asique nos quedamos todos en la playa con otros viajeros que amaban por ahí sacando algunas fotos grupales, jugando con los monos que andaban por todos lados y disfrutando de la caída del sol desde la playa todos juntos. Ya era tiempo de volver y la noche empezaba a dar su grito de llegada. De camino al puerto de vuelta con la mezcla de colores vívidos que el atardecer nos dejó en el cielo, descorché el vino que había comprado a la mujer como regalo para todos y nos pusimos a tomar una copita de tinto en medio de ese paraíso. Brindar primero por el lugar, segundo por la experiencia de haber compartido eso juntos y agradecer el día que nos había tocado. Cierre perfecto para un día perfecto. Ya de vuelta en el puerto nos despedimos de los dos grandes anfitriones que nos habían servido como los mejores, le dimos una gran propina y volvimos para los respectivos hostels a descansa y tomar una ducha. La fiesta de despedida iba a ser nuevamente en nuestro bar de cabecera, allí nos encontramos todos por la noche para comer, seguir con los tragos y cervezas pasando la última noche todo el grupete juntos. Música, charla, pool, beer pong, cerveza y mucho baile para reírnos disfrutando toda la madrugada sin parar. Al otro día casi todos teníamos viaje largo por lo que se podía descansar en el bus asique todos agotaron sus energías en la pista. Cada uno iba a arrancar para diferentes lados, en mi caso coincidía con mis blondas princesas holandesas (como ya les decía en joda por sus largas cabelleras rubias) que seguíamos ruta para Phong Na hacia el sur del país. Fueron solo tres días compartidos con todos pero con la mejor de las ondas y muy buena vibra, es la magia de conocer gente en el camino compartiendo gratos momentos juntos. Me fui a dormir un poquito mareado de la noche pero con una alegría inmensa de lo vivido en la imponente Cát Bá y deslumbrante Ha Long Bay.

Del mismo modo que llegué a la isla tenía el regreso al continente, pero al revés. Combie, barco y bus fueron los medios de transporte que tomé para llegar por la noche a la ciudad de Hai Phong. Ahí haríamos un trasbordo a otro bus que nos llevase toda la noche hasta la localidad de Phong Na. Solamente viaje con Pim durante el día pero a la noche cuando todos los micros llegaron, nos encontramos con las chicas y otros viajeros que nos habíamos cruzado en Cát Bá los días anteriores. Teníamos una hora y media de espera para salir de nuevo asique nos cruzamos a un hotel a cenar algo caliente y hacer tiempo. Nos juntamos con Diego y John, colombiano y peruano que vivieron en New York mucho tiempo y decidieron dejar todo para irse a recorrer el mundo; Amber, una canadiense que estaba viajando sola por el sudeste, Pim, Bente, Renske y yo. En otra mesa estaba Kai con Ellen, un alemán con una belga cenando, que me los había cruzado la noche anterior y habíamos intercambiado unas palabras. Todos íbamos a Phong Na, un lugar donde el principal atractivo eran unas excursiones por unas cuevas, paisajes rurales y aventura en moto a través del parque nacional. Era un lugar para quedarse un día nomás asique acordamos todos hacer las atracciones y pasar el día juntos. De los tipos que me había pasado Lucy, la inglesa, reservamos por teléfono un hostel que parecía ser el mejor y quedaba bien ubicado. Con el boleto del colectivo nos daban una noche gratis en otro hostel, pero no le teníamos mucha fe para quedarnos asique preferimos cambiar. Nueve y media en punto llegaron los nuevos colectivos camas para trasladarnos a un nuevo destino con una nueva aventura que comenzaba. Ya había quedado atrás Hanoi, Sa Pa, Cát Bá y Ha Long Bay, solamente una semana y media para visitar esos maravillosos lugares y conocer gente copadísima con las que tuve la suerte de compartir. Tenía por delante muchas nuevas atrapantes ciudades por visitar, con algunas mismas compañeras de ruta y otros nuevos que se sumaban a bordo. Con la mata tapado hasta el cuello y una reconfortante sensación de alegría, me sumí en un sueño profundo por toda la noche hasta el destino siguiente.

Phong Na de cuevas

A las cuatro de la mañana los frenos del bus dieron la señal de llegada a la ciudad, las luces del interior se fueron encendiendo hasta que de a poco todos fuimos recobrando fuerzas para desperezarnos y bajar del micro. Una densa capa de bruma y neblina secundaban las calles con un frío penetrante que se te escurría por la ropa, la madrugada estaba en pleno clímax de ambiente misterioso. Con las pocas luces que alumbraban la avenida principal, nos dirigimos con los demás chicos hasta el hostel donde teníamos la noche gratis a ver qué onda, pero las camas cuchas que estaban detrás de una tela al costado de la recepción no me dieron garantía de bienestar ni limpieza. Amber junto a John y Diego, se quedaron a pasar la noche ahí mientras que yo me fui para el otro hostel que había reservado a solo unas cuadras de ahí. Cuando llegué me encontré con Bente y Renske, que ya habían arribado en otro bus, asiqué nos quedamos los tres tirados en la recepción dormitando hasta que la misma abra cerca de las seis y media de la mañana. Alrededor había unos diez backpackers también haciendo tiempo para tomar la habitación y en un momento llegó Kai junto a Ellen que venían en otro bus también. Ni bien nos dieron la habitación nos fuimos directo al cuarto para meternos bajo las sabanas y dormir un poco más hasta que el sol de la mañana asciendo a los cielos disipando la niebla y elevando un poco la temperatura del ambiente. Nueve y media quedamos todos en encontrarnos en nuestro hostel, la recepción junto al bar desayunador tenían mucha onda y una hoguera a puro fuego en el patio exterior junto a las mesas nos daba el ambiente ideal para comenzar el día. Mientras desayunábamos con las chicas, Kai fue a escuchar una charla que dieron sobre el parque nacional y las diferentes cuevas a visitar junto a otras atracciones. Justo cuando regresó a comentarnos lo que había escuchado, llegaron los chicos del otro hostel con todas sus cosas ya que se iban a cambiar de hostel, efectivamente las camas eran un desastre y los bedbugs (unas pulgas de camas) dejaron algunas marcas en su piel. Ya todos desayunados y con la ropa adecuada para la travesía emprendimos camino a explorar el lugar. Yo había hecho la reserva ya de cinco motos y con todos a bordo con los cascos atados partimos a recorrer el área donde se encontraba Phong Na y sus aldeas aledañas. La ruta que bordeaba toda el área se comprendía de una circunvalación que rodeaba toda la ciudad, el parque nacional y las cuevas, de casi unos 50 kilómetros para hacer todo el loop completo, se podía n recorrer todos los paisajes perfectamente desde la travesía en moto. El cielo se cubrió con una espesa capa de nubes que no dejaba al sol calentar la tierra, el rocío a medida que pasaban las horas se iba evaporando a los cielos dejando ese brillo tan particular en los extensos campos que sea abrían a ambos costados de la ruta. Salimos todos en caravana en dirección al primer entretenimiento del día Dark Cave, una gran cueva dentro de una montaña que la cruza un río donde íbamos a tener diferentes deportes de aventura para hacer y visita a la cueva. Los campos de arroz formaban el papel protagónico del escenario que se abría en esos primeros kilómetros, desde las laderas se formaban grandes cadenas montañosas unidas entre valles con tupidos bosques pintados sobre sus lados, se podía vislumbrarla la mezcla de colores amarillo y verdes en todas sus tonalidades. Velocidad constante, viento en la cara y charlas variadas con Amber que venía a bordo conmigo en la moto hasta después de casi una hora de manejo para llegar a Dark Cave. Cuando todos llenamos el formulario de entrada y pagamos, nos hicieron sacar toda la ropa y pertenencias para quedarnos solamente con una maya o bikini en el caso de las mujeres. La primera emoción llegó a manos de un zipline que atravesó desde una torre en uno de los lados del río a unos 150 metros, hasta el otro extremo del río sobre la entrada de la cueva con una extensión mayor a 200 metros. El paseo fue muy agradable, para nada peligroso, y mientras ibas cruzando en posición de Superman por el río se podía apreciar toda la belleza natural donde se albergaba este lugar. Cuando ya cruzamos todos, nos metimos con los chalecos salvavidas al agua para nadar hasta la entrada de la cueva, el agua debía estar a unos cinco o seis grados por lo que todos íbamos nadando tiritando entre frío, risas y chistes. Con un guía por delante y las luces prendidas de nuestros cascos, pasamos todo el grupo por la entrada de la cueva haca la oscuridad que albergaba en su interior, por eso la llamada Cueva Oscura. Un angosto camino de agua se abría entre las filosas rocas por las cual andábamos pasando de una en una para avanzar hacia delante, una altura de casi cien metros formaba esa grieta por donde se podía ver la inmensidad de vacío en donde nos encontrábamos. De a poco, a cada metro caminado, la luz se iba disipando entre el vapor y la bruma que había dentro dejando solamente la oscuridad que habitaba la cueva y las risas de nosotros que íbamos como pisando cucarachas entre las rocas. En una pequeña entrada donde no cabía más que un cuerpo, fuimos ascendiendo con la ayuda de una soga hacia un caminito angosto y chico donde tenías que ir casi agachado para caminar hacia delante. Después de unos diez minutos de andar e ir charlando con todo el grupo sobre el lugar, caímos en una piscina de barro que nos recibió como jacuzzi térmico. Podías flotar en ella y por supuesto todos los cuerpos terminaron absolutamente repletos de barro. Para meterle un poco de gracia al momento, me subí a una roca que estaba desprendida y salté al medio de todos haciendo una bomba potente que dejé empapados a todos de barro por doquier. Nos terminamos quedando unos veinte minutos en ese lugar con el barro aplacando un poco el frío y con las mascarillas de barro en la cara que nos dieron buenos momentos de risa. De vuelta por el mismo camino, salimos a una pileta, de agua natural esta vez, para limpiarnos y sacarnos algunas fotos que podíamos con la GoPro que habían llevado algunos. Ahí nos hicieron apagar todas las luces de los cascos y nadar cuesta arriba unos cien metros en completa oscuridad y silencio. Una sensación escalofriantemente divertida donde se puede escuchar hasta el mínimo aleteo de algún bicho volando por ahí o las gotas caer lentamente del techo de la cueva. El frío seguía calando hondo, pero la experiencia valía el sacrificio, ya nuevamente afuera de la cueva nos dieron unos kayaks para pasear por el río y seguir hasta la última atracción. Desde una torre a unos veinte metros de altura nos tiramos en tirolesa al agua y desde otra torre salían redes y sogas para ir avanzando en las alturas hasta que de no poder seguir avanzando caías al río nuevamente. Pasamos unas buenas dos horas de deportes, exploración absoluta en una cueva de inmenso tamaño y fascinación junto a un gran grupo de personas con las que me divertí a lo grande. Después de pegarnos unas duchas “calientes” ahí mismo, algunos seguimos ruta para el resto del camino. Bente y Renske se volvieron al hostel, Amber también, y lo demás emprendimos ruta nuevamente hasta la próxima cueva. Ya iba solo en la moto y esa sensación de andar por esos caminos entre medio de gigantes montañas y bosques donde pareces una hormiga, siempre me albergan una simple felicidad. Es ir atravesando todos los paisajes que te dejan maravillado en todos los sentidos donde te dirigís, cruzar puentes pasando por debajo un río que nace de una cascada que recorre la caída de la montaña en toda su extensión o grandes campos sembrados a los costados con sus cosechas listas o pequeños túneles que te adentran al corazón de una gran montaña. Todo tiene su encanto y la belleza de apreciar estas cosas es las que hacen disfrutar de los pequeños y simples placeres de la vida. Una hora más tarde ya estábamos junto a Kai, Ellen, diego y John, entrando en Paradise Cave, una cueva conocida por su exuberante preciosidad y pasadizo. Tuvimos que andar cuesta arriba por el borde de una montaña ascendiendo unos doscientos metros en zigzag hasta dar con la entrada principal de la cueva. Una vez dentro fuimos bajando unas escaleras de madera que daban paso al corazón de la cueva desde donde se podía observar los asombrosos hallazgos que se ocultaban dentro. A diferencia de la anterior, ésta tenía todo un sendero construido sobre una pasarela de madera para que los visitantes recorran los más de trescientos metros en todo el largo de su extensión y casi cien metros de altura. Pequeños faros alrededor de la cueva con una luz tenue de colores azules, amarillos y blancos, refractaban sobre las piedras que conformaban el interior de la montaña generando unas imágenes nunca antes vistas por mí. Cientos de estalactitas y rocas se desprendían de los techos hacia el suelo quedando suspendidas en el aire, la erosión de miles de años a causa del agua y el oxígeno dejaban unas marcas dibujadas en los laterales que parecían obras de arte. Lo que más se repetía en todas las paredes del interior de la cueva era una forma como de medusas pegadas a las rocas, que por el efecto de la luz parecían que estaban en movimiento dejándome con la boca abierta de admiración. Cada paso que daba a traves de este camino era descubrir una nueva forma geométrica o amorfa que se desprendía del techo o del suelo y que parecía una escultura esculpida por un artista por años. Las dimensiones de estas piedras y la extensa vacuidad dentro de la cueva me dejaron totalmente asombrado. Todo el camino de ida y vuelta sobre la pasarela fue como transitar una obra de galería, con una obra de arte al lado de otra. Maravillado por esta estructura que la naturaleza se dio el gusto de crear con el pasar de los miles de años, volvimos hasta la salida para descender nuevamente hasta el parking donde habíamos dejado las motos. No tuvimos la suerte de ver el sol durante el día pero las bellezas natuales alrededor cumplieron su prometido, darnos un día de diversión y naturaleza al mismo tiempo. Nos quedaba un largo camino por delante y por no teníamos mucho más tiempo de luz, asique dimos marcha a las motos y terminamos por bordear toda la otra cara del parque nacional para deleitarnos en nuestro manejo de vuelta con la vegetación más variada e increíble que se podía ver. La ruta era de dos manos, con un guarda rail al costado separándonos de los precipicios que bordeaban la montaña. Cada curva era una nueva vista con nuevas panorámicas para observar y guardar en la retina. A lo lejos podías ver como la ruta se iba dibujando entre las paredes de la montaña como una delgada línea, por allí pasábamos con las motos como pequeños insectos recorriendo los confines de esa inmensa naturaleza. Justo con la caída de una noche estrellada y el crudo frío que volvía a golpear, llegamos al hostel para devolverle las motos al tipo que nos la había alquilado enfrente. Me encontré con las chicas en la habitación y después de darnos un baño caliente bajamos los tres a encontrarnos con los demás y cenar algo. Había tenido la chance de hablar rato largo con Kai, un alemán de identikit muy buena onda, que andaba de vacaciones por el sudeste hasta fin de año para regresar a Stuttgart donde trabajaba. Pegamos buenas charlas y quedamos en avanzar en el viaje juntos hacia las próximas ciudades. Después de la cena nos quedamos jugando al pool con las chicas y Kai, conversando un poco de todo y viendo que iba a deparar nuestra próxima aventura en Vietnam. Bente y Renske querían pasar por Mue para hacer la famosa ruta en moto después hasta Hoi An, con Kai al principio no nos pareció buena idea pero no saber bien el clima que iba a hacer y quizás íbamos a perder tiempo. Pero como ya formábamos una buena banda juntos y no teníamos pensado tampoco romper ese buen grupo de amigos viajeros que habíamos formado, cambiamos los pasajes de micro y decidimos acompañar a las chicas en la travesía. A los demás también les gustó el plan asique se sumaron a la movida, por lo cual todos partiríamos temprano a la mañana para Hue a pasar el día y de ahí salir en caravana con motos para atravesar la ruta costera hasta Hoy An. Con mis princesas holandesas ya tenía un vínculo muy lindo de amistad y de compartir gratos momentos, a pesar de su corta edad congeniábamos muy bien y su distinguida madurez se notaba en todas las conversaciones que teníamos. Kai se sumó bien en esta primera parada y parecía que los cuatro estábamos formando un gran grupete. Los demás ya venían juntos desde Cát Bá y a pesar de no tener la misma intimidad ni conversaciones, hacían buena compañía formando un buen clan de viajeros. Con las ultimas llamas de la hoguera en el patio se apagaron las energías de mi cuerpo y el ultimo sorbo de cerveza me dio paso al sueño y cansancio para llegar a mi cuerpo. Hora de dormir y descansar unas horas. Seis de la mañana estaba estimado el horario de largada para Hue. Otro día terminaba y otro día comenzaba en la vibrante Vietnam.

Hue – Hoi An vibrantes

El primer caos de organización en lo que iba de Vietnam en esta semana y media transcurrida, se llevó a cabo sobre la madrugada del jueves cuando esperábamos el micro para ir hasta Hue. La cantidad de mochileros que estábamos sobre la vereda enfrente al hsotel esperando los buses me dio la impresión de que algo andaba mal ya que era más gente la que estábamos esperando se la que entraba en un bus. Cuando se acercó el único colectivo con ya pasajeros que venían de otros destinos, solamente se bajaron unos diez para que podamos subir el resto. Y mis sospechas finalmente resultaron ciertas, habían sobrevendido los pasajes y algunos que tenían ticket abiertos de micro por todo el país, como las chicas, tuvieron que esperar hasta el final para ver si subían o no. El cuento terminó después de una hora y media entre peleas y discusiones con el chofer y el otro tipo que chequeaba los tickets ya que todos querían subir y salir de una vez, finalmente algunos viajaron tirados en el piso y las camas las compartimos con las chicas ya que sino se quedaban abajo. Con el vapor de la niebla disipándose en el horizonte y los vidrios completamente empañados por la condensación del frio con el calor humano que venía colmado dentro del bus, anduvimos por unas ocho horas continuando en dirección al sur del país para arribar a la colonial ciudad de Hue. Ni bien bajamos pasado el mediodía nos fuimos al hostel que nos había recomendado la agencia que nos vendió el ticket ya que además nos fueron a buscar en taxi hasta la terminal. Le pasamos el dato a los demás chicos que se habían sumado al viaje y así fuimos todos hasta el centro histórico de la antigua capital de Vietnam para comenzar el día. En este caso como tenía habitaciones privadas baratas, tomamos cuatro cuartos para dos y nos acomodamos plácidamente en lo que para ese entonces ya parecía un palacio la habitación, cama doble, sabanas con frazadas, baño personal y ducha de agua caliente. Con el simpático y sonriente pequeño vietnamita que manejaba el local, nos pusimos a hablar para arreglar cuanto antes el tema de las motos y el equipaje para partir al otro día en la travesía hacia Hoy An. Ya que esta ruta es muy famosa y pintoresca para recorrer de esa manera, varias empresas se dedican a alquilarte las motos en esta ciudad y recibírtelas el mismo día en la otra, enviándote el equipaje durante el transcurso del día mediante una camioneta. Todo este circo es para que los viajeros puedan disfrutar de una de las rutas costeras más lindas de Vietnam a bordo de una moto por un día. Cerramos el deal rápidamente logrando una buena negociación, alquilamos unas cinco motos para toda la banda y nos encargamos de arreglar el tema de la valija para tenerla por la noche allá. Con ese tema listo y sin ningún tipo de inconvenientes, partimos todos juntos a recorrer esta ciudad poco destacada en el turismo de backpacker pero muy interesante por su historia, cultura y arquitectura. Bordeamos la costa del río Perfume que atraviesa la ciudad dividiéndola en dos partes, en una se encuentra la ciudad “moderna” y en la otra el casco antiguo con el centro histórico-cultural. Algunos barcos como góndolas estaban amarrados sobre la orilla a la espera de algunos turistas deseosos de conocer la figura de esta ciudad desde los mares, las mismas tenían una serie de esculturas de dragones representados en las esloras con llamativas pinturas coloridas. El cielo se mezclaba entre algunas nubes tímidas rondando por ahí con un sol que calentaba, pero no quemaba al tacto. Un clima ideal para pasear con amigos e ir descubriendo los secretos de esta ciudad ancestral. Cruzando el río a través de un puente que conecta al casco histórico, nos detuvimos para apreciar la vista en las alturas de las diferentes edificaciones que se erguían desde ambos lados, diferenciando notoriamente la época en que fueron construidas cada una. En el camino fui charlando y conversando con uno y otro para poder conocer más en detalle que era de la vida de cada uno y en particular el motivo por el cual se movilizaron para hacer su viaje. John y Diego me estuvieron contando más en detalle de su vida en Nueva York y por qué sintieron la necesidad de dejar todo para salir a recorrer el mundo, como les o nos pasó a casi todos fue esa llama interna que se prende al momento justo para bajarse del sistema y disfrutar de viajar sin plan alguno por este hermoso globo terráqueo. Fue una suerte que pudieron comenzar los dos al mismo tiempo y hacer todo este camino a la par juntos, sin dudas una experiencia de amistad increíble que estaban recién comenzando. Ellen me fue contando un poco más de su vida en Bélgica, donde básicamente no estaba a gusto con su último trabajo cuidando enfermos, pero tenía que seguir para terminar de pagar sus estudios. Pude notar una personalidad tímidamente rara, con una gracia irónica que te saca una sonrisa de improvisto, pero muy dócil y simpática en sus relatos. Las charlas iban y venían hasta que nos topamos con la única atracción que teníamos pensado visitar en Hue, La Citadela o antigua Ciudad Imperial. Este recinto data del siglo XIX. Una gran puerta de acceso principal nos metió dentro de un mundo histórico donde en su momento supo albergar todo el poder imperial y nobleza de la actual Vietnam. En el primer salón vimos un video introductorio sobre la historia de la ciudad y el palacio donde estábamos, junto con una detallada explicación de las diferentes restauraciones que se hicieron a lo largo de las décadas por el deterioro que sufrió. Desde los ventanales que daban salida al patio, se podía divisar un inmenso parque en buen estado, con diferentes salas de reunión, pagodas, habitaciones y gacebos a lo largo de los sectores en el cual se expandía este recinto. Me fui a caminar con Bente por los diferentes jardines y salas de arte que se encontraban en el ala este del palacio, fuimos absorbiendo un poco más de la tradición local y ver las diferentes obras que esos días estaban en exposición. Ya teníamos varios días de viaje y charlas, pero los temas nunca parecen acabar cuando tenes tiempo y buena predisposición para hablar con las personas, casi sin darnos cuenta nos pasamos una hora entera recorriendo todos los rincones del lugar mientras hablábamos de todo. Me contó más en profundo como se compañía su familia y cómo fue su crianza a lo largo del tiempo en su pueblo en Holanda, me intrigaba saber cómo son los detalles de una familia holandesa desde adentro. Obviamente le fui contando también de mi parte, de la particular y divertida crianza a la par de tres hermanas mujeres mayores y del feliz crecimiento que tuve a lo largo de mis años junto a mi familia y amigos. Lo primero que me hizo pensar son las equivalencias y diferencias entre una familia tradicional holandesa y una argentina, con muchos puntos en común como pensaba, pero con otros ligeramente diferentes. También me sorprendía la madurez con la que podía hablar con Bente, llevándole nada menos que doce años de diferencia, un mito que en mi cabeza empezaba a desmoronarse muy alegremente. Cuando nos encontramos con todos en el otro extremo del jardín, nos quedamos un rato todos juntos sentados observando el complejo desde otro punto de vista, disfrutando de los últimos destellos de sol que se posaban sobre el resplandeciente jardín. A la salida seguimos camino hacia el río nuevamente, donde paramos en un pequeño local de comida local, a degustar unos deliciosos crepes de vegetales y camarones sazonados con una salsa agridulce que se deshacían en la boca. Acompañados de unas pequeñas ensaladas de verdes y mangos junto a unos pinches de cerdo empanados, todo un clásico de la cocina vietnamita que deleitaron nuestro apetito de manera perfecta. De camino de vuelta, hicimos un stop en el mercado local de pueblo que estaba en pleno auge con la caída del sol y el pico de hora de sus transacciones. Ni bien estaba entrando al mercado, que ocupaba algo más de dos manzanas me pregunté a mi mismo: Que es lo que me gusta tanto de los mercados en cada ciudad? Porque me gusta tanto meterme por todos los rincones de estos bulliciosos y pocos higiénicos lugares? Y mientras recorría los interminables pasillos y recovecos de esta feria repleta de puestitos, almacenes abiertas y manteros en el piso, la respuesta vino por sí sola. Lo que más me atrae de estos lugares es sentir la esencia más genuina de la ciudad y de la gente en estado puro, un lugar donde los turistas no suelen ir y donde te podes mimetizar con la gente local que cada día acude para llevar a cabo sus compras diarias. Podes sentir los olores, ver las facciones de sus caras y gestos, percibir el sonido de su lenguaje cuando comercian cualquier articulo o simplemente degustar cualquier tipo de comida, fruta o dulces que te ofrecen al pasar. Es la conjunción perfecta en un solo lugar de donde podes absorber como una esponja todo lo que la ciudad tiene para ofrecerte, en solo unas horas, en solo unas cuadras, sin pagar ninguna entrada y con todo a merced tuya. Y así fue como nos pasamos todos cerca de hora y media, perdidos completamente, caminando por todos los sectores del mercado probando algunos dulces de maní o nueces sobre tabletas de cereales, comiendo alguna que otra fruta exótica que nos ofrecieron, comprando en mi caso algunos artículos de higiene personal que me faltaban o negociando en última instancia un reloj trucho que Renske quería llevarse de regalo. Un paso rápido y fugaz por Hue pero me llevé conmigo un lindo recuerdo de una ciudad que supo ser en su momento la más importante del imperio y con más carácter de toda la región. Cuando regresamos al hostel o hotel podríamos decir, nos pegamos una ducha rápida y nos fuimos a la terraza para picar algo antes de irnos a dormir. Esa noche terminó siendo una velada improvisada en la cual todos pudimos compartir historias y anécdotas personales de todo tipo, donde un simple juego de preguntas y respuestas y varias cajas de cervezas sirvieron como un perfecto medio para alcanzar un fin definitivamente muy gracioso. Cada uno empezó a contar las historias de amor, sexo o noches divertidas con amigos que cada uno quería compartir, lo más entretenido fue escuchar los relatos con las diferentes culturas, tradiciones y formas de pensar de cada persona, de cada país y de cada generación como atractivo principal. Cosas que para uno son completamente normales y para otros son completamente extrañas, actitudes o modos que se suelen tomar en relaciones donde difieren completamente desde un pensamiento latino o de uno europeo. Fue una noche larga y muy divertida que sin pensarlo terminó a media madrugada con varias horas de risas y un poco más de conocimiento sobre cada uno, sobre cada país y cada diferente forma de pensar. Y como muchas veces ya lo había pensado, en mi cabeza se hacía eco las diferencias que encontraba entre la manera en la que los latinos llevamos y vivimos nuestras vidas en contraposición con la de los europeos en general. Ni una es buena ni la otra es mala o viceversa, es simplemente ver las diferencias que hacen a dos estilos de vida ser muy diferentes en algunas cosas, como parecidas en otras, y la belleza de conocer otros puntos de vistas sobre muchos temas de la vida. Y el otro punto que me llampo la atención esa noche fue ver como todos aprendíamos, nos reíamos y disfrutábamos del otro que teníamos al lado, teniendo algunos 18, 15, 30 o 35, grandes o chicos, europeos o latinos, rubios o morochos, nada importaba lo que nos diferenciaba, sino justamente lo que nos unía en esa oportunidad. Buena manera de terminar el día y mucho entusiasmo por lo que vendría la mañana siguiente, a descansar y prepararnos para rockear la ruta.

Nos levantamos temprano todos con muchas pilas y ganas de arrancar la travesía, nos juntamos a las nueve en la recepción para ordenar las valijas que nos iban a despachar ese día, pagar la noche que pasamos y desayunar otro sabroso omelette con pan con el clásico e inigualable café vietnamita con leche condensada. Nos trajeron las motos a la puerta del hotel donde las inspeccionamos y probamos que todo anduviera bien para no tener ningún martes 13, los tres scooteres funcionaban perfectas y Diego con John se alquilaron unas con cambio al estilo de las que se usaban en los sesenta durante la guerra (son unas motos de carretera famosas ya que todo backpacker la usa para cruzar el país de norte a sur o viceversa). Yo ya les había dicho a ambos que esas motos generalmente tienen problemas, pero mucha bola no me dieron y decidieron ir por ese modelo, con el agravante de que John ni siquiera sabía conducir una moto con cambios. Con las valijas ya en camino y el entusiasmo por tomar el control de la carretera durante todo el día para atravesar unos 200 kilómetros al sur, partimos todos en manada como si fuésemos un grupo de motoqueros al estilo Harley Davidson. Yo compartí la moto con Bente, Renske con Kai, Amber junto a Ellen y los últimos dos latinos a bordo de sus motos estilo guerra sin compañeros. Llenamos el tanque apenas salimos y así anduvimos por una media hora conduciendo para las afueras de esta colonial ciudad que quedaba atrás con todo su glamour e historia. La primera parada fue en Thuan An, una localidad de playa que queda en el extremo este de Hue donde hicimos un stop para disfrutar un rato de un lindo chapuzón al mar. El sol estaba abrasador y el clima ideal para darse un baño de refresco en este día caluroso que arrancábamos. Anduvimos nadando un rato, sacamos algunas fotos y nos quedamos unos minutos al sol para tomar temperatura con un poquito de bronceado. Continuamos en la ruta esta vez en dirección al sur donde los primeros paisajes que se abrieron paso a nuestros costados fueron los interminables campos de arroz donde pudimos ver a varios hombres y mujeres labrando la tierra llevando a cabo sus quehaceres diarios en su rutinaria y laboriosa vida de campo. Con sus clásicos sombreros vietnamitas al estilo chino, sus cabecitas sobresalían de los pastizales que brillaban a plena luz del día, moviéndose de un lado a otro para trabajar la tierra, arar el suelo empantanado en el que siempre se encuentran este tipo de campos o sembrando nuevas tierras áridas. Todo tenía ese tono y color tan característico de Vietnam que hacían del viaje un placer, además podíamos ir conversando tranquilamente con mi compañera de viaje o incluso con los demás en las otras motos. Tuvimos un par de inconvenientes por el cual paramos reiteradas veces ya que a John se le apagaba la moto, le explique bien como hacer los cambios ya que no sabía y continuamos camino. A menos de una hora de anda por la ruta, ya pasado el mediodía, la moto del colombiano seguía sin funcionar bien y hasta incluso después de parar en un mecánico para que le cambié la bujía, la misma seguía apagándose. Quedamos varados entre medio de dos campos sin alternativa alguna, no podíamos retrasarnos mucho ya que teníamos más de seis horas de manejo por delante y quedaba mucho tranco por recorrer. Asique, finalmente, decidimos que llame a la empresa que nos alquiló las motos para que se la cambie y ver si podía ir en el día para allá o al otro día, Diego se quedó acompañándolo al mientras que en el ínterin Amber con Ellen siguieron de largo sin esperarnos. Así quedamos nuevamente, el cuarteto íntimo, con el que terminamos por pasar todo el día juntos finalmente. Kai y yo íbamos manejando las motos en el principio con las chicas atrás para que vayan disfrutando el viaje, cada kilómetro aprovechábamos para ver los diversos paisajes que teníamos a ambos lados de la ruta y conversar sobre cualquier tema que surgía. Cuando la ruta giro sobre la costa del mar, anduvimos por una hora bordeando la espectacular costa bañada por un mar quieto como una laguna con las montañas en el horizonte desprendiéndose del agua como castillos de arena. El cielo a esa altura ya se había tapado y el reflejo que generaba la resolana sobre el agua le daba una tonalidad de color brillosa resaltando el color cristalino del mar. Aprovechamos esa vista que teníamos para hacer un stop en un restaurant que quedaba sobre la orilla con todo el paisaje a merced de nuestros ojos, y nos dimos una panzada de almejas con salsa picante, miel y maní, unos fideos salteados con pollo y castaña junto a unas cervezas heladas para brindar por la travesía y el disfrute de ese preciso momento.  Continuando por la carretera, cruzamos un nuevo puente colgante en la Localidad de Cua Tu hasta el otro extremo del continente donde la ruta empezó a serpentear el mar entre las montañas y colinas repletas de vegetación. Habíamos dejado atrás unos pueblos pesqueros flotantes que se elevaban sobre el agua al costado del camino con unas redes especiales para la pesca del día y unos trabajadores que nos regalaron una sonrisa pícara cuando pasamos. En esta nueva sección pasamos pequeños pueblos de escasas chozas humildes que encontramos cada tanto entre la montaña, y la llamativa aparición de unos cementerios a campo abierto con tremendas lapidas labradas con frases y simbología local o recubiertas con pequeñas pagodas para las plegarias de oración. Condujimos por unas dos horas atravesando esas montañas con la ruta sinuosa que bamboleaba al ritmo de las subidas y bajadas que había, el paisaje en el entorno seguía siendo deslumbrante, el clima parecía estar aguantando sin lluvia y los cuatro continuábamos con la felicidad a tope. Al pasar muchas horas con Bente en la moto, pudimos intimar bastante durante toda la travesía charlando de cómo habían logrado después de un arduo trabajo por un par de años con Renske juntar los ahorros para largarse a hacer el viaje, el apoyo que había tenido de su novio junto al de toda la familia para que haga este sueño y sobretodo los motivos que la habían movida a tan temprana edad para lanzarse a recorrer parte del mundo por seis meses fuera de su casa. También charlamos sobre los diferentes gustos de comidas, música, deporte y demás, el tiempo sobraba y la buena onda con la que fluía las conversaciones también por lo que la compañía era sin dudas un disfrute. Llegamos a un empalme con la ruta nacional que nos unía con todo el tránsito pesado y ligero que iba para el sur, en este punto dejamos que las chicas tomen el control de las motos ya que era más fácil de manejar y además porque querían. Continuamos en dirección casi recta por otros cincuenta kilómetros hasta que llegamos al tramo más famoso de este camino, el Hai Van Pass. Este tramo esta magníficamente diseñado sobre una serie de montañas que se encuentran sobre la orilla, bordeando la costa en toda su extensión sobre una ruta que se va elevando a unos cientos de metros sobre el nivel del mar. El camino empieza con una elevación y después va zigzagueando la montaña bordando su contorno y adentrándose por el corazón de la misma lo cual permite tener unas vistas panorámicas perfectas. A cada rato parábamos para sacarnos algunas fotos, hacer algún que otro video loco o simplemente contemplar el horizonte con todos los sentidos. No había mucho tránsito por lo cual no se hacía peligroso el camino, solamente nos pasaban algunos camiones dobles acoplado de chanchos vivos que seguramente iban a parar a algún matarifero. En uno de los puntos más altos de las montañas, nos hicimos a un costado de la ruta para mandarnos un pequeño pic-nic sobre unas rocas que daban a una serie de playas que se encontraban sobre la orilla con todo el mar a su merced, una imagen que se fue fundiendo con un atardecer rojizo que se ponía por detrás de las nubes. No nos decepcionó ni un poquito la carretera Hai Van Pass, por el contrario, nos sorprendió sobremanera la belleza con la que se transita el camino entre los bosques sobre esta ruta que se dibuja como un fino grosor de asfalto en medio de una tormenta de bosques. Cuando ya volvimos a nivel del mar, paramos a cargar nafta para seguir ruta hasta la gran ciudad Da Nang que nos recibió con la caída del anochecer. Nos costó más de lo esperado cruzar esta bulliciosa y poblada ciudad para retomar nuevamente la ruta que nos llevase finalmente hasta Hoi An. Volví a manejar yo ya que estaba un poco más complicado andar por la noche y los últimos 50 kilómetros lo pasamos a toda velocidad a pesar del frío viento que nos pegaba en la cara para apurar la llegada. Bordeamos nuevamente toda la costa hacia al sur para llegar finalmente casi a las nueve de la noche a la excéntrica ciudad de Hoi An, un paraíso del cual todo backpacker se enamoraba por su estilo y madurez. Mejor manera de arribar como lo hicimos no había, un viaje de casi doce horas para cruzar unos 150 kilómetros bordeando toda esta costa maravillosa del centro de Vietnam. Nos habían recomendado un guest house que quedaba cerco del centro histórico de la ciudad y que por pura suerte terminó estando a solo una cuadra del local donde teníamos que entregar las motos. Apenas llegamos, tomamos la habitación y fuimos a buscar nuestras mochilas a solo cincuenta metros de distancia (no podíamos creer la casualidad) del hotel, después nos bañamos y nos fuimos a cenar con la poca energía que nos quedaba. Comimos unas hamburguesas en un resto que quedaba a la vuelta con unas cervezas, charlamos de la aventura del viaje y antes de la medianoche ya estábamos contando las ovejas en los sueños para descansar del largo día. Otra ciudad, otra aventura, buena compañía.

Nos levantamos en un soleado día de verano propicio para empezar a caminar esta ciudad que prometía mucho en su prólogo, con un estilo del cual todos coincidían que atrapaba en un segundo a sus visitantes. Kai se levantó más temprano y se fue toda la mañana confeccionarse un traje con varias camisas que tenía pensado comprar, Hoi An entre otras tantas cosas, era conocida por la ciudad de los sastres. Cientos de locales se dispersaban por la ciudad que sastrerías abierta a todos los hombres y mujeres que tengan ganas de confeccionarse trajes o vestidos a medida, con las más finas telas y precisión de estos hombres que cumplían con su oficia de manera detallista y perfeccionista. A pesar de vivir vida de backpackers, muchos de estos se compraban camisas o trajes por el buen precio y calidad que tenían en comparación de lo que pagaban en Europa o el resto del mundo, en mi caso aunque me hubiese gustado comprar uno pasé pero Kai decidió por la compra. Mientras tanto, yo me fui toda la mañana con las chicas a caminar por la ciudad vieja y conocer un poquito más de todo lo que está vibrante ciudad tenía para ofrecer. Fuimos bordeando el río Thu Bon que serpentea la ciudad hasta la desembocadura del mar y alberga uno de los puertos más importantes del país, donde una vez supo ser un paso trascendental para el transporte marino de China y el Sudeste Asiático. Llegamos a un mercado a cielo abierto apostado sobre la orilla con puestitos y manteros sobre la calle vendiendo todo tipo de chucherías, regalos, bijouteríe y por último dos grandes estaciones de fruta fresca. Nuevamente tenía el agrado de mimetizarme con todas esas mujeres con sus arrugas impregnadas en la frente y mejillas por años de trabajo y esfuerzo resaltando con sus sonrisas de oreja a oreja. Tenían una forma muy cordial de acercarse para ofrecer sus mercaderías y generar contacto, Bente y Renske querían comprar algunas piedras en collares que terminé negociando muy simpáticamente con una mujer ganándole el mejor precio con un toque de seducción latina y unas sonrisas cómplices. Las chicas se reían y sorprendían de la forma en que abordaba a las mujeres de ahí, haciéndoles un guiño de ojo o abrasándolas para generar más confianza y simpatía. Son gestos o modos que muchas veces utilizó con la gente para acercarme sin ser irrespetuoso que ya tengo incorporado, pero cuando lo ve una persona de afuera (y sobretodo europeos con otras formas de contacto) se sorprenden gratamente. Adicionándole un plus que yo generalmente saco conversación o meto charla enseguida con cualquier que cruzo por la calle. Con sus regalitos ya adquiridos seguimos camino por el antiguo centro histórico que aparece en unas cuatro manzanas alrededor con toda su pintoresca belleza. Lo primero que se nota es una serie de edificios construidos de estilo colonial, que resaltan por sus paredes en amarrillo huevo y madera wengue, decorados con flores y plantas de todos los colores que cuelgan de sus terrazas, balcones, veredas o puertas. Es como entrar en el túnel del tiempo y volver a principio del siglo XX en la china meridional, donde la gente se agolpaba en esas cuadras para hacer sus compras diarias, pasear en carruajes o comprar algún regalo. Hoy esas casas están refaccionadas con locales de arte, venta de muebles, sastrerías, bares o cafés y algunos templos budistas con sus particulares pórticos. En cada esquina aparecía algunas mujeres con sus habituales atuendos, sombreros en cono de paja agitando la cabeza amistosamente para ofrecernos algunas de las delicatesen que estaban elaborando en sus cocinas portátiles. Fueron dos horas de un paseo hermoso, íbamos comentando entre nosotros la belleza natural que se sentía de ese lugar y el atractivo singular que se podía percibir en el aire. Como si todo fuese un conjunto de diferentes cosas combinadas entre sí para dar como resultado un lugar especial, y se sentía. Y con el sol pleno como testigo de nuestra caminata mañanera, llegamos al otro extremo del casco histórico donde apareció un mercado cerrado de comida, mejor imposible. Nos metimos a pasear entre los puestos que se montaban cada día con las mujeres (obviamente) manejando la cocina y los pedidos de miles de turistas que caían rendidos en sus asientos para disfrutar de los manjares de la cocina vietnamita tradicional. Pescados o mariscos frescos, spring rolls, wok de vegetales, pinchos de carne o pollo, sopas de verduras y crepes con ensalada y salsa de mango. Se puede ir absorbiendo todos esos aromas derritiéndose en las fosas nasales abriendo el apetito de manera dramática. Decidimos al final volver al hostel para encontrarnos con Kai, alquilar unas bicicletas, comprar algo para comer de camino y pasar la tarde en la playa. Y eso fue lo que sucedió, montados ya los cuatro en las bicis con todo lo necesario para hacer unos sándwiches en la canasta, partimos hacia el este de la ciudad, atravesando toda el área urbana, para desembocar en una de las playas más conocidas de Hoi An.  Sabíamos de un parador donde asistía la mayoría de los turistas pero preferimos quedarnos sobre otra playa donde había menos gente y más tranquilidad a pasar la tarde. Después de comer unos canapés que armamos ahí mismo, nos pasamos las siguientes horas leyendo, tomando sol, charlando o dándonos algún que otro baño en el mar. Antes de que caiga el sol y con el ocaso de la tarde, me fui a hacer una larga caminata sobre la playa, donde me acompaño Bente, para disfrutar de las diferentes panorámicas de toda la bahía que se extendía varios kilómetros hacia ambos lados. Esta mujer de 18 años me seguía sorprendiendo a cada paso que dábamos y palabra que compartíamos, abriéndose por completo a intercambiar dialogo en todos los temas que charlábamos y a darme sus puntos de vista de manera muy interesante en cada uno de los aspectos. Así se fue tramando la confianza con solo con ella sino también con Renske y Kai donde pudimos abrirnos cada uno a compartir diferentes cosas, lindas o feas, que habíamos atravesado en nuestras vidas y recibir del otro un consejo o comentario de apreciación. La caminata resultó de mucho agrado, por casi dos horas, y el primer día en Hanoi no podía haber sido mejor. En esos días por los que transitaba mi vieja en el centro de Vietnam, algunos temas personales y familiares aquejaban mi cabeza con cierta inquietud y preocupación, asimismo la vida me ponía en el camino personas que, sin siquiera poder imaginarlo, iban a poder darme una ayuda emocional y compañía muy valiosa en ese entonces. Cuando llegamos al hotel por la noche, los chicos se cambiaron y se fueron a comer afuera, yo preferí quedarme en el cuarto comiendo algo de paso y relajándome después de un largo día que había pasado.

Temprano amanecimos ese domingo que nuevamente disponía de un cielo claro y una temperatura agradable. Nos juntamos con Wanda a desayunar en el restaurant que los dueños del guest house tenían en la esquina sobre una avenida principal, clásico café con leche y ésta vez el omelette lo suplantamos por una sopa de noddles con cerdo y vegetales que estaba deliciosa. Calorías en demasía para darle un shot de energía al cuerpo y calidez para afrontar otro día. El plan para este día era ir a recorrer la Marbel Mountain a las afueras de la ciudad y pasar el resto del día en la paya nuevamente. Nos ocupamos con mi amigo estructurado alemán, que dicho sea de paso fue muy bueno tener una persona (sobretodo alemán) que nos organizaba todo en tiempo y ordena de manera sincronizada y perfecta, para alquilar las tres motos que usaríamos a lo largo del día. Nos llevó una hora dirigirnos hasta la famosa montaña de atracción turística, de camino pudimos ir viendo los interminables campos de arroz con los campesinos en pleno trabajo y el color característico de éstos sobre la cálida luz de la mañana. El paisaje fue traduciéndose del rural a urbano, con varios pequeños pueblos a los costados de la ruta y muchos campos cosechados.  Llegamos antes del mediodía a la imponente montaña de mármol, que alberga uno de los centros y esculturas budistas más importantes de Vietnam. Estuvimos un par de horas recorriendo las diferentes cuevas que se formaban dentro de la montaña, algunas con detalladas imágenes del buda en diferentes posiciones, pequeñas pagodas y algunos monasterios donde activamente se llevan rituales y vida de los monjes. A medida que ascendíamos por los caminos entre las cuevas, la vista de toda la costa que bordeaba la playa se hacía más imponente en su extenso recorrido. Algunas nubes paseaban por el cielo y desde lo alto de la montaña se podían obtener las mejores panorámicas de la región. Recorrimos casi todos los recovecos de esta colina descubriendo sus secretos en mármol labrados en su interior, con una paz silenciosa que te arrasaba en cada cueva misteriosa que se abría. Allí, la luz se colaba entre algunas de las grietas en la roca, dejando pasar solamente algunos rayos que atravesaban las penumbras de las altas cuevas que se formaban en su interior, generando un clima de penumbra con las velas que ardían sobre la piedra y los monumentos construidos en su interior. Toda una obra de arquitectura, escultura y arte que pocas veces se encuentran por el mundo. Volvimos camino de vuelta con la misma intensidad y alegría con la que habíamos llegado, un buen día con fresco viento en la cara mientras acelerábamos para no reprocharle nada a la vida, solamente agradecer. Paramos en un mercadito entrando a una de las playas donde nos provisionamos de cosas para hacer pic-nic y así llegar, esta vez, al conocido parador sobre la playa. A pesar de que efectivamente había muchas personas, el ambiente estaba muy cool y tranqui, la gente terminaba de almorzar tirada en los camastros tomando sol, sin griterío ni nada exagerado. Parece que todos se habían amoldado al estilo y onda que tiene Hoy An, la playa era un disfrute total. Nos cruzamos con Diego y John, que finalmente habían salido de HUe al día siguiente, y con Amber y Ellen que las habíamos perdido por el camino. También me encontré con otros viajeros que nos habíamos cruzado en otras ciudades, como Eric, y así ibas divisando los diferentes grupos de amigos viajeros que recorrer el país en la misma dirección que vos. Después del almuerzo llegaba el turno del vóley playero y con unas horas de risa compartida pudimos jugar en la cancha playera que teníamos con todos los que se sumaban. Así pasamos una agradable tarde entre chapuzones en el mar, vóley mixto, pic-nic, música y las infaltables charlas cotidianas sobre cualquier tema. Cuando el día se iba apagando y todos teníamos que retornar a los hostels, se me ocurrió hacer una cena multitudinaria para cerrar otra ciudad más en la travesía vietnamita y salir a tomar algo todos juntos para despedirnos de Hoi An. Además de nuestro grupo, quedé con los toros chicos y Eric junto a Pim que me la encontré también para juntarnos a las nueve en la esquina de nuestro guest house y de ahí salir a cenar. A la hora indicada éramos aproximadamente 16 reunidos para darle riendas sueltas a la noche, muchos más integrantes de la expectativa que tenía ya que se fueron sumando todos al tiempo que varios invitaron a otros viajeros a sumarse. Mejor imposible. No teníamos idea que lugar nos podía albergar a todos juntos en la misma mesa, pero casi sin pensarlo la solución se abrió paso frente a nosotros a solo unos metros. Un restaurante chiquitito y casi sin gente estaba en la misma esquina donde estábamos parados, dos chicas adolescentes y un chico atendían el bolichito que a esas horas estaba despachando los últimos platos. Cuando me acerque a preguntarle si nos podía dar de comer a todos los que estábamos ahí parados, los ojos de la chica se le abrieron de par en par y en menos de cinco minutos teníamos cinco mesas unidas listas para sentarnos a degustar de una cena internacional de amigos. Cerveza barata, comida casera, buena onda y excelente lugar, simples cosas de la vida conjugadas para hacer una noche perfecta. Las birras empezaron a fluir sobre la mesa como las charlas que cada subgrupo dentro de la banda que éramos tomaban forma entre risas y comentarios. Cada uno charlaba con el que tenía al lado sobre los temas que iban saliendo, viajes, lugares, destinos, anécdotas e historias. El conglomerado de nacionalidades que participábamos en esa cena fue presidido principalmente por los holandeses que abundaban en masas sobre Vietnam, después quedaban algunos alemanes, Wanda y Yo representando a la argentina y Diego con John completando el tándem latinoamericano. Las simpáticas chicas que atendían el local iban y venían sin parar entregando platos y cocinando en la pequeña mesada que tenían la cantidad de platos interminables que pedimos. Todo, a pesar de tomarse su tiempo, resultó delicioso. Los favoritos fueron los spring rolls, sopa de noddles con pollo, calamares y langostinos fritos con unas cazuelas de berenjenas o verduras grilladas. Me tomé unos minutos que Renske, una vez que habíamos terminado de cenar, para charlar en una mesita al costado mientras fumábamos un cigarrillo con una cerveza bien helada. Charlando de todo y de lo loco que había sido poder compartir todos estos días juntos las 24 horas de cada día terminamos arrojando unas reflexiones que nos sacaron esas sonrisas de complicidad al mismo tiempo. Yo le comenté lo lindo y loco que me parecía estar ahí en ese momento con todos ellos en bermudas y remera en pleno Vietnam recorriendo el mundo donde hacía menos de año estaba en reuniones de trabajo vestido de traje hasta la garganta tratando de comprar o vender compañías por millones para un holding nacional. Una vuelta de tuerca que había pegado mi vida de la cual estaba completamente feliz y complacido de haber tomado esa decisión. Al mismo tiempo ella me dice lo loco que le parecía estar al lado mío sentada en ese mismo lugar recorriendo el mundo también, pudiendo conversar de par a par con un hombre de 30 años con toda una carrera y experiencia atrás viendo las diferencias notorias entre cada uno por haber transcurrido casi el doble de tiempo de vida uno del otro. Y eso fue un momento que me albergó una alegría inmensa, cuando te das cuenta cuan fácil y más lindo es ir caminando en la vida sin prejuicios, sin etiquetas, sin hipocresía ni soberbia, pudiendo compartir momentos con gente de todo el mundo (con sus diferentes formas de vivir y pensar) teniendo la amplitud mental que de todo, y de todos, se aprende. Sin dudas no es algo fácil que pasa de golpe, yo creo en lo personal que este sentimiento lo tenía impregnado conmigo pero se fue ramificando exponencialmente en este viaje con todo este tipo de conexiones y aventuras compartidas con gente y con lugares exóticos por todo el mundo. Volvimos a la mesa grupal donde terminamos haciendo un gran brindis entre todos, disfrutando de las ultimas cervezas y algunas delicatesen. La noche estaba despejada y el clima templado, un ambiente perfecto para ir en busca del próximo destino que acaparé estas almas caminantes por la antigua ciudad de Hoy An en busca de un poco de música y emoción. Donde estaba el mercado junto al antiguo puerto, cruzamos el puente hacia el otro barrio donde aparecieron todos los bares sobre la calle que bordea la entrada al río. Entramos a un bar que nos hizo algunas promociones de descuento en tragos y cervezas gratis de bienvenida, la música parecía buena (no lo resultó siendo) y el ambiente estaba copado. Asaltamos la pista con algunos pasos de baile que sonaban al ritmo latino pero el dj erróneamente cambió la música a hip-hop americano y terminamos buscándole otra diversión para pasar la noche ya que la música no estaba buena. Y los juegos para tomar fueron la solución perfecta para pasar el tiempo con equipos mixtos de beer pong y metegol. En mi caso gané varias veces con Pim y Renske a la cabeza, a pesar de que terminé tomando varios shots de cerveza y pasadas unas horas casi todos estábamos bastante “alegres”. Como si se cortase la luz cuando estas mirando la final de un partido de futbol, el amargo dj nos cortó la música exactamente a la una ya que el bar cerraba, no podía creer como podía estar pasando. Casi indignados nos tuvimos que ir a la calle para buscar alguna solución que nos ayude a seguir con la noche, y la misma vino casi sin buscarla ya que todo el mundo que salía de los bares se iba para el mismo lugar. Ahí escuche por primera vez el nombre de un bar que funcionaba como “after” para ese domingo nocturno (más bien abría de 1 a 5 a.m.), el famoso Why Not Bar que se iba a repetir en cada ciudad a lo largo de todos los países del sudeste. Algunos estaban perdidos, pero sin dudas sabíamos que todos nos íbamos a encontrar en ese bar, así fuimos caminando con una maraña de gente que tomó el centro de las desoladas calles del casco histórico hasta llegar unos kilómetros después al pequeño reconocido bar.  Una pequeña pista con una barra a todo trapo formaban la primera parte del lugar, por una puerta se accedía al otro sector donde había una mesa de pool, sillas, baños y un sector pequeño para bailar. La música la podía poner cualquiera desde una computadora con google que estaba sobre la barra y la convocatoria del bolichito fue asombrosa, completamente repleto. Así pasaron las horas mientras bailábamos, charlábamos, seguimos con las cervezas locales y los particulares globos de sonrisas. Una noche larga, divertida, completa y estupenda que pudimos disfrutar todos juntos hasta altas horas. Pase la noche de manera genial, mucho baile de grupete, charlas con Eric que había reencontrado y una conexión especial con Pim que la había vuelta a cruzar en el camino. Al otro día íbamos a comenzar nuevamente camino al sur, está vez para la ciudad de Da Lat. La noche se fue cerrando de manera perfecta y no pudo haber mejor despedida de Hoi An de la que armamos.

Esas noches dejan secuelas, sobre todo a la mañana siguiente, y encima era un día de armar valija y subirnos nuevamente a la ruta para seguir atravesando el país. Desayunamos los cuatro juntos con caras que nos pasaban factura todavía de la noche anterior, pero como siempre pienso en esos momentos, Quien te quita lo bailado? Ya teníamos boleto de colectivo que saldría por la tarde asique era cuestión de pasar el día como cada uno quería, las chicas se fueron a la playa para descansar un poco relajadas al sol con algún que otro chapuzón. Yo acompañé a Kai a buscar su traje y camisas que ya tenían perfectamente confeccionado y empaquetado. El día anterior había enviado un mail aun orfanato de la ciudad para poder ir a visitarlo por unas horas y justo me habían enviado la invitación a ir para ese día después del mediodía. Le comenté a Kai y le gustó la idea de ir, paramos a comprar unos chocolates en el camino con chupetines para regalarles a los chicos como regalo de bienvenida. Una gran edificación de paredes blancas y techos azules funcionaba como centro de Orfanato de Hoi An, la directora nos recibió en la entrada y nos mostró las instalaciones donde funcionaba los diferentes sectores. Fuimos primer a las habitaciones donde estaban los niños bajo algún tratamiento o con alguna discapacidad, allí unas enfermeras llevaban el cuidado diario de los niños y atendían todas las necesidades que tenían. Después de jugar un rato con ellos nos llevaron a las aulas donde en ese momento estaban llevándose a cabo las clases de los chicos de mediana edad, el primario. No pudimos interactuar mucho con los chicos que estaban en clase pero si nos dejaron entrar a un aula donde chicos con diferentes enfermedades mentales estaban prestando atención a la profe. Se pusieron un poco tímidos al primer contacto pero con unos dulces y con un poco de futbol que armé dentro del aula empezaron a reírse sin parar, hasta me mencionaban a Messi cuando le decían que era de argentina. Una calidez en sus rostros con unas sonrisas que te abrían el corazón en dos, finalmente logramos que nos dejen un rato largo con ellos e intercambiamos charla y juego mientras les dejábamos algunos regalos que les habíamos llevado. La profe retomó la clase y nosotros aprovechamos para hablar con la directora sobre cómo funcionaba el centro y cuáles eran los aportes del gobierno, donantes o externos para esos chicos que no tenían familia alguna. Fue muy lindo poder visitar el centro y entrar en contacto con los chicos, lo único que lamenté es que sentí como que nos hicieron un tour por el lugar y no nos dejaron quedarnos más tiempo que solamente hora y media. Mi idea era pasar toda la tarde allí y generar más vínculo con los chicos pero igualmente la experiencia fue linda y cada aporte que se hace, aunque sea chico, se gratifica en las gracias que esos nenes te devuelven con la cara. Volvíamos con Kai para el hsotel hablando y charlando sobre la visita y ese tipo de acciones, no estaba acostumbrado a hacer esas visitas pero le había gustado la idea y le dije que la replique en cuanto tuviese la oportunidad porque a mi entender es la mejor manera de involucrarse con los que más lo necesitan, aunque sean horas nomás. Aprovechamos en el camino para caminar un rato de nuevo por el centro histórico con su estilo inigualable y ese ambiente acogedor que se siente mientras se lo camina. Conversamos mucho sobre política y economía mundial, los diferentes problemas que atraviesan los países en Europa como en Latinoamérica y todo por lo que estaba atravesando el mundo por esos días, gobernado por el caos y el miedo lamentablemente. Esta vez sí paramos a almorzar en el mercado local y nos despachamos con unos deliciosos crepes de camarones grillados con vegetales, ensalada de mango y salsa agridulce. Una delicia que nos brindó una señora de mayor edad junto a su hija en uno de los tantos puestitos de comida. Ya de nuevo en le hostel nos encontramos con las chicas que volvían un poco más recuperadas de la noche, con un bronceado notable que resaltaba de sus blandas cabelleras al viento y sus ojos profundamente celestes. Ellas tenían otro micro para ir pero la misma dirección, nuestra próxima ciudad sería Da Lat entre medio de las montañas y los campos sobre las verdes colinas. Nos despedimos, solo por una noche de viaje, y junto a Kai partimos en otra combie que nos llevó hacia la estación de bus. Nos despedimos también de la amorosa familia que manejaba el guest house y el restaurante donde desayunamos cada día con los apetitosos jugos de mango, cafés con leche y sopas. Una familia con una calidez humana muy notable y enternecedora. Me subí al micro con un dejo de añoranza por esa ciudad que ya se había filtrado en mis venas para ir directamente al cajón de los recuerdos más bellos que tenía sobre Vietnam en mi mente. La realidad vivida esos cuatro días de Hoi An había superado con creces la expectativa que de por sí ya era alta. Arrancamos ruta dejando atrás esas callecitas impregnadas de historia, belleza, simplicidad y estilo que le dan carácter y vida al lugar más entrañable de Vietnam. Las pocas horas de sueño que tenía encima fueron perfectas para caer drásticamente sin pasar mucho en un descanso ininterrumpido por toda la noche. Sueños que parecían reales, realidades que parecían un sueño.

Da Lat de aventura

El tramo para llegar a Da Lat iba a constar de dos partes, el primero fue el viaje nocturno a través de la costa este del país para arribar cerca de las seis de la mañana sobre las costas de la turística ciudad de Nha Trang . Tendríamos una parada de aproximadamente dos horas hasta que se rejuntaban las personas que seguían camino en otras combies que finalmente en otras cinco horas de camino por montañas finalizas en Da Lat. El tramo de noche no supuso ningún inconveniente como los demás viajes que ya había hecho por la noche, los asientos camas eran confortables y la aclimatación entre la calefacción y las mantas brindaban una calidez reconfortarte para sumirse en un sueño profundo como si estuviese en una cama doble. Algunas paradas técnicas que el colectivo paró para baños aprovechamos con Kai y Wanda, para picotear algo rico que encontrábamos en los bolichitos. Con el despuntar del alba colonizado con el sol estirándose desde el mar para alcanzar el cielo en su inquebrantable labor diario, el micro clavo los frenos a unas cuadras de la costa sobre una agencia de Na Trabg para hacer el trasbordo. Teníamos tiempo muerto asique aprovechamos para desayunar y despejarnos un poco la cabeza del viaje. Kai y Wanda se fueron antes a caminar unas cuadras y yo me fui para la calle costera que bordeaba todo el boulevard de playa con sus grandes rascacielos. Esta ciudad vendría a ser la Miami de Vietnam, totalmente construida con edificaciones modernas y vanguardistas, era conocida como el lugar de verano predilecto de la gente adinerada del país o de aquellos turistas que querían hacer vida de playa con lujos. Había una extensión de casi cinco kilómetros sobre la playa con un parador al lado de otro, grandes hoteles y complejos resorts que recibían miles de turistas anualmente. La verdad que la diferencia en la prolijidad y modernización urbana que noté me llamó la atención por el contraste de ésta con las demás humildes ciudades o pueblos que había visitado. Se notaba que cuanto más al sur ibas, más moderno era el ambiente y el poder de riqueza capitalista. Las dos Vietnam que antiguamente formaron una de las peores guerras civiles del mundo, seguía quedando al descubierto por sus secuelas. Solamente anduve unas cuadras para despejarme y buscar los primeros rayos de sol que caían sobre la orilla, de camino a la playa paré en uno de los tantos carritos callejeros que me sirvieron un café con leche y omelette con pan para llevar. Con ese humilde desayuno clásico y reconfortante que me tomaba todas las mañanas, accedí hasta la playa donde me quedé sentado en un banquito por una hora relajándome al tiempo que la ciudad despertaba. Miraba alrededor como todo iba cobrando vida y energía, algunos hombres pasaban corriendo por la costa llevando a cabo sus ejercicios matutinos, una pareja mixta de viejitos jugaba al bádminton en unas canchas marcadas sobre la plazoleta y algunos mañaneros llegaban con sus sillitas, diario y café a la arena, para inspirar esa esa que se recibe del mar temprano en la madrugada. Muchos backpackers pasan uno o dos días en este lugar, nosotros preferimos seguir de largo ya que no teníamos tanto tiempo y preferíamos estar más tranquilos en lo que restaba de lugares por conocer. Ocho en punto volvimos a subir a una combie que recolectó otras personas que venían en distintos buses, como Pim, y así completos anduvimos cuesta arriba por la montaña. Da Lat está ubicada en el suroeste del país, escondida en unas montañas de altura con la particular belleza de estar rodeada de vegetación, paisajes preciosos y muchos valles selváticos. Me quedé dormido nuevamente en el bus pero pude entrever de tanto en tanto cómo íbamos en dirección ascendente ganando metros entre las rutas que se dibujaban por la montaña haciendo el camino como si fuese una montaña rusa. Llegamos a la ciudad, que parecía más grande de lo que pensaba, pasado el mediodía con un hambre voraz de mi parte y un cansancio lógico de las casi 10 horas totales del viaje. Sabíamos de un hostel muy bien recomendado que nos habían pasado otros viajeros y allá fuimos sin dudarlo, esta vuelta íbamos a ser el mismo cuarteto de siempre con la nueva incorporación de PIm que se sumó en este trayecto del viaje. Cuando llegamos al hotel nos encontramos con una larga mesa de comida en el comedor, al costado de la recepción, donde toda una familia muy amorosa estaba en plena cocción de enormes cantidades de comida para todos sus huéspedes. Reinando el clan familiar por la madre, haciéndose llamar Máma, cada persona que ingresaba pasaba a formar parte de este Family Guest House Hostel donde todos tenían una particular, divertida y loca forma de hablarte. Excesivamente confianzudos y cariñosos te recibían a los besos y abrazos con el primer pie que ponías dentro sin preguntarte nada, y al segundo ya te ofrecían todo tipo de comida que estaba recién hecha. Vino como anillo al dedo para matar el hambre que tenía y junto a Kai con Pim entramos directo a comer desde spring rolls, vegetales grillados, sopas y batatas hervidas. Antes de que termináramos llegaron a momento mis blondas princesas que se sumaron al almuerzo y al grupo familiar que ya se había formado con los demás viajeros. Nos terminaron dando una habitación para todos en otro pequeño edificio de una planta que había a mitad de cuadra que también formaba parte del hostel pero que no estaba junto a la recepción y comedor como otras habitaciones. No teníamos ninguna queja ya que estábamos solos y había espacio, las instalaciones no eran las mejores pero por unos días suponíamos que no iba a haber problema. Ya acomodados y acicalados para continuar con el día, emprendimos la clásica caminata por la ciudad para respirar su forma coqueta que tenía en desarrollarse con sus calles en pendiente sobre la montaña y un aire plenamente fresco por las brisas campestres que purificaba los pulmones. Teníamos solamente una misión en el camino que era reservar para el otro día la excursión sobre unas cataratas y ríos para hacer deporte de aventura. Fuimos tomando la calle los cinco a paso ligero viendo como la tarde empezaba su etapa de salida y la brisa se iba transformando intensamente en una frescura que te helaba la cara. Después de preguntar en varas agencias dimos con un pequeño local donde nos atendió un hombre muy macanudo que nos prometió llevarnos con grupo cerrado a la excursión y además nos hizo buen precio. Quedamos en confirmarle a la vuelta pero ya teníamos solucionado un tema. Mirando las demás atracciones que teníamos para hacer, vimos que había una casa arquitectónicamente extraña muy famosa que valía la pena ir a ver de qué se trataba. Resultó ser Hang Nga Crazy House. Parecía más bien un decorado de un juego de Disney que una casa, pero efectivamente funcionaba con algunas habitaciones no tan caras como hotel y como atracción turística donde se la podía caminar por sus pasadizos, recovecos y estructuras mimetizadas como partes de un gran bosque. El personal que trabajaba ahí vestía de elfo dando un aspecto muy surrealista al lugar, muchas partes estaban en reformas por lo que muy lindo no termino siendo el paseo pero que igualmente se disfrutó. A la salida decidimos ir caminando hasta el palacio donde alguna vez funcionó como vivienda de los monarcas pero que hoy abría como museo. El lugar tenía un aspecto horrible, el olor humedad que se percibía te perforaba las fosas nasales como si estuvieses aspirando naftalina de prendas viejas olvidadas en un ropero, la decoración de los cuartos y salas era desastrosa, lo único bonito que tenía era el jardín y la vista sobre toda la ciudad ya que quedaba en la cima de una colina. Igualmente nos reímos mucho y disfrutamos a pleno toda la tarde caminando por esta ciudad divina, charlando mucho y cerrando otro día todos juntos. Aproveche a hablar bastante con Pim que no había tenido el placer de conocerla en profundidad, ni en Cat Ba ni en Hoi An, y a pesar de que habíamos congeniado bien la última noche quería conocer más el trasfondo de su vida y viaje. Volvimos por un camino diferente al hostel donde pudimos pasar por el lago central de gran extensión que se encuentra en el epicentro de la ciudad, circundado por unos jardines florecientes de plantas y jazmines, con todo el moviente del mercado nocturno a su alrededor a punto de arrancar. Se percibía la vida que vibraba por el aire, un bullicio que de a poco iba cobrando fuerza al tiempo que la noche iba copando el cielo. Apuramos la marcha ya que el frío se hacía intenso y todavía teníamos que bañarnos y comer. Finalmente paramos de nuevo en la agencia para pagar la excursión y cerrar todos los detalles para arrancar bien temprano por la mañana la travesía. Después de pegarnos una ducha caliente todos, optamos por ir a comer a un bolichito local en vez de quedarnos en el hostel y no pudimos haber tenido una mejor idea. Los chicos encontraron de paso un local sobre una esquina en una cortada donde solo había mesas con gente local, el humo incesante emanaba de los extractores y el aroma a carne asada los guío como hipnotizados hacia el lugar. Yo llegué más tarde y me encontré con uno de las mejores parrilladas que había comido en lo que iba del viaje, carne de todo tipo asada con las salsas más exquisitas de adobo. Era todo muy simple pero a la vez exquisito, te ponían unas brasas en el medio de la mesa sobre una plataforma con una especie de ladrillo encima que tomaba alta temperatura de inmediato y sobre el cual depositabas toda la carne que querías. En tres minutos se cocinaban los pequeños pedazos sazonados con un picor y sabor extraordinario para simplemente ir devorándolos uno a uno sin parar. Terminamos pidiendo como tres bandejas de langostinos, carne de vaca, cordero y pollo, acompañado por unos vegetales grillados y arroz sofritado. Nos pasamos como dos horas comiendo sin parar donde lo único que se escuchaba cada segundo era mmmmmmm que rico. El instinto no nos falló y nuestro apetito resultó completamente agraciado con la panzada de parrillada que nos mandamos rodeados de vietnamitas. Un brindis con cerveza y mucha alegría en conjunto. Con la panza llena y el corazón más que contento, volvimos para el hostel donde nos quedamos tomando unas cervezas más antes de irnos a dormir tempranito ya que al otro día teníamos que madrugar.

Siete de la mañana en punto ya estábamos listos para partir hacia la aventura y los deportes extremos. El hombre nos pasó a buscar con una camioneta por la esquina del hostel junto a otro empleado que lo ayudaba, de ahí nos fuimos directo hacia las afueras del pueblo hasta las zonas rurales de montañas. Fuimos atravesando la bruma que se iba disipando con los primeros calores del día, la neblina comenzaba su ascenso evaporándose hacia los cielos con cada metro. Los vidrios se empañaban con el calor humano que aun emanábamos, pero el impecable día que se avecinaba sería el mejor escenario para esta excursión. En la zona donde están algunas cataratas y ríos que atraviesan montañas, descendimos del auto donde nos tuvimos que cambiar y quedarnos con una malla, chaleco salvavidas, casco y zapatillas. Sobre un descanso en la ruta el muchacho dejó el auto y de ahí mismo comenzamos el descenso ladera abajo unos doscientos metros hasta la base del río. No había camino marcado, solamente fuimos siguiendo los pasos del guía que se metía entre árboles, troncos caídos y todo tipo de plantas alrededor. Íbamos todos en fila velando por que las chicas no se caigan o que no pase nada en la bajada. Cuando llegamos al cauce del río que brotaba de vida en su fluidez constante, anduvimos cuesta arriba completamente dentro del agua hasta que llegamos a una mini cascada que se formaba por el complejo de unas rocas apiladas. Allí comenzamos con la divertida aventura, uno a uno fuimos deslizándonos desde arriba sobre un caminito cual tobogán que se creaba hasta caer desde unos dos metros de altura al piletón. Nada peligroso, no muy extremo pero divertido. Desde ese punto comenzó el canyoning, que básicamente es ir caminando o explorando el río desde adentro, es decir caminando su desarrollo dentro del agua. Al principio iba saltando de roca en roca para tratar de no mojarme las zapatillas, ilusamente. Anduvimos casi dos kilómetros descubriendo todo ese paraíso selvático que se absorbía a los costados del río con las dos piernas metidas en el agua hasta las rodillas. Así llegamos hasta el primer gran desafío. El cauce del río se conglomeraba a gran velocidad hasta una parte en la cual se cortaba el camino y una pared lateral de piedra caía unos 25 metros para abajo. Uau, realmente la altura era considerable y el frenético ritmo con el que caía el agua sin parar me dio un pequeño temblor en las piernas. Después de que el guía magistralmente prepare todas las sogas atadas a los árboles y las rocas para comenzar con la bajada, nos miramos cada uno tomando un suspiro de aire y una mirada de aliento para comenzar uno a uno con el descenso. Las chicas fueron las primeras en bajar, Pim, luego Bente y Renske, Kai después y por último yo. Digamos que la sensación es básicamente increíble, estar haciendo una bajada de en rappel o abseiling sobre una pared de piedra donde te caen millones de litros de agua en el cuerpo sin parar a un ritmo constante te hacen poner los pelos de punta de emoción. La clave es ir apoyando los dos pies en paralelo a la roca con firmeza e ir balanceándose paso a paso en dirección abajo. Una vez que quedamos a unos cinco metros de altura, el hombre de abajo nos pegaba un grito y de ahí podíamos saltar sin problemas a la pileta que se formaba abajo. Muy bueno, muy copado y mucha adrenalina, como no había muchas otras personas tuvimos la suerte de hacerlo nuevamente. Pim, que no era muy adepta a los deportes extremos, nos sacó varias buenas fotos y videos desde todos los ángulos en los descensos. Casi sin salir del asombro por esa peripecia, solo unos metros más adelantes llegamos a una misma caída en cascada, pero esta vez de unos 15 metros. En esta oportunidad, el juego era hacer directamente un salto al vació desde lo alto y caer con peso muerto sobre el agua. Nos tiramos varias veces los cuatro, Pim desistió, y la sensación de estar volando por esos escasos segundos e incrustarse en el agua a gran velocidad me resultó tremendamente divertido. Otra vez lo volvimos a hacer dos veces y ya mi emoción era como la de un niño con juguete nuevo. La última aventura de la mañana fue hacer nuevamente abseiling desde otro punto, con el agravante de que esta vez el cauce de agua que caía generaba un torbellino dándose al lugar el llamado de “el lavarropas”. Misma técnica que la bajada anterior pero en este spot a media altura de descenso quedabas suspendido en el aire, sin apoyo con las piernas en la roca, y la fuerza del agua te hacía girar en forma centrifugada sin parar. Y cuando cada uno quisiese, se dejaba soltar de la soga para caer al agua y deslizarse unos metros sobre un tobogán que formaba el cauce del río hasta el piletón. Un poco de cagazo me dio este al principio, pero otra vez la experiencia fue más que gratificante y divertida. Cerramos una mañana a puro ejercicio y diversión, la exclusión como todos los saltos estuvieron espectaculares y los dos guías unos fenómenos en lo clara que la tenían. Lo que nos costó subir nuevamente la montaña cuesta arriba hasta la ruta ni tiene nombre, llegue casi con el ultimo aliente que me quedaba y todos los músculos doloridos de la fuerza que había hecho en las peripecias. A pesar del frío y de las contusiones, me fui feliz de haber compartido esa mañana junto a las chicas y Kai haciendo deportes extremos, en un lugar ideal y con buena gente. Como si los dos guías nos leyeron la mente, nos hicieron temrinar la exclusión en un pequeño restaurant que nos esperaba con una sopa de noddles con cerdo y un té caliente para disfrutar de almuerzo. Una mañana más que perfecta. Después de pegarnos una ducha pasamos la tarde dando vueltas por la ciudad, caminando, charlando y repasando un poco los pasos a seguir. Lamentablemente había llegado el momento de tomar rutas diferentes, el cuarteto entrañable que habíamos formado en las últimas semanas llegaba al fin de su convivencia, pero sin dudas al inicio de una amistad a distancia. Por mi parte ya tenía arreglado con un amigo encontrarme en Tailandia en unos días por lo cual tenía que dirigirme a Saigón o Ho Chi Minh al otro día, Pim me iba acompañar ya que también tenía que seguir ruta hacia el sur pero las chicas junto a Kai iban a pasar antes por otra ciudad costera sobre el este. Nos quedaba un día más por compartir todos juntos pero ya un poco de tristeza se empezaba a sentir. Como pegamos buena onda con un chico y una chica que trabajan ahí y dormían en el mismo lugar que nosotros, locales ellos, quedamos en que íbamos a cenar con ellos por algún lugar que nos recomendasen de comida tradicional vietnamita. A las ocho nos fuimos caminando los siete unos cinco kilómetros hasta el otro extremo de la ciudad donde otra vez, gracias a dios, fuimos a parar en una típica parrilla local. Esta vez el lugar era más coqueto y prolijo, igualmente no había turistas en él solamente locales despuntando el vicio de la carne asada. Nos mandamos los siete una parrillada gigante con todo tipo de carnes exóticas y mariscos que ardieron sobre las tablas incandescentes para terminar sabrosamente en nuestros hambrientos paladares. Langostinos, ciervo, beef, pollo y como broche de oro dos cangrejos, fueron los agasajados de nuestras parrillitas junto con los clásicos arrolladitos de vegetales y arroz. Kai pidió una botella de vino de arroz que se bajó entre brindis y brindis con las chicas y varios comensales de otras mesas que se nos acercaban simpáticamente. La cena fue una fiesta, la compañía genial y la noche cumplía su prometido. De camino anduvimos caminando por el mercado nocturno donde la gente se agolpaba en masa. Los carritos de dulces estaban en pleno comercio, los puestos de venta de indumentaria, artículos del hogar o cualquier mercadería también estaban en el clímax de venta y la noche parecía tener un brillo propio. Dimos varias vueltas alrededor viendo todo lo que pasaba alrededor. La tristeza me invadió rápidamente cuando otra vez notaba que casi todos los trabajadores que estaban detrás de esos puestos o carritos ambulantes eran mujeres de avanzada edad, con sus rasgos mezclados de felicidad y sufrimiento por las largas horas incesantes de trabajos diarios que llevaban en sus espaldas como mochilas por años. Muchas con sus nenes o bebes arropados hasta el cuello por el frío que se aspiraba en el aire y que se emanaba en forma de humo. El punto de angustia más que tristeza, me surgió cuando paso delante de mí una señora de unos sesenta años, que parecía de noventa por las marcas que le había dejado la vida en sus facciones, con una madera de unos dos metros colgada al hombro, del cual se suspendían en ambos extremos dos canastas con verduras que no debían pesar menos de veinte kilos en conjunto. El grupo siguió camino pero yo me quede petrificado, quizás sentí como si esa imagen había sido la gota que había rebalsado mi vaso de tolerancia en la denigración que había visto las últimas semanas sobre el trabajo de las mujeres que encontré en Vietnam. No es que pienso que las mujeres no debieran trabajar, al contrario, pero puedo asegurar que no tendrían que estar realizando ese tipo de trabajos con esa sobrecarga inhumana de peso y esfuerzo físico. Y como si con mi mirada le hubiese hecho un llamado de compasión, la mujer rendida por el peso apoya las canastas en el piso y se desploma en el suelo de una noche que había dejado helada toda la superficie de la ciudad. Nunca me había dirigido la mirada en todo su trayecto, solo fue un momento de contemplación y desazón que yo fui observando a medida que la iba observado. A veces uno pienso que son pocas las cosas que uno puede hacer para cambiar algo en el mundo o mejorarlo, pero es un concepto equivocado, todo empieza por lo más cercano que tengamos a mano para ayudar y así tratar de convivir todos en un mundo más justo y solidario. Casi de un impulso, camine unos metros hasta un local que estaba vendiendo una bebida caliente a base de leche, no sé qué era, y junto con una gran taza de ese líquido con unas dos batatas asadas que estaban vendiendo por ahí me fui hasta donde se había desplomado la señora. La cara oculta en una bufanda atada alrededor aparecía marcada con cientos arrugas como cicatrices de su sacrificio, su imagen pedía a gritos unos segundos de paz y descanso. Solo con los gestos pude darme paso a comunicarme con ella y hacerme presente cuando me senté a su lado. Le tendí la bebida caliente que la tomó ansiosamente y le dejé las dos batatas para que pudiera comerlas. Casi no podía ver y sus manos temblando se aferraron a esos condimentos como si fuesen un oasis en esa cruda noche, la compasión y bronca al mismo tiempo que sentí en ese momento me hicieron desprender algunas lágrimas de los ojos que se secaron por el frio antes de llegar mis mejillas. Seguí camino después de unos minutos que me quedé a su lado dándole un poco de afecto humano más que de alimentos, que sin dudas es la mayor falencia que sufre la gente desamparada que vive en el mundo. Una imagen que se me quedó grabada en la memoria en todo el camino de vuelta que transitamos haya el hostel, una impotencia que me resurgía desde mi interior frente a lo que claramente era lo que más me repelía de esta hermosa Vietnam. La noche la cerramos en un barcito enfrente al hostel escuchando un poco de música en vivo, donde Renske nos deleitó con su bella vos y tonos vocales entonando algunas canciones, algunas cervezas más que giraron por la mesa y una añoranza inmensa por pasar la última noche todos juntos. Al otro día Pim y yo seguíamos camino pero aun nos quedaba por compartir un día más juntos, que lo teníamos pensado en recorrer toda la periferia natural de esta ciudad.

Un nuevo día de sol se asoma por la ventana de nuestro cuarto despuntando el alba de manera gloriosa, aprendí mucho sobre esta última etapa de mi vida a agradecer con el pensamiento otra oportunidad nueva de respirar y vivir en un mundo de manera libre y sensata. Es un pequeño instante, generalmente a la mañana, donde te abstraes del lugar donde estas o de las personas que te rodean para sumergirte en una larga y profunda inspiración de agrado por poder vivir un día más. Pequeños actos que dan sentido a cosas que por nuestra manera de vivir muchas veces pasamos por alto, enmarañados en la mala costumbre de dar por hecho las cosas más simples de la vida. Empezamos a empacar para dejar todo listo y ordenado ya que íbamos a pasar el día afuera y por la tarde teníamos que pasar a buscar las cosas para tomar el colectivo. Por su lado, Kai y las chicas se fueron a otro hostel ya que no les había resultado tan lindo esté ni tenían intenciones de pasar una noche más. La deje a Pim sola en la habitación ya que se iba a bañar y yo tenía que ir a pagar a la recepción las noches que había pasado. Cuando llego al front desk me encuentro con una de las chicas adolescentes que trabajaban ahí con su tan lúdica y pícara sonrisa que siempre nos ofrecía al pasar junto con un gran abrazo. Mezcla de simpatía y loca linda que parecía. Le pregunté si podía pagar en USD ya que me quedaban algunos pocos billetes con cambio y con su aceptación agarré la riñonera donde tenía los pasaportes y la plata para sacarlos. Cuando abrí el pequeño bolsillo donde tenía la plata me di cuenta que no estaban los billetes y en un segundo la sorpresa me ganó, Es que los había consumido ya? O los había perdido en algún lado? O guardado en otro bolsillo? Empecé a revisar toda la valija y mochila consiente de que yo los había puesto ahí la última vez y que algo raro había pasado. Le comenté a la chica de la recepción, pero no supuso de ninguna ayuda ya que me daba a entender que era un tema mío. Y cuando ya había perdido la esperanza de encontrarle la respuesta a mis preguntas Pim llegó exaltada a la recepción, le habían robado el celular hacía un instante. Había dejado el celu cargando sobre la cama y cuando volvió de la ducha ya no estaba, y la única persona que había entrado y salido del lugar fue una chica que supuestamente entró a limpiar. Ahí mismo mi temperamento subió escaló un poco en intensidad y le pregunté a la chica quien había sido. Los otros dos chicos con los que habíamos invitado a comer a la parrillada y otro más que parecía estar a cargo, se acercaron al mostrador para saber de qué se trataba todo el asunto. Por una cámara que habían instalado justo unos días antes pudieron ver que la única persona que había entrado y salido antes de tiempo había sido la chica de limpieza que solo se quedó diez minutos en su lugar de trabajo. La cara de las que atendían empezaron a cambiar entre angustia y tristeza, no sabían que hacer y el hecho parecía consumado en robo. Deje a Pim a un lado para ocuparme del asunto y ver como se podía resolver todo este tema, parecía raro pero nos había tocado la mala fortuna de que nos robasen. Cuando llegó el dueño del hostel le exigí que actuase según lo debido pero ni siquiera tenía los datos de la chica que había entrado a trabajar hacía unos días atrás nomás, solo le dio algunas tareas de limpieza porque le suplicó que le dé algo de trabajo. No tenía ni contactos, ni dirección, ni celular ni nada, una negligencia total. Pero el otro chico la reconoció y dijo que quizás sabía dónde la podía encontrar, tomó la moto y se fue a buscarla directamente. Esperamos todos sentados mientras desayunábamos algo a la espera de alguna solución. Hora más tarde aparece el chico a toda velocidad en la moto con la chica atrás que nos había robado y al mismo tiempo dos oficiales de la policía local. Cuando la chica entró con la cara de arrepentida y desolada por lo que había hecho, dejó la cartera en la mesa donde pudimos extraer no solo el teléfono de Pim sino también dos ipads y un ipod, lo único que faltaba era mi plata. Lamentablemente la policía ya había llegado y sabía que era tarde para tomar el celular de PIm e irnos, sabía que esta iba a dar para largo y que no sería sencillo las horas siguientes. Resultó peor de lo que esperaba el asunto. Estuvimos casi unas seis horas entre dos destacamentos policiales llenando formularios de todo tipo para que Pim testifique por el robo que le habían hecho, entre traducciones que nos hacía la chica de la recepción y los oficiales que montaron todo un show alrededor del asunto. La chica implicada no parecía haber robado por necesidad para comer, a pesar de no conocerla y no tener nada de ganas de hacerle una denuncia o algo, tenía una postura bastante indiferente sobre el hecho solamente asumiendo su culpa sin ningún mayor remordimiento. A todo esto la chica que atendía el mostrador nos pidió que digamos que habíamos llegado ese día al hsotel, no se por qué, pero lo último que íbamos a hacer era mentir en una declaración en un país extranjero. Cuando nos pidieron nuestros pasaportes y se los quedaron por un largo rato el miedo me apabulló por completo, lo último que nos faltaba es que nos retengan los pasaportes y no poder salir del país días más tarde como tenía previsto. Ya llegó un momento que la policía creo que nos estaba boludeando pidiéndonos que escribamos no sé cuántos papeles y preguntándonos diez veces lo mismo, lo único que queríamos era el celular de PIm y terminar con el asunto. Ni siquiera coimas querían ya que en ningún momento me dieron a entender el tema y mi paciencia ya se estaba agotando de todo los que nos hicieron pasar desde las diez de la mañana hasta las cinco de la tarde que terminamos con la historieta. Ya con el celular en nuestro poder volvimos con la chica que seguía muy angustiada por lo que había pasado al hostel y el día se nos terminó evaporando en las manos con toda esa película tragicómica que habíamos vivido en las comisarías de Da Lat. Tema aparte las escenas de comedia que vivimos con casi diez oficiales a nuestro alrededor en las pequeños comisarías de pueblo donde nos hicieron estar como si hubiese sido el hecho delictivo más importante del mes, donde creo que hasta el comisario oficial a cargo de la policía nacional tuvo participación. Se ve que estaban aburridos los muchachos o muy contentos de tener un caso con extranjeros. Mi plata no la encontraron, pero igualmente el dueño del hostel me la devolvió en la moneda local descontando el valor de las noches que había pasado. Le dijimos a Kai y las chicas que hagan su día para aprovechar lo que tenían pensado asique se fueron a pedalear por las montañas entre cascadas, campos y valles sembrados. Con Pim terminamos dando una caminata corta de nuevo por el lago, tomando un café con algunos dulces hasta que el brilloso día que había pasado llegó a su fin con una noche fresca. A la noche nos fuimos caminando los cinco por la avenida principal en busca de un resto que nos albergue para nuestra última cena. Dimos con un lindo bolichito que estaba lleno de gente en plena comida, nos sentamos los cinco sobre la mesa y empezó el último brindis con unas ricas cervezas. El plato principal fue otra exquisitez local que no habíamos probado nunca, hot pot, vendría a ser como la parrillada pero en vez de tirar los pedazos de carne al grill lo tiras a una olla con caldo hirviendo. Cada pedazo lo podes mojar en diferentes salsas o cubrir con algunos vegetales o noddles para saborearlos juntos. El caldo termina siendo la sopa especial con todos los aromas y gustos de la carne que logro absorber para terminar con un festival de sabor en la boca. Además de abrigarnos con una calidez justa para esa fría noche que caía desde las montañas. La verdad que el episodio del día no había sido el mejor para coronar nuestro último día juntos, no tuvimos la chance de andar en grupo y además había dejado un gustito amargo en mí tanto como en PIm. Además, unas diferencias de criterio y opiniones salieron en la mesa sobre el asunto del robo en consideración de si la chica lo había hecho por desesperación o necesidad o si solo había robado por ser ladrona. Una discusión o debate mejor dicho, que no llegamos a ampliar más para no perder los últimos minutos de compañía juntos. De vuelta en el hostel terminamos de empacar todo y nos dimos el último abrazo. Renske nos dio unos regalitos a cada uno que nos había hecho con sus habilidades manuales (unas pulseras de colores) y en ronda cada uno se fue despidiendo a su medida. Les volví a repetir a mis dos blondas princesas que había sido un placer conocerlas y no solo como compañeras de viaje sino desde lo más profundo, habiendo convivido por casi tres semanas 24 horas por día con lo cual nos dimos con la confianza el lugar para contarnos muchas cosas y aprender del otro a pesar de las diferencias que teníamos. Lo mismo con Kai, un alemán que sabe cómo lidiar entre la estructura y parámetros bajo la cual le gusta vivir, pero con ese toque de realismo y asombro instantáneo que sabe exprimir a cada paso que da. Con un sentido común muy parecido al mío y una visión de las cosas que siempre te hacen abrir un lado diferente a la observación e interpretación de las mismas. Metódico, simpático, correcto en sus palabras, culto y pragmático, una mezcla de estereotipo alemán que sin pensarlo terminamos congeniando mucho. Muchos son los que se me cruzaron por el camino este viaje y con casi todos de alguna manera sigo en contacto, pero este cuarteto había formado una relación especial y todos los podíamos sentir aunque no hacía falta expresarlo. Me fui con la satisfacción de haberlos conocido y las ganas de que alguna vez más nuestros caminos se vuelvan a cruzar, recordando anécdotas graciosas, momentos divertidos, lugares increíbles e historias de añoranzas. Con mochilas al hombro nos fuimos con Pim caminando hasta una esquina donde nos pasó a buscar una combie que nos llevó hasta la estación de buses de Da Lat donde partiríamos con el cierre del día hacia la electrizante Saigón o como otros la llaman Ho Chi Minh.

Ho Chi Minh resurgida

Llegaba el punto final para terminar de recorrer Vietnam de pies a cabeza, de norte a sur, de los últimos resabios comunistas a la nueva urbe capitalista. Ho Chi Minh, la antigua Saigón, además de ser conocida por sus dos nombres representa la ciudad más trascendental del país que apunta a un nuevo cambio de rumbo. Enérgica, vibrante, desafiante, moderna e intelectual, todo eso tenía para ofrecernos esta gran metrópolis que deberían absorberlo en dos días. El último viaje en micro por las rutas nocturnas no trajo ningún imprevisto, los asientos particularmente eran los más confortantes de todos los que había tomado y el sueño otra vez más se había hecho presente de manera continua, como así también para Pim. Nos dejaron cerca de las cuatro de la mañana sobre una plaza donde sería la última parada del bus, como sabíamos que íbamos a llegar de madrugada habíamos bookeado una habitación para no estar deambulando a esas horas y tener lugar fijo ya. Nos tomamos un taxi que nos paseó de lo lindo dando vueltas en círculo hasta que le dije que nos lleve directo sin dar más vueltas, por suerte nos largó en el lugar indicado. La calle estaba desierta, algunas personas acostadas sobre la vereda durmiendo sin tener techo de reparo alguno, una leve brisa fresca recorría las calles con la temperatura justa para hacerte sentir la cara rígida como cartón. Nos llevamos la menuda sorpresa de que la puerta de acceso estaba cerrada y nadie en la recepción, nos quedamos unos largos minutos esperando y tocando la puerta hasta que nos abrió un chico, con la mitad de la cara todavía en la almohada, y nos dio una habitación. Teníamos un día largo por delante asique preferimos dormir un rato más y descansar para arrancar después del desayuno. Con unas horas más de sueño y el estómago lleno partimos caminata para recorrer todo lo que más pudiésemos de la ciudad y sus alrededores. No teníamos ningún plan asique fuimos con mapa en mano viendo todas las cosas interesantes que había para recorrer y sobretodo darnos tiempo para charlar largo y tendido. La temperatura había cambiado dramáticamente a la mañana y ya el calor se podía sentir a cada paso por la humedad que te dejaba pegajoso y transpirado. Finalmente, el hotel estaba en buena ubicación como nos suponíamos, desde la calle en la que parábamos después de unas cuadras llegamos a una avenida de doble mano con boulevard en el medio que servía de arteria principal para cruzar la ciudad y de donde se dividían los distritos. Otra vez volvíamos a un territorio urbano después de estar semanas inmersos en la naturaleza, el paisaje de las montañas y ríos se cambió de un saque en miles de motos, transeúntes y colectivos girando en todos los sentidos. Sobre ambos lados de la avenida se empezaban a vislumbrar los grandes rascacielos que escalaban al cielo dejando en ridículos a todas las edificaciones que se veían en el horizonte urbano, se empezaba a notar un claro contraste entre la antigua ciudad y el auge moderno que empezaba a desarrollarse. Dimos a parar en un mercado techado que al igual que Hanoi, tenía cientos de puestos para venta de todo tipo de mercadería, legal e ilegal, pero éste lugar tenía un poquito más de profesionalismo que el otro. Después de pispiar algunas cosas, seguimos camino para el norte de la ciudad hasta que nos topamos con una catedral enfrente del correo postal de la ciudad que oficiaba también como museo. Muy lindos edificios históricos que pudimos percibirlos desde sus interiores y con unas fachadas que cortaban un poco el polo moderno que las rodeaba. La caminata resultaba muy amena, poder ir descubriendo todas estas calles charlando con Pim de todo, hablamos bastante de ambas familias, amigos y vida que cada uno llevaba. Ella estaba por terminar la facultad y después de una pelea con el novio decidió irse un mes a recorrer el sudeste y despejar un poco la cabeza. Tímida e introvertida los primeros días que la conocí, pero de a poco que ganábamos confianza se iba abriendo cada vez más por lo que podíamos compartir más pensamientos, opiniones y temas. Volvimos en dirección contraria para atravesar unos lindos parques que están en la puerta del ayuntamiento, enrejado como un palacio, donde se llevan a cabo todas las tareas gubernamentales. Aprovechamos para descansar un rato a la sombra y seguir la conversación fluida que ya manteníamos a gusto. Otro punto a resaltar de este lugar es la cantidad impresionante de cafés que hay, tomamos unos cafés con leche helados que estaban delicioso y sirvieron para apagar el fuego interno que ya tenía al mediodía con el calor que hacía. Por la tarde entramos a caminar por un barrio más residencial de casa bajas, donde fuimos a visitar dos pagodas importantes y desembocamos en el famoso Museo de Guerra. Me habían hablado mucho de este lugar y tenía mucha expectativa por conocer más sobre la historia de la guerra y lo que dejó esta absurda y estúpida contienda bélica entre ambos bandos. Un gran edificio de cuatro pisos abre las puertas día a día para que miles de estudiantes, turistas y locales puedan conocer desde su punto de vista como se llevó a cabo la contienda de la guerra que dejó en ridículo a Estados Unidos y llevó a la muerte a más de 300.000 personas. El conflicto comenzó por un intento de unificar las dos “Vietnam” en un único gobierno comunista aliado de la URSS y China. Las acciones para evitar la reunificación, unidas a una sucesión de gobiernos corruptos e ineficientes apoyados por Estados Unidos, provocaron el levantamiento en armas de varios grupos unidos bajo el autodenominado Frente de Liberación Nacional, Viet Cong, rápidamente apoyado por la entonces Unión Soviética y la China de Mao. Inicialmente Saigón fue perdiendo terreno. Con la entrada masiva de los Estados Unidos se recuperó parte de lo perdido. Pero, tras los sucesos de 1968, empezó la retirada progresiva de los estadounidenses y la firma de los Acuerdos de paz de París en 1973 tras los cuales el Sur luchó solo contra el Ejército de la República Democrática de Vietnam hasta su derrota final y la reunificación del país el 2 de julio de 1976 bajo el nombre de la República Socialista de Vietnam. Esta pequeña reseña de lo que sucedió se ve explicada en más de ocho salas por los cuatro pisos donde se proyectan gráficos, mapas, datos, infografías, fotos y hechos relevantes que sucedieron a lo largo de casi 20 años. Desde las ventanas se pueden ver sobre la entrada a cielo abierto varios helicópteros y tanques de aquella época que hoy están exhibidos. Lo que me pareció muy fuerte, y a PIm también, es ver la línea que utilizaron las autoridades del museo para mostrar los hechos, muy orientado a poner a los Estados Unidos como si fuese un demonio con imágenes muy fuertes y muy condicionado a su culpa las atrocidades de la guerra, cosa que lo fue. Muy explícito todo lo que exponía y demasiado fuerte me pareció incluso para los estudiantes del secundario que asisten al recorrido, como si claramente quisiesen seguir marcando odio en algo que ya bastó con 20 años de muertes y sangre. Cualquier guerra a mí me parece una estupidez por lo cual no creo que alguno de los dos bandos tenga razón, solamente me parece denigrante que la gente vaya a matarse por cualquier conflicto, pero lamentablemente el mundo gira en ese eje y todo se hace eco del miedo y terror. Me fui con un sabor amargo y tristeza seguro por todo lo que ese pueblo y gente vivió en aquellos años, sobre todo los civiles. Hay marcas que todavía aun hoy se pueden ver en el país, el retraso de la calidad de vida, las secuelas de los miles de vietnamitas que murieron dejando familias desoladas y el estado que quedo quebrado todavía hoy estando en etapa de resurgimiento. Desde fines de los noventa es que decidieron dejar el lado comunista atrás e meterse de lleno en el desarrollo capitalista entrando en el acuerdo de libre comercio y por lo que se puede ver, copiando en Ho Chi Minh el claro ejemplo de ciudad capitalista consumista. A la salida del museo paramos a comer algo y después nos volvimos para el hotel en la moto taxi que un paisano nos llevó directo al hotel. Nos quedamos descansando en la habitación, durmiendo una siesta y buscando algún tour para el otro día hacer la excursión a los famosos Cu Chi Tunnels. A la noche fuimos a cenar a un hermoso restaurante que me habían recomendado, Secret Garden, en una terraza escondida en un pequeño edificio sobre una callecita cortada que no hay forma de verlo desde la calle. Disfrutamos una excelente cena al aire libre con unos platos exquisitos, rica cerveza y una vista a la luminosa ciudad que ya estaba resplandeciente. Coronamos la noche con otra cerveza en el Air 360°, un roof bar en la terraza de un rascacielos donde pudimos ver unas panorámicas nocturnas de toda la city impresionante. El clima estaba agradable y el cielo despejado por lo que pudimos ver como brillaba la ciudad de noche, pero claramente éramos zapo de otro pozo ya que la gente que llegaba tenía otro nivel que el nuestro de humildes backpackers. Brindamos por una nueva noche y por lo que todavía quedaba, a dormir y descansar.

Ultimo día de mi querida Vietnam, me levante ese día nostálgico pero feliz por todo lo que había pasado, conocido y que sin dudas me llevaba una experiencia gratificante en lo más profundo de mi corazón. Tuvimos que tomar el desayuno con prisa e ir rápido hasta la agencia de donde salían los buses para la excursión. Estos Cu Chi Tunnel forman un complejo a las afueras de Saigón donde se llevó a cabo parte de la guerra de Vietnam, en donde los agiles y diminutos vietnamitas se escondieron por debajo de la tierra en extensiones de varios kilómetros para ocultarse del enemigo. Una técnica sin precedente que solo por la condición física e ingenio de los generales en ese entonces pudieron llevar a cabo. El viaje fue largo, un poco más de media hora que anduvimos sin parar por unas rutas en muy mal estado que nos alejaban de la ciudad para meternos entre los campos rurales y pequeñas aldeas. Cuando empezamos la exclusión me di cuenta que éramos como casi treinta con un solo guía por lo cual iba a estar complicado el tema, mucha gente agolpada que a cada paso se empujaban para sacar una foto o escuchar algún comentario. El recorrido comenzó en una trinchera donde nos pasaron un video corto con un raconto de la historia de la guerra y las dimensiones geográficas en las cual estábamos, donde se construyeron estos singulares túneles. Después empezamos caminata por entre la selva donde hay todo un camino marcado que te va llevando a diferentes entradas de túneles y cuevas donde se escondían los soldados sorprendiendo al enemigo que caía abatido de improvisto. Realmente cuando veías la superficie por donde no solo disparaban estos tipos, sino que vivían días enteros ahí adentro, quedamos asombrado, espacios donde casi mi cuerpo no cabía y poder moverme para algún lado resultaba completamente imposible. Nos mostraron también algunos de los cráteres donde todavía hoy en día está el agujero que dejó marcado en la tierra las explosiones, algunas cuevas que funcionaban como enfermería y algunos tanques modelos de aquella época. Otra de las inventivas de este ejercito fueron las trampas sobre piso que ponían tapadas de ramas u hojas, ocultas dentro estaban pequeñas lanzas o formas de clavos que destrozaban las pernas del enemigo que caía en ellas. Todo un citytour bélico que hoy en día lo tienen armado como circo de Disney. Mucho no me gustaba el paseo porque además de la cantidad de gente que había en demasía por todos lados, el lugar en sí me parecía muy parque de atracciones, no tenía ese estilo natural o bélico de aquella época. Todo decorado o con estructuras alrededor que parecían un juego de diversión en vez de un lugar histórico. En un momento empezamos a escuchar tiros desde un lado y cuando llegamos me llevé la sorpresa que era una suerte de tiro en la selva donde te vendían disparar una bala por un dólar de diferentes ametralladoras o armas de fuego de la guerra. Ya está, era lo último que faltaba para que termine siendo un parque de diversiones en vez de ser un memorial o museo de guerra. Igualmente, el tour se disfrutó y recorrer esos caminos entre la selva con las reliquias bélicas tuvieron su encanto. Después de dos horas nos subimos al micro nuevamente y ahora volver a la ciudad para terminar lo que quedaba del día y cerrar así la última ciudad de Vietnam. Antes de ir a cenar con Pim nos fuimos a hacer unos masajes que nos hicieron dos vietnamitas simpáticos por un precio bastante accesible. A pesar de que pensaron que éramos novios, la mía se puso mimosa y la tuve que frenar para que no se pase de tema, anécdota muy graciosa si las hay. Por la noche nos terminamos yendo a comer a la peatonal principal del centro donde está toda la movida joven, los hostels, bares, resto y bolichitos a todo volumen todos los días. Nos mandamos unas hamburguesas deliciosas con unas cervezas y a pesar de que queríamos salir, el cansancio nos pasó factura y terminamos palmando en la cama antes de medianoche. Muy entretenidos días había pasado con Pim donde tuve la oportunidad de conocerla mucho más profundamente, compartir una grata recorrida por Ho Chi Minh y ponerle la frutilla al postre de este mágico viaje por casi un mes de Norte a Sur por toda Vietnam.

A la mañana siguiente la acompañe hasta la agencia de bus que se tomaría para cruzar la frontera hasta Camboya y despedirla con las ganas de volver a verla pronto en algún lado, ya eran muchos los holandeses o alemanes que tenía como amigos a esa altura para ir a visitar prontamente. Por mi parte, me tomé el bus local hasta el aeropuerto donde tenía vuelo al mediodía hacia Bangkok. Comenzaba un nuevo destino en mi itinerario del mundo y nada menos que empezar a disfrutarlo con un amigo de alma que la vida me regaló. Esta vez sí era momento de disfrutar un nuevo viaje juntos, a pesar de que habíamos tenido uno fallido hace varios meses atrás por problemas que lo imposibilitaron a viajar.

Había llegado a Vietnam con una reserva de un día para un hostel que ni conocía en Hanoi, mi mochila, una mano adelante y una mano atrás. Sin ruta, sin plan, sin contactos, sin rumbo. Y casi un mes después me iba de este país con la felicidad de haber conocido este maravilloso territorio con increíbles paraísos naturales, unas ciudades con sentido y estilo que vas absorbiendo por los poros hasta que las adoptas con cariño y unas personas adorables que con cada gesto o sonrisa te mataban de ternura. La única desilusión que me llevé fue no poder conversar, aprender, conocer, saber y charlar más con la gente local. Lamentablemente casi nadie habla inglés y se hace casi imposible poder adentrarse en su mundo de tradiciones y cultura. Pero lo que si me llevé, fueron unas personas increíbles que conocí en el camino con las cuales tuve la oportunidad de descubrir, reír, jugar, charlar y abrirme paso en medio de este largo viaje que estoy haciendo para sumar nuevos amigos. Poder aprender de cada uno y a su vez dejar mi pequeña y humilde huella en sus vidas fue un acto de felicidad plena. Gracias Vietnam, gracias amigos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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